DON ANTONIO DE VERA Y MUJICA
En
el mes de enero de 1680, una flotilla portuguesa procedente de Río
de Janeiro, penetró en el estuario del Plata y echó
anclas en la isla San Gabriel. Componían la misma dos navíos
de alto bordo, dos zumacas y tres lanchones en los que navegaban
tres compañías de infantería, un escuadrón
de caballería y numerosos colonos. Traían consigo
18 piezas de artillería, un centenar de barriles de pólvora,
elementos para la construcción, herramientas de labranza
y vituallas en general.
Venía la expedición al mando de un militar de prestigio,
don Manuel de Lobo, que en su juventud, se había destacado
en algunas campañas de guerra. Lobo traía consigo
60 esclavos negros de su propiedad y varios indios tapes, completando
un total de 500 personas aproximadamente, con las que pensaba colonizar
la margen izquierda del Río de la Plata, reclamada como propia
por la corona portuguesa.
El lugar elegido, frente a la isla San Gabriel, era una península
arenosa protegida por un escudo de islas, ubicada a 250 kilómetros
de las bocas del gran estuario, a solo 100 de la desembocadura del
río Uruguay y a 40 de la ya centenaria ciudad de Buenos Aires,
asiento de las autoridades de la Gobernación del Río
de la Plata.

No cabe ninguna duda que el territorio de la Banda Oriental era
dominio de España. Allí pastaba el ganado introducido
por Hernandarias a mediados del siglo anterior; allí se habían
efectuado atribuciones de encomiendas y mercedes, allí se
alzaba la población de Santo Domingo de Soriano, misión
levantada por los padres franciscanos en 1624 (en la actualidad es
la ciudad más antigua del Uruguay) y la región caía
en su totalidad, dentro de los límites estipulados por el
Tratado de Tordesillas, además de haber sido descubierta
y explorada por las expediciones de Juan Díaz de Solís
y Juan Sebastián Gaboto, de haber sido reconocida por don
Pedro de Mendoza en 1536 y de haberla ocupado temporalmente Juan
Ortíz de Zárate, para levantar algunas fortificaciones.
Los españoles de Buenos Aires se proveían allí
de piedra y madera para la construcción y utilizaban muchos
puntos de sus costas como puertos alternativos.
Era regente de Portugal por aquellos tiempos, el príncipe
Don Pedro y gobernaba Río de Janeiro Souza Freire, quien
maduró el plan de levantar una colonia en el Plata, entre
1669 y 1671.
La escuadrilla portuguesa cruzó a tierra firme y comenzó
a edificar la ciudad que don Manuel Lobo denominó Nova Colonia
do Sacramento, sobre planos del ingeniero militar Antonio Correia
Pinto.
Lo que no sabían los recién llegados era que gobernaba
en Buenos Aires un tozudo vasco, que como buen vasco era fiel y
leal a la Corona: don José de Garro, que al saber la novedad,
se apresuró a notificar a las autoridades de Lima solicitando
ayuda (la región del Río de la Plata dependía
por esos tiempos del virreinato del Perú), al tiempo que
despachaba embarcaciones hacia la zona, con la misión de
observar los movimientos de aquellos intrusos.
Pero don José no iba a esperar la llegada de refuerzos
desde un sitio tan distante (la capital virreinal), por lo que se
apresuró a solicitar tropas a las vecinas gobernaciones de
Paraguay y Tucumán mientras procedía a alistar a la
guarnición de Buenos Aires.
Garro era un funcionario ducho y un militar experimentado, que
ya se había desempeñado como gobernador del Tucumán.
Militar de carrera y caballero del hábito de Santiago, supo
desenvolverse en tan tensa situación, actuando con decisión
y energía; esa energía propia de la raza española.
La zumaca española “San Joseph”, perteneciente
a la escuadra porteña, tomó contacto con los lusitanos
en la isla de San Gabriel. Su oficialidad fue recibida con suma
cortesía por el gobernador Garro, quien les explicó
que se hallaba en ese lugar cumpliendo una misión encomendada
por su rey. Los españoles no olvidaban que unos días
antes, el 28 de enero, otra embarcación había escuchado
el tronar de doce cañonazos, la salva con la que los portugueses
formalizaron el acto de fundación.
La “San Joseph” regresó a Buenos Aires para
llevar las nuevas a su gobernador, portando una atenta nota de don
Manuel de Lobo en la que deseaba (a Garro), todo tipo de bondades.
Sin dudarlo un instante, el español procedió a redactar
una dura misiva, exigiendo con firmeza el abandono de los territorios
ocupados. Cuando los portugueses respondieron negativamente, no
quedaron dudas que habría guerra en el Río de la Plata.
La movilización fue casi general en todo el actual territorio
argentino; una movilización como nunca antes se había
visto, ni siquiera en tiempos de las guerras calchaquíes.
El gobernador del Tucumán, don Juan Diez de Andino despachó
300 efectivos fuertemente armados, proveniente la mayoría
de La Rioja y Córdoba, a las órdenes del maestre de
campo don Francisco de Tejera y Guzmán, entre cuyos ancestros
se destacaba fray Luis de Tejeda, primer poeta de estas tierras;
don Francisco llevaba como segundo al bisnieto del fundador de Córdoba,
don Antonio Suárez de Cabrera (que moriría en la campaña),
a don Luis de Bracamonte, también cordobés, jefe de
caballería y a don Alvaro de Luna y Cárdenas, otro
descendiente de conquistadores y colonizadores, comandando el contingente
riojano. La ciudad de Santa Fe aportó 50 soldados al mando
del capitán criollo Juan de Aguilera; Corrientes 60, al frente
de los cuales, marchó el sargento mayor don Francisco de
Villanueva y las Misiones 3000 indios guaraníes provenientes
de las reducciones, al mando de oficiales blancos (españoles
y criollos), dirigidos por el padre Diego Altamirano, su provincial.
Los indios, que traían 9000 cabezas de ganado para el mantenimiento
de la tropa, partieron de Santo Tomé el 28 de marzo, parte
embarcados en balsas y parte avanzando por tierra, mientras en Buenos
Aires, 120 guerreros luciendo corazas y yelmos de hierro, se aprestaban
a marchar a las órdenes de su capitán, don Francisco
de la Cámara, natural de Alcalá de Henares.
Había que designar a un individuo enérgico y experimentado
para comandar aquel aparato bélico, el más grande
que recordara la historia del Río de la Plata. La elección
recayó en la persona del maestre de campo don Antonio de
Vera y Mujica, militar valeroso, nacido en Santa Fe en 1620, que
además de haber desempeñado las funciones de alcalde
de su ciudad natal, se había destacado por su bravura y coraje
en las guerras contra los indios del Chaco impenetrable.
No pertenecía Vera y Mujica al linaje de los Vera y Aragón
como tantas veces se ha sostenido. Era hijo de un caballero oriundo
de las islas Canarias y de una dama de noble abolengo rioplatense,
de apellido Esquivel, por cuyas venas corría sangre de conquistadores
y gobernantes. Don Antonio, firme opositor a que las gobernaciones
del Río de la Plata y el Paraguay estuviesen divididas, se
trasladó a Santo Domingo de Soriano cuando arreciaba el invierno
austral y se puso al frente de sus tropas, que provenientes de los
puntos anteriormente mencionados, convergían sobre la población
para marchar sobre la Colonia.
Finalizando el mes de junio las huestes hispanas abandonaron la
misión de Soriano y enfilaron hacia el sur, uniéndose
a la legión porteña en las cercanías del enclave
enemigo. El 6 de julio, los españoles plantaron sitio, instalando
el comandante su campamento en un punto conocido en la actualidad
como el Real de Vera, muy cerca del Real de San Carlos, donde un
siglo después, el virrey Cevallos haría lo mismo,
para expulsar definitivamente al invasor.
Los portugueses, que todo lo observaban desde lo alto de sus fortificaciones,
comprendieron que se avecinaban momentos difíciles y a poco,
comenzaron a desertar, primero un alférez de nombre Sebastiao
Peralta, que se pasó como informante al bando enemigo y terminó
sus días radicado en Buenos Aires; después once soldados
y finalmente varios indios tupíes. Mucho extrañaba
a don Manuel de Lobo la tardanza de los refuerzos que al mando del
capitán Jorge Suárez de Macedo, debían llegar
a la Colonia a bordo de una zumaca y un lanchón. Ignoraba
que su compatriota había naufragado en la entrada del Río
de la Plata tras estrellarse contra los arrecifes del cabo Santa
María y que había caído prisionero de indios
misioneros provenientes de Yapeyú, que exploraban la zona
por órdenes del padre Altamirano.
Pero del lado de los sitiadores también surgieron inconvenientes.
Un centenar de indios de las Misiones, decayendo su moral, comenzaron
a vender en secreto a los sitiados, vituallas, caballos, carne y
lo que era peor, todo tipo de información.
Descubierta la traición, Vera y Mujica decidió castigar
a tres de ellos, haciéndolos azotar frente al total de la
tropa y ordenando retirar al resto de los guaraníes hacia
las márgenes del río San Juan, a 15 kilómetros
de distancia. Sabía que no podía aplicar escarmientos
más duros porque el elemento indígena comenzaría
a desertar masivamente y eso terminaría por desbaratar la
expedición. Se dice que los seis caciques que comandaban
a esa gente, avergonzados por el proceder de los suyos, solicitaron
al comandante el inmediato ataque a la plaza ya que además
de la desmoralización y la flojera, comenzaba a cundir entre
ellos la enfermedad.
El 21 de julio de 1680 don Antonio de Vera y Mujica intimó
a los portugueses a capitular y ante la respuesta negativa, el día
26 reunió a sus capitanes y les comunicó su decisión
de atacar.
Dos días después se celebró en casa del obispo
de Buenos Aires una reunión en la que el gobernador Garro
reunió a cabildantes, funcionarios, sacerdotes, militares
y vecinos principales de la ciudad, para decidir si se continuaba
adelante con el sitio o se emprendía el asalto definitivo
a la plaza. Los representantes de Córdoba y Tucumán
votaron por la segunda opción que fue apoyada por la mayoría
porteña y ante aquel estado de cosas, Garro ordenó
a su escribano redactar la orden de ataque. El momento había
llegado.
Recibida la comunicación procedente de Buenos Aires, Vera
y Mujica dividió su ejército en tres columnas y en
plena noche inició la marcha, decidido a asaltar el bastión
por sus tres fortificaciones principales.
Debió tratarse de un espectáculo impresionante,
propio de los relatos medievales, la movilización en perfecto
orden de batalla de toda esa formación. Es cierto que no
se asemejaba ni por asomo a los feroces tercios y legiones españolas
que arrollaron a los alemanes en Mulberg, a los franceses en San
Quintín, a franceses e italianos en Pavía o a los
flamencos en Bleda y mucho menos a las aguerridas fuerza que arrollaron
a los turcos en Lepanto, pero por tratarse de una movilización
en el confín más alejado del imperio, el ejército
de Vera y Mujica era imponente.
En la ciudadela sitiada, los portugueses aguardaban el ataque
de un momento a otro. Don Manuel de Lobo, consumido por altas fiebres,
yacía postrado en su cama después de delegar el gobierno
en la persona de don Manuel Galvao.
Las fuerzas españolas se aproximaron en silencio, una columna
al mando del capitán Alejandro de Aguirre, otra al del capitán
don Gabriel de Toledo, natural de Corrientes y la del centro al
del propio Vera y Mujica. Los indios se aproximaron sigilosamente,
treparon los muros y degollaron a uno de los guardias, pero su compañero
dio la alarma disparando su arcabuz.
Dentro del recinto amurallado estalló el caos. Todo el
mundo corrió a sus puestos portando sus armas y dando voces
de mando a los gritos.
La columna al mando del capitán Aguirre colocó sus
escalas y comenzó a trepar el bastión del sur en tanto
la de su igual en el mando, Gabriel de Toledo, hacía lo mismo
por el norte. Don Manuel Galvao, montado en su corcel impartía
órdenes aquí y allá y al ver a los españoles
a punto de tomar el baluarte meridional, corrió hasta el
lugar y logró rechazarlos, aunque solo por un breve espacio
de tiempo. Aguirre volvió a cargar y uno de sus hombres abatió
al portugués de un certero disparo en la cabeza.
El bastión del sur fue el primero en caer, mientras un
grupo de soldados lusitanos intentaba sostener el del norte. Fue
en ese momento que el ingeniero Correia Pinto y toda la oficialidad
portuguesa fueron masacrados. Mientras la ciudad comenzaba a ser
saqueada, algunos de los sobrevivientes optaron por abandonar el
lugar. Un grupo al mando del futuro gobernador Francisco Naper de
Alencastre se encerró en la iglesia e intentó resistir
y otro corrió hacia un lanchón depositado en las playas,
con evidentes intenciones de alejarse del lugar. No lo logró
porque fue aniquilado antes de concretar el cometido.
Don Antonio de Vera y Mujica irrumpió en pleno fragor de
la batalla, arengando a sus huestes mientras sostenía su
espada en la diestra. Fue cuando vio aparecer, extenuado por la
fiebre, esquelético y tembloroso, a don Manuel de Lobo que
con su sable en alto, intentaba vender cara su viga.
Al verlo aparecer, con ese aspecto fantasmagórico y espeluznante,
los indios misioneros se arrojaron sobre él, con la evidente
intención de ultimarlo, pero el noble y valeroso Vera se
les interpuso, protegiéndolo con su cuerpo mientras gritaba
con voz firme, que tanto la vida como las propiedades del gobernador
portugués, le pertenecían.
Al cabo de poco mas de una hora, la batalla finalizó. 112
portugueses habían perecido, muertos en el combate o ultimados
después. Los heridos duplicaban ese número. Por parte
de los atacantes, los muertos sumaban 36, entre indios y blancos
y los heridos un centenar. Es difícil explicarse como perecieron
tan pocos, recibiendo, como recibieron los disparos de los pedreros
y arcabuceros estratégicamente apostados a lo largo de las
defensas, mientras llevaban a cabo el asalto. Los hombres de Alencastre
recién dejaron el recinto de la iglesia cuando Vera y Mujica
en persona les garantizó la vida.
Ese mismo día, por la tarde, los muertos fueron enterrados
mientras las fortificaciones eran demolidas y los fosos rellenados.
Al día siguiente, 8 de agosto, la noticia del triunfo llegó
a Buenos Aires, desde donde partieron mensajeros para hacerla saber
en las restantes poblaciones de las tres gobernaciones.
Lobo y los sobrevivientes, entre ellos dos sacerdotes, llegaron
a la capital porteña ese mismo día, mientras la población
festejaba el triunfo ruidosamente en las calles. La artillería,
el armamento y los estandartes lusitanos también fueron conducidos,
como trofeos de guerra y depositados en el fuerte, por entonces
una modesta edificación. El resto de los lusitanos fueron
distribuido en prisiones de diferentes puntos de la provincia y
allí permanecieron cautivos hasta 1683.
Don Antonio de Vera y Mujica fue vitoreado al desfilar por las
calles de Buenos Aires y en los días posteriores, recibió
los plácemes y salutaciones de funcionarios y vecinos destacados,
agradecidos de la gran empresa que había realizado. Entre
1681 y 1685 fue gobernador del Tucumán y entre 1685 y 1695,
de la provincia del Paraguay. Fue una de las figuras más
importantes del período colonial, funcionario emprendedor
y guerrero de valor, que dio notable impulso al cultivo de la yerba
mate, que a partir suyo, dejó de recolectarse directamente
de la planta que la producía. Natural de nuestra tierra argentina,
heredero del coraje y la fortaleza española, capitaneó
al primer ejército argentino en una de nuestras primeras
contiendas de magnitud.
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