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EL TAPIZ HISTORICO DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL

De una excelente exposición pronunciada por el profesor Diego del Pino en las XVII Jornadas de Historia de Vicente López, el 23 de agosto del 2003, extraemos el presente relato que hace referencia a uno de los tesoros más valiosos de la ciudad de Buenos Aires

    En 1580 reinaba en España Felipe II “el Prudente”, por entonces el monarca más poderoso de la Tierra. Este soberano encomendó a los grandes maestros tapiceros de “Bruselas Bravante”, en los Países Bajos, un bello tapiz decorativo inspirado en un motivo religioso del Tiziano: “La Adoración de los Reyes Magos” (1559), remitiendo para ello una copia en cartón.

   Los orfebres trabajaron sin descanso y al cabo de un tiempo, finalizada su labor, enviaron la obra a la corte, donde fue colocada en una pared del Palacio Real, bien a la vista de todos.

   En 1657 Felipe IV obsequió el tapiz a las Clarisas de Madrid, religiosas capuchinas de la Orden de San Francisco, quienes recibieron el presente con entusiasmo, colocándolo junto al coro bajo, donde estuvo expuesto hasta 1808, época de Fernando VII.

   Este monarca, tan ligado a nuestra historia patria, decidió homenajear al gobernador de las Islas Filipinas enviándole de regalo el magnífico tapiz y hacia tan remoto destino lo despachó a bordo de un buque de su armada en 1815.

   Ocurrió que en las islas Canarias, la nave se topó con el “Vigilancia” “Vigilancia”, buque corsario argentino que al comando de Walter Davies Chitty, cuñado del Almirante Brown, la capturó y se hizo de su carga.

   Una vez en Buenos Aires, el “Vigilancia” desembarcó el botín y siguiendo la costumbre de la época, el gobierno porteño lo declaró “buena presa” para ponerlo a remate público. Y entre la mercancía subastada se hallaba el fabuloso tapiz de siete metros de largo por cinco de alto.

   Ocurrió que el canónigo de nuestra catedral, Pbro. Dr. Pedro Pablo Vidal, se interesó por la magnífica obra de arte, pagando por ella la suma de 19 onzas de oro (equivalente a once mexicanos del mismo metal), importe que abonó en “pelucones”, monedas de uso corriente, así llamadas por representar al monarca español con una gran peluca.

   El sacerdote, que mucho sabía de arte y algo de tapices, comprendió desde el primer momento que aquella textura, sus vivos colores y la justeza de su copiado, eran evidencia de que se hallaba frente a una pieza de incalculable valor y en vista de ello, tras determinar su autenticidad, la envió como obsequio al Convento de Santa Clara, a cargo de las hermanas capuchinas.

   En años posteriores, una de las religiosas, apiadándose de las monjas ancianas que en pleno invierno debían arrodillarse en el piso helado durante las misas, decidió hacer unos tapetes ¡¡cortando varios rectángulos del tapiz!!. En otro momento, al romperse un vitral lateral, las hermanas no tuvieron mejor idea que cubrir el boquete con lo que quedaba de la tela, a efectos de que la lluvia, el granizo y la humedad no estropeasen el antiguo órgano del templo.

    Alrededor de 1870, siendo abadesa la Madre Carmen, llegaron a Buenos Aires directivos de la fábrica de gobelinos de París, con la misión de certificar la tanto la antigüedad como la autenticidad de la pieza.

   Poco después, una dama de la sociedad que visitaba el Santuario de Lourdes, escribió al capellán diciendo: “Mucho cuidado con el gobelino. Le han seguido la pista y ahora la dirección de la Manufactura lo quiere comprar a cualquier precio para incorporarlo a su museo. Ya saben que ‘La Adoración de los Reyes Magos’ es de los tiempos del rey Felipe II de España”.

   Corroborando lo dicho, llegó a Buenos Aires un individuo de marcado acento francés que pasó largas horas en el templo contemplando el tapiz con sus prismáticos, desde el Altar Mayor. El individuo en cuestión abordó al capellán y le hizo una oferta, ofreciendo por la pieza el precio que fuera. La cifra propuesta alcanzaba para reparar totalmente tanto la iglesia como el convento y con el sobrante, se podía adquirir toda la manzana. Pero como dice el profesor Del Pino, el codiciado tapiz no se vendió.
  
   En oportunidad en que un religioso argentino visitaba la Manufactura de Gobelinos en París, célebre casa fundada por el gran maestro francés Giles Gobelin, manifestó a su guía que existía en Buenos Aires un tapiz mucho más grande y antiguo que los que se exponían allí. Al escuchar eso el guía le aconsejó hablar con los directivos de la fábrica quienes, después de oírlo, le explicaron que “La Adoración de los Reyes Magos” hacía mucho que era buscado y que se lo había dado por perdido. La Manufactura también ofreció comprar la pieza sin discutir el precio pero, para fortuna de nuestro patrimonio, la operación no se concretó.

   En pleno siglo XX, el cardenal Juan Carlos Aramburu supo que las Clarisas proyectaban vender el tapiz, necesitadas como estaban de dejar el Convento para pasar a otro que acababan de construir en la localidad de Moreno. Y fue entonces que lo hizo retirar para colocarlo en el majestuoso palacio de la Conferencia Episcopal Argentina, Suipacha 1034, previa tarea de restauración por expertos maestros artesanos.

   La magnífica obra fue colgada en la sala principal del primer piso y allí permanece a buen resguardo, hasta nuestros días.

   Buenos Aires posee tesoros desconocidos. El tapiz histórico de la Conferencia Episcopal es uno de ellos, rescatado del olvido, la desaprensión y la indiferencia por uno de los más importantes cardenales que han regido a la iglesia argentina.


El 22 de abril de 1797 fue enterrado en el Altar Mayor de la iglesia de San Juan Bautista, el quinto virrey del Río de la Plata, don Pedro Melo de Portugal y Villena, fallecido repentinamente en ejercicio de su mandato. Siguiendo su voluntad, fue sepultado con el hábito de Santiago, sosteniendo su espada por la empuñadura, a la altura del pecho.

   El alto funcionario mandó esculpir sobre su lápida: “Aquí yace, por afecto a las vírgenes esposas de Jesucristo, el Exmo. Señor D. Pedro Melo de Portugal y Villena”, aclarando que había fallecido a los 63 años, 11 meses y 16 días.

   En 1910, el capellán D. Pedro Sardoy, siguiendo el rastro de las hormigas, llegó hasta la tumba del virrey, descubriendo que las mismas habían anidado en su cráneo y que en sus manos, sostenía la regia espada.

  

   Fue entonces que, una vez aniquilados los insectos, se le retiró la empuñadura (reemplazada por una de hierro) y con su oro, se fundió una rica patena de celebración sacramental.

  
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