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Solemne Coronación de Nuestra Señora del Santísimo Rosario de la
Reconquista y Defensa de Buenos Aires
el 8 de octubre de 1922, por merced del Sumo Pontífice Pío XI, siendo padrinos el Señor Presidente de la Nación, Hipólito Yrigoyen y la Señora Inés Dorrego de Unzué.
La histórica Plaza de Mayo fue marco y testigo del cumplimiento de una antigua aspiración de nuestros mayores, que durante lustros imploraron a la Santa Sede confiriese aquí a la Santísima Virgen los blasones enunciados en su título.
La imagen de Nuestra Señora del Rosario fue llevada de la Catedral al portal central de la Casa Rosada. Frente estaba dispuesto un trono que ocuparía el representante de Su Santidad, Monseñor Vasallo di Torregrossa, quien oficiaría la ceremonia.
Cuando el cortejo religioso llegó de la Catedral, junto al trono del Nuncio tomaron lugar el Presidente de la Nación y algunos de sus ministros.
Leída el acta y Breve Pontificio, prestó juramento el prior de Santo Domingo de “guardar fiel y diligentemente las coronas y de conservarlas perpetuamente en las cabezas de Nuestra Señora del Rosario y del Divino Infante”, las que fueron bendecidas, entregadas y firmadas las actas.
Transcribimos de la Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires la elocuente Oración que estuvo a cargo de Monseñor de Andrea, varias veces interrumpido por aplausos y ovacionado al terminar.
Después se entonó el “Regina Coeli laetare”, dirigiéndose los Prelados y Padrinos al sitial de la Virgen. El Legado del Pontífice coronó al Niño Jesús diciendo: “Sicut per manus nostras coronaris in terra ita et a te gloria et honore coronari mereamur in coelis”. Y en seguida, al colocar la corona de la Virgen: “Sicut per manus nostras coronaris in terra ita et a Christo gloria et honore coronari mereamur in coelis”. En ese momento, las bandas militares ejecutaron el Himno Nacional.
Procesión
Terminado el Himno procedió la columna, rodeada y seguida por una incontable multitud que desbordaba la Plaza de Mayo.
En medio de los acordes de las bandas de música, abrieron la marcha las cruces y ciriales, siguiendo las imágenes de Santo Domingo, San Francisco y San Martín de Tours, las banderas nacionales, el clero secular y regular, la imagen de la Virgen custodiada por hileras de bomberos y de agentes policiales, el Presidente de la Nación y los Ministros, los Prelados, las damas y distinguidas delegaciones.
Seguía después compactos grupos de adherentes, compañías de exploradores, colegios de niñas y de varones, el 1º y el 4º Regimientos de Infantería con sus bandas, y la Banda de los Huérfanos de la Sociedad de Beneficencia.
Llegada la Procesión a la Basílica de Santo Domingo, el Presidente de la Nación se despidió del Prior y regresó a la Casa de Gobierno.
Discurso de Mons. Miguel de Andrea, Obispo titular de Temnos y Auxiliar de Buenos Aires.
Al tender la mirada sobre esta asamblea, inmensa y magnifica, ocúrreseme la pregunta de los Libros Santos: "¿Hi qui sunt et unde venerunt?" ¿Quiénes son estos y de dónde han venido? Son los que levantan su espíritu por encima de la materia; son los cultores de la patria y los adoradores de Dios; son el clero y el ejército, el pueblo y el gobierno; son la síntesis de la nación. ¿Y de dónde han venido? De todas las clases sociales, de todos los puntos da la capital de las diversas provincias de la república, de dos naciones hermanas en su más alta representación eclesiástica y de casi todos los pueblos de la tierra por la atracción de nuestra amplia confraternidad humana.
Desde que Liniers, que le dio el título de Señora de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires, rezó la Salve ante esta imagen y le ofrendó los trofeos, la influencia religiosa se deja sentir hondamente en el desenvolvimiento de este pueblo, del cual decimos con orgullo: "Se levanta a la faz de la tierra una nueva y gloriosa nación!" |
Una tal asamblea bastaría por sí sola para constituir la apoteosis del más grande entre los grandes de la tierra; pero no para la tuya, Madre mía, porque aun cuando la tierra entera se levantara en un estremecimiento de júbilo, solo alcanzaría al formar el escabel de tus pies eres tan excelsa que el saludo, digno de ti, está reservado a Dios; por eso con la Iglesia y con la patria te decimos: ¡Dios te salve! ¡Reina y Madre!
No se trata de un simple idealismo. El reinado de Maria es tan real como su existencia. Ningún soberano de la tierra puede ostentar un título de realeza tan indiscutido y legítimo. Su reinado le corresponde por derecho divino y derecho humano. Es Reina porque es madre de Jesucristo, Rey de los reyes y Señor de los que dominan. Y lo es también porque nos la daríamos los hombres si no nos la hubiese dado Dios. Como tantas otras en la historia, esta muchedumbre es un nuevo plebiscito que consagra su soberanía.
Pero nuestra dicha suprema consiste en que esa reina es a un mismo tiempo madre. Porque es reina tiene una mano que todo alcanza, y porque es madre tiene la otra que todo lo distribuye. De poco nos serviría su bondad si no dispusiese de poder, y nada nos valdría su poder si no la dominara su bondad. Pero es reina y todo lo puede; es madre y todo lo quiere.
¡Vida, dulzura y esperanza nuestra!
Lo primero que da la madre es la vida. Maria es el conducto criado para comunicarnos la vida increada. Ningún beneficio podríamos recibir sin antes haber obtenido el de ser, el de la vida. Lo esencial es la vida, la vida de la naturaleza y de la gracia, la vida material y la moral. Si el progreso de la vida moral no es por lo menos equivalente al de la vida material, se tendrá un desequilibrio funesto en el mundo. Pero la conservación y el desarrollo de esta doble vida, no se logran por regla general sin ese cúmulo de amarguras y de desesperanzas a que se alude cuando le habla de la lucha por la vida, lucha que a veces se hace intolerable, al extremo de sentirse tentado a exclamar: "¡esto no sólo es vida!" De ahí el aliento supremo que nos causa el saber que Maria no solo es vida, sino además dulzura y esperanza nuestra.
Y para que lo sea cada vez más, para que lo sea hasta el fin, llevamos un asalto decisivo a su corazón maternal hiriéndole con el contraste del espectáculo puesto frente al de su gloria. Desde el fondo del valle, donde nos encontramos gimiendo y llorando, levantamos hacia las cumbres radiosas que ella habita nuestras manos suplicantes y pedimos a la señora y abogada nuestra que vuelva hacia nosotros sus ojos misericordiosos: es decir, que nos deje ver la misericordia de su alma porque los ojos son las transparencias por donde se asoma el alma.
Desde que Liniers, que le dio el título de Señora de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires, rezó la Salve ante esta imagen y le ofrendó los trofeos, la influencia religiosa se deja sentir hondamente en el desenvolvimiento de este pueblo, del cual decimos con orgullo: "Se levanta a la faz de la tierra una nueva y gloriosa nación!"
La Iglesia vela por la patria y la patria por la Iglesia. El secreto de la grandeza efectiva de los pueblos, sobre todo de los que se encuentran en plena formación consiste en que, mientras evolucionan en el progreso, conserven su carácter en el culto de la tradición. |
Pueden algunos lamentarlo, pero no tienen el derecho de adulterar la fisonomía de la patria falseando nuestra historia. La historia es el relato veraz de los hechos y los hechos son como son, no como se quisiera que fuese. A los padres dominicos corresponde, entre nosotros, la gloria de haber sido los custodios celosos de las tradiciones patrias. Era justo que estas tradiciones inmaculadas se perpetuaran en la historia, como cobijadas por alas de ángeles, bajo los blancos hábitos de los padres dominicanos.
La Iglesia vela por la patria y la patria por la Iglesia. El secreto de la grandeza efectiva de los pueblos, sobre todo de los que se encuentran en plena formación consiste en que, mientras evolucionan en el progreso, conserven su carácter en el culto de la tradición.
Me es grato proclamarlo, en presencia de un gobierno que hasta en los últimos días de su mandato ha profesado pública y valientemente el culto de las tradiciones patria, afianzando las bases graníticas que sostienes el edificio de nuestra nacionalidad.
Los que bajo el pretexto del progreso reniegan la tradición
Cuando se rompen los vínculos de la sangre que mantiene a los individuos ligados a una misma familia, y los vínculos de las creencias que los mantienen unidos a una misma fe, y los de la propiedad que los conserva adheridos a un mismo suelo y los de la tradición que los mantiene adictos a una misma patria, la sociedad se disgrega
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realizan una obra de destrucción social. Un pueblo no es un conglomerado de individuos, sin vinculación y sin raigambre. Cuando se rompen los vínculos de la sangre que mantiene a los individuos ligados a una misma familia, y los vínculos de las creencias que los mantienen unidos a una misma fe, y los de la propiedad que los conserva adheridos a un mismo suelo y los de la tradición que los mantiene adictos a una misma patria, la sociedad se disgrega y los individuos, almacenados pero no adheridos, yuxtapuestos, pero no vinculados, no formarán en adelante un pueblo, sino que serán como el polvo fino del desierto, sobre que nada estable se puede edificar, y que está siempre dispuesto a ser levantado por todos los remolinos de las pasiones humanas, sin más perspectiva de volverse a unir, como no sea para caer amasados en el mismo fango o coagulados en la misma sangre. Y cuando a tales extremos se llega, los mismos que en sus teorías los provocaron se espantan, y para reprimirlos recurren a los excesos de la fuerza. Es la eterna falta de lógica a que por sí mismos se condenan "los que levantan cadalsos a las consecuencias, después de haber erigido tronos a los principios".
En esta misma plaza irguióse nuestra frente al beso de la aurora de la libertad: hoy, después de más de un siglo, venimos a inclinarla libremente ante una soberanía del cielo. En aquella histórica jornada, al independizarnos para siempre de todas las soberanías de la tierra, nos desligábamos de un rey; en esta nos damos una Reina. En aquella formulamos a la faz del mundo la proclamación de nuestros derechos; en esta establecimos la enunciación de nuestros deberes. “
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