Conclusión
Los pueblos originarios que habitaron el noroeste argentino, como los del resto del continente a excepción de los mayas, desconocieron la escritura. Se trata, por consiguiente, de naciones que no han logrado transmitir sus tradiciones, su historia y sus conocimientos. Los mismos, nos han llegado a través del frío análisis de los objetos, las construcciones y la rudimentaria pictografía que la ciencia a exhumado. Es un conocimiento parcial, limitado, elemental, que no permite ver más que una parte de aquellos intentos de civilizaciones. Lo que resulta fácil comprobar, es la celeridad que demostraron los aborígenes de América para abrazar la fe católica y dejar de lado sus cultos despiadados, sus deidades monstruosas y sus prácticas de sacrificios. Frente a ellos, las imágenes de la Madre y el Niño, la Sagrada Familia, los santos y el pesebre, pudieron más que serpientes, fieras y demonios sanguinarios.
En solo una centuria, todo un continente se volcó a la nueva religión evidenciando la necesidad de una devoción piadosa y protectora. Por ello el sentir de los naturales, a poco de la conquista, al ver que sus dioses feroces, con sus aterradores aspectos, sus fauces rugientes y sus lenguas de fuego que a cambio de bestiales sacrificios debían brindar “protección” a ejércitos que en algunos casos llegaron a superar a sus oponentes por una diferencia de 50 a 1, no pudieron contra los rudos y valerosos recién llegados, que llevaban al cuello y cargaban en sus alforjas hermosas y enternecedoras imágenes de un Dios hecho Hombre clavado en la Cruz, de una Madre llevando en su regazo a un Niño, de una familia en un pesebre y de individuos bondadosos en actitud de oración.
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