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NOROESTE MILENARIO

  Solitarias y silenciosas, como durmiendo un sueño de siglos, innumerables pueblos y ciudades en ruinas yacen entre los valles, cerros y quebradas del noroeste argentino, semicubiertas por la tierra y la vegetación, en medio de un paisaje de ensueño en el que solo se escucha el viento mientras el cóndor lo sobrevuela en busca de los Andes.

Murallas y defensas de los indios Quilmes

  A 83 kilómetros al norte de la ciudad de Jujuy, en plena Quebrada de Humahuaca, se encuentran las ruinas de la ciudad de Tilcara; la “Troya argentina” como la llamó su descubridor.

  Una noche del mes de enero de 1908, María Elena Holmberg de Ambrosetti revisaba unas anotaciones en el interior de su tienda, junto al morro de Tilcara, completamente ajena a lo que acontecía en la parte alta, donde su marido, jefe de la expedición arqueológica que había llegado al lugar dos semanas atrás, trabajaba con los excavadores, aprovechando las últimas horas de luz.

  Allí cerca, en el pueblo homónimo, formado en torno a una pequeña capilla erigida por los españoles en el año 1600, se encontraba la casa donde en 1841 fueron velados los restos del general Lavalle, después que uno de sus guerreros deshollara su cadáver junto al río cercano.

  Por allí pasó el ejército expedicionario del general Belgrano en su marcha al Alto Perú y fue entonces cuando se escuchó hablar por primera vez de una legendaria población indígena que existió en el lugar en épocas remotas.

  La señora de Ambrosetti revisaba sus apuntes a la luz de un farol cuando repentinamente escuchó los pasos de una mula que se acercaba. Casi al instante, su esposo ingresó en la tienda y con voz entrecortada por la emoción le dijo: “¡Nelly, Nelly, es Troya, es Troya!” y se abrazó fuertemente a ella.  Había encontrado lo que se buscaba desde hacía años: la ciudad prehispánica de Tilcara.

Ruinas de Tilcara

Ambrosetti había trabajado en el lugar, intentando localizar la ciudadela en lugares próximos y al llegar al gran morro, junto al Río Grande, 50 kilómetros al sur de Humahuaca, comenzó las excavaciones que se prolongaron por espacio de quince días. Fue entonces que halló las primeras sepulturas en cista, cubiertas por la maleza, espinas, tierra y pircas semiderruidas, prueba evidente que el lugar había estado habitado.

  Contrariamente a lo que todo el mundo cree, Tilcara no es un pucará sino una ciudad fortificada que abarcó una superficie de aproximadamente 170.000 m2 edificada sobre una colina de 70 metros de altura en un sector estratégico de la quebrada, próximo a otros conglomerados similares como Yacoraite y Huacalera.
  Ambrosetti primero y sus colaboradores después, entre ellos Salvador Debenedetti y Eduardo Casanova, trabajaron en la exhumación de la ciudadela prácticamente a superficie, relevando las ruinas por las que corre un serpenteante camino de 1600 metros de largo que en algunos de sus tramos posee hasta 4 de ancho, del que se desprenden otros de menos importancia.

  Fechados radiocarbónicos efectuados setenta años después arrojaron una antigüedad de casi 1000 años, lo que defraudó a numerosos estudiosos que creían a la población mucho más remota.

  Vestigios encontrados en las ruinas y enterratorios de la ciudadela remontan el origen de Tilcara al año 1050 de la era cristiana, pero basándose en excavaciones que no superaban los 4,50 metros de profundidad. Análisis posteriores demostraron que bajo el suelo de la urbe existían otras ciudades yuxtapuestas, es decir, una encima de otra, como en el caso de Troya, que remontaban su pasado mucho más atrás de lo que se había calculado en un primer momento, posiblemente los años 900 u 800 d.C. 

  Junto a las ruinas fue exhumado el cementerio del que los excavadores extrajeron piezas de gran valor, entre ellas vasijas, armas, utensilios y momias en perfecto estado de conservación. Lo interesante fue descubrir que al igual que en otras ciudades aborígenes del noroeste, había tumbas en el interior de varios edificios, lo que llevó a los especialistas a preguntarse por qué algunos muertos eran enterrados en los cementerios y otros en viviendas, dentro de los recintos poblacionales.

  El director del yacimiento, profesor Norberto Pelissero, excavó y reconstruyó lo que parece haber sido un gran altar que revelaría el sitio en el que estuvo ubicado el templo principal, ignorándose que tipo de rituales se celebraron allí.

Como ya se ha dicho, del camino o avenida que atraviesa la urbe parten otros menores que se internan en los tres barrios en que fue dividida la población, el de la Puerta, el del Templo y el del Monumento, destacando en ellos los espacios abiertos que bien pudieron haber sido plazas o mercados.

Tilcara es un punto de notable interés. No cabe duda que en un pasado remoto fue un importante centro político y comercial y que su influencia se hizo sentir en toda la quebrada, desde un extremo a otro de la Puna y los Valles Calchaquíes.

  En el Museo del Pucará, frente a la plaza del pueblo de Tilcara, se exhibe gran número de piezas de cerámica, armas, herramientas y utensilios encontrados en las ruinas. Sin embargo, lo que más impresiona son las momias, no solamente por sabérselas de remoto origen sino también por su perfecto estado de conservación. Al pie del morro se encuentra el Jardín Botánico con su colección de cactus, cardones y rocas, una de ellas la denominada “piedra campana”, por su misterioso sonido a metal y muy cerca, en dirección este, se extiende el complejo agrícola de El Alfarcito, ciclópeo conjunto de terraplenes de cultivo escalonados, sostenidos por paredes de pirca reforzadas, en un paraje poco conocido denominado Garganta del Diablo. En ese punto, los pobladores de la región sembraron maíz, mandioca y todo tipo de legumbres.

  Esta gigantesca obra de ingeniería hidráulica cuenta con un sofisticado sistema de irrigación artificial poco frecuente en el noroeste, muy bien edificado. Salvador Debenedetti y Héctor Greslebin lo describieron en detalle resaltando, sobre todo, las espectaculares terrazas y andenes, los canales y las acequias que hoy asombran a los viajeros que por allí se aventuran.

  Mucho más imponente que El Alfarcito es Coctaca, conjunto de andenes similares al anterior considerado el yacimiento arqueológico más extenso y mejor conservado de la provincia de Jujuy.

  Abarca un área de 40 hectáreas (19 km2 ) sobre las que los ingenieros diaguitas construyeron un sofisticado sistema de cultivos en forma de anfiteatro, destacando principalmente sus terrazas, andenes, acequias y edificaciones. Lo que llama poderosamente la atención es el terreno prácticamente llano sobre el que fue levantado el complejo, cuya poco pronunciada pendiente dificulta la comprensión de su funcionamiento.

  Coctaca está a 3250 metros sobre el nivel del mar, junto a un arroyo que desemboca en el Río Grande, al noroeste de Humahuaca, un tanto al norte de los restos de un pucará.

  Existen ruinas de ciudades y pueblos en La Isla, Huella, Casabindo, Sorcuyo, Yaví Chico, Ciénaga Grande, en las cercanías de Purmamarca, en Los Amarillos, donde se yergue otra población amurallada; en La Huerta, donde destacan 350 edificaciones y otros puntos de la provincia de Jujuy, no muy distantes unos de otros.

  Cerca de los vestigios de Orosmayo existen grutas con interesantes pictografías, lo mismo que en Inca Cueva, y Huachicoanas, cerca de Avra de Pives, ocupadas 9000 años antes de Cristo, todas ellas célebres expresiones del arte pictórico rupestre.

  Destacan también las ruinas de Titiconte donde fue hallado un mosaico blanco con llamas y vicuñas marrones anteriormente descripto y las de la ciudadela fortificada de La Rinconada, muy cerca de la frontera con Bolivia, sobre una meseta de 130 metros de largo por 80 de ancho, a 20 metros de altura, según el relevamiento de Eric Boman. Allí sobresalen viviendas de plantas rectangulares, cuadradas y circulares, rodeadas por una muralla y obras defensivas de consideración atravesadas por un único camino de acceso, serpenteante y dificultoso. Todo el conjunto está a 3950 metros sobre el nivel del mar y en su interior se encontraron menhires de hasta dos metros de altura tan impactantes como los de Tafí del Valle. En las laderas del cerro hubo terrazas de cultivo y pircas que aún hoy son fácilmente observables.

  A unos 20 kilómetros al oeste de Tilcara se encuentra Estancia Grande, 3500 metros sobre el nivel del mar, donde se alzan los restos de un antiquísimo poblado que data del período temprano, situado en un paraje donde abunda la alfarería rústica monocroma.

  La provincia de Salta también encierra en su territorio tesoros arqueológicos de incalculable valor. Las ruinas de Tastil, excavadas por Enrique Sívori y Fermín Nakayama varios años después del descubrimiento de Boman, son solo un ejemplo.

  La población cubre una extensión de 12 hectáreas, se encuentra a 3100 metros sobre el nivel del mar y consta de unos 440 edificios de las más variadas formas y dimensiones. La mayoría son del tipo semisubterráneos, sin puertas de entrada, lo que lleva a suponer que las mismas debieron estar ubicadas en los techos de cada viviendas y que se accedía a su interior por medio de escalinatas de madera.

Ruinas de Tastil

Tastil parece haber sido un importante centro comercial en el que se intercambiaban mercaderías provenientes de comarcas como la Puna, el llano, los esteros, el sector andino, el altiplano y el mismo Perú. En su período de máximo esplendor debió albergar una población cercana a los 3000 habitantes que dieron vida a lo que hoy es un sector desértico y desolado y al parecer fue punto de llegada y cruce de caminos de caravanas y comerciantes.

  La ciudad poseía tres plazas periféricas y una central, algo mayor que las otras, sobre las que convergían varias callejuelas de traza irregular que atravesaban su interior y a las que daban las viviendas que tenían su acceso a nivel del suelo. Existieron también caminos por sobre los muros y los techos utilizados, sin ninguna duda, como senderos.

  La ubicación de la urbe es realmente estratégica, a medio camino entre la Puna y el Llano, por lo que no resultaría extraño que sus plazas hubiesen sido utilizadas como centros de intercambio de productos como ocurre hasta el día de hoy en Pisac, Perú, cuyas ferias y mercados son muy activos y concurridos.

  El cardón tuvo una importancia notable en todo el noroeste y Tastil no escapó a la regla.

Otra vista de las ruínas de los Quilmes

  Federico Kirbus sostiene en sus libros que se puede hablar de una verdadera “cultura del cardón ” ya que de no ser por ese material, posiblemente los aborígenes no hubiesen construido nunca poblaciones tan importantes como las que nos ocupan. Seguramente hubiesen morado en cuevas, simples chozas o toldos como lo hicieron los indios de las pampas y la región patagónica.

  La antigüedad de Tastil, ubicada en la confluencia de los arroyos Las Cuevas y Tastil, se remonta al año 1360 de nuestra era y su período de mayor esplendor a 1440. Sin embargo, todo parece indicar que el poblado ya existía a fines del siglo XIII y antes también.

  Aparentemente los tastilenses habitaron la ciudad hasta poco antes de la invasión española y al abandonarla, se llevaron consigo todo el cardón que había (vigas, parantes, dinteles, tablones, tirantes y soportes) cuya madera, muy resistente por cierto, era objeto de valor en la zona. En el Museo Arqueológico de Salta se exhiben muestras de cerámica, armas y diversos objetos hallados allí.

  Junto a las ruinas pasa la ruta nacional 51 y cerca de ellas se encuentra el pequeño pueblito de Santa Rosa de Tastil, a 106 kilómetros al noroeste de Salta y 59 al sudoeste de San Antonio de los Cobres, en pleno Parque Arqueológico Provincial.

  La ciudad prehispánica tenía un importante muro de defensa que cubría el sector más vulnerable de un ataque exterior, el que miraba hacia el arroyo Las Cuevas. No muy lejos, hacia el norte, en cercanías de la estación ferroviaria “ Diego de Almagro ” del ramal C-14 que une Salta con San Antonio de los Cobres, se encuentran las poco reconocibles ruinas de Morohuasi, expresión que significa “ojo de agua”, descubiertas también por Boman junto al arroyo que serpentea por la parte inferior de la Quebrada del Toro. Frente a ellas y a un pequeño caserío se observan los restos de un primitivo molino español, cuyas piezas yacen todavía en el lugar.

  La Paya, al sudoeste de Cachi y a 2400 metros sobre el nivel del mar, en el Camino del Inca, fue quizás la población diaguita más importante del período precolombino. Se encuentra en lo alto de un morro a 25 metros del nivel de la superficie y a sus pies pasa el río Calchaquí.

  Entre sus ruinas, que se encuentran a solo 16 kilómetros de la ruta nacional Nº 40 se destaca la Casa Morada, gran edificio de excelente terminación con varias puertas, ventanas y habitaciones interiores que parece haber sido morada de algún personaje de importancia. ¿Habrá sido la sede de los gobernantes incaicos que eligieron a esa urbe como centro administrativo de la región?, ¿fue un palacio, un templo o el asiento de un reyezuelo local?. Tal vez nunca lo sabremos pero todo parece indicar que se trató de un punto de cierta jerarquía y poder ya que la ciudad tiene otras construcciones de calidad y está rodeada por una muralla semiderruída.

  Hay más ruinas de la provincia de Salta, entre ellas Payogasta, en la Quebrada del Río Blanco, donde aparece un edificio similar al de La Paya parcialmente revocado; Tacuil, una fortaleza utilizada por los diaguitas durante su guerra contra los españoles; Tinti, en el Valle de Lerma, cuya entrada está marcada por dos grandes piedras verticales a modo de portal e Incahuasi, al este de la estación ferroviaria “Ingeniero Maury”, de semejantes características a Tastil y Morohuasi aunque de dimensiones menores. En ese punto se encontraron 336 sepulcros y otros objetos de gran interés arqueológico, entre ellos un collar sonoro fabricado con nueces y semillas de achira a las que un grupo de botánicos logró hacer germinar.

  Incahuasi llama poderosamente la atención por varios motivos, uno de ellos, el extraño trono de piedra que se conserva en el interior ruinoso de una de sus edificaciones (de ahí su significado, “trono del inca”), su extenso muro circundante y su antigüedad, que la remonta a los tiempos del Inca Yupanqui, emperador del Perú y de su hijo, Huaina Capac, quienes la habrían mandado edificar para fortalecer su dominio sobre los diaguitas y calchaquíes durante la conquista de Chile.

Ruinas de Incahuasi

  Muy cerca de Salta se encuentra el mal llamado Pucará del Valle de Lerma, conjunto de extraños túmulos circulares marcados con piedras del más variado tamaño (oscilan entre los 40 y los 270 centímetros de diámetro), prolijamente dispuestas una al lado de otra.

  Los túmulos se hallan a su vez distribuidos en hileras que guardan un perfecto orden geométrico y se ha podido determinar que no se trata de tumbas ni de los cimientos de viviendas como tampoco de altares y su objeto es, hasta el día de hoy, completamente desconocido.

  Dejamos atrás las tierras de Salta y Jujuy para internarnos en Tucumán y detenernos primeramente en el antiguo solar sagrado de los primitivos habitantes del noroeste, Tafí del Valle, complejo ritual ubicado en lo alto del Aconquija y las cumbres calchaquíes.

  Kirbus las describe con detalle y sencillez en sus obras Historia de la Arqueología Argentina y Las Mil Maravillas de la Argentina, donde explica que se trata de los vestigios de un gran valle sacro de 100 km2 de superficie, ocupado desde tiempos remotos.

  En sus 26 hectáreas, atravesadas por la ruta provincial N° 307 que une Acheral con los valles calchaquíes, se encuentran yacimientos arqueológicos de incalculable valor. A través de ella y dejando atrás Angostura, se ingresa al parque “Los Menhires” donde se yerguen 129 dólmenes antropomorfos y zoomorfos hallados en el lugar y otros sitios cercanos, todo ello a 1891 metros sobre el nivel del mar. Cerca de allí se encuentra el pueblo indígena de El Mollar en cuya plaza se descubrieron más menhires y túmulos, algunos de 3 metros de altura. Alberto Rex González y Víctor Núñez Regueiro hallaron en el lugar variadas cerámicas, osamentas de animales, herramientas de piedra y madera, restos de fogatas y esqueletos humanos.

  Todo el paraje encierra un misterio especial, suerte de santuario milenario que por su antigüedad y extensión lo hace tanto o más espectacular que Stoneherge, en Inglaterra.

  Los menhires varían mucho entre sí y aparentemente fueron esculpidos en lugares y épocas diversas para ser trasladados en procesión al centro ceremonial.

  Descubiertos por Ambrosetti a principios de siglo y estudiados por numerosos especialistas como el antropólogo Alberto J. Marcellino y los arqueólogos Eduardo Berberián y Horacio Calandra, oscilan entre 1 y 5 metros de altura.

  Los restos de antiguos pueblos y viviendas son muy abundantes en la región. Estas últimas tienen un patio central de forma circular con 17 metros de diámetro aproximadamente, al que dan varias habitaciones de igual trazado cuyas medidas oscilan entre los 5 y los 10 metros de diámetro. Allí vivieron clanes familiares que agregaban recintos a medida que el número de sus miembros iba aumentando siendo su altura de unos dos metros, lo que parece una constante en todo el noroeste.

  Terrazas, andenes de cultivo, acequias, túmulos, extraños círculos rituales delimitados por piedras con una roca solitaria en el centro, restos de construcciones, corrales, silos, depósitos, tumbas y hasta una gran espiral también de piedras, dan forma a ese gigantesco conglomerado arqueológico que fue el valle de Tafí en el corazón del imperio diaguita.

  Camino al Infiernillo, las laderas están cubiertas por más vestigios, túmulos u otras edificaciones, pircas en especial. ¿Qué eran esas viviendas dispersas?, se preguntan los estudiosos; tal vez templos, refugios y hasta hospedajes en los que se albergaban los peregrinos de tierras lejanas.
  Sin ninguna duda Tafí del Valle fue un centro ceremonial de capital importancia para toda la región diaguita-calchaquí habitado desde antes de la era cristiana, según los fechados radiocarbónicos.

Colgante de oro de un cacique calchaquí

  Pero eso no es todo; a media legua del camino que une las localidades de Santa María y Cafayate, rodeadas de montañas y espesura, se encuentran las ruinas de Yocavil, la ciudad de los indios quilmes, una de las tribus calchaquíes más organizadas y belicosas del noroeste.

  Se trata de un conglomerado de asombroso diseño urbanístico, tal vez el más complejo del territorio argentino, distribuido en forma de anfiteatro por una parte, la más importante y visitada por los turistas. Pero el poblado es mucho más amplio de lo que se puede apreciar, con barrios periféricos que rodean la olla natural que conforma el cerro Alto del Rey, que en conjunto dan el aspecto de un conjunto de gradas perfectamente alineadas.

  Aquí y allá se proyectan grandes promontorios en los que los ingenieros calchaquíes instalaron poderosos torreones de defensa.

  Sus edificios son de formas rectangulares, cuadrados, circulares y elípticos con muros de piedra de gran espesor, que suelen se de 0,70 centímetros aunque los hay también de hasta dos metros, algo realmente curioso.
  Las ruinas fueron descubiertas por Ambrosetti y Brusch que además, realizaron una detallada descripción. En 1977 se iniciaron los trabajos de limpieza y reconstrucción parcial bajo la dirección de Norberto Pelissero en el aspecto arqueológico y Horacio A. Difrieri en el histórico, quedando habilitadas al público desde el 9 de julio del año siguiente.

  Hacia la parte sud, las edificaciones se suceden una a otras cubriendo un área cinco veces mayor que las del llamado “anfiteatro” y en su extremo, se encuentra el gran embalse en el que los calchaquíes, mediante un canal aliviador, acumulaban el agua que  empleaban en sus cultivos y en el riego de los cuadros sembrados.

  El líquido salía por un orificio circular de 15 centímetros de diámetro que podía cerrarse en forma total o parcial. Se trata de una obra sólida y sorprendente que consta de dos contrafuertes centrales internos reforzados con piedras lajas solidamente asentadas que con junto con las represas escalonadas de Mutquín en Catamarca, El Alfarcito y Coctaca, constituyen las obras hidráulicas más importantes de la Argentina precolombina, muy anteriores a los tajamares jesuíticos de Alta Gracia, Jesús María, Candelaria, Totoral y Santa Catalina que datan de los siglos XVII y XVIII.

  Yocavil está situada a 1850 metros sobre el nivel del mar en una zona de clima benigno y en su momento de esplendor llegó a tener más de 3000 habitantes. Sus últimos pobladores se plegaron al Gran Alzamiento llegando a disponer de 400 lanzas hasta que en 1665 los españoles aplastaron la rebelión diezmando a las once tribus que conformaban a la parcialidad quilmes.

  Doscientas setenta familias fueron trasladadas cautivas en penosa marcha hasta el sur de Buenos Aires para ser alojados en la reducción de Exaltación de la Cruz, que daría origen a la actual población suburbana de Quilmes. Ninguno de ellos sobrevivió ya que el último exponente de la tribu murió en 1812, sin dejar descendientes, lejos de sus milenarias tierras.

  La ciudad de Yocavil cayó en el olvido, con sus sólidas edificaciones, sus defensas y su dique. Su rival, Tolombón, a escasas leguas al norte, corrió la misma suerte al quedar completamente abandonada.

  Muy cerca de allí, a 16 kms. al sur, se encuentran las ruinas del pucará de Aconquija, también llamado Fuerte Quemado o la Ciudad Perdida del Rey Inca, situada a 4200 metros sobre el nivel del mar, en una zona de brumas y niebla permanente, donde imperan climas fríos y ventosos.
Se trata de un curioso centro ceremonial consistente en un patio de 70 metros de largo por 50 de ancho, perfectamente aplanado y rodeado por muros semiderruidos, en cuyo centro se alzaba un menhir. Andenes y terrazas pircadas circundan la zona, a 800 metros de un pequeño pueblo minero unido al santuario por un camino empedrado, conocido como Camino del Inca, próximo al río Cochuna.

  La región fue ocupada por los españoles quienes, interesados en la explotación de las minas, dieron forma al poblado y emplearon con frecuencia el mencionado camino diaguita. Antes de continuar, conviene aclarar que los pucarás eran fortalezas indígenas emplazadas en lugares estratégicos en tanto los “pueblos viejos” fueron conglomerados estables, generalmente carentes de defensas, situados en la parte baja de los valles y próximos a una vía de agua.

  Casi todos los pucarás fueron construidos en lo alto de cerros y quebradas con el fin de proveer refugio e interceptar el paso del enemigo y otros se situaron en sectores adyacentes como el de Calete o Piedras Blancas, antiguo emplazamiento omaguaca. Los hay también en quebradas alejadas como los de Ciénaga Grande y La Huella, relevados por Fernando Márquez Miranda y explorados por Alberto Mario Salas. La Cueva, La Huella y Los Amarillos son poblaciones sin obras defensivas, lo que no quita que otras similares las tuvieran, tales los casos de Tilcara, Tastil, Morohuasi, Yocavil, Tolombón, La Rinconada y Hualfín, este último en la provincia de Catamarca.

  En la región Iruya-Santa Victoria, los núcleos urbanos son bastante más reducidos, como se puede observar en Colanzuli, Rodeo Colorado, Cuesta Azul, Vizcarra, Chaupi Lomas y la particular Tarcayo, donde se observa un curioso sistema de nichos y habitaciones dobles intercomunicadas entre sí por una puerta cuadrada común a ambas.

  Pucarás o fortalezas fueron los de Molino Viejo, Colanzuli, Higueras, Zapallar y Andalagá, así bautizado por su descubridor, Alberto Rex González, para diferenciarlo del de Aconquija que se encuentra en las proximidades
Relevamientos aerofotográficos permitieron detectar una ciudadela fortificada a la que Federico Kirbus denominó “La Tortuga”, descubierta casualmente por el ingeniero Juan Baumann. En ella, se observan los contornos de viviendas, patios, muros y corrales muy cerca de un camino prehispánico que atravesaba el valle lateral de la Quebrada del Toro, en la provincia de Salta.

Juan Bautista Ambrosetti

  Otro descubrimiento de similares características fue el de un extenso yacimiento arqueológico que ocupa una considerable extensión de la región valliserrana, entre la precordillera y los primeros contrafuertes andinos. El lugar, situado en un gigantesco bolsón, surcado de riachos y arroyos, que presenta un declive de entre 3000 y 2000 metros sobre el nivel del mar, aparenta haber sido un importante centro agrícola y minero de unos 20 km2 en el que llegaron a vivir unas 10.000 personas. El área se encuentra salpicada por poblaciones ruinosas, cimientos, restos de pircas, murallas semiderruidas, andenes de cultivo, acequias, corrales y unas particulares habitaciones colectivas de forma semicircular.

  Kirbus deja volar la imaginación y se pregunta si no se trata en realidad, de la legendaria Ciudad de los Césares, tan buscada por los conquistadores hispanos en los siglos XVI y XVII.

  Dejando atrás Jujuy, Salta y Tucumán, nos adentramos de lleno en la provincia de Catamarca donde en lo alto del cerro El Mendocino, a 420 metros de altura del río Santa María y a 2000 sobre el nivel del mar, se encuentra Punta de Balasto, donde se alza Ingamana, la mayor fortaleza precolombina del territorio argentino.

  Por su apariencia y ubicación, en lo alto de un cerro a cuyos pies serpentea una importante vía acuática, rodeado por numerosas elevaciones y abundante vegetación, se la ha comparado con Macchu Picchu, pese a que sus dimensiones y grandiosidad es bastante menor.
Sin embargo, el conjunto dispone de una serie de construcciones de sólida estructura, cuyos gruesos muros dobles, reforzados, nos recuerdan a Yocavil.

  Ingamana cuenta con un complejo sistema de murallas que se suceden unas a otras en forma escalonada hasta el número de siete, con torreones adelantados en sus extremos y estratégicos puestos de observación protegidos por escudos de lajas verticales aquí y allá. Lo más asombroso es que la fortaleza resulta prácticamente invisible desde abajo y por consiguiente, de difícil ubicación. Aquí y allá, montículos de piedras perfectamente redondeadas, apiladas en diversos puntos como para ser arrojadas sobre alguna fuerza atacante, son prueba de que el complejo fue, en un remoto pasado, un importante bastión militar.

  Entre las edificaciones más destacadas sobresalen viviendas, depósitos, corrales, silos y una construcción de forma rectangular que bien pudo haber sido un cuartel, un templo o la residencia de alguna autoridad. Fuera del recinto amurallado, en la boca de acceso a la quebrada, se alza solitaria otra edificación, muy similar a la anterior, conocida como la Casa del Cacique, que bien pudo haber sido una suerte de atalaya o avanzada para cerrar el acceso al lugar.

  La gran incógnita fue el agua. ¿De donde la obtenían?. Lo más probable es que sus ocupantes la almacenaran en ánforas y vasijas y que luego la guardaran en los depósitos junto a víveres y vituallas aunque no se descarta la existencia de una vertiente en algún punto del cerro, hoy sellada o agotada.

  Tantas fortalezas y bastiones son prueba concreta de que en aquellos tiempos hubo guerras y que los diaguitas fueron un pueblo belicoso o bien, dispuesto al combate y la defensa de sus solares.

  En las proximidades de esta verdadera Macchu Picchu argentina, se encuentran los pucarás de Loma Rica y Rincón Chico, donde también existió un  poblado al pie del cerro, en el que se observan andenes de cultivo, pircas y otras construcciones que el paso del tiempo destruyó, muy cerca de la Sierra Cajón y la ruta nacional Nº 40.

  En Catamarca se encuentra también la estancia “La Rinconada” dentro de cuyos límites, Alberto Rex González descubrió un gigantesco túmulo de 20 metros de largo por 14 de ancho y 4 de alto, a la altura del mojón 1375 de la ruta provincial Nº 1, entre las localidades de La Puerta y Los Varela.

  La construcción, que se encuentra rodeada por restos de viviendas y vestigios de cerámicas, posee dos de sus muros construidos con lajas y los restantes con piedras-bola de forma irregular.

  Los estudiosos y especialistas se preguntan cual fue la finalidad de esa edificación ya que no se trata de una tumba o una vivienda. Podría ser un santuario o los cimientos de un gran templo en el que Federico Kirbus cree ver lo que podría ser el primer nivel de una pirámide escalonada trunca, que no llegó a ser terminada. Sin embargo, es él mismo quien finaliza diciendo que puede que el término resulte un tanto pretencioso y apresurado. El túmulo será siempre un enigma, como tantos otros que nos ofrecen las tierras del noroeste, del que quizás nunca sepamos nada.

  Siempre en territorio de Catamarca, se yerguen ruinas en Antofagasta de la Sierra, Botijuela, Antofalla, Laguna Colorada, Tebenquicho, Caspichango, Campo del Arenal (unas diez hectáreas con viviendas de tipo subterráneas, rectangulares y circulares), Agua de las Palomas, Andalhualá, Fambalasto y sus siete cementerios, Guasimayo, Quimivil (cerca de Londres), Saujil, Batungasta (junto al río La Troya), La Ciudarcita y El Alamito, este último de una antigüedad que se remonta a los primeros años de la Era Cristiana, con sus viviendas en forma de U, en cuyo centro fue hallado un menhir.

  Vestigios de fortalezas y defensas se encuentran en Antofagasta de la Sierra, a escasos 5 kilómetros al sudeste de ese punto; en Loma Rica, cerca de un conjunto de grandes piedras con petroglifos; Apajango, donde fueron hallados vestigios de la industria paleolítica que lleva su nombre; Jujuyl, Alumbrera, cuyas murallas penetran en aguas de la laguna homónima y en Aconquija, circundados por un muro de 3 metros de alto hecho de lajas.

  Sin embargo, es El Shinkal de Quimibil la población más importante del noroeste argentino. Descubierta por el arqueólogo sanjuanino Adán Quiroga en 1901 (expedición patrocinada por el Instituto Biográfico Argentino), volvió a caer en un inexplicable olvido hasta que en 1982 un equipo del Departamento de Arquitectura del Museo de La Plata encabezado por el Dr. Rodolfo Raffino las redescubrió. El poblado, igual que Macchu Picchu, se hallaba cubierto por una densa vegetación (espinos, cardones y algarrobos) y su planta urbana, de 22 hectáreas, contiene cerca de 100 edificaciones de clásico estilo incaico, construidos con piedra megalítica.

  El Shinkal es uno de los 160 asentamientos poblacionales que los antiguos peruanos establecieron a lo largo de los 350.000 km2 que abarcó su imperio en el noroeste argentino. Su estructura urbana parece copiar la misma traza de Cuzco, reafirmando con ello la teoría de la presencia incaica en nuestro territorio. Como se recordará, el inca Pachacutec mandó edificar cuatro capitales en el Tihiantinsuyo para regir desde ellas el mismo número de “virreinatos”. Su hijo y sucesor, Tupac Inca Yupanqui, dio mayor impulso a esa política colonizadora y al parecer hicieron lo mismo sus descendientes, Huayna Capac, Huascar y Atahualpa. De confirmarse el hecho de que  el poblado es una de aquellas capitales, estaríamos ante la presencia de un centro político, administrativo y militar de envergadura, edificado por los mismos incas para controlar la región. Y ante esa posibilidad, la pregunta surge inexorable: ¿residió en El Shinkal alguna alta autoridad del Perú precolombino; un virrey, un gobernador o un alto jefe militar? De ser así, su importancia sería enrome.

El Shinkal de Quimivil, provincia de Catamarca asiento de las autoridades incaicas

  Analizando el trazado y edificación de la ciudad, encontramos una plaza de armas central llamada “Ucaipata” junto a una plataforma ceremonial a la que se accede por una escalinata de piedra bautizada “trono”. Llaman poderosamente la atención las “cayancas” o edificios administrativos en torno a la plaza, en lo que aparenta ser un amplio sector residencial contiguo a una serie de galpones con techos a dos aguas y amplios depósitos con la típica puerta incaica lateral con dinteles de piedra y varias puertas trapezoidales que miran a la plaza principal. Los incas edificaron estas cayancas a lo largo de su imperio, desde el Ecuador hasta la provincia de Mendoza y la de El Shinkal es una de las más importantes.
El “Usñú” o trono, es uno de los edificios principales y es el que da real significado al lugar. Al parecer fue sitio de ceremonias, posiblemente un templo, algo  reforzaría la teoría de que la ciudad fue edificada de acuerdo a un planeamiento astronómico del que los antiguos peruanos eran verdaderos especialistas.

  El “Cuartel” es un conjunto de catorce construcciones que ocupa un terreno de 100 metros por 60 y que, según los estudiosos, se trató realmente de un sector reservado a la milicia. Allí se encontraron restos de armas, proyectiles, cerámicas y huellas de fogones que confirman la presencia de soldados e individuos vinculados a las fuerzas armadas. Contra los muros de estos edificios se observan unas plataformas rectangulares que semejan camastro
Vestigios de fortalezas y defensas se yerguen también en Antofagasta de la Sierra, a escasos 5 kilómetros al sudeste de El Shinkal; en Loma Rica, cerca de un conjunto de grandes piedras con petroglifos; Apajango, donde fueron hallados vestigios de la industria paleolítica que lleva su nombre; Jujuyl, Alumbrera, cuyas murallas penetran en aguas de la laguna homónima y las de Aconquija, circundados por un muro de 3 metros de alto, hecho de lajas.

  Otra cque llamó poderosamente la atención de los arqueólogos fueron las “collcas”, bodegas y almacenes donde los indígenas depositaban el producto de sus cosechas, especialmente el maíz y papas, y lo guardaba por varias temporadas, con sus aperturas mirando hacia el sur a través de las cuales, entraban los vientos helados que mantenían el grano. En una palabra, se trataba de verdaderos silos que funcionaban como frigoríficos. Existen numerosas de estas edificaciones en los sitios más altos de la región andina, especialmente Cochabamba, donde se contaron unas 3000 de ellas aunque se cree que la cifra a lo largo del imperio es millonaria.

  Los incas se retiraron del territorio argentino con la llegada de los españoles. Como ya se ha dicho, algunas de sus ciudades y colonias estuvieron habitadas hasta poco antes del hombre blanco y al respecto, El Shinkal no fue una excepción. Producida la retirada peruana, el enclave fue ocupado por aborígenes locales de etnia diaguita y calchaquí, quienes utilizaron sus instalaciones varios años hasta que, al cabo de un tiempo, también las abandonaron de manera abrupta.

  Entre 1630 y 1636 se produjo la rebelión encabezada por el cacique Chalimín, quien intentó vanamente sacudir el dominio hispano. Hoy se sabe que este cacique y sus guerreros se refugiaron varias veces en El Shinkal y que desde ese punto incursionaron sobre toda la región. Una prueba fehaciente de ello es que, en una de las collancas, se encontraron huesos de vaca, animal que como es sabido fue introducido por los colonizadores europeos.
Es casi seguro que la gente de Chalimín comieron uno de esos animales en la ciudada abandonada durante la guerra ya que análisis efectuados con el carbono 14 arrojaron como resultado el año 1635.

  En las ruinas de El Shinkal se han encontrado diferente tipo de elementos, especialmente torteros para hilar lana de vicuñas, pequeñas figurillas e ídolos de oro, utensilios de cocina y objetos varios, además de armas como tumis, mazas estrelladas de bronce y hachas con forma de “T”, del mismo material. Recordemos que los incas aplicaron el bronce al arte de la guerra, hecho que les proporcionó una considerable ventaja sobre los demás pueblos. Llaman la atención, además, figuras antropomorfas de bronce y arcilla que posiblemente representan deidades de origen cuzqueño.

  Loa antropólogos trabajaron en El Shinkal entre 1982 y 1984, año en que se produjo un paréntesis que se prolongó hasta 1992, cuando el equipo del Dr. Raffino retomó las excavaciones, reflotando lo que fue una verdadera ciudad perdida de la civilización incaica. Y no faltan quienes se preguntan si la misma no fue la legendaria Ciudad de los Césares que tanto desveló a los conquistadores, una pregunta que jamás tendrá respuesta.

  En la provincia de La Rioja se encuentra Fuerte del Pantano, añejo poblado indígena próximo a las ruinas de una iglesia del período hispánico temprano y a un complejo de hornos con formas de torres relativamente elevadas en los que se fundía el metal de las minas de Capillitas. En las cercanías y en otros puntos distantes, siempre en la misma provincia, existen  numerosos pucarás que sí constituyeron verdaderas fortalezas y bastiones defensivos, destacando especialmente Los Sauces, Guandacol y Vinchina, este último muy similar a Ingamana aunque de dimensiones más reducidas.

  Cerca de Vinchina se encuentra un curioso campo estrellado que se conoce como Quebrada de La Troya, donde se puede apreciar un buen número de grandes estrellas formadas por piedras de diverso tamaño y color, cuyos diámetros oscilan alrededor de los 18 metros. Las mismas, que solo son distinguibles desde el aire, poseen una “entrada” lateral por el que se accede a su centro, marcado por lo general por una roca. Este complejo nos recuerda vagamente a las líneas de Nazca, en el sur del Perú ya que son mucho más visibles a vuelo de pájaro.

  En territorio mendocino yace en ruinas el poblado de Los Tambillos, excavado en 1971 a 25 kilómetros al norte de Uspallata. No muy lejos de allí se encuentra Tocota, descubierta sobre el Camino del Inca en 1967 por Eduardo Berberián. Hay más ruinas en Paso de Lámar, departamento de Jachal, lo mismo en La Paila, Río Tambos, Paso Valeriano, Pircas Negras y La Alcaparrosa, muchos de ellos identificados como tambos o instalaciones menores. En San Juan se encuentra Angualasto, en cuyas cercanías se alza una escuelita con un interesante museo regional digno de ser visitado.

  Para finalizar, en Santiago del Estero se han encontrado restos de poblados mucho menos complejos, consistentes en chozas rodeadas de empalizadas de adobe, piedra y madera, con fosos de protección. Se trata de aldeas primitivas poco dignas de ser tenidas en cuenta.
Esta ha sido, pues, una descripción somera de lo que diaguitas y calchaquíes dejaron como legado en nuestras tierras del norte. Lamentablemente desconocieron la escritura por lo que se llevaron con ellos muchos de sus secretos.

  Resulta imposible, entonces, conocer sus prácticas religiosas, su organización política y militar, el nombre de sus reyes y las hazañas de sus guerreros así como también sus épocas de gloria, sus períodos de crisis y las verdaderas causas de su decadencia. Sin embargo, aún perduran sus ruinas, vestigios de un pasado importante, posiblemente glorioso, que evidencian el alto grado de desarrollo que alcanzaron y lo cerca que estuvieron de dar forma a una verdadera civilización.

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