RELIGION Y CULTO
Pese a los pocos datos de que se dispone, es conveniente hacer un apartado dedicado a la religión y los cultos que practicó aquella cultura, debido a la importancia que tuvieron en sus vidas y desarrollo social.
Como todos los pueblos andinos, los diaguitas fueron politeístas, siendo el sol su deidad principal. Adoraron también al trueno, al relámpago, la luna y ciertos árboles que consideraban sagrados.
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Menhir en Tafí del Valle
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Narváez niega este último culto (el de los árboles), pero no el del sol, que se ve reflejado tanto en el arte de los calchaquíes como en el de los comechingones (discos, cerámicas, petroglifos y pictografias), analizado detenidamente por Adán Quiroga.
Los diaguitas representaron a sus deidades tallándolas en madera o esculpiéndolas en piedra, objetos que encontró Ambrosetti en muchas de sus excavaciones.
A los ídolos de piedra se los adoraba en santuarios construidos en sus poblaciones, en grutas y en sitios altos, dos de ellos, el de Chañi, a 6.100 metros de altura y los de las cavernas de Chacuniayo, con sus altares escalonados donde, al parecer, colocaban sus estatuillas y elementos de culto.
En las ruinas de La Rinconada, se hallaron pequeños recintos con menhires cilíndricos de aspecto humanoide, de 2 metros de alto por medio de ancho y en los frescos que luce uno de sus muros, aparecen escenas de sacrificios humanos.
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Momia de un niño sacrificado |
Los templos solían tener, además de altares, mesas de piedra sobre las que algunos estudiosos creen que se colocaba a la víctima que iba a ser inmolada.
En las cimas del Cerro Morado existen ruinas de templos dedicados especialmente al culto solar. Particulares son también las “apachetas”, misteriosos túmulos de piedras ubicados en senderos y caminos cordilleranos, de las que Márquez Miranda encontró varias en el límite entre Salta y Jujuy, la más alta en Abra del Cóndor, a 4.080 metros de altura.
Los diaguitas momificaron a sus muertos colocándolos en el interior de urnas fúnebres que, por lo general, enterraban en cámaras funerarias ubicadas en los ángulos de las habitaciones de sus viviendas o en cercanías de sus puertas de acceso. A otros, especialmente a los niños, se los enterraba en los cementerios cercanos.
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Dolmen en Tafí del Valle
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¿A quienes se enterraba en las cámaras y a quienes en los cementerios? se preguntan todavía los investigadores sin encontrar una respuesta concreta.
Existen otras tumbas en forma de “chullpas”, no tan importantes como las de Sillustani (Puno, Perú) pero sí considerables, en la puna jujeña y en cercanías de Tilcara. Se trata de edificios bajo abrigos rocosos, de forma semicircular, construidos íntegramente en piedras ligadas unas a otras con barro amasado, a las que se dejaba un orificio cuadrado pequeño en la base. Esas tumbas poseían paredes lisas por dentro e irregulares por fuera, lo que les daba aspecto de erizo. No sobrepasaban el metro y medio de profundidad y para su construcción se aplicó la técnica de pirca o la de lajas dispuestas de manera vertical.
En ellas se depositaba el cuerpo del muerto y junto a él, sus pertenencias, sus armas, semillas y demás elementos que iba a necesitar en su viaje al más allá.
Los principales enterratorios del noroeste son los de Belén, Angualasto, Fambalasto y los de los valles calchaquíes, de los que se ha extraído un importante número de momias, que hoy se exhiben en los principales museos del país e incluso, del exterior. Otro cementerio de importancia es el de Rodeo Colorado, provincia de Salta, en el que algunos adultos fueron depositados en chullpas cuadradas, rectangulares, hexagonales y redondas, lo que lleva a suponer que podría tratarse de personajes de elevado rango (caciques, sacerdotes, guerreros).
La práctica de sacrificios humanos, en especial de niños, era una costumbre frecuente entre los pueblos del noroeste, común al de otras naciones del continente como los incas, los aztecas, los mayas y los chibchas.
Uno de los santuarios más importantes de la América precolombina fue el de Tafí del Valle, en Tucumán, donde los aborígenes levantaron menhires y dólmenes tan notables como los de Stonenghe, en Inglaterra; Álava, España y otras regiones de Irlanda, Escocia, Gales y Francia.
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El Mollar
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Que el culto del sol fue importante en la Puna y la Quebrada lo demuestran las observaciones efectuadas por el padre Barzana, que le permitieron afirmar que los calchaquíes, después de cada batalla, decapitaban a sus enemigos y alzaban sus cabezas al astro rey, en actitud de ofrenda.
Otros lugares que parecen haber tenido algún sentido religioso fueron los círculos de piedra y los campos estrellados de Vinchina, en la quebrada de La Toya, provincia de La Rioja aunque se desconoce a ciencia cierta, para que fueron utilizados. En este último, fueron descubiertas acumulaciones de piedra en forma de estrellas de cinco puntas, muchas veces coloridas, que se aprecian mejor al vuelo de pájaro. Evidentemente una representación del firmamento o una señal a los dioses, que todo lo veían desde lo alto.
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