PRIMEROS POBLADORES
La historia argentina es mucho más antigua de lo que sus habitantes creen. Muy anterior a la llegada de los españoles y los acontecimientos de mayo, la misma se remonta a los primeros años de la era cristiana y antes aún si tomamos en cuenta los menhires y vestigios encontrados en Tafí del Valle y otras regiones del noroeste.
Cuando el 3 de febrero de 1536 el adelantado Pedro de Mendoza fundó (o estableció) la primera Buenos Aires, existían en nuestro territorio poblaciones con siglos de antigüedad, muchas de ellas en completo estado de ruina.
El sector noroeste de nuestro país vio florecer una cultura avanzada que fue, sin duda, la más evolucionada del territorio argentino y una de las más notables del continente, después de las que florecieron en México, Perú y territorio colombiano. Ese pueblo, conocido por el nombre de diaguita, merece un estudio detallado y exhaustivo por sobrepasar a las demás naciones indígenas que habitaron la cuenca del Plata, la mayoría de las cuales, no dejaron la Edad de Piedra. Fueron, junto a los calchaquíes, la etnia más numerosa y conocida y la que dejó un rastro más profundo de su paso por la historia.
El imperio diaguita abarcó los actuales territorios de Salta, Jujuy, Tucumán, Catamarca, La Rioja, el sector montañoso de San Juan y partes de Mendoza, San Luis y Santiago del Estero. Allí levantaron ciudades, fortalezas, santuarios y templos; construyeron represas y canales de riego, obras hidráulicas de verdadera magnitud para su tiempo; hicieron caminos pircados, sembraron, cosecharon, crearon un arte y pintaron sobre las rocas, tal como lo muestran los variados petroglifos de la región. Sus terrazas y andenes de cultivo, reforzados por verdaderos muros de piedra; sus poblados, sus fortalezas y lugares de culto deslumbran al estudioso y el viajero e invitan a reflexionar sobre un pasado de grandeza que hoy nos es completamente desconocido.
Tal vez resulte un tanto pretencioso hablar de “imperio” pues ignoramos si este pueblo constituyó una unidad política. Al parecer, eso no ocurrió, como tampoco fueron los casos de la civilización maya, ni el de la Grecia anterior a Filipo II, ni el de Fenicia ni el de Summer, ni el de los mayas, pese a que aún, hasta el día de hoy, se los sigue denominando como tales.
No se sabe cual fue la organización política, social y familiar de los antiguos habitantes del noroeste y los pocos datos que se tienen, datan de la época de la conquista hispana. Parece ser que cada pueblo y cada ciudad constituyó un estado político independiente, es decir, una unidad sin vínculos con la otra salvo los culturales, lingüísticos, religiosos y en cierto modo, económicos. Se cree que en tiempos de guerra, esas pequeñas “naciones” o ciudades-estado se confederaban bajo el liderazgo de un solo jefe y que se mantenían unidas hasta el fin de las hostilidades, regresando a su antiguo status en tiempos de paz. Eso fue, al menos, lo que aconteció durante los grandes levantamientos liderados por reyes como Viltipoco, Quipildor, Lempita y Juan Calchaquí, contra el dominio español.
Muy probablemente hubo momentos en que una ciudad o tribu, ejerció influencia y domino sobre las otras, para ser desplazadas por una nueva al entrar en decadencia, tal como ocurrió con Biblos, Sidón y tiro en Fenicia o Atenas, Esparta y Tebas en Grecia. Sin embargo, por el momento, eso no es más que materia de especulación.
¿Cómo surgió esta civilzación? Se preguntan los estudiosos a medida que avanzan en sus investigaciones; ¿quiénes fueron los primeros habitantes de la región?
Fueron numerosos los grupos que dieron origen al pueblo diaguita. Hoy se sabe que el territorio argentino comenzó a poblarse alrededor del año 10.000 a.C.
Las primeras en llegar a la región que nos ocupa fueron tribus nómades procedentes del altiplano boliviano, gente extremadamente primitiva que vivía de la caza y de la pesca y habitaba grutas y cavernas.
Con el tiempo, tuvieron lugar otras penetraciones de mayor importancia que acelerarían el proceso poblacional del noroeste. Durante el primer milenio anterior a Nuestro Señor Jesucristo, pueblos huárpidos oriundos de la región cuyana, comenzaron a llegar en gran número, introduciendo con ellos la cultura denominada “barreales”, representada por la cerámica negra con decoraciones blancas, que sustituyó a otra anterior, mucho más elemental, de simple barro cocido, desarrollada por los primeros pobladores del área. Esos antiguos montañeses trajeron también las primeras técnicas de cultivo, especialmente de maíz, una elemental industria textil y una incipiente actividad ganadera al criar las primeras llamas, alpacas y vicuñas. No conocían el arco y la flecha y sus armas eran sumamente simples, de madera y piedra. Lo que también dominaron, aunque con no mucha destreza, fue la técnica de la elaboración del metal y acostumbraban enterrar a sus muertos directamente en la tierra, como se puede observar en los enterratorios de La Florida y otras regiones no muy distantes una de la otra. Todavía no existían los grandes centros poblacionales y las viviendas que aquellos pueblos construyeron fueron simples chozas de barro, quincha o madera.
Tribus procedentes del Chaco y Santiago del Estero invadieron el noroeste en numerosas oportunidades, aportando de ese modo, un nuevo elemento humano, el amazónico, que fue el que introdujo el arco y la flecha, armamento mucho más elaborado, así como también, la costumbre de enterrar a los muertos en urnas y técnicas de guerra mucho más desarrolladas.
Posteriormente, nuevas invasiones andinas, violentas algunas, pacíficas la mayoría, se sucedieron unas a otras, dando forma a aquel pueblo homogéneo y evolucionado que fue el diaguita-calchaquí, la porción más representativa de cuantas parcialidades habitaron suelo argentino, según palabras de Salvador Canals Freu en su obra Las poblaciones indígenas de la Argentina.
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