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La Reconquista y Defensa
de Buenos Aires

Representación de la Reconquista de
Buenos Aires en el Campo de Polo

En solemnísima función en el Convento de Santo Domingo, en cumplimiento de su promesa, el Capitán D. Santiago de Liniers donó a Nuestra Señora del Rosario de la Victoria, las dos banderas del Regimiento 71 y dos de Marina, confesando deberse toda la felicidad de las armas al singular y visible patrocinio de la Santísima Virgen. (Vea el Acta de los Trofeos)

Sin embargo, la amenaza invasora no se había despejado.

11.000 ingleses atacan por segunda vez
Los británicos, que habían permanecido en las aguas del estuario, capturaron Montevideo el 3 de febrero de 1807 tras un sitio de 17 días, y aprestaron sus huestes para una segunda invasión a Buenos Aires.

El 3 de agosto, al mando del teniente general John Whitelocke, los ingleses desembarcaron en la Ensenada de Barragán. Sus fuerzas, entre tropas de combate y tripulaciones, sumaban 14.000 efectivos, un número impresionante para la época.

Whitelocke se puso en marcha al frente de 11.000 hombres (o sea equivalente al 20%de la población porteña) y en los corrales de Miserere (actual Plaza Once) derrotó a las fuerzas de la defensa comandadas por Liniers, obligándolas a retroceder hacia el centro de la ciudad.
Desde Miserere, Whitelocke inició el avance con trece columnas pero, para entonces, contingentes de civiles de todas las edades se habían sumado a los regimientos que defendían la ciudad.

Bandera del Regimiento 71 escocés.

Una verdadera epopeya
Al mando del teniente coronel Sir Samuel Achmuty y del coronel Humphrey Davies, los ingleses penetraron en la ciudad, alcanzando este último el convento de las Catalinas, en cuya parte superior, enarboló la bandera británica.

Mientras tanto, en otro punto de la capital, los invasores eran tiroteados desde las azoteas de la Casa de la Virreina Vieja (esquina de Perú y Belgrano) y hostilizados por todas las calles que iban atravesando.

Desde cantones y azoteas, las fuerzas defensoras descargaron sobre el invasor toda la furia de su fusilería, mientras ancianos, mujeres y niños recargaban las armas, acarreaban los cañones y municiones, arrojaban piedras, maderos encendidos y agua hirviendo.

Los británicos no se esperaban tamaña reacción. Los combatientes, organizados por el bravo español D. Martín de Alzaga, alcalde de primer voto, habían cavado trincheras e improvisado acantonamientos en el centro de la ciudad y desde allí cañoneaban al enemigo.

Los regimientos de Buenos Aires obraron proezas, en especial los Tercios de Gallegos, Migueletes y Montañeses y el Cuerpo de Patricios Voluntarios Urbanos, integrado por jóvenes de las familias más distinguidas de Buenos Aires, génesis del Ejército argentino y primer fuerza militar criolla del continente.

 

 

Hasta esclavos negros y no pocos indios participaron de la lucha.

Se combatió en las calles, en los techos y en los templos.

Imagen de Nuestra Señora del Rosario, hoy venerada en la Basílica de Santo Domingo

La columna izquierda del ejército inglés fue destrozada entre la iglesia de San Miguel y el Colegio de Huérfanas; la que comandaba Pack fue detenida en San Ignacio, junto al Real Colegio de San Carlos. En la Casa de las Temporali-dades y frente al Cuartel de los Patricios el tiroteo se tornó infernal. Para asistir a la columna que allí se hallaba debieron acudir Pack y Cadogan, rechazados ambos por Cornelio de Saavedra y sus bravos Patricios.

Los ingleses retrocedieron, y al mando del general Robert Craufurd, ocuparon Santo Domingo, en cuyos techos enarbolaron su pendón.

Hacia ese punto se encaminaron los Tercios de Cantabros y Gallegos al mando del coronel Pedro Andrés García.
Titánica fue también la lucha en el Hospital de los frailes bethlemitas (años después Casa de Moneda) y en las inmediaciones de los templos de San Juan, La Piedad y Monserrat.

Cargaron entonces las fuerzas nacionales sobre Santo Domingo, batiendo las posiciones enemigas mientras el capitán José Gabriel dela Oyuela recuperaba las azoteas cercanas sobre la calle Venezuela. Fue tal el poder de fuego, que los ingleses, al cabo de unos instantes, levantaron banderas de parlamento.

Muy Noble y Muy Leal ciudad de Buenos Aires
Fue el momento más emblemático de aquel capítulo épico y con las fuerzas invasoras colapsando, españoles y criollos, encomendándose a su generala, la Virgen del Rosario, descargaron el golpe de gracia, cargando sobre sus posiciones hasta batirlas completamente. Fue el 5 de julio de 1807, día humillante para las armas de Su Majestad Británica.
Con sus jefes capitulando o huyendo disfrazados, los invasores perdieron 2.800 hombres, sin contar heridos y prisioneros.
“Una cruzada medieval”, como llama a esta epopeya el R.P. Cayetano Bruno sdb, en su  Historia de la Iglesia en la Argentina (volumen VII 1800-1812), finalizado. Las fuerzas de Buenos Aires, orgullosa capital de los virreyes del Río de la Plata, habían batido por segunda vez a la que se perfilaba desde hacía tiempo, como la nación más poderosa de la Tierra. Habían vencido a una potencia herética y enemiga de la Iglesia Católica que, confiada en el debilitamiento del otrora poderoso imperio español y en su creciente poder naval, había intentado anexar los estratégicos territorios de la cuenca del Plata a sus dominios.
El pueblo entero alzó sus plegarias agradeciendo la victoria a Nuestra Señora del Santísimo Rosario.

Tal fue la repercusión de este suceso, que varios de los jefes británicos fueron enjuiciados y destituidos y el Rey de España, como premio a su valor, otorgó a Buenos Aires el título de “Muy Noble y Muy Leal”.

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