La guarda de los sentidos
H. Pedro Gómez
En una de sus narraciones, Jorge Luis Borges relata la agonía
de un poeta barroco, famoso por sus rebuscados versos. Lo imagina
en el lecho de muerte contemplando una rosa colocada a su lado.
Al verla recuerda, inevitablemente, los recargados versos que forjó
en el inútil intento de expresar su esencia. En ese preciso
instante, en el instante previo a la muerte, sucedió la siguiente
revelación:
Marino vio la rosa, como Adán pudo verla en el Paraíso,
y sintió que ella estaba en la eternidad y no en sus palabras
y que podemos mencionar o aludir pero no expresar...(1)
¿Qué quiere decir el escritor con la expresión
vio como Adán? ¿Cómo fue la visión de
Adán en el Paraíso? ¿Cómo concebir,
nosotros, seres limitados, la perspectiva universal de un espíritu
sin pecado? Borges, con su arte, quiso expresar justamente eso:
que la visión del primer hombre fue diáfana, veía
el corazón de las cosas. Sus ojos apuntaban a lo más
profundo, mejor dicho no veían más que el ser de las
cosas.
Si nos comparamos con el primer hombre, obviamente las diferencias
están a la vista: nuestra visión se posa por lo general
en lo superficial, y lo que era natural para Adán, significa
para nosotros un esfuerzo de introspección. En ese sentido
son elocuentes las palabras de Samuel: El hombre ve las apariencias
pero Dios ve el corazón. ¿Cómo fue que perdimos
la capacidad de ver?
En la tradición rabínica encontramos la explicación
de cómo la visión de la realidad fue modificada en
el primer hombre a partir de la irrupción del pecado.
Un comentario al Génesis afirma que no era Adán quien
habitaba en el Paraíso sino más bien lo contrario:
el Paraíso estaba dentro de él, indicando así
la verdadera naturaleza primigenia del hombre: una felicidad interior
que le daban seguridad y confianza en sí. Esa confianza excluía
toda sombra de duda, porque en el hombre, naturalmente inclinado
al bien, se unían armoniosamente todas las fuerzas de lo
sagrado. ¿Qué duda podía atormentar al primer
hombre si todo lo que hacía era el resultado de su inclinación
al bien? Por lo tanto, no había en su interior ningún
rasgo de fricción ni combate. Adán estaba totalmente
en paz consigo, seguro de la pureza de sus menores intenciones.
El estado original es definido en la tradición judía
del siguiente modo: Adán se parecía a los ejércitos
celestes descritos como creaturas de verdad, cuya actividad es la
verdad y que jamás se desvían de su misión.
Pero en este marco de armonía la tendencia al mal estaba
personificada en la serpiente.
Adán tiene una única inclinación hacia el
bien. Pero, ¿dónde está el bien cuando Dios
dice una cosa y la serpiente otra? Adán había escuchado
con sus oídos: el día en que lo comas morirás
(Gen 2, 17). Pero, la serpiente, maestra en el arte de la persuasión
le presentó un argumento seductor apoyándose en una
prueba de peso, claramente visible a los ojos: la mujer vio que
el árbol era bueno como alimento y atrayente a los ojos (Gen
3,6). Ver es creer, el impacto de la visión supera al de
la voz.
La palabra "ojos" aparece cuatro veces en todo el Antiguo
Testamento: Gen, 1Sam 16, 7; Ecl 11,7; Pr 10, 26. Ba'al Hatourim
detecta un tema común en estos cuatro versículos:
los ojos de Adán se han dejado extraviar por las apariencias
exteriores que parecen buenas y atrayentes. A primera vista el fruto
parecía dulce y placentero. Pero, al fin de cuentas, Adán
percibe que sus ojos fueron enceguecidos por el humo del engaño.
Al comienzo de su vida Adán podía ver de un extremo
al otro del mundo. Sus capacidades intelectuales eran universales,
ilimitadas, libres de estorbos. Pero la falta ensombreció
su visión y lo condujo a las puertas de la muerte (2).
Los sentidos
Por la serpiente entra la disociación en el hombre, y entra
a través de los sentidos. Ellos quedan así ensombrecidos
y sus facultades, universales en principio, disminuyen: de ser un
instrumento de armonía y comunicación entre todos
los niveles del universo pasan a ser cómplices del mal.
Con el término "sentidos" queremos designar aquí,
no los sentidos interiores: imaginación y memoria sensible,
sino los externos entendidos comúnmente como cinco: vista,
oído, olfato, tacto, gusto. A éstos los autores espirituales
agregaron la lengua. Podemos definir la guarda de los sentidos como
una actitud de constante vigilancia que apunta a prevenir toda actividad
desordenada de los mismos, es decir, de todo aquello que pueda significar
un perjuicio para el alma. Desde este aspecto quedarían comprendidas
las cuestiones de orden moral o espiritual ya sean, pecados propiamente
dichos, simples imperfecciones o bien distracciones inútiles.
(3)
La tradición otorga una importancia especial a la vista,
el oído y la lengua. Pero, ¿cómo se produce
la conexión entre sentidos y males espirituales?
A través de los sentidos el alma entra en relación
con el mundo exterior, porque las impresiones que parten de las
cosas del mundo llegan hasta el alma y se introducen en ella como
a través de una puerta. La imagen más usada por los
Padres de la Iglesia y por la tradición en general, es la
de los sentidos como "puertas" y "ventanas",
de la "casa" que es el alma.
Las ventanas y puertas del alma
Clemente de Alejandría emplea ya esta expresión para
designar a los sentidos:
Así como hemos repudiado el refinamiento del gusto, así
también alejamos de nosotros los placeres de la vista y del
olfato, no vaya a ser que a la intemperancia que hemos desterrado,
le facilitemos el acceso al
alma, a través de las desguarnecidas puertas de los sentidos.
(4)
San Gregorio Magno hará sobre el mismo tema una detallada
descripción:
La vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto son como
canales a través de los cuales el alma entra en contacto
con los objetos exteriores ...Ellos son como ventanas por donde
el alma observa las cosas sensibles que están fuera, y al
mirarlas las desea. Es por eso que el profeta Jeremías dice:
La muerte ha subido por nuestras ventanas; ha entrado en nuestras
casas. La muerte sube por las ventanas y entra en la casa cuando
la concupiscencia, insinuándose a través de los sentidos
corporales, entra en los más secretos pliegues de nuestra
alma. Quien mira irreflexivamente hacia fuera de las ventanas corporales,
es atraída en contra de su voluntad por peligrosas delectaciones,
y encontrándose insensiblemente ganado por deseos ilícitos,
comienza a desear aquello que antes no quería. Porque el
alma irreflexiva y poco previsora para abstenerse de ver lo que
no debe desear, llega a ser tan ciega que desea con pasión
lo que ha visto. (5)
En el ámbito monástico encontramos una descripción
similar en la Regla del Maestro, donde queda en claro el papel activo
del alma:
El alma mira a través del muro del cuerpo por esa especie
de ventanas que son los agujeros de los ojos, y la vemos invitar
sin cesar, hacia adentro, al objeto de sus deseos... Por eso, en
el programa de ascesis elaborado por el Maestro, el alma es la responsable
de la visión de los ojos y de las funciones de los demás
sentidos. El alma debe obrar sin olvidar el examen al que será
sometida por su autor, obedecer a la voluntad de Dios y servir bajo
sus mandamientos. Para lograr todo esto el Maestro dice que el alma
debe: Cerrar a sus deseos las ventanas de los ojos, bajar la mirada
y fijarla en el suelo. Así, ella no verá el mal, y
plegando la mirada ya no deseará lo que ve (6).
Vemos que la descripción del Maestro parte de la observación
de los movimientos del alma; ella es la que gobierna el cuerpo que
es su casa, y no puede excusarse diciendo que su autor no le ha
fabricado un sólido muro de guardia.
Según Pierre Adnès la expresión "guarda
de los sentidos" está estrechamente relacionada con
otra muy conocida: la "guarda del corazón", que
es la que la tradición monástica ha desarrollado con
mayor frecuencia. Recordemos entonces que el alma tiene una casa
de fuertes muros, proporcionada por el Señor, pero necesita
de un portero o guardián: el temor de Dios. Éste no
permitirá que nada ilícito entre ni permanezca en
el interior. Facilitemos las cosas para que la dueña de casa
y el portero convivan en armonía. Si esto sucede así
será para nuestro bien y para el bien de todos los que nos
rodean.
Notas:
1. BORGES. J.L., El Hacedor, Buenos Aires, Emecé.
2. SCHERMANN, N- ZLOTOWITZ, M. (eds.), La Bible commentée.
Commentaire traditionaf des Livres de la Bible. Tehilim. Les pasumes.
Paris, Colbo, 1997, pp. XIX-XXIII.
3. ADNÈS, P., Garde des sens, en: Dictionnaire de spirituafité
VI, Paris, Beauchesne, 1967, co1117- 118.
4. CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Pedagogo II, 66, 3, Madrid, Ciudad
Nueva, 1994, p. 399, (Fuentes Patristicas, 5).
5. GREGORIO MAGNO. Morales. 21, 2, 4.
6. La Regle du Mattre, VIII, Intr. et trad. par Adalbert de Vogoé,
Paris, Cerf, 1964, p. 39955., (Sources chrétiennes, 105).
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