Tres escuelas han explotado alternada, y a veces simultáneamente,
el campo de la historia.
La escuela fatalista, se podría decir atea,
que no ve más que la necesidad de los acontecimientos, y
muestra a la especie humana en conflicto con el invencible encadenamiento
de causas brutales seguidas de inevitables efectos.
La escuela humanista que se prosterna ante el
ídolo del género humano, del que proclama el desarrollo
progresivo, con la ayuda de las revoluciones, de las filosofías,
de las religiones. Esta escuela consiente de bastante buen grado
en admitir la acción de Dios, en el comienzo, como habiendo
dado principio a la humanidad; pero una vez la humanidad emancipada,
Dios la ha dejado hacer su camino, y ella avanza, en la vía
de una perfección indefinida, despojándose en el camino
de todo lo que podría ser un obstáculo a su marcha
libre e independiente.
Por fin, tenemos la escuela naturalista, la más
peligrosa de las tres, porque ofrece una apariencia de cristianismo,
proclamando en cada página la acción de la Providencia
divina. Esta escuela tiene por principio el hacer constantemente
abstracción del elemento sobrenatural; para ella, la revelación
no existe, el cristianismo es un incidente feliz y bienhechor en
el que aparece la acción de las causas providenciales; pero
¿quién sabe si mañana, si dentro de un siglo
o dos, los recursos infinitos que Dios posee para el gobierno del
mundo, no traerán tal o cual forma más perfecta aún,
con ayuda de la cual se verá al genero humano correr, bajo
el ojo de Dios, a nuevos destinos, y a la historia iluminarse con
un esplendor más vivo?
Fuera de estas tres escuelas, no queda sino la escuela cristiana.
Ésta no busca, no inventa, ni siquiera duda. Su procedimiento
es simple: consiste lisa y llanamente en juzgar a la humanidad,
como juzga al hombre individual. Su filosofía de la historia
está en su fé.
Sabe que el Hijo de Dios hecho hombre es el rey de este mundo,
que “todo poder le ha sido dado en el cielo y en la tierra”
(Mt. 28, 18).
La aparición del Verbo encarnado aquí abajo es para
ella el punto culminante de los anales humanos; es por ello que
ella divide la duración de la historia en dos grandes secciones:
antes de Jesucristo, después de Jesucristo. Antes de Jesucristo,
muchos siglos de espera; después de Jesucristo, una duración
de la que ningún hombre conoce la hora de la concepción
del último elegido; porque este mundo no es conservado sino
para los elegidos que son la causa de la venida del Hijo de Dios
encarnado.
Con este dato cierto de una certidumbre divina, la historia ya
no tiene misterios para el cristianismo.
Si vuelve sus miradas hacia el período transcurrido antes
de la Encarnación del Verbo, todo se explica a sus ojos.
El movimiento de las diversas razas, la sucesión de los imperios,
es el camino abierto para el pasaje del Hombre-Dios y de sus enviados;
la depravación, las tinieblas, las inauditas calamidades,
es el indicio de la necesidad que siente la humanidad de ver a Aquél
que es a la vez el Salvador y la Luz del mundo; no sin duda que
Dios haya condenado a la ignorancia y al castigo a este primer período
de la humanidad: lejos de eso, los socorros le son asegurados, y
es a él que pertenecerá Abraham, el Padre de todos
los creyentes por venir; pero es justo que la mayor efusión
de la gracia tenga lugar por las manos divinas de Aquél sin
el cual nadie ha podido ser justo, ya sea antes, o después
de su venida.
Él viene por fin, y la humanidad, cuyo progreso estaba
en suspenso, se lanza por la vía de la luz y de la vida;
el historiador cristiano sigue mejor aun los destinos de la sociedad
humana en este segundo período cuando se cumplen todas las
promesas. Las enseñanzas del Hombre-Dios le revelan con una
soberana claridad el modo de apreciación que debe emplear
para juzgar los acontecimientos, su moralidad y su alcance. No tiene
sino una misma medida, ya se trate de un hombre o de un pueblo.
Todo lo que expresa, mantiene o propaga el elemento sobrenatural,
es socialmente útil y ventajoso; todo lo que lo contraría,
lo enerva y lo destruye, es socialmente funesto. Por este procedimiento
infalible, comprende el papel de los hombres de acción, de
los acontecimientos, de las crisis, de las transformaciones, de
las decadencias; sabe de antemano que Dios actúa en su bondad,
o permite en su justicia, pero siempre sin derogar su plan eterno,
que es el de glorificar a su Hijo en la humanidad.
Pero lo que vuelve siempre más firme y más calmo
el golpe de vista del historiador cristiano, es la seguridad que
le da la Iglesia que camina sin cesar ante él como una columna
luminosa, e ilumina divinamente todas sus apreciaciones. Él
sabe que lazo estrecho une a esta Iglesia al Hombre-Dios, cómo
ella tiene la garantía de su promesa contra todo error en
la enseñanza y en la conducta general de la sociedad cristiana,
cómo el Espíritu Santo la anima y la conduce; es pues
en ella adonde va a buscar la regla de sus juicios. Las debilidades
de los hombres de Iglesia, los abusos temporarios no lo asombran,
porque sabe que el Padre de familia ha resuelto tolerar la cizaña
en su campo hasta la cosecha. Si tiene que contar, se cuidará
de omitir los tristes relatos que dan testimonio de las pasiones
de la humanidad y atestiguan al mismo tiempo la fuerza del brazo
de Dios que sostiene su obra; pero él sabe dónde se
manifiesta la dirección, el espíritu de la Iglesia,
su instinto divino. Los recibe, los acepta, los confiesa valerosamente;
los aplica en sus relatos. Por ello, nunca traiciona, nunca sacrifica;
llama bueno lo que la Iglesia juzga bueno, malo lo que la Iglesia
juzga malo. ¿Qué le importan los sarcasmos, los clamores
de los cobardes cortos de vista? Él sabe que está
en la verdad puesto que está con la Iglesia y que la Iglesia
está con Cristo. Otros se obstinarán en no ver sino
el lado político de los acontecimientos, volverán
a descender al punto de vista pagano; él, se mantiene firme,
porque está seguro de antemano de no equivocarse.
Si hoy las apariencias parecen estar en contra de su juicio, él
sabe que mañana, los hechos cuyo alcance no se ha revelado
todavía, darán la razón a la Iglesia y a él.
Este papel es humilde, estoy de acuerdo; pero quisiera saber qué
garantías comparables tiene para presentar el historiador
fatalista, el humanitario o el naturalista. Ponen por delante su
juicio personal: cada uno tiene pues derecho a darles la espalda.
Para llegar al historiador cristiano, es preciso antes demoler
a la Iglesia sobre la que se apoya. Es verdad que hace diecinueve
siglos que los tiranos y los “filósofos” trabajan
en ello: pero sus murallas están tan sólidamente construidas
que hasta ahora no han podido aún desprender una sola piedra.
Pero si nuestro historiador se aplica en buscar y en señalar,
en la sucesión de los acontecimientos de este mundo, el aspecto
que relaciona de cerca o de lejos cada uno de ellos al principio
sobrenatural, con mayor razón se cuida de callar, de disimular,
de atenuar los hechos que Dios produce fuera de la conducta ordinaria,
y que tienen por meta el certificar y el hacer más palpable
todavía el carácter maravilloso de las relaciones
que ha fundado entre Él mismo y la humanidad. En primer lugar
están las tres grandes manifestaciones del poder divino y
que dan por el milagro un sello divino a los destinos del hombre
sobre la tierra. El primero de estos hechos es la existencia y el
papel del pueblo judío en el mundo. El historiador no puede
eximirse de presentar a plena luz la alianza que Dios contrajo primeramente
con ese pequeño pueblo, y los inauditos prodigios que la
sellaron; la esperanza de la humanidad depositada en la sangre de
esta raza débil y despreciada de conservar el conocimiento
del verdadero Dios y los principios de la moral, en medio de la
defección sucesiva de casi todos los pueblos; las migraciones
de Israel a Egipto primero, más tarde al centro del imperio
asirio, siempre a medida que el teatro de los asuntos humanos se
desplaza y se extiende; de manera que en vísperas del día
en que Roma, heredera momentánea de los otros imperios, va
a encontrarse reina y dueña de la mayor parte del mundo civilizado,
el judío la habrá precedido en todas partes; ahí
estará con sus oráculos traducidos desde ese momento
a la lengua griega; ahí estará conocido por todos
los pueblos, aislado, inasimilable, signo de contradicción,
pero dando testimonio del advenimiento cada día más
cercano de Aquél que debe unir a todas las naciones y “juntar
en un solo cuerpo a los hijos de Dios hasta entonces dispersos”
(S. Juan 11, 25).
Esta milagrosa influencia del pueblo judío que escapa a
todas las leyes ordinarias de la historia, el narrador la mostrará
con complacencia en las profecías confiadas a ese pueblo,
y que no solamente son para nosotros la antorcha del pasado, sino
que tan vivamente han preocupado a los gentiles, durante los siglos
que precedieron y siguieron a la llegada del Hijo de Dios. Cicerón
ya había escuchado su eco cuando habla con una especie de
terror misterioso del nuevo imperio que se prepara; Virgilio, en
el más armonioso de sus cantos, repite los acentos de Isaías;
Tácito y Suetonio atestiguan que el universo todo se vuelve,
en su espera, hacia Judea, y que el presentimiento general es ver
llegar de ese país a unos hombres que van a conquistar el
mundo. Rerum potirentur. ¿Acaso se negará después
de esto que la historia, para ser verídica, deba tomar el
tono y los colores de lo sobrenatural?
El segundo hecho que se encadena al primero es la conversión
de los gentiles, dentro y fuera del imperio romano. El historiador
cristiano se aplicará a mostrar que ese inmenso resultado
procede directamente de la mano de Dios, quien, para efectuarlo,
se ha liberado de las leyes simplemente providenciales. Señalará
en él, con San Agustín, el milagro de los milagros;
con Bossuet, el golpe de estado divino que no ha tenido su igual
sino en el momento en que la creación salió de la
nada para gloria de su autor. Contará la colosal grandeza
de la meta y la exigüidad de los medios; las significativas
preparaciones a un cambio tan grande que presagian que este mundo
debe pertenecer a Jesucristo, al mismo tiempo que son por sí
mismas un obstáculo más a todo éxito humano
de la empresa; los apóstoles, armados solamente con la palabra
y con el don de los milagros que la confirma y la hace penetrar;
las profecías judías estudiadas, comparadas, profundizadas
en todo el imperio, y volviéndose, como nos lo atestiguan
los escritos de los tres primeros siglos, uno de los más
poderosos instrumentos de las conversiones; la constancia sobrehumana
de los mártires, cuya inmolación casi incesante, lejos
de extirpar la nueva sociedad, la propaga y la afirma; por fin,
la cruz, el patíbulo del hijo de María, coronando
después de tres siglos, la diadema de los Césares;
las ideas, el lenguaje, las leyes, las costumbres, en una palabra
todas las cosas transformadas según el plan que habían
traído de Judea los conquistadores de la nueva especie que
el imperio esperaba, y que supieron triunfar sobre él, derramando
su sangre bajo su espada.
En medio de todos estos prodigios, el historiador cristiano se
siente cómodo y nada le asombra, porque sabe y proclama que
aquí abajo todo es para los elegidos y que los elegidos son
para Cristo. Cristo está en su casa en la historia; es pues
muy simple que no se la pueda explicar sin Él, y que con
Él ella parezca en toda su claridad y en toda su grandeza.
La sucesión de los anales humanos responde al comienzo; pero
desde la publicación del Evangelio, los destinos del mundo
han tomado un nuevo vuelo; después de haber esperado a su
rey, ahora la tierra lo posee. La preparación sobrenatural
que se había manifestado en el papel del pueblo judío,
esa otra preparación a la vez natural y sobrenatural que
había aparecido en la marcha siempre progresiva del poderío
romano, ha llegado cada una a su término. Todo ha sido consumado,
Jerusalén cede sus derechos y sus honores a Roma; Tito es
el ejecutor de las grandes obras del Padre celestial que venga la
sangre de su Hijo eterno. El milagro del pueblo judío no
cesa sin embargo por esto; se transforma, y las naciones tendrán
ante los ojos, hasta la víspera del último día,
el espectáculo no ya de un pueblo privilegiado, sino de un
pueblo maldito de Dios. En cuanto al Imperio pagano, construyó,
sin saberlo, la capital del reino de Jesucristo; le será
dado residir ahí tres siglos más; es de ahí
de donde partirán esos sangrientos edictos que no tendrán
otro efecto que el de mostrar a los siglos futuros el vigor sobrenatural
del cristianismo; luego, cuando haya llegado el tiempo, cederá
el lugar, y partirá a refugiarse al Bósforo, y la
imperecedera dinastía de los Vicarios de Cristo que no han
abandonado su puesto desde el martirio de Pedro, su primer eslabón,
ceñirá la corona en la ciudad de las siete colinas.
El imperio se desmoronará pieza por pieza bajo los golpes
de los bárbaros; pero antes de infligirle la humillación
y el castigo que crímenes seculares han acumulado sobre él,
la justicia divina esperará a que el cristianismo, victorioso
de las persecuciones, haya extendido lo bastante alto y lo bastante
lejos sus ramificaciones para dominar en todas partes las oleadas
de ese nuevo diluvio; se lo verá después cultivar
nuevamente, y con pleno éxito, la tierra renovada y rejuvenecida
por esas aguas incluso más purificantes que devastadoras.
¿Acaso después de haber expuesto todas estas maravillas,
el historiador cristiano cambiará el tono de sus relatos?
¿Volverá a la explicación simplemente providencial
de los fastos de la tierra? ¿No es acaso lo maravilloso sólo
el punto central de los anales humanos, de manera que desde ese
momento la acción de Dios deba permanecer velada bajo las
causas segundas hasta el fin de los tiempos? ¡Qué Dios
no quiera que así sea! Un tercer hecho sobrenatural, hecho
que debe durar hasta la consumación de los siglos, llama
su atención y reclama toda su elocuencia. Este hecho es la
conservación de la Iglesia a través de los tiempos,
sin mezcla en su doctrina, sin alteración en su jerarquía,
sin suspensión en su duración, sin desfallecimiento
en su marcha. Miles de grandes cosas humanas han sido creadas, se
desarrollaron y cayeron en decadencia: la conducta habitual de la
Providencia cuidó de ellas durante su duración; hoy
quedan sus huellas sólo en la historia. La iglesia está
siempre de pie: Dios la sostiene directamente, y todo hombre de
buena fe, capaz de aplicar las leyes de la analogía, puede
leer en los hechos que la conciernen esa promesa inmortal de durar
siempre, que ella tiene escrita en su base por la mano de un Dios.
Las herejías, los escándalos, las defecciones, las
conquistas, las revoluciones, nada han conseguido; rechazada de
un país, ha avanzado en otro; siempre visible, siempre católica,
siempre conquistadora y siempre sufriente. Este tercer hecho, que
no es sino la consecuencia de los dos primeros, termina por dar
al historiador cristiano la razón de ser de la humanidad.
Él concluye con la evidencia de que la vocación de
nuestra raza es una vocación sobrenatural; que las naciones,
sobre la tierra, no solamente pertenecen a Dios que ha creado la
primera familia humana, sino que también son, como lo ha
dicho el Profeta, el dominio particular del Hombre-Dios. Entonces,
basta de misterios en la sucesión de los siglos, basta de
vicisitudes inexplicables; todo se dirige a la meta, todo problema
se resuelve por sí mismo con este elemento divino.
Sé que hoy hace falta coraje, sobre todo cuando no se es
del clero, para tratar la historia con este tono; se cree sinceramente,
no se quisiera por nada del mundo adoptar el sentido y las maneras
de las escuelas fatalistas y humanitaria; pero la escuela naturalista
es tan poderosa por su número y su talento, es tan benevolente
con el cristianismo, que es duro desafiarla en todo y no ser a sus
ojos nada más que un escritor místico, a lo sumo un
hombre de poesía, cuando se aspiraría a la reputación
de ciencia y de filosofía. Todo lo que puedo decir, es que
la historia ha sido tratada, desde el punto de vista que me he permitido
exponer, por dos poderosos genios cristianos y que su reputación
no ha naufragado por ello. "La ciudad de Dios" de San
Agustín, el "Discurso sobre la historia universal"
de Bossuet, son dos aplicaciones de la teoría que he adelantado.
La ruta está pues trazada con mano maestra, y es posible
exponerse en seguimiento de tales hombres a los fútiles juicios
del naturalismo contemporáneo. Es mucho, sin duda, regular
su vida íntima por el principio sobrenatural; pero sería
una grave inconsecuencia, una alta responsabilidad, el que ese mismo
principio no condujera siempre la pluma. Veamos a la humanidad en
sus relaciones con Jesucristo su jefe; no la separemos nunca de
Él en nuestros juicios ni en nuestros relatos, y cuando nuestras
miradas se detengan en el mapa del mundo, recordemos ante todo que
tenemos ante los ojos al imperio del Hombre-Dios y de su Iglesia.
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