Castillos e iglesias medievales
La falsa promesa de la felicidad
Santos:¿sentimentales o fuertes de alma?
+ Ver todos
- -
Nazismo y Comunismo: ¿enemigos o amigos?
Evolucionismo: La ciencia demuestra su caducidad.
La Cruzada del Siglo XXI
+ Ver todos
- -
Textos pontificios
El lujo y el desapego de los bienes terrenos
La incompatibilidad con el socialismo
La desigualdad, el Estado y la Propiedad Privada
+ Indice temático
- -
Historia de Don Martin de Alzaga, héroe de la reconquista
Genealogía de José Hernandez: autor del Martín Fierro
+ Ver todos los artículos de Historia
- -
+ Ver todas nuestras acciones




 
 

Tres escuelas han explotado alternada, y a veces simultáneamente, el campo de la historia.

La escuela fatalista, se podría decir atea, que no ve más que la necesidad de los acontecimientos, y muestra a la especie humana en conflicto con el invencible encadenamiento de causas brutales seguidas de inevitables efectos.

La escuela humanista que se prosterna ante el ídolo del género humano, del que proclama el desarrollo progresivo, con la ayuda de las revoluciones, de las filosofías, de las religiones. Esta escuela consiente de bastante buen grado en admitir la acción de Dios, en el comienzo, como habiendo dado principio a la humanidad; pero una vez la humanidad emancipada, Dios la ha dejado hacer su camino, y ella avanza, en la vía de una perfección indefinida, despojándose en el camino de todo lo que podría ser un obstáculo a su marcha libre e independiente.

Por fin, tenemos la escuela naturalista, la más peligrosa de las tres, porque ofrece una apariencia de cristianismo, proclamando en cada página la acción de la Providencia divina. Esta escuela tiene por principio el hacer constantemente abstracción del elemento sobrenatural; para ella, la revelación no existe, el cristianismo es un incidente feliz y bienhechor en el que aparece la acción de las causas providenciales; pero ¿quién sabe si mañana, si dentro de un siglo o dos, los recursos infinitos que Dios posee para el gobierno del mundo, no traerán tal o cual forma más perfecta aún, con ayuda de la cual se verá al genero humano correr, bajo el ojo de Dios, a nuevos destinos, y a la historia iluminarse con un esplendor más vivo?

Fuera de estas tres escuelas, no queda sino la escuela cristiana. Ésta no busca, no inventa, ni siquiera duda. Su procedimiento es simple: consiste lisa y llanamente en juzgar a la humanidad, como juzga al hombre individual. Su filosofía de la historia está en su fé.

Sabe que el Hijo de Dios hecho hombre es el rey de este mundo, que “todo poder le ha sido dado en el cielo y en la tierra” (Mt. 28, 18).

La aparición del Verbo encarnado aquí abajo es para ella el punto culminante de los anales humanos; es por ello que ella divide la duración de la historia en dos grandes secciones: antes de Jesucristo, después de Jesucristo. Antes de Jesucristo, muchos siglos de espera; después de Jesucristo, una duración de la que ningún hombre conoce la hora de la concepción del último elegido; porque este mundo no es conservado sino para los elegidos que son la causa de la venida del Hijo de Dios encarnado.

Con este dato cierto de una certidumbre divina, la historia ya no tiene misterios para el cristianismo.

Si vuelve sus miradas hacia el período transcurrido antes de la Encarnación del Verbo, todo se explica a sus ojos. El movimiento de las diversas razas, la sucesión de los imperios, es el camino abierto para el pasaje del Hombre-Dios y de sus enviados; la depravación, las tinieblas, las inauditas calamidades, es el indicio de la necesidad que siente la humanidad de ver a Aquél que es a la vez el Salvador y la Luz del mundo; no sin duda que Dios haya condenado a la ignorancia y al castigo a este primer período de la humanidad: lejos de eso, los socorros le son asegurados, y es a él que pertenecerá Abraham, el Padre de todos los creyentes por venir; pero es justo que la mayor efusión de la gracia tenga lugar por las manos divinas de Aquél sin el cual nadie ha podido ser justo, ya sea antes, o después de su venida.

Él viene por fin, y la humanidad, cuyo progreso estaba en suspenso, se lanza por la vía de la luz y de la vida; el historiador cristiano sigue mejor aun los destinos de la sociedad humana en este segundo período cuando se cumplen todas las promesas. Las enseñanzas del Hombre-Dios le revelan con una soberana claridad el modo de apreciación que debe emplear para juzgar los acontecimientos, su moralidad y su alcance. No tiene sino una misma medida, ya se trate de un hombre o de un pueblo. Todo lo que expresa, mantiene o propaga el elemento sobrenatural, es socialmente útil y ventajoso; todo lo que lo contraría, lo enerva y lo destruye, es socialmente funesto. Por este procedimiento infalible, comprende el papel de los hombres de acción, de los acontecimientos, de las crisis, de las transformaciones, de las decadencias; sabe de antemano que Dios actúa en su bondad, o permite en su justicia, pero siempre sin derogar su plan eterno, que es el de glorificar a su Hijo en la humanidad.

Pero lo que vuelve siempre más firme y más calmo el golpe de vista del historiador cristiano, es la seguridad que le da la Iglesia que camina sin cesar ante él como una columna luminosa, e ilumina divinamente todas sus apreciaciones. Él sabe que lazo estrecho une a esta Iglesia al Hombre-Dios, cómo ella tiene la garantía de su promesa contra todo error en la enseñanza y en la conducta general de la sociedad cristiana, cómo el Espíritu Santo la anima y la conduce; es pues en ella adonde va a buscar la regla de sus juicios. Las debilidades de los hombres de Iglesia, los abusos temporarios no lo asombran, porque sabe que el Padre de familia ha resuelto tolerar la cizaña en su campo hasta la cosecha. Si tiene que contar, se cuidará de omitir los tristes relatos que dan testimonio de las pasiones de la humanidad y atestiguan al mismo tiempo la fuerza del brazo de Dios que sostiene su obra; pero él sabe dónde se manifiesta la dirección, el espíritu de la Iglesia, su instinto divino. Los recibe, los acepta, los confiesa valerosamente; los aplica en sus relatos. Por ello, nunca traiciona, nunca sacrifica; llama bueno lo que la Iglesia juzga bueno, malo lo que la Iglesia juzga malo. ¿Qué le importan los sarcasmos, los clamores de los cobardes cortos de vista? Él sabe que está en la verdad puesto que está con la Iglesia y que la Iglesia está con Cristo. Otros se obstinarán en no ver sino el lado político de los acontecimientos, volverán a descender al punto de vista pagano; él, se mantiene firme, porque está seguro de antemano de no equivocarse.

Si hoy las apariencias parecen estar en contra de su juicio, él sabe que mañana, los hechos cuyo alcance no se ha revelado todavía, darán la razón a la Iglesia y a él.

Este papel es humilde, estoy de acuerdo; pero quisiera saber qué garantías comparables tiene para presentar el historiador fatalista, el humanitario o el naturalista. Ponen por delante su juicio personal: cada uno tiene pues derecho a darles la espalda.

Para llegar al historiador cristiano, es preciso antes demoler a la Iglesia sobre la que se apoya. Es verdad que hace diecinueve siglos que los tiranos y los “filósofos” trabajan en ello: pero sus murallas están tan sólidamente construidas que hasta ahora no han podido aún desprender una sola piedra.

Pero si nuestro historiador se aplica en buscar y en señalar, en la sucesión de los acontecimientos de este mundo, el aspecto que relaciona de cerca o de lejos cada uno de ellos al principio sobrenatural, con mayor razón se cuida de callar, de disimular, de atenuar los hechos que Dios produce fuera de la conducta ordinaria, y que tienen por meta el certificar y el hacer más palpable todavía el carácter maravilloso de las relaciones que ha fundado entre Él mismo y la humanidad. En primer lugar están las tres grandes manifestaciones del poder divino y que dan por el milagro un sello divino a los destinos del hombre sobre la tierra. El primero de estos hechos es la existencia y el papel del pueblo judío en el mundo. El historiador no puede eximirse de presentar a plena luz la alianza que Dios contrajo primeramente con ese pequeño pueblo, y los inauditos prodigios que la sellaron; la esperanza de la humanidad depositada en la sangre de esta raza débil y despreciada de conservar el conocimiento del verdadero Dios y los principios de la moral, en medio de la defección sucesiva de casi todos los pueblos; las migraciones de Israel a Egipto primero, más tarde al centro del imperio asirio, siempre a medida que el teatro de los asuntos humanos se desplaza y se extiende; de manera que en vísperas del día en que Roma, heredera momentánea de los otros imperios, va a encontrarse reina y dueña de la mayor parte del mundo civilizado, el judío la habrá precedido en todas partes; ahí estará con sus oráculos traducidos desde ese momento a la lengua griega; ahí estará conocido por todos los pueblos, aislado, inasimilable, signo de contradicción, pero dando testimonio del advenimiento cada día más cercano de Aquél que debe unir a todas las naciones y “juntar en un solo cuerpo a los hijos de Dios hasta entonces dispersos” (S. Juan 11, 25).

Esta milagrosa influencia del pueblo judío que escapa a todas las leyes ordinarias de la historia, el narrador la mostrará con complacencia en las profecías confiadas a ese pueblo, y que no solamente son para nosotros la antorcha del pasado, sino que tan vivamente han preocupado a los gentiles, durante los siglos que precedieron y siguieron a la llegada del Hijo de Dios. Cicerón ya había escuchado su eco cuando habla con una especie de terror misterioso del nuevo imperio que se prepara; Virgilio, en el más armonioso de sus cantos, repite los acentos de Isaías; Tácito y Suetonio atestiguan que el universo todo se vuelve, en su espera, hacia Judea, y que el presentimiento general es ver llegar de ese país a unos hombres que van a conquistar el mundo. Rerum potirentur. ¿Acaso se negará después de esto que la historia, para ser verídica, deba tomar el tono y los colores de lo sobrenatural?

El segundo hecho que se encadena al primero es la conversión de los gentiles, dentro y fuera del imperio romano. El historiador cristiano se aplicará a mostrar que ese inmenso resultado procede directamente de la mano de Dios, quien, para efectuarlo, se ha liberado de las leyes simplemente providenciales. Señalará en él, con San Agustín, el milagro de los milagros; con Bossuet, el golpe de estado divino que no ha tenido su igual sino en el momento en que la creación salió de la nada para gloria de su autor. Contará la colosal grandeza de la meta y la exigüidad de los medios; las significativas preparaciones a un cambio tan grande que presagian que este mundo debe pertenecer a Jesucristo, al mismo tiempo que son por sí mismas un obstáculo más a todo éxito humano de la empresa; los apóstoles, armados solamente con la palabra y con el don de los milagros que la confirma y la hace penetrar; las profecías judías estudiadas, comparadas, profundizadas en todo el imperio, y volviéndose, como nos lo atestiguan los escritos de los tres primeros siglos, uno de los más poderosos instrumentos de las conversiones; la constancia sobrehumana de los mártires, cuya inmolación casi incesante, lejos de extirpar la nueva sociedad, la propaga y la afirma; por fin, la cruz, el patíbulo del hijo de María, coronando después de tres siglos, la diadema de los Césares; las ideas, el lenguaje, las leyes, las costumbres, en una palabra todas las cosas transformadas según el plan que habían traído de Judea los conquistadores de la nueva especie que el imperio esperaba, y que supieron triunfar sobre él, derramando su sangre bajo su espada.

En medio de todos estos prodigios, el historiador cristiano se siente cómodo y nada le asombra, porque sabe y proclama que aquí abajo todo es para los elegidos y que los elegidos son para Cristo. Cristo está en su casa en la historia; es pues muy simple que no se la pueda explicar sin Él, y que con Él ella parezca en toda su claridad y en toda su grandeza. La sucesión de los anales humanos responde al comienzo; pero desde la publicación del Evangelio, los destinos del mundo han tomado un nuevo vuelo; después de haber esperado a su rey, ahora la tierra lo posee. La preparación sobrenatural que se había manifestado en el papel del pueblo judío, esa otra preparación a la vez natural y sobrenatural que había aparecido en la marcha siempre progresiva del poderío romano, ha llegado cada una a su término. Todo ha sido consumado, Jerusalén cede sus derechos y sus honores a Roma; Tito es el ejecutor de las grandes obras del Padre celestial que venga la sangre de su Hijo eterno. El milagro del pueblo judío no cesa sin embargo por esto; se transforma, y las naciones tendrán ante los ojos, hasta la víspera del último día, el espectáculo no ya de un pueblo privilegiado, sino de un pueblo maldito de Dios. En cuanto al Imperio pagano, construyó, sin saberlo, la capital del reino de Jesucristo; le será dado residir ahí tres siglos más; es de ahí de donde partirán esos sangrientos edictos que no tendrán otro efecto que el de mostrar a los siglos futuros el vigor sobrenatural del cristianismo; luego, cuando haya llegado el tiempo, cederá el lugar, y partirá a refugiarse al Bósforo, y la imperecedera dinastía de los Vicarios de Cristo que no han abandonado su puesto desde el martirio de Pedro, su primer eslabón, ceñirá la corona en la ciudad de las siete colinas. El imperio se desmoronará pieza por pieza bajo los golpes de los bárbaros; pero antes de infligirle la humillación y el castigo que crímenes seculares han acumulado sobre él, la justicia divina esperará a que el cristianismo, victorioso de las persecuciones, haya extendido lo bastante alto y lo bastante lejos sus ramificaciones para dominar en todas partes las oleadas de ese nuevo diluvio; se lo verá después cultivar nuevamente, y con pleno éxito, la tierra renovada y rejuvenecida por esas aguas incluso más purificantes que devastadoras.

¿Acaso después de haber expuesto todas estas maravillas, el historiador cristiano cambiará el tono de sus relatos? ¿Volverá a la explicación simplemente providencial de los fastos de la tierra? ¿No es acaso lo maravilloso sólo el punto central de los anales humanos, de manera que desde ese momento la acción de Dios deba permanecer velada bajo las causas segundas hasta el fin de los tiempos? ¡Qué Dios no quiera que así sea! Un tercer hecho sobrenatural, hecho que debe durar hasta la consumación de los siglos, llama su atención y reclama toda su elocuencia. Este hecho es la conservación de la Iglesia a través de los tiempos, sin mezcla en su doctrina, sin alteración en su jerarquía, sin suspensión en su duración, sin desfallecimiento en su marcha. Miles de grandes cosas humanas han sido creadas, se desarrollaron y cayeron en decadencia: la conducta habitual de la Providencia cuidó de ellas durante su duración; hoy quedan sus huellas sólo en la historia. La iglesia está siempre de pie: Dios la sostiene directamente, y todo hombre de buena fe, capaz de aplicar las leyes de la analogía, puede leer en los hechos que la conciernen esa promesa inmortal de durar siempre, que ella tiene escrita en su base por la mano de un Dios. Las herejías, los escándalos, las defecciones, las conquistas, las revoluciones, nada han conseguido; rechazada de un país, ha avanzado en otro; siempre visible, siempre católica, siempre conquistadora y siempre sufriente. Este tercer hecho, que no es sino la consecuencia de los dos primeros, termina por dar al historiador cristiano la razón de ser de la humanidad. Él concluye con la evidencia de que la vocación de nuestra raza es una vocación sobrenatural; que las naciones, sobre la tierra, no solamente pertenecen a Dios que ha creado la primera familia humana, sino que también son, como lo ha dicho el Profeta, el dominio particular del Hombre-Dios. Entonces, basta de misterios en la sucesión de los siglos, basta de vicisitudes inexplicables; todo se dirige a la meta, todo problema se resuelve por sí mismo con este elemento divino.

Sé que hoy hace falta coraje, sobre todo cuando no se es del clero, para tratar la historia con este tono; se cree sinceramente, no se quisiera por nada del mundo adoptar el sentido y las maneras de las escuelas fatalistas y humanitaria; pero la escuela naturalista es tan poderosa por su número y su talento, es tan benevolente con el cristianismo, que es duro desafiarla en todo y no ser a sus ojos nada más que un escritor místico, a lo sumo un hombre de poesía, cuando se aspiraría a la reputación de ciencia y de filosofía. Todo lo que puedo decir, es que la historia ha sido tratada, desde el punto de vista que me he permitido exponer, por dos poderosos genios cristianos y que su reputación no ha naufragado por ello. "La ciudad de Dios" de San Agustín, el "Discurso sobre la historia universal" de Bossuet, son dos aplicaciones de la teoría que he adelantado. La ruta está pues trazada con mano maestra, y es posible exponerse en seguimiento de tales hombres a los fútiles juicios del naturalismo contemporáneo. Es mucho, sin duda, regular su vida íntima por el principio sobrenatural; pero sería una grave inconsecuencia, una alta responsabilidad, el que ese mismo principio no condujera siempre la pluma. Veamos a la humanidad en sus relaciones con Jesucristo su jefe; no la separemos nunca de Él en nuestros juicios ni en nuestros relatos, y cuando nuestras miradas se detengan en el mapa del mundo, recordemos ante todo que tenemos ante los ojos al imperio del Hombre-Dios y de su Iglesia.

Los contenidos son marca registrada © 1991 - 2004
de la Fundación Argentina del Mañana