EL SENTIDO CRISTIANO DE LA HISTORIA(*)
Dom Prosper Guéranger
Capítulo I
LO SOBRENATURAL EN LA HISTORIA
Así como para el cristianismo la filosofía separada
no existe, así también, para él no hay historia
puramente humana. El hombre ha sido divinamente llamado al estado
sobrenatural; este estado es el fin del hombre; los anales de la
humanidad deben ofrecer su rastro. Dios podía dejar al hombre
en estado natural; plugo a su bondad el llamarlo a un orden superior,
comunicándose a él, y llamándolo, en último
término, a la visión y la posesión de su divina
esencia; la fisiología y la sicología naturales son
pues impotentes para explicar al hombre en su destino. Para hacerlo
completa y exactamente, es preciso recurrir al elemento revelado,
y toda filosofía que, fuera de la fé, pretenda determinar
únicamente por la razón el fin del hombre, está,
por eso mismo, atacada y convicta de heterodoxia. Sólo Dios
podía enseñar al hombre por la revelación todo
lo que él es en realidad dentro del plan divino; sólo
ahí está la clave del verdadero sistema del hombre.
No cabe duda de que la razón puede, en sus especulaciones,
analizar los fenómenos del espíritu, del alma y del
cuerpo, pero por lo mismo que no puede captar el fenómeno
de la gracia que transforma el espíritu, el alma y el cuerpo,
para unirlos a Dios de una manera inefable, ella no es capaz de
explicar plenamente al hombre tal como es, ya sea cuando la gracia
santificante que habita en él hace de él un ser divino,
ya sea cuando habiendo sido expulsado este elemento sobrenatural
por el pecado, o no habiendo éste aún penetrado, el
hombre siente haber descendido por debajo de sí mismo.
No hay, pues, no puede haber, un verdadero conocimiento del hombre
fuera del punto de vista revelado. La revelación sobrenatural
no era necesaria en sí misma: el hombre no tenía ningún
derecho a ella; pero de hecho, Dios la ha dado y promulgado; desde
entonces, la naturaleza sola no basta para explicar al hombre. La
gracia, la presencia o la ausencia de la gracia, entran en primera
línea en el estudio antropológico. No existe en nosotros
una sola facultad que no requiera su complemento divino; la gracia
aspira a recorrer al hombre íntegramente, a fijarse en él
en todos los niveles; y a fin de que nada falte en esta armonía
de lo natural y de lo sobrenatural, en esta creatura privilegiada,
el Hombre-Dios ha instituido sus sacramentos que la toman, la elevan,
la deifican, desde el momento del nacimiento hasta aquél
en que ella aborda esa visión eterna del soberano bien que
ya poseía, pero que no podía percibir sino por la
fé.
Pero, si el hombre no puede ser conocido totalmente sin la ayuda
de la luz revelada, ¿es dable imaginar que la sociedad humana,
en sus diversas fases a las que se llama la historia, podrá
volverse explicable, si no se pide socorro a esa misma antorcha
divina que nos ilumina sobre nuestra naturaleza y nuestros destinos
individuales? ¿Tendría acaso la humanidad otro fin
distinto del hombre? ¿Sería entonces la humanidad
otra cosa distinta del hombre multiplicado? No. Al llamar al hombre
a la unión divina, el Creador convida al mismo tiempo a la
humanidad. Ya lo veremos el último día cuando de todos
esos millones de individuos glorificados se formará, a la
derecha del soberano juez, ese pueblo inmenso “del que será
imposible, nos dice San Juan, hacer el recuento”. (Apoc. 7,
9). Mientras tanto la humanidad, quiero decir la historia, es el
gran teatro en el cual la importancia del elemento sobrenatural
se declara a plena luz, ya sea que por la docilidad de los pueblos
a la fé domine las tendencias bajas y perversas que se hacen
sentir tanto en las naciones como en los individuos, ya sea que
se postre y parezca desaparecer por el mal uso de la libertad humana,
que sería el suicidio de los imperios, si Dios no los hubiera
creado “curables” (Sap. 1, 14).
La historia tiene que ser entonces cristiana, si quiere ser verdadera;
porque el cristianismo es la verdad completa; y todo sistema histórico
que hace abstracción del orden sobrenatural en el planteamiento
y la apreciación de los hechos, es un sistema falso que no
explica nada, y que deja a los anales de la humanidad en un caos
y en una permanente contradicción con todas las ideas que
la razón se forma sobre los destinos de nuestra raza aquí
abajo. Es porque así lo han sentido, que los historiadores
de nuestros días que no pertenecen a la fé cristiana
se han dejado arrastrar a tan extrañas ideas, cuando han
querido dar lo que ellos llaman la filosofía de la historia.
Esa necesidad de generalización no existía en los
tiempos del paganismo. Los historiadores de la gentilidad no tienen
visiones de conjunto sobre los anales humanos. La idea de patria
es todo para ellos, y jamás se adivina en el acento del narrador
que esté por nada del mundo inflamado con un sentimiento
de afecto por la especie humana considerada en sí misma.
Por lo demás, solamente a partir del cristianismo es cuando
la historia ha comenzado a ser tratada de una manera sintética;
el cristianismo, al hacer volver siempre el pensamiento a los destinos
sobrenaturales del género humano, ha acostumbrado a nuestro
espíritu a ver más allá del estrecho círculo
de una egoísta nacionalidad. Es en Jesucristo donde se ha
develado la fraternidad humana y, desde entonces, la historia general
se ha convertido en un objeto de estudio. El paganismo nunca habría
podido escribir sino una fría estadística de los hechos,
si se hubiera encontrado en condiciones de redactar de una manera
completa la historia universal del mundo. No se lo ha señalado
suficientemente que la religión cristiana ha creado la verdadera
ciencia histórica, dándole la Biblia por base, y nadie
puede negar que hoy en día, a pesar de los siglos transcurridos,
a pesar de las lagunas, no estemos más adelantados, en resumidas
cuentas, en los acontecimientos de los pueblos de la antigüedad,
de lo que lo estuvieron los historiadores que esa antigüedad
misma nos ha legado.
Los narradores no cristianos de los siglos XVIII y XIX han pues
copiado al método cristiano el modo de generalización;
pero lo han dirigido contra el sistema ortodoxo. Muy pronto se dieron
cuenta de que apoderándose de la historia y cambiándola
a sus ideas, asestaban un duro golpe al principio sobrenatural;
tan cierto es que la historia declara a favor del cristianismo.
Bajo este aspecto su éxito ha sido inmenso; no todo el mundo
es capaz de seguir y de paladear un sofisma; pero todo el mundo
comprende un hecho, una sucesión de hechos, sobre todo cuando
el historiador posee ese acento particular que cada generación
exige de aquellos a quienes otorga el privilegio de encantarla.
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