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Cuando nuestros padres, cuya educación había sido
tan solidamente impregnada de cristianismo, bajaron a la liza para
combatir a la escuela de Voltaire, quien osaba pretender que Jesucristo
había hecho retroceder a la humanidad y que su religión
conducía a los hombres a la barbarie, fue cuando se hizo
necesario sostener contra los filósofos esta tesis nueva
y fácil de demostrar, que la civilización moderna
es, en todo lo que tiene de útil para el hombre y la sociedad,
la hija del cristianismo, y que las religiones paganas, el politeísmo
y la filosofía, llevaban a los pueblos al embrutecimiento
y a la destrucción. Este punto de vista indiscutible no tenía
entonces ningún peligro, porque los que lo sostenían
no ignoraban que la misión de Jesucristo tuvo además
como objetivo otros intereses mucho más preciosos para el
hombre y la sociedad que los que se refieren a la economía
política; se sabía que los frutos del cristianismo
que, incluso en la vida presente, colocan a las naciones cristianas
tan por encima de las que no lo son, no son sino puras consecuencias
de esos otros beneficios de un orden infinitamente superior que
Jesucristo vino a traemos. Se sabía de memoria el Evangelio;
no se lo leía para buscar en él los versículos
que uno imagina poder desviar en el sentido de las ideas del día,
dejando a los otros de lado en discreto silencio; se aceptaba todo,
y se sabía perfectamente que si Jesucristo anuncia que "el
príncipe de este mundo será echado de su imperio",
que la sangre redentora será derramada para la reparación
del pecado, que el género humano será llamado a no
formar ya nada más que un solo rebaño bajo el cayado
del Buen Pastor que da su vida por sus ovejas, no se dice ni una
palabra sobre la regeneración política de los pueblos,
sobre la civilización por venir, sobre las futuras conquistas
de la inteligencia, sobre el progreso de las ciencias y de las artes;
todas ventajas que nos vinieron por el cristianismo y que sin él
no hubieran venido. En todo el Evangelio, no hay sino una sola palabra
de Cristo que designa estos bienes del tiempo : "Buscad el
reino de Dios y su justicia, y el resto os será dado por
añadidura". El resto, coetera, así es como Cristo
habla de aquellos, por temor a que los hagamos la cosa principal,
la propia cosa comparable.
Los defensores del cristianismo, en el siglo XVIII, sabían
todo esto, comprendían todo esto, y se aplicaban en realzar
todos estos beneficios exteriores del cristianismo, que el mismo
Juliano el Apóstata empezaba a captar desde el siglo IV,
y que Turquía en la actualidad nos envidia sin poderlos alcanzar
jamás, y no era que dejasen de prestar la primera importancia
a los beneficios sobrenaturales de los que el divino misterio de
la Encarnación fue su fuente.
Desde entonces, el tiempo ha dado un paso; la sociedad moderna,
de la que algunos de nosotros están tan orgullosos, ha comenzado
sus destinos un tanto tormentosos; el cristianismo ya no figura
dentro de las obras públicas; la legislación no lo
reconoce como vínculo social, y si le asegura una protección
más o menos amplia según los tiempos, no es de ninguna
manera porque lo reconoce como divino, sino únicamente porque
se supone que ese culto representa el interés religioso de
la mayoría de la nación. En semejante situación,
la fé vive aún en muchísimas almas, de suerte
que los frutos del cristianismo continúan produciéndose
en cierta medida; ¿pero cuál será el vínculo
de los cristianos entre sí? ¿Cómo se unirán
para formar esa fuerza invisible que triunfó del paganismo
? Sin duda, por la energía y la homogeneidad de la idea cristiana;
es ahí donde está la necesidad y no en otra parte.
Pregunto: ¿hay rastros de economía política,
de utopías, de perfectibilidad humana, en los escritos de
los autores cristianos de los tres primeros siglos? Sin embargo,
en el siglo IV, los cristianos se habían convertido en la
mayoría, y Constantino, al recibir el bautismo, era sólo
un cristiano más. Si él no se hubiera rendido, su
sucesor habría sido más clarividente y más
sabio. ¿Cómo pues se operó la conquista? Por
la fe en Jesucristo crucificado, aportó al mundo misterios
para creer y virtudes sobrenaturales para practicar. A los ojos
de los primeros cristianos, la era de Cristo no era la era de la
civilización; demasiados crímenes y envilecimientos
los rodeaban como para que tal ilusión se les hiciera posible;
para ellos, la era de Cristo era la era de la salvación ofrecida
a cada hombre, a condición de sacrificar los bienes de la
vida presente a los de la futura, cuyo sendero acababa de ser abierto
por el Redentor. No fue menester ni más ni menos para regenerar
el mundo; en nuestros días, no será menester ni más
ni menos para salvarlo.
Es pues una triste manera, para un autor cristiano que escribe
la historia, presentamos la venida de Jesucristo al mundo como el
gran hecho social y entregarse a los lugares comunes más
o menos rejuvenecidos sobre ese tema. Nadie o casi nadie impugnará
ni vuestros hechos ni vuestras conclusiones, tanto más cuanto
sobresalís en hablar el lenguaje del día. Pero ¿cuándo
entonces tendréis a bien emplear vuestro talento en escribir
para los cristianos? ¿No comprendéis que todas esas
miras de aplicación a un orden inferior, siempre reproducidas
y con una variedad que no es sino aparente, dan por resultado desapegar
poco a poco a los hombres del orden sobrenatural cuya primacía
mantenemos en nosotros sólo por el esfuerzo de la fe? Los
hombres tienen mayor necesidad de que se les repita que Jesucristo
vino para redimirlos, que la necesidad que hay de decirles en todos
los tonos que el objeto de su misión fue el de civilizarlos.
Pero, me diréis, ¿Hay, pues, que cesar de insistir
sobre las consecuencias del Evangelio? Que Dios no quiera que os
dé semejante consejo. Toda verdad es útil, pero toda
verdad deber ser clasificada según su importancia. ¿Quién,
hoy en día, una vez más, osa dudar de los resultados
que ha producido el cristianismo para el perfeccionamiento de la
condición humana en la vida presente? Algunos impíos,
furiosos con los que no se discute. Los filósofos, los políticos,
los economistas sensatos están con vosotros; inútil
pues de rivalizar con ellos en materia de elogios para el gran civilizador
de los tiempos modernos. Lo que acucia, lo que no es oportuno, es
pensar en los cristianos que necesitan ser sostenidos y reunidos.
A hora bien, no lo haréis sino proclamando en voz alta que,
bajo el reinado de César Augusto, el Hijo único de
Dios se dio encarnarse en el seno de una Virgen y ofrecerse en sacrificio
para redimir los pecados del mundo y romper el yugo de Satanás
que mantenía esclavizado al hombre. Hablando así,
hablaréis como San Agustín y como Bossuet; claro que
eso se asemejará un poco al catecismo, pero no os inquietéis
por ello; es precisamente el catecismo el que hace falta hoy día.
El catecismo sirvió de base a las dos grandes obras históricas
de San Agustín y de Bossuet, y no se advierte que su talento
haya disminuido por ello. A hora, si tenéis algo que agregar
sobra las aplicaciones del Evangelio al bienestar del hombre y de
la sociedad, no os privéis de hacerlo. Os escucharemos y
lo aprovecharemos. Es cierto que nada nos sorprenderá, porque
contábamos con él «por añadidura, caetera»
prometido por Jesucristo mismo. Lo que necesitamos únicamente
es que ese «por añadidura, caetera», no sea el
único bien que oséis señalar en la venida de
Cristo a la tierra. Somos débiles en la fe, con frecuencia
nuestra educación ha sido poco cristiana, la sociedad que
nos rodea no refleja nuestras creencias; y, lo que aumenta el peligro,
vivimos en el seno de una revolución social que mantiene
en fermentación todos los orgullos.
Se dirá tal vez que tomar tal camino, es el medio de poblar
con sus libros los estantes de las bibliotecas de parroquia y de
los gabinetes de buena lectura. Quizás, en efecto, vuestros
libros cristianamente pensados y cristianamente escritos corran
la suerte de ir a reunirse en esos humildes depósitos con
el discurso sobre la historia universal, en lugar de abriros las
puertas de la Academia; pero ¿qué desgracia veis en
ello ? La primera necesidad hoy en día es fortificar y proteger
a los cristianos en su fe; La segunda es aumentar su número.
Si obtenéis la primera meta, no habréis perdido vuestro
tiempo. En cuanto a la segunda, es evidente que lo aumentaréis
poco, persuadiendo a los que no creen que los que creen, piensan
y hablan como ellos. Por otra parte, tenemos escritores católicos,
pocos, lo acepto, que sin dejar de buscar nada más que l
pura ortodoxia, han negado a preocupar a la vez a los simples creyentes
y a las personas de gusto y de inteligencia.
Y acaso no sentís la necesidad de decir alguna vez sus verdades
a vuestro siglo? ¡No hace ya demasiado tiempo que se lo halaga
y se lo extravía al no sostener lo verdadero sino con mesura,
coloreando con un barniz moderno y dudoso lo que existe de más
antiguo y de más inmutable? Tenéis razón, se
han descubierto no sé qué terrenos neutrales en los
que ciertos creyentes se reúnen con los no creyentes para
celebrar unas especies de congresos de donde cada uno sale tan de
avanzada como había venido; ¿pero qué resulta
de esos encuentros?: mutuos cumplidos, y, en espera de que salga
de otra cosa, la sociedad, que perece porque no se le habla francamente
de Jesucristo, os pide cuenta de vuestros talentos, de vuestra influencia,
¿ qué digo? de vuestras convicciones cristianas, tan
a menudo disimuladas bajo las apariencias naturalistas. Es tiempo
de cargar su estilo con un acento más cristiano y hablar
en los libros con el tono que se acostumbra usar en el seno de la
familia. No instruiríais a vuestros hijos en su religión
empleando teorías naturalistas; tendríais miedo de
no hacer de ellos unos cristianos. Queréis para ellos el
catecismo, que comentáis con vuestros ejemplos; que vuestros
libros, vuestros discursos, vuestros escritos públicos, sean
pues a su vez su expresión. EI momento es tanto mejor elegido
por cuanto vosotros mismos comprobáis la benevolencia con
que se os escucha. Dad el paso, y narrad en lo sucesivo los hechos
históricos con el acento de un cristiano convencido que siente
la necesidad de proclamar que el progreso está en Jesucristo
y por Jesucristo. Seréis entonces un historiador digno ante
Dios y ante los hombres.
Se sabe por experiencia que los hombres de hoy que no son creyentes
no adivinan nada por sí mismos, en materia de principios,
en las cosas religiosas. Esta impotencia resulta del silencio demasiado
discreto que se guarda desde hace demasiado tiempo sobre ellos y
los deja en una ignorancia total. Es imposible no sentirse impresionado
por la abnegación y el tranquilo heroísmo de las hermanas
de la caridad. Sin duda, en general es dable darse cuenta del principio
de terminante de esa abnegación y de ese heroísmo,
se sabe que el sentimiento religiosos es su fuente. Pero entre las
personas que reclaman sus socorros, las que no tienen la felicidad
de estar iluminadas por la luz sobrenatural, ¿qué
idea se forman del sentimiento religioso que anima a esas hermanas?
Porque, en fin, el sentimiento religioso se encuentra en todas partes
donde existe una religión. ¿ De dónde proviene
entonces que semejante abnegación no exista en las religiones
del mundo antiguo? ¿ De dónde proviene que no se lo
encuentre, entre los pueblos cristianos, sino entre los de la comunión
romana? Ahí está pues el producto de un dogma particular
que no se encuentra en otra parte. Se hubiera debido sondear hasta
allí, en este sigla, en el que uno quiere enterarse de todo,
en el que se confecciona la estadística de todo. No se hace
eso; uno se limita a admirar, mientras se aceptan los servicios.
En el fondo, la cosa es muy sencilla; basta con decir a los interesados:
«Tenéis hermanas de caridad a vuestras órdenes...
porque existe un sacerdocio fundado por Jesucristo, y porque los
miembros de ese sacerdocio ejercen el poder de purificar las almas
y de ponerlas luego en relación con Dios mismo, en un misterio
que se llama la comunión y de los que ellos son los dispensadores.
Si ese sacerdocio dejara de actuar, si fuera echado de nuestras
sociedades, veríais apagarse al mismo tiempo a la raza de
esa siervas de los pobres y de los enfermos. Lo que llamáis
el sentimiento religioso no podría producirlas en lo sucesivo,
ni aún menos multiplicarlas».
Es así como una cuestión de dogma revelado es traída
naturalmente para resolver el problema particular del que hablamos;
lo mismo sucede, que no se dude, para todas las otras cuestiones
que se podrían suscitar sobre las diversas formas del progreso
que el cristianismo ha hecho saborear a las naciones cristianas.
Nuestros padres, que eran cristianos por tradición, no lo
ignoraban cuando discutían la cuestión económica
del cristianismo con los filósofos de entonces; pero nosotros,
nosotros ya no lo sabemos, y es por eso que es necesario que nos
lo digan, a riesgo de alarmar a algunos. Ahora bien, es tarea de
la historia en particular el formular sus relatos de manera de saber
expresar todo lo que importa que se conozca. ¿Qué
es un relato histórico en el que se narran los efectos, sin
confesar francamente las causas? Lo hemos dicho, y lo repetimos,
el destino del género humano es un destino sobrenatural;
de ello resulta que una historia que no se inspire en las fuentes
sobrenaturales, no podría ser una historia verídica,
por más cristianas que fuesen por otra parte las convicciones
de aquél que creyó oportuno escribirla.
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