Capítulo IV
CRISTO, HÉROE DE LA HISTORIA
Tanto importa prevenir a los católicos contra la tendencia
naturalista de las ideas de nuestro siglo en la apreciación
de los hechos históricos cuanto y con mayor razón
es necesario precaverlos de que ese naturalismo no existe simplemente
en el estado de teoría, sino también que se encuentra
generalmente insinuado y hasta aplicado en la mayoría de
los escritos que han sido publicados desde hace mucho por autores
incluso ortodoxos en su intención sobre las cuestiones de
historia general o particular. Nada es más raro que los libros
de historia en donde nunca falte el sentido cristiano. Tal historiador
será en su lenguaje privado , en su práctica, el fiel
discípulo de la Iglesia el cual cuando toma una pluma, ya
no encuentra sino la palabrería filosófica para narrar
y explicar los hechos. Es una desgracia ese doble lenguaje, esta
doble vida; pero es un peligro para los lectores, sobre todo para
la juventud. De ello resulta que ya no encontramos más de
esos cristianos todos de una pieza, como lo eran otrora, y como
sería de desear que existieran muchos en nuestros días.
No es mi intención pasar revista aquí a la historia
universal, ni señalar los mil puntos en los cuales se ha
encontrado el medio de infiltrar el naturalismo; me limitaré
a destacar al pasar algunos rasgos que podrán servir de ejemplo.
En tesis general, el naturalismo se reconoce en un libro, cuando
el autor finge velar la acción de Dios para destacar la acción
humana; cuando se apega a las ideas filosóficas de Providencia,
en lugar de proclamar el orden sobrenatural; cuando razona sobre
la Iglesia como sobre una institución humana; cuando se pronuncia
sobre los hechos, sobre las ideas, sobre los hombres, de manera
distinta a la que la Iglesia misma se pronuncia. Se quiere ser de
vanguardia, pasar por ser de su siglo; en una palabra, se está
demasiado apresurado por recoger la clase de éxito reservado
a quienquiera ha sabido merecer el nombre de hombre de progreso.
La historia del mundo antiguo es tratada dentro del género
naturalista, cuando el narrador, en lugar de mostrar la imperfección
de las virtudes paganas, les consagra una admiración a la
cual no tienen derecho. Entiendo aquí por virtudes paganas
esas cualidades y esas acciones brillantes en el exterior, cuyo
principio no era el de realizar la ley divina, sino el orgullo,
la dureza de corazón, el estoico desprecio de la vida, el
culto bárbaro de una nacionalidad material. Se conocen las
funestas excitaciones que ha producido esta apoteosis de las virtudes
paganas al final del siglo XVIII, y con qué rabia los monstruos
de entonces se inspiraban en los ejemplos de Grecia y de Roma. Pero
existe otro escollo que el historiador cristiano debe ocuparse de
evitar. Discípulo de la Revelación, que tenga cuidado
de no figurarse que los gentiles se encontraban impotentes para
llegar al conocimiento del verdadero Dios y a la realización,
en un grado suficiente, de las virtudes que lo honran y que son
la salvación del hombre. Los medios de una Providencia sobrenatural
para operar ese gran designio son uno de los objetivos de la historia
cristiana; y al lado de la Iglesia judaica, la teología católica
nos descubre la Iglesia de los gentiles, menos visible, menos latente,
pero siempre accesible por la gracia que nunca que negada totalmente
a la creatura humana, incluso a la más desamparada.
Aquí no se trata de la filosofía, instrumento de
orgullo y de decepción, sino de la palabra de Dios transmitida
de una manera oral, luchando contra la marea siempre creciente del
politeísmo y reavivada por los socorros de esta Providencia
sobrenatural de la que hablábamos hace poco y por mil incidentes
exteriores, por mil toques interiores, que la infinita bondad de
Dios no ha reservado solamente a los cristianos. Que el historiador
católico nunca olvide estas palabras: "Dios quiere que
todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad",
y que se dedique a descubrir cómo, en el mundo antiguo, toda
Nínive sabía ablandar la cólera del verdadero
Dios, con la simple palabra de Jonás; y cómo el centurión
Cornelio había madurado para el bautismo antes de haber conocido
la misión del Salvador. El papel del pueblo judío,
la resonancia de los prodigios operados en su favor, sus relaciones
tan extendidas en ciertas épocas, sus migraciones a Egipto
primero, más tarde a Asiria, a Persia, hasta a las Indias;
la traducción de sus libros sagrados en lengua griega, en
el siglo de los Ptolomeos; sus sinagogas desparramadas más
allá de los limites del mundo conocido y florecientes en
el seno de Roma y de Grecia, desde hacía ya siglos, cuando
apareció el Hombre-Dios; todos esos hechos son otros tantos
elementos con cuya ayuda es fácil seguir todavía hoy
la huella de lo sobrenatural en los anales del mundo antiguo.
¿Hablaré de los oráculos, de los profetas
de la gentilidad, de los que la Escritura nos proporciona un tipo
en Balaán; de las Sibilas, limitándome incluso a lo
que nos enseñan al respecto Cicerón y Virgilio? Fontenelle
fue en Francia uno de los precursores del naturalismo, y no temió,
en un siglo en que todavía reinaba la fé, dar un brutal
desmentido a los más graves monumentos del cristianismo primitivo,
sosteniendo que los oráculos no habían cesado al advenimiento
de Cristo, dado, decía, que los oráculos no fueron
siempre sino una superchería del paganismo. Le fue fácil
a la ciencia cristiana demostrar que la tesis de Fontenlle conducía
al pirronismo histórico, y vengar el buen sentido de los
pueblos de la antigüedad, gratuitamente calumniado por un hombre
roído ya por la antipatía de lo sobrenatural.
El historiador cristiano del mundo antiguo encontrará a
menudo en su ruta a lo sobrenatural diabólico cuyo imperio
aún no había sentido la fuerza victoriosa de la Cruz.
Que no tema caracterizar la dura esclavitud de Satanás, que
pesó sobre nuestros padres de la gentilidad, durante los
siglos que transcurrieron antes del cumplimiento de la promesa.
Jamás ningún hombre ha sido del dominio propio del
espíritu de las tinieblas sin haberlo merecido; pero, en
esos tiempos, el poder del espíritu de la mentira era mucho
más extendido de lo que lo ha sido desde la victoria del
Hijo de Dios; y negar esta explicación de los horrorosos
desórdenes del mundo antiguo, sería, en un cristiano,
no solamente un acto culpable de respeto humano, sino una falta
de fé que nada puede justificar. Jesucristo no ha omitido
hablarnos del diablo por su nombre; lo ha llamado el príncipe
de este mundo; y se diría que ciertos autores cristianos
de nuestros días tienen el partido tomado de no tener en
ninguna cuenta numerosos pasajes del Evangelio en los que este agente
perverso nos es denunciado como el autor de todos nuestros males.
Se habla del mal, del genio del mal, del desorden, del error, de
la depravación humana; pero toda esta metafísica encubre
mal la repugnancia que se experimenta por poner en escena al ser
maligno que tan hábilmente se aprovecha del olvido que ha
sabido difundir en nuestros días, hasta sobre su existencia.
Que nos sea entonces permitido decir que una historia del mundo
antiguo donde no se articule el nombre del eterno enemigo de Dios
y del hombre, donde uno se obstine en querer explicar el mal por
el solo efecto de la perversidad humana y de las pasiones, no es
ni una historia cristiana ni una historia completa. En ella se ha
omitido sin motivo la principal causa de los desórdenes que
había que narrar.
En cuanto al hecho de la sucesión de los imperios, de la
unificación de los pueblos que debía ser su resultado,
de las profecías que todo lo habían anunciado, es
evidente que el historiador que no sabe o no quiere decir cuál
es la finalidad de todas esas vicisitudes, que no señala
el reino de Cristo que cada vez se acerca más, en cada revolución
de los pueblos, es un ciego que trabaja en mantener a otros ciegos
en las tinieblas, en el seno de las cuales se complace en habitar.
Ésa es la historia sin finalidad, a la manera de los paganos
que ignoraban adonde Dios llevaba al mundo. Los historiadores ven
muy bien que todo desemboca en el imperio romano, en ese imperio
colosal que debe sucumbir definitivamente; pero del imperio de Jesucristo
al que el imperio romano debía servir de pedestal, de eso
no hablan. Es porque, a sus ojos, Jesucristo es el gran civilizador
de la raza humana, aquél a quien el mundo debe todo; pero
decir que reina, que tiene un imperio, que este mundo es de su propiedad,
que nadie manda en él en adelante sino en su nombre, eso
es algo en lo que nunca se ha pensado. Jesucristo reina sobre los
espíritus, sobre la moral de los hombres; su reino no está
en este mundo. Verdaderamente se diría que tal es el pensamiento
de muchos historiadores, cristianos sin embargo, cuando se los ve
desarrollar la historia de los antiguos pueblos, sin parecer sospechar
que preparan la vía al Verbo encarnado. Sí, claro,
dicen que la venida de Cristo es el acontecimiento más grande
de todos los tiempos, que Cristo es el autor de la más amplia
y más saludable revolución que se haya efectuado en
este globo, pero nunca dejan adivinar, ni aun menos lo dicen, que
la tierra, durante millares de años esperó a su rey,
y que lo posee desde hace diecinueve siglos.
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