Castillos e iglesias medievales
La falsa promesa de la felicidad
Santos:¿sentimentales o fuertes de alma?
+ Ver todos
- -
Nazismo y Comunismo: ¿enemigos o amigos?
Evolucionismo: La ciencia demuestra su caducidad.
La Cruzada del Siglo XXI
+ Ver todos
- -
Textos pontificios
El lujo y el desapego de los bienes terrenos
La incompatibilidad con el socialismo
La desigualdad, el Estado y la Propiedad Privada
+ Indice temático
- -
Historia de Don Martin de Alzaga, héroe de la reconquista
Genealogía de José Hernandez: autor del Martín Fierro
+ Ver todos los artículos de Historia
- -
+ Ver todas nuestras acciones




 
 

Capítulo IV

CRISTO, HÉROE DE LA HISTORIA

Tanto importa prevenir a los católicos contra la tendencia naturalista de las ideas de nuestro siglo en la apreciación de los hechos históricos cuanto y con mayor razón es necesario precaverlos de que ese naturalismo no existe simplemente en el estado de teoría, sino también que se encuentra generalmente insinuado y hasta aplicado en la mayoría de los escritos que han sido publicados desde hace mucho por autores incluso ortodoxos en su intención sobre las cuestiones de historia general o particular. Nada es más raro que los libros de historia en donde nunca falte el sentido cristiano. Tal historiador será en su lenguaje privado , en su práctica, el fiel discípulo de la Iglesia el cual cuando toma una pluma, ya no encuentra sino la palabrería filosófica para narrar y explicar los hechos. Es una desgracia ese doble lenguaje, esta doble vida; pero es un peligro para los lectores, sobre todo para la juventud. De ello resulta que ya no encontramos más de esos cristianos todos de una pieza, como lo eran otrora, y como sería de desear que existieran muchos en nuestros días.

No es mi intención pasar revista aquí a la historia universal, ni señalar los mil puntos en los cuales se ha encontrado el medio de infiltrar el naturalismo; me limitaré a destacar al pasar algunos rasgos que podrán servir de ejemplo. En tesis general, el naturalismo se reconoce en un libro, cuando el autor finge velar la acción de Dios para destacar la acción humana; cuando se apega a las ideas filosóficas de Providencia, en lugar de proclamar el orden sobrenatural; cuando razona sobre la Iglesia como sobre una institución humana; cuando se pronuncia sobre los hechos, sobre las ideas, sobre los hombres, de manera distinta a la que la Iglesia misma se pronuncia. Se quiere ser de vanguardia, pasar por ser de su siglo; en una palabra, se está demasiado apresurado por recoger la clase de éxito reservado a quienquiera ha sabido merecer el nombre de hombre de progreso.

La historia del mundo antiguo es tratada dentro del género naturalista, cuando el narrador, en lugar de mostrar la imperfección de las virtudes paganas, les consagra una admiración a la cual no tienen derecho. Entiendo aquí por virtudes paganas esas cualidades y esas acciones brillantes en el exterior, cuyo principio no era el de realizar la ley divina, sino el orgullo, la dureza de corazón, el estoico desprecio de la vida, el culto bárbaro de una nacionalidad material. Se conocen las funestas excitaciones que ha producido esta apoteosis de las virtudes paganas al final del siglo XVIII, y con qué rabia los monstruos de entonces se inspiraban en los ejemplos de Grecia y de Roma. Pero existe otro escollo que el historiador cristiano debe ocuparse de evitar. Discípulo de la Revelación, que tenga cuidado de no figurarse que los gentiles se encontraban impotentes para llegar al conocimiento del verdadero Dios y a la realización, en un grado suficiente, de las virtudes que lo honran y que son la salvación del hombre. Los medios de una Providencia sobrenatural para operar ese gran designio son uno de los objetivos de la historia cristiana; y al lado de la Iglesia judaica, la teología católica nos descubre la Iglesia de los gentiles, menos visible, menos latente, pero siempre accesible por la gracia que nunca que negada totalmente a la creatura humana, incluso a la más desamparada.

Aquí no se trata de la filosofía, instrumento de orgullo y de decepción, sino de la palabra de Dios transmitida de una manera oral, luchando contra la marea siempre creciente del politeísmo y reavivada por los socorros de esta Providencia sobrenatural de la que hablábamos hace poco y por mil incidentes exteriores, por mil toques interiores, que la infinita bondad de Dios no ha reservado solamente a los cristianos. Que el historiador católico nunca olvide estas palabras: "Dios quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad", y que se dedique a descubrir cómo, en el mundo antiguo, toda Nínive sabía ablandar la cólera del verdadero Dios, con la simple palabra de Jonás; y cómo el centurión Cornelio había madurado para el bautismo antes de haber conocido la misión del Salvador. El papel del pueblo judío, la resonancia de los prodigios operados en su favor, sus relaciones tan extendidas en ciertas épocas, sus migraciones a Egipto primero, más tarde a Asiria, a Persia, hasta a las Indias; la traducción de sus libros sagrados en lengua griega, en el siglo de los Ptolomeos; sus sinagogas desparramadas más allá de los limites del mundo conocido y florecientes en el seno de Roma y de Grecia, desde hacía ya siglos, cuando apareció el Hombre-Dios; todos esos hechos son otros tantos elementos con cuya ayuda es fácil seguir todavía hoy la huella de lo sobrenatural en los anales del mundo antiguo.

¿Hablaré de los oráculos, de los profetas de la gentilidad, de los que la Escritura nos proporciona un tipo en Balaán; de las Sibilas, limitándome incluso a lo que nos enseñan al respecto Cicerón y Virgilio? Fontenelle fue en Francia uno de los precursores del naturalismo, y no temió, en un siglo en que todavía reinaba la fé, dar un brutal desmentido a los más graves monumentos del cristianismo primitivo, sosteniendo que los oráculos no habían cesado al advenimiento de Cristo, dado, decía, que los oráculos no fueron siempre sino una superchería del paganismo. Le fue fácil a la ciencia cristiana demostrar que la tesis de Fontenlle conducía al pirronismo histórico, y vengar el buen sentido de los pueblos de la antigüedad, gratuitamente calumniado por un hombre roído ya por la antipatía de lo sobrenatural.

El historiador cristiano del mundo antiguo encontrará a menudo en su ruta a lo sobrenatural diabólico cuyo imperio aún no había sentido la fuerza victoriosa de la Cruz. Que no tema caracterizar la dura esclavitud de Satanás, que pesó sobre nuestros padres de la gentilidad, durante los siglos que transcurrieron antes del cumplimiento de la promesa. Jamás ningún hombre ha sido del dominio propio del espíritu de las tinieblas sin haberlo merecido; pero, en esos tiempos, el poder del espíritu de la mentira era mucho más extendido de lo que lo ha sido desde la victoria del Hijo de Dios; y negar esta explicación de los horrorosos desórdenes del mundo antiguo, sería, en un cristiano, no solamente un acto culpable de respeto humano, sino una falta de fé que nada puede justificar. Jesucristo no ha omitido hablarnos del diablo por su nombre; lo ha llamado el príncipe de este mundo; y se diría que ciertos autores cristianos de nuestros días tienen el partido tomado de no tener en ninguna cuenta numerosos pasajes del Evangelio en los que este agente perverso nos es denunciado como el autor de todos nuestros males. Se habla del mal, del genio del mal, del desorden, del error, de la depravación humana; pero toda esta metafísica encubre mal la repugnancia que se experimenta por poner en escena al ser maligno que tan hábilmente se aprovecha del olvido que ha sabido difundir en nuestros días, hasta sobre su existencia. Que nos sea entonces permitido decir que una historia del mundo antiguo donde no se articule el nombre del eterno enemigo de Dios y del hombre, donde uno se obstine en querer explicar el mal por el solo efecto de la perversidad humana y de las pasiones, no es ni una historia cristiana ni una historia completa. En ella se ha omitido sin motivo la principal causa de los desórdenes que había que narrar.

En cuanto al hecho de la sucesión de los imperios, de la unificación de los pueblos que debía ser su resultado, de las profecías que todo lo habían anunciado, es evidente que el historiador que no sabe o no quiere decir cuál es la finalidad de todas esas vicisitudes, que no señala el reino de Cristo que cada vez se acerca más, en cada revolución de los pueblos, es un ciego que trabaja en mantener a otros ciegos en las tinieblas, en el seno de las cuales se complace en habitar. Ésa es la historia sin finalidad, a la manera de los paganos que ignoraban adonde Dios llevaba al mundo. Los historiadores ven muy bien que todo desemboca en el imperio romano, en ese imperio colosal que debe sucumbir definitivamente; pero del imperio de Jesucristo al que el imperio romano debía servir de pedestal, de eso no hablan. Es porque, a sus ojos, Jesucristo es el gran civilizador de la raza humana, aquél a quien el mundo debe todo; pero decir que reina, que tiene un imperio, que este mundo es de su propiedad, que nadie manda en él en adelante sino en su nombre, eso es algo en lo que nunca se ha pensado. Jesucristo reina sobre los espíritus, sobre la moral de los hombres; su reino no está en este mundo. Verdaderamente se diría que tal es el pensamiento de muchos historiadores, cristianos sin embargo, cuando se los ve desarrollar la historia de los antiguos pueblos, sin parecer sospechar que preparan la vía al Verbo encarnado. Sí, claro, dicen que la venida de Cristo es el acontecimiento más grande de todos los tiempos, que Cristo es el autor de la más amplia y más saludable revolución que se haya efectuado en este globo, pero nunca dejan adivinar, ni aun menos lo dicen, que la tierra, durante millares de años esperó a su rey, y que lo posee desde hace diecinueve siglos.

Los contenidos son marca registrada © 1991 - 2004
de la Fundación Argentina del Mañana