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No hay que temer pues, escribiendo historia el exponerse al reproche de un cierto misticismo, si se entiende por esta palabra el tinte sobrenatural que resulta de un relato en donde la acción maravillosa de Dios se vislumbra a cada paso. Cuidémonos de sonrojarnos por ello; bastantes otros se dedican a expulsar de la historia a Dios y a su Cristo, como para tener a mucha honra el restablecerlo. Pero todavía tengo que responder a otro prejuicio, al que debemos en parte unos imprudentes avances que algunos de nuestros historiadores creen poder hacer al naturalismo. Se persuaden de que esas complacencias son un medio de atraer a la fé a los filósofos, descubriéndoles una especie de analogía, de fraternidad entre el punto de vista cristiano y el punto de vista filosófico, en los hechos. De ahí esas frases de origen racionalista, esas consignas con ayuda de las cuales uno espera hacerse escuchar. Hay en esto dos inconvenientes. El primero que no es el menos grave, es que vuestras historias y vuestros artículos de revistas, al caer bajo los ojos de los católicos débiles para quienes no están escritos, no les hacen otro favor que el de entibiar su fé y sumirlos más profundamente en ese vacío del que tanta necesidad tendrían de salir.

Les sería útil encontrar libros apropiados para nutrir su creencia; os leen con confianza porque os saben católicos como ellos, y esta lectura los deja en un estado peor que el primero. El otro inconveniente es que, lejos de llevar a los filósofos a la fé, acrecentáis su orgullo. Triunfan viendo a católicos a remolque de sus sistemas; se aplauden por el progreso que han hecho, hasta imponer su lenguaje y sus ideas. Notan solamente lo incómodo de vuestra postura, porque os veis reducidos a llevar de frente dos sistemas a la vez: vuestra, creencia, a la que apreciáis por encima de todo, y 1as exigencias de lo que llamáis el espíritu de la sociedad moderna, al que tampoco queréis ser infiel. Estos contrarios se unen como pueden en vuestra obra; pero estad bien seguros que si escandalizáis indefectiblemente a varios de vuestros hermanos, no conseguiréis atraer a los otros.

Hoy más que nunca, que se comprenda bien, la sociedad necesita doctrinas fuertes y consecuentes consigo mismas. En medio de la disolución general de las ideas, solamente el aserto, un aserto firme, denso, sin mezcla, podrá hacerse aceptar. Las transacciones se vuelven cada vez más estériles y cada una de ellas se lleva un jirón de la verdad. Como en los primeros días del cristianismo, es necesario que los cristianos impresionen a todas las miradas por la unidad de sus principios y de sus juicios. No tienen nada que recibir de ese caos de negaciones y de ensayos de toda clase que atestiguan bien alto la impotencia de la sociedad presente. Ya no vive, esta sociedad, sino de unos pocos restos de la antigua civilización cristiana que las revoluciones aún no se han llevado y que la misericordia de Dios ha preservado hasta ahora del naufragio. Mostraos pues a ella tal como sois en el fondo, católicos convencidos. Ella tal vez tenga miedo de vosotros durante algún tiempo; pero, estad seguros, ella volverá a vosotros. Si la halagáis hablando su lenguaje, la divertiréis un instante, luego os olvidará; porque no le habréis hecho una impresión seria. Se habrá reconocido en vosotros más o menos, y como tiene poca confianza en sí misma, tampoco la tendrá ya en vosotros.
Hay una gracia agregada a la confesión plena y entera de la Fé. Esta confesión, nos dice el Apóstol, es la salvación de quienes la hacen y la experiencia demuestra que es también la salvación de quienes la escuchan. Seamos católicos y nada más que católicos, ni filósofos, ni soñadores de utopías, y seremos esa levadura de la que el Señor dice que hace fermentar toda la pasta. Lo repito, así lo fue al comienzo. Si la sociedad tiene una posibilidad de salvación, ésta reside en la actitud cada vez más resuelta de los cristianos. Que se sepa que no transigimos en nada, que desdeñamos repetir la jerga de los filósofos. Es una verdad de hecho que el cristianismo se impone, no por la violencia, sino por el ascendiente convicción de aquél que lo predica.

Por lo demás, todas las veces que se ha dado un ejemplo de esta franqueza, nunca deja de excitar la simpatía. Cuando Montalambert publicó la Introducción a la Historia de Santa Isabel, claro que produjo cierto asombro, algunos susurros, a propósito de esas páginas donde el sentimiento católico se expresaba con tanta desnudez. Era difícil atacar abiertamente al naturalismo histórico con más energía de lo que lo había hecho el autor; ¿acaso la "Introducción" y el libro al que ésta conduce sufrieron por ello? Las numerosas ediciones están ahí para atestiguar lo contrario. Era preciso sin embargo remontar dos siglos para encontrar un libro escrito con esa desenvoltura católica. Ahí estaba el germen de toda una revolución y el ejemplo aprovechó a más de uno. Pero la influencia de ese bello y gran ejemplo no se extendió ni tan lejos ni tan generalmente como hubiera sido de desear. Con demasiada frecuencia desde entonces, hemos tenido historiadores católicos que, contrariamente al consejo del Salvador, han querido coser a la tela siempre nueva de la fé cristiana los jirones siempre viejos, aunque rejuvenecidos, de la historia humana. ¿De dónde proviene esta ilusión? ¿Es preciso ver en ella una señal de ese ablandamiento de los caracteres que ellos mismos señalan con tanta insistencia hoy en día? No me atrevo a decirlo, porque sería devolverles, injustamente sin duda, el reproche que ellos dirigen a otros. Pero es dable pensar que si el sentimiento de la dignidad cristiana estuviera más claro entre ellos, estarían menos prontos a lisonjear los prejuicios modernos. Como Donoso Cortés se darían cuenta por fin de que, desde hace largos años, damos la espalda al progreso, que las ruedas de nuestro carro están hundidas hasta el eje en un carril en donde pereceremos si no salimos de él con un supremo esfuerzo. Imaginarse hacer fé con el naturalismo es tan irrazonable como querer hacer en política orden con el desorden. Todo lo que se ensaya dentro de este método resulta mal, y las conquistas que con él se hacen no son tales.¡Qué clase de éxito es el de llegar a ponerse de acuerdo sobre el empleo de ciertas palabras tan sonoras como pérfidas, cuando se está separado por un abismo en cuanto al sentido que esas palabras representan! Son las ideas las que hay que rehacer, y no sé de nada más eficaz para eso que la historia contada de una buena vez tal como es, con sus enseñanzas sobrenaturales que hacen planear la figura de Cristo tanto sobre los mayores, como sobre los menores movimientos de la humanidad.

La suprema desgracia del historiador cristiano sería la de tomar como regla de apreciación las ideas del día, y trasponerlas a sus juicios sobre el pasado. Por el contrario, necesita verlas tales como son, hostiles al principio sobrenatural. Tiene que darse cuenta de los estragos del paganismo moderno, y para no ser invadido él mismo por éste, es necesario que tenga sin cesar la mirada fija sobre la inmutable verdad revelada, tal como se manifiesta en la enseñanza y la práctica de la Iglesia. "Un sentimiento enemigo de la fé, una sobreexcitación del espíritu pagano, dice el señor de Champagny, fue el hálito que impulsó la tempestad de 1789". Si todavía os demoráis en la admiración por las conquistas de entonces, mucho temo por vuestros juicios históricos y por el tono de vuestros relatos cualquiera sea por otra parte vuestra intención de ortodoxia. ¡Feliz el historiador que, en medio de la lucha de los principios contradictorios, liberado de toda búsqueda de popularidad, discípulo hasta en las cosas ínfimas de esta Iglesia a la que pertenece el porvenir del tiempo y el de la eternidad, habrá sabido atravesar una crisis tan terrible sin haber sacrificado la menor verdad a su paso!

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