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Capítulo III

LOS DEBERES DEL HISTORIADOR CRISTIANO

Se comprende, con un poco de lectura, que nada difiere más del tono cristiano que el tono filosófico, y la razón de ello es simple: es que no hay nada más disímil que un cristiano y un filósofo. No tengo necesidad de definir largamente al filósofo tal como lo entiendo aquí. Es aquél que estando bautizado y viviendo en el seno de una sociedad cristiana, hace sistemáticamente abstracción, en su lenguaje, de las ideas que sugiere la fé de la Iglesia en la que ha sido regenerado, y habla como si su pensamiento no tuviera ya nada en común con el orden sobrenatural. Un libro escrito con el tono de un filósofo, aunque fuese de un católico, es siempre un escándalo; se la concibe fácilmente en cuanto se quiere reflexionar que nada es más peligroso para el hombre que favorecer en él la inclinación racionalista.

La fé es una virtud, no es el resultado de una labor científica; con frecuencia está amenazada por el enemigo del hombre, que ve en ella con razón el medio por el cual nuestra inteligencia se ilumina a la luz de Dios. Es por eso mismo que el cristiano no tiene solamente el deber de creer, sino también el de confesar lo que cree. Esta doble obligación, fundada en la doctrina del Apóstol (Rom. 10,10), es más estrecha todavía en las épocas de naturalismo y el historiador cristiano debe comprender que no ha hecho lo suficiente cuando ha declarado su creencia, en tal o cual pasaje de su libro, si el tono cristiano desaparece luego para hacer lugar al tono filosófico.
Primeramente algunos dudarán de él, y es una desgracia; otros más numerosos, no tomando en cuenta su profesión de fé, fortificarán su naturalismo con los pasajes del libro donde el autor habla como filósofo; y hay ahí, lo repito, un verdadero escándalo. ¿Qué pasaría si un libro fuera escrito enteramente por un creyente, sin que jamás se reconociera en él el acento cristiano? y los hay sin embargo para quien semejante proeza es un acto de imparcialidad, eso es lo que piensan por lo menos.

¡Como si le fuera permitido al cristiano ser imparcial cuando se trata de la fé y de sus aplicaciones! Que el tono del historiador creyente sea pues siempre un tono cristiano, y que se reconozca constantemente en el estilo de un hijo de la Iglesia la plenitud y la firmeza de las doctrinas que están en él.

Los juicios históricos tienen una singular importancia, sobre todo cuando el historiador goza de estima. Pueden ser formulados con cierta autoridad, u otras veces resultar del arreglo de los relatos y de la elección de los términos; en uno y otro caso, ellos son lo que el lector busca especialmente en un libro de historia.

Cuando hablo de los juicios históricos, no hablo de los hechos: para estos últimos, no existe sino la verdad, y el historiador cristiano debe ser entre todos un narrador verídico. No debe halagar a nadie, ni disfrazar los errores de quien sea; al mismo tiempo, no debe temer el hacer justicia con los miles de calumnias que habían hecho de la historia una inmensa conspiración contra la verdad. Mantendrá pues derecha la balanza, y es en esto en donde se mostrará fiel a la más rigurosa imparcialidad. Esto en cuanto a los hechos; en cuanto a los juicios, a las apreciaciones, es evidente que el cristiano debe ser completamente diferente del filósofo. Lo contrario sería simplemente absurdo, y la blandura en semejante materia sería gravemente reprensible. El cristiano juzga los hechos, los hombres, las instituciones desde el punto de vista de la Iglesia; no es libre para juzgar de otra manera, y es ello lo que hace su fuerza.

Un historiador cristiano cuyos juicios son aceptados por los filósofos es infiel, o los filósofos en cuestión ya no son filósofos. Es preciso pues resolverse a chocar, o, si no se tiene valor, abstenerse de escribir historia. Ya estamos hartos de esos libros híbridos cuyos autores creyentes hacen coro, en sus juicios, con los que no creen. Son esas innumerables traiciones las que han creado tantos prejuicios y también tantas inconsecuencias, obstáculo invencible para la formación de una catolicidad enérgica y compacta.

Pero, dirán ciertos escritores hábiles en disfrazar su fé con una verborrea a la moda, siempre fervientes en ensalzar lo que ellos llaman las ideas de la sociedad moderna, ¿ queréis acaso que escribamos la. Historia con el tono de un libro de devoción? ¿deberemos hacer de nuestros libros, de nuestros artículos en las revistas, otros tantos sermones, otros tantos tratados de teología o de derecho canónico? No, cada cosa tiene y debe tener el tono que le es propio; pero la historia es el gran teatro donde se produce lo sobrenatural, y es preciso tener el valor de mostrarla a vuestros lectores.

Nos habláis con admiración de la "Ciudad de Dios", del "Discurso sobre la historia universal", ése es, decís; el género cristiano en la historia; pero, por favor, ¿qué tiene de común la manera de San Agustín y de Bossuet, con la vuestra? ¡ Ellos narran todo, juzgan todo desde el punto de vista de Jesucristo y de su Iglesia; no hacen nada de ascetismo porque no es el lugar; pero, en cambio, se dedican a mostrar no solamente en su conjunto, sino hasta en sus detalles, el principio sobrenatural como dirigiendo y explicando todo; se los siente cristianos en cada línea, y leyéndolos, uno mismo se vuelve más cristiano. Ved allí al historiador tal como es, cuando se inspira en su fé.

Vaciláis en proclamar los milagros más evidentes, les buscáis explicaciones atenuantes del prodigio, a riesgo de desquiciar la fé de vuestros lectores; dejáis las profecías, disimuláis la santidad y su acción, para poner a hombres en escena, grandes hombres sin ninguna duda; aunque confesando la divinidad de la Iglesia, tratáis sobre todo de hacerla ver como sociedad humana; en una palabra, no negáis lo sobrenatural, pero lo ponéis a cubierto por temor de asustar y para parecer un hombre de vuestro tiempo. San Agustín y Bossuet todo lo contrario. Un filósofo, Saisset, nos ha dado una traducción de "la Ciudad de Dios"; en el prefacio, aunque testimoniando su admiración por el obispo de Hipona, lamenta que ese gran genio se detenga demasiado a menudo en pueriles interpretaciones de la Biblia, en relatos de milagros que huelen en demasía a sacerdote cristiano. ¡Ojalá pudieran nuestros historiadores de hoy merecer semejantes reproches! Será señal de que habrán escrito como se debe escribir, cuando se está iluminado con la luz de la fé. En efecto, San Agustín se detiene con frecuencia y largamente en los oráculos proféticos e ilumina sus relatos con una exégesis tan sabia como mística; ¿pero no es acaso el principal medio de comprender el cristianismo el pedir su comprensión a las divinas predicciones de las que éste salió ? San Agustín desarrolla en un lenguaje inmortal el argumento que se deduce de la milagrosa propaganda del Evangelio, y al mismo tiempo se detiene a narrar los prodigios operados en la tierra de África, bajo sus ojos y a la vista de su pueblo, por las reliquias de San Esteban. Algunos de nuestros católicos aquejados de naturalismo se preguntarán por qué un genio tan grande estropea un tema tan grande con anécdotas de tan corto alcance. ¡Se perderán lamentando que semejantes detalles les hagan perder de vista las ideas generales! ¡Son ellos, ay, quienes pierden de vista esas ideas generales! No ven el alcance de esos episodios milagrosos y contemporáneos del gran doctor. No comprenden que después que ha demostrado la divinidad del cristianismo por el hecho de su propagación operada contrariamente a todas las leyes de la historia, y a todas las condiciones de la naturaleza humana, le queda ahora por probar que la sociedad católica a la cual pertenece, de la cual es uno de sus obispos, es precisamente ese cristianismo que sólo Dios ha establecido por la fuerza irresistible de su brazo. Ahora bien, es por el don permanente de los milagros como esta identidad se prueba, y he aquí por qué San Agustín no cree rebajar el vasto plan de la "Ciudad de Dios" bajando a los hechos en apariencia mínimos de los que ha sido testigo, y en apoyo de los cuales puede invocar el testimonio de su pueblo. Examen precioso para el historiador cristiano, Y elocuente confirmación de las reglas que hemos expuesto en el capítulo precedente.

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