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Cuando el historiador llega por fin a la presencia de la reacción cristiana del siglo XI, reacción que arrancó a Europa de la barbarie, que tenga cuidado de no equivocarse. Que no vaya a atribuir, contra toda verdad, al genio de éste, a la entereza de aquél, el triunfo que tuvo lugar entonces del espíritu sobre la fuerza bruta. Ese triunfo tuvo lugar porque Dios dio santos a su Iglesia. Si Gregorio VII no hubiese sido un santo, nunca se hubiera atrevido a poner manos a la obra. ¿Qué habrían hecho entonces Anselmo, Pedro Damián si no hubiesen sido más que piadosos pontífices y sabios doctores? Cluny fue el punto de apoyo de la palanca que el Papado hizo mover en ese siglo, pero no olvidemos que fue edificado sobre cuatro santos cuya larga vida da un período de un siglo y medio. En el siglo XII, ¿quién podrá explicar jamás la acción de San Bernardo, sin tener en cuenta la rutilante santidad que brilló en él? ¿Quién sostuvo pues a la sociedad del siglo XIII, ya declinante, sino el seráfico Francisco y el apostólico hijo de Guzmán, que despertaron tan poderosamente por sus obras y sus virtudes sobrehumanas el sentido sobrenatural próximo a desfallecer? Y en la Escuela, ¿qué otro elemento sino el de la santidad aseguró a Tomás de Aquino y a Buenaventura la superioridad que los colocó tan considerablemente por encima de todos los demás doctores de la escolástica?

En el siglo XIV, la cristiandad parece sucumbir, cansada por los desgarramientos del gran cisma, pero mucho más todavía por la invasión del naturalismo y del sensualismo que el ascendiente de la santidad en el siglo XIII había podido neutralizar pero no destruir. Dios parece entonces mostrarse más avaro de santos. Aparte de la ilustre Santa Catalina de Siena, no vemos ni uno solo, en esta época, cuya acción se haya hecho sentir a lo lejos. El historiador no dejará de señalar ese rasgo característico de una decadencia que sin embargo no hace más que comenzar; pero tendrá que estudiar sin prisas la sublime figura de Catalina de Siena, en la que se compendia toda la vitalidad sobrenatural de su tiempo.

El siglo XV, más desdichado aun que el precedente, puesto que vio las doctrinas anárquicas formuladas por primera vez por los más célebres doctores, y muy pronto la herejía de Wiclef y de Juan Huss que alzaban el estandarte contra la cristiandad, el siglo XV, digo, fue pobre en santos. Su cifra no llega a la mitad de la del siglo XIII. El extraordinario efecto que produjo San Vicente Ferrer en varios reinos muestra sin embargo que el sentido de la santidad vivía aún en las masas; pero hay que agregar que este Ángel del juicio de Dios había ya terminado su carrera en 1419.

Viene luego el siglo XVI, tiempo de terrible prueba en su primera mitad, época de triunfo en la segunda. El historiador no dejará de mostrar con los hechos que la santidad se muestra ahí en una proporción análoga. San Cayetano llena casi él solo la primera mitad; pero apenas ha sonado el año 1550, cuando una maravillosa floración se declara en las ramas del árbol secular del cristianismo, y mientras el protestantismo detiene por fin sus conquistas, Dios se complace en mostrar que la Iglesia romana nada ha perdido, puesto que ha conservado los dones de la santidad. Debería hacerse de nuevo una historia cristiana del XVI si no se apreciara en ella la renovación de las costumbres cristianas preparada por San Cayetano y continuada con tanto vigor y amplitud por San Ignacio de Loyola y por los santos de su Compañía; la reforma de la disciplina formulada en los sabios decretos del concilio de Trento, y hecha efectiva por papas como San Pío V y obispos como San Carlos Borromeo; el apostolado de los gentiles renaciente con San Francisco Javier, el de las ciudades cristianas, con San Felipe Neri; el claustro purificándose por Teresa, Juan de la Cruz, Pedro de Alcántara. Hay que remontar hasta el siglo IV, si se quiere volver a ver una constelación de santos tan radiante como la que brilló en el cielo de la Iglesia cuando la pretendida reforma hubo por fin determinado sus fronteras. Pero entre todos esos nombres gloriosos, Francia no proporcionó ni uno solo; el historiador deberá explicar la razón de un rasgo tan característico.

Aparece el siglo XVII, y aunque llamado a una aureola menor de santidad que el precedente, todavía ofrece bastantes bellas manifestaciones del principio sobrenatural en los hombres de Dios. San Francisco de Sales tiene derecho a detener durante mucho tiempo al historiador. En él está, por decir así, encarnada la Iglesia Católica, con su fé inviolable, su caridad sin límites, su lucha incesante. La santidad de Francisco desborda en escritos que vienen a reanimar y a regular la piedad en todas las naciones católicas, pero principalmente en Francia. Jacobo I decía a sus obispos anglicanos, mostrándoles la Vida devota: "Hacednos, pues, libros como ése". Este príncipe herético tenía en ese momento el sentido de la santidad, ese sentido que me permito recomendar al historiador cristiano. Una historia no es completa si no es al mismo tiempo historia literaria en cierto grado. Aconsejo a nuestro narrador no omitir en ella los escritos de los santos. Sobre todo que no los confunda con las inspiraciones y los trabajos del genio piadoso. Las páginas escritas por los santos tienen un sabor particular que no se alcanza sin ser un santo; y la experiencia dice que la lectura de Santa Teresa, por ejemplo conmueve de muy distinta manera que la de las cartas espirituales más alabadas del siglo XVII.

Francia mucho debe a San Francisco de Sales y es justicia el mirarlo como uno de los principales autores de ese movimiento ascendente del sentido cristiano con el que nuestra patria se vio favorecida durante medio siglo. Gracias a esta feliz reacción, Francia recomienza a contar, durante este período, entre las naciones en las cuales florece la santidad. La cristiandad recibe de nosotros entonces un Pedro Fourrier, un Francisco-Régis, una Juana Francisca de Chantal, un Vicente de Paúl; pero este último héroe del cristianismo cierra la lista de los santos franceses del siglo XVII. Se apagó en 1660, y desde ese momento, Francia, gloriosa bajo tantos aspectos, permaneció estéril de santos. Es cierto que es precisamente ese período el que es más celebrado hoy en día. Sin embargo, que el historiador no descuide la búsqueda de las causas de este debilitamiento del sentido cristiano entre nosotros, en la misma época en que se escribía con tanta elocuencia sobre temas religiosos. Tal vez conseguirá explicar cómo, desde la regencia que comenzó en 1715, Francia fue explotada con éxito por el espíritu de incredulidad, sin que nada pudiera detener su curso. Evidentemente, el sentido sobrenatural se había empobrecido, el naturalismo había ganado sordamente. Por cierto, hubo aún dos servidores de Dios, que después de haber brillado en los últimos años del s. XVIII, prolongaron su trayectoria hasta bastante avanzado el siglo XVIII: Juan Bautista La Salle y Luis de Montfort; pero hay que agregar que fueron ignorados, perseguidos, cargados de censuras, y que sí Dios no hubiera velado sobre el don que nos hacía con ellos, su reputación y sus obras se habrían apagado en el desprecio y el olvido. Además, que se lean los libros escritos para reanimar la piedad cristiana, en la segunda mitad del s. XVII, y que nos digan si ahí se habla a menudo de las maravillas de la santidad que estallaron fuera de Francia en esa época. ¿Acaso nuestros padres encontraban en los autores de renombre algunas alusiones a Santa Magdalena de Pazzi, a Santa Rosa de Lima, que habían penetrado ese mismo siglo con el perfume de sus virtudes y cuyo nombre era tan popular en cualquier otra parte? ¿Es concebible que los prodigios y hasta el nombre de San José de Cupertino, conocidos en todo el universo católico, hayan demorado tanto en pasar los Alpes; que un duque de Brunswick, testigo de las maravillas divinas que aparecían en el servidor de Dios, haya abjurado por ese motivo del luteranismo entre sus manos, renunciando así para siempre a los derechos de su soberanía, y que nunca el instrumento maravilloso de esta célebre conversión, personificación de la santidad de la Iglesia, y que vivía a algunos centenares de leguas de París, no haya sido alegado a los protestantes, ya sea antes, ya después de la revocación del edicto de Nantes? Pero todos los pasajes estaban cerrados de este lado.

En el siglo V, desde el fondo de Oriente y de lo alto de su columna, San Simeón Estilita se encomendaba a las oraciones de Santa Genoveva en París, ¡en el s. XVII, un taumaturgo, que superó en maravillas a la mayoría de los santos, pudo vivir y morir en un país vecino sin que nadie en Francia, fuera de los religiosos de su orden, se preocupara lo más mínimo! Después de esto, asombrémonos de las blasfemias y de las risas imbéciles que provocó la publicación de la vida de San José de Cupertino. Repito, nuestro historiador, si quiere profundizar, como debe, el estado de las costumbres cristianas, deberá preocuparse por esos extraños fenómenos.

El siglo XVIII le revelará a su vez, por la disminución siempre más marcada del número de santos, un síntoma general de debilitamiento en la sociedad cristiana. Nunca el termómetro que habíamos reconocido en la santidad fue más exactamente aplicable. El siglo naturalista, por lo demás, no merecía que Dios se apresurara tanto en dar pruebas de lo sobrenatural. Sin embargo, estallaban maravillas en el corazón de la Iglesia, allí donde la vida no puede extinguirse nunca. Verónica Giuliani, decorada con los estigmas de la Pasión de Cristo, resumía en su vida los prodigios de muchos santos; Leonardo de Porto-Maurizio, Pablo de la Cruz, Alfonso de Ligorio, cada día merecían más, por sus heroicas virtudes, el honor que les estaba reservado de ser un día elevados a los altares. Francia ya no tenía para mostrar al mundo a ninguno de sus hijos que pareciera destinado a tales honores, hasta que haya visto nuestra historia, dos mujeres de la sangre de San Luis se presentaron sucesivamente para tomar la palma de la santidad que la Iglesia, es de esperar, les confirmará tarde o temprano. Una, virgen y discípula de Teresa, Fue Luisa de Francia; otra, esposa y reina, fue Clotilde de Cerdeña.

Estas dos princesas y un mendigo, Benito José Labre, son las únicas manifestaciones de santidad que Francia parece haber producido durante todo el curso del siglo XVIII, y cuando aparecieron, el país estaba en vísperas de ser entregado a los enemigos del orden sobrenatural que no habrían hecho de él sino un montón de ruinas sangrientas, si la mano misericordiosa quería castigarnos e instruirnos y no aniquilarnos, no hubiera por fin quebrado a los opresores de su pueblo. Esta enumeración muy incompleta de los recursos que ofrece al historiador cristiano el estudio de la santidad en cada siglo, me ha llevado demasiado lejos; me resumiré en dos palabras; si el narrador posee el don de la fé, que recoja en sus relatos los hechos sobrenaturales, cuando tienen un alcance sensible sobre los pueblos; porque son la continuación y la aplicación de los tres grandes hechos milagrosos sobre los cuales rueda toda la historia de la humanidad. Si quiere contar y pintar las costumbres de los pueblos cristianos, que resuma, en cada siglo, la estadística de la santidad; que muestre que es por la influencia de la santidad que la fé se sostiene y que la moral se conserva; en una palabra, que dé a los santos un amplio lugar en la historia, si quiere que, bajo su pluma, la historia sea tal como Dios la ve y la juzga.

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