Castillos e iglesias medievales
La falsa promesa de la felicidad
Santos:¿sentimentales o fuertes de alma?
+ Ver todos
- -
Nazismo y Comunismo: ¿enemigos o amigos?
Evolucionismo: La ciencia demuestra su caducidad.
La Cruzada del Siglo XXI
+ Ver todos
- -
Textos pontificios
El lujo y el desapego de los bienes terrenos
La incompatibilidad con el socialismo
La desigualdad, el Estado y la Propiedad Privada
+ Indice temático
- -
Historia de Don Martin de Alzaga, héroe de la reconquista
Genealogía de José Hernandez: autor del Martín Fierro
+ Ver todos los artículos de Historia
- -
+ Ver todas nuestras acciones




 
 

Capítulo II

LA ACCION DE LA SANTIDAD EN LA HISTORIA

El historiador cristiano, satisfecho de haber marcado así en rasgos generales el carácter sobrenatural de los anales humanos, ¿se creerá dispensado de registrar las manifestaciones de menor importancia que la bondad y el poder divinos han sembrado en el transcurso de los siglos, con el fin de reavivar la fé en las generaciones sucesivas? El se cuidará de semejante ingratitud, y así como se habrá sentido encantado al reconocer que el Redentor del mundo no prometió en vano a sus fieles los signos visibles de su intervención hasta el final, igualmente se mostrará solícito por iniciar a sus hermanos en la alegría que sintió al encontrar en su ruta miles de rayos de una luz inesperada que, aun cuando se vinculen más o menos directamente a los tres grandes centros, no dejan de ofrecer, cada uno de ellos, el testimonio de la fidelidad de Dios a sus promesas y una preciosa confirmación que repercute sobre todo el conjunto. Los milagros de detalle pueden pues pertenecer a la historia humana, cuando han tenido un alcance más que individual y han repercutido a lo lejos. Inútil agregar que para entrar en su relato grave y verdaderamente histórico, deben estar seguros desde el punto de vista de una crítica imparcial. Así la aparición de la Cruz a Constantino tiene derecho a figurar seriamente en los anales del siglo IV. Diré lo mismo, para la misma época, de los prodigios que se operaron en Jerusalén cuando Julián el Apóstata quiso reedificar el templo de Salomón. Los milagros de San Martín que han tenido tanta influencia en las Galias para la extinción de la idolatría, no deben tampoco ser silenciados al igual que los de San Felipe Neri en Roma y de San Francisco Javier en las Indias, que atestiguaron de manera tan manifiesta en el siglo XVI que la Iglesia papal, a pesar de las blasfemias de la Reforma y de la decadencia de las costumbres, no dejaba de ser la única heredera de las promesas y el asilo de la verdadera fé. ¿No sería acaso dejar una laguna en la historia desde el punto de vista cristiano, el callar los hechos prodigiosos que acompañaron casi en todas partes la introducción del Evangelio en los diversos países donde fue predicado, por ejemplo, los milagros del monje San Agustín en el apostolado de Inglaterra, y los que señalaron los misión de los ilustres promotores de la vida religiosa, tanto de Oriente como de Occidente, desde San Antonio en los desiertos de Egipto hasta San Francisco y Santo Domingo, entre nuestros padres del s. XIII? La cadena de estas maravillas prosigue hasta nuestros tiempos; sería pues comprender mal el papel del historiador cristiano pensar que se ha hecho lo suficiente señalando los hechos de esta naturaleza en el origen del cristianismo. Ellos han sido, por decirlo así, permanentes y continuarán siéndolo; son la prenda de la presencia sobrenatural de Dios en el movimiento de la humanidad; en fin, han tenido una real influencia en los pueblos; debéis pues tenerlos en cuenta, si los estimáis verdaderos, vuestro deber es el de registrarlos y el de asignarles su papel y su alcance.
Me apresuro a decir que no toda forma de historia exige la investigación minuciosa de los hechos sobrenaturales, y no pienso que la Historia eclesiástica propiamente dicha deba ser la única a la cual el cristiano consagre su talento de escribir y de narrar. Que este talento se ejerza pues bajo todas las formas; que la historia sea general o particular; que adopte el género de las memorias o el de la biografía, todo está bien, con tal de que sea cristiana; pero el historiador debe esperar encontrarse muy pronto y a menudo en su camino al elemento sobrenatural; ¡ojalá pueda entonces no faltar nunca a su deber! ¿Queréis escribir la historia de Francia? Nada mejor si sois capaces; pero esperad a encontraros frente a Juana de Arco. Ahora bien, ¿qué haríais con esa maravillosa figura? No iréis a negar o a contar en una forma ambigua hechos que estén de ahora en más aclarados en sumo grado. ¿Buscaréis explicarlos naturalmente? Sería perder el tiempo; ¡nada menos explicable que la misión y los gestos de la Doncella de Orleáns! ¿Veréis allí acaso la aplicación de una ley providencial que rige los acontecimientos humanos, o incluso en particular los destinos de Francia? Pero aquí, todo escapa al régimen providencial, las leyes ordinarias están invertidas; no vemos nada, ni antes ni después, que dé lugar a pensar que Dios hace tales cosas en el gobierno general del mundo. ¿Diréis entonces con estilo académico que, todo bien pensado, la misión de Juana de Arco sigue siendo inexplicable y que aquellos que han querido explicarla humanamente se han metido en dificultades de las que no pudieron salir? Llegad hasta el final, creedme; confesad francamente que hay milagros en la historia, y que la misión de Juana de Arco es uno de ellos. Convenid pues lisa y llanamente en que la pastora de Domrémy verdaderamente vio a los santos y escuchó las voces; que Dios la revistió con su fuerza invencible; que él mismo la hizo victoriosa en las murallas de Orleáns; que la asistió con la virtud sobrehumana de los mártires en el sublime sacrificio que debía terminar esa milagrosa carrera. Pero, después de esto, cuidaos de no sacar las inducciones que se presentan por sí mismas de resultas de esos hechos maravillosos.

¿Qué es entonces al fin de cuentas Juana de Arco? ¿Es un meteoro con el que Dios se complació en deslumbrar nuestras miradas, sin otro fin que el de mostrar su poder? La razón nos prohíbe pensarlo, y la fé nos muestra en esta manifestación sin igual de la predilección divina por Francia, la intención de sustraer el cristianísimo reino al yugo de la herejía que la Inglaterra protestante no hubiera dejado de hacer pesar sobre él un siglo más tarde.


Pero la historia cristiana no se limita a señalar en los hechos milagrosos otros tantos indicios de la vocación sobrenatural de la humanidad; también le da importancia a estudiar y señalar las manifestaciones más o menos frecuentes, más o menos raras, de la santidad en los siglos. Dios, en sus consejos de justicia o de misericordia, da o sustrae los santos en las diversas épocas, de suerte que, si es dado hablar así, es preciso consultar el termómetro de la santidad si uno quiere darse cuenta de la condición más o menos normal de un período de tiempo o de una sociedad. Los santos no sólo están destinados a figurar en el calendario; ellos tienen una actuación a veces oculta, cuando se limita a la intercesión y a la expiación, pero a menudo también, patente y eficaz largo tiempo después de ellos. No hablo de los mártires a quienes les debemos la conservación de la fé, y uno de los principales argumentos sobre los que reposa nuestra creencia; la importancia de su papel en la historia del mundo es demasiado evidente pero no es permitido ignorar que al salir de la persecución de Dioclesiano, en medio del cataclismo de las herejías que estuvieron a punto de sumergir la barca de la Iglesia en los s. IV y V, en vísperas de la invasión de los bárbaros paganos, el cristianismo y por él, la sociedad, fue salvado por los santos. ¡Obispos, doctores, monjes, vírgenes consagradas, qué lista nos ofrece esta época que fue como el segundo campo de batalla de la Iglesia! ¿Puede callarse el historiador en presencia de ese incomparable fenómeno?
Sin duda, no podría eximirse de nombrar a un Atanasio, un Basilio, un Ambrosio; porque esos personajes tienen, como se dice, un papel histórico; pero por más grandes que sean, están lejos de representar todo lo que la santidad ha producido de eficaz en el orden visible de este mundo durante el período del que hablamos. El papel de San Agustín, por ejemplo, es bastante poco histórico; sin embargo, ¿qué hombre ha influido más en su siglo y en todos aquellos que lo han seguido? El detalle nos llevaría muy lejos, si hubiera que contar las obligaciones que nosotros los cristianos tenemos con esos amigos de Dios: un San Gregorio Nacianceno, un San Hilario, un San Martín, un San Juan Crisóstomo, un San Jerónimo, un San Cirilo de Alejandría, un San León. Y no nos detengamos en ver en ellos a grandes genios y grandes hombres. Sin duda, grandes genios y grandes hombres ortodoxos son un don de Dios; Bossuet y Fénelon, en el s. XVII, son un don de Dios; pero cuando la santidad está unida al genio, a la importancia de la persona, la acción es muy diferente. El hombre de genio os encanta; el santo os subyuga; admiráis al gran hombre, pero el nombre solo del santo, las huellas de sus pasos os conmueven; su recuerdo os hace latir el corazón después que ha desaparecido de este mundo.

Que no crea pues haber encontrado el secreto de la influencia de los santos de los s. IV y V en la fama más o menos brillante que les habría adquirido su saber y su elocuencia, o también la jerarquía que la mayoría de los que acabo de recordar ocuparon en el orden eclesiástico. El pueblo veneraba en ellos otra aureola; Valente temblaba ante Basilio, y Teodoro ante San Ambrosio, por un motivo muy distinto que el de su valor personal, para hablar con el lenguaje de hoy. Es a Dios, a Dios mismo al que se siente en los santos; y es por estar razón que se les resiste poco. Se sabía que esos hombres que formaban entonces la muralla de la Iglesia de la que eran al mismo tiempo la luz y la gloria, eran de la misma familia que esos héroes del desierto cuyos nombres y obras eran universalmente conocidos; que incluso la mayoría de ellos había revestido el pellico antes que el palio. De Occidente como de Oriente, los fieles partían en caravanas para ir a visitar los desiertos de Egipto y de Siria, a fin de contemplar y escuchar, si era posible, a los Antonio, los Pacomio, los Hilarión, los Macario y, de vuelta en sus ciudades, se regocijaban de volver a encontrar esos sublimes tipos en los pastores mismos encargados de santificarlos. No, ese culto de la santidad, justificado por tantos ejemplos, no podría ser pasado en silencio en los relatos de la época que siguió a la paz de la Iglesia; atestigua demasiado claramente la presencia y la acción de los santos durante esos siglos, y por ello mismo el género de socorro sobrenatural que Dios repartió entonces a la sociedad cristiana.

La invasión de los bárbaros, con las desgracias que la acompañaron, proporcionará al historiador la ocasión de señalar un nuevo papel de la santidad en medio de esos inauditos desastres. Esas tumultuosas hordas que se precipitan sobre el imperio encuentran en todas partes a los santos, y los santos les resultan como un dique que hace retroceder la inundación. Santos obispos que detuvieron a un jefe feroz en su carrera; santos pastores que salvan a su rebaño entregándose a la espada; santos monjes cuya majestuosa simplicidad desarma al orgulloso conquistador que primeramente no pensaba más que en inmolarlos; santas vírgenes que, como Genoveva, tranquilizan a la ciudad y desvían por medio de sus oraciones el azote de Dios. Por poco que se estudie a fondo el duro período de la invasión, uno verá en él por todas partes este asombroso fenómeno y se convencerá de que entra dentro de la verdad de la historia el contar estas maravillas y convenir en que el único obstáculo que encontraron los bárbaros, el único que respetaron, fue la santidad. Agustín yacía sobre su lecho de muerte en Hipona, cuando los vándalos vinieron a sitiar este ciudad: esperaron para dar el asalto, a que el admirable obispo hubiera entregado su alma a Dios. Sería triste que unos bárbaros se hubiesen mostrado superiores a los cristianos de nuestros días en la apreciación de ese elemento celestial que nunca falta por entero en la Iglesia, pero que se manifiesta en ella de tiempo en tiempo, como mayor o menor abundancia, según las necesidades de los pueblos y según que la justicia o la misericordia prevalezcan en los consejos de Dios.

El historiador cristiano no puede olvidar ni las obras ni la regla del gran Patriarca de los monjes de Occidente, a quien le cabe el honor de haber preparado la salvación de la cristiandad europea; ni esa pléyade de santos obispos que brillaron en los siglos VI y VII, y que, por sus concilios y sus fundaciones religiosas, lo hicieron todo en nuestras regiones, e hicieron entre otras cosas el reino de Francia como las abejas hacen su colmena: la expresión es de Gibbon. Que el historiador no se olvide de decir que esos constituyentes de nuestra monarquía están por centenares en nuestros altares.

Tampoco dejará de poner en evidencia a los santos pontífices de la sede apostólica, un San Gregorio Magno cuyas virtudes rigieron y santificaron con tanta dulzura a Oriente y a Occidente; un San Gregorio II, la providencia de Italia; un San Zacarías, el oráculo de la nación franca; un San Nicolás I, entregándose con tanta generosidad para arrancar de su ruina al imperio de Oriente, y manteniendo allí la unidad con la verdadera fé. Seguirá los pasos de esos heroicos apóstoles que el monacato occidental dirige hacia las regiones del norte; ni uno que no sea santo, ni uno solo cuyo fecundo apostolado no triunfe por la santidad.

¿Pero el historiador podría pasar en silencio esta gloriosa falange de santos emperadores y de santos reyes, que, durante tres siglos y más, aparece en los tronos y viene a dar el sello sobrenatural a la política de las edades de fe? ¡Qué materia de estudio la de la influencia de esos santos coronados sobre la sociedad, y durante siglos! ¡Un San Enrique, un San Esteban de Hungría, un San Eduardo el Confesor, un San Fernando y nuestro San Luis! ¡Y esas santas emperadoras, reinas, duquesas, ángeles visibles cuya serie prosigue más lejos todavía y que aparecen en medio de los pueblos a los cuales se mezclan en todas formas, con la misión de cultivar, de desarrollar con sus sublimes ejemplos ese sentido cristiano contra el cual la corrupción de la naturaleza protesta sin cesar, y que sin cesar tiene necesidad de ser reconfortado! ¿Se piensa acaso que baste, para exponer el papel activo de tantos héroes y heroínas del trono, decir al pasar que fueron virtuosos y que se los ha puesto en el número de los santos? No, hay que penetrar más adentro y comprender que aquí el punto de vista de lo que se llama la leyenda no es más que el punto de vista mismo de la historia más rigurosa. El beneficio de los santos reyes y de las santas reinas es una de las principales manifestaciones de Dios en la conducción sobrenatural de la sociedad.

Los contenidos son marca registrada © 1991 - 2004
de la Fundación Argentina del Mañana