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Capítulo II
LA ACCION DE LA SANTIDAD EN LA HISTORIA
El historiador cristiano, satisfecho de haber marcado así
en rasgos generales el carácter sobrenatural de los anales
humanos, ¿se creerá dispensado de registrar las manifestaciones
de menor importancia que la bondad y el poder divinos han sembrado
en el transcurso de los siglos, con el fin de reavivar la fé
en las generaciones sucesivas? El se cuidará de semejante
ingratitud, y así como se habrá sentido encantado
al reconocer que el Redentor del mundo no prometió en vano
a sus fieles los signos visibles de su intervención hasta
el final, igualmente se mostrará solícito por iniciar
a sus hermanos en la alegría que sintió al encontrar
en su ruta miles de rayos de una luz inesperada que, aun cuando
se vinculen más o menos directamente a los tres grandes centros,
no dejan de ofrecer, cada uno de ellos, el testimonio de la fidelidad
de Dios a sus promesas y una preciosa confirmación que repercute
sobre todo el conjunto. Los milagros de detalle pueden pues pertenecer
a la historia humana, cuando han tenido un alcance más que
individual y han repercutido a lo lejos. Inútil agregar que
para entrar en su relato grave y verdaderamente histórico,
deben estar seguros desde el punto de vista de una crítica
imparcial. Así la aparición de la Cruz a Constantino
tiene derecho a figurar seriamente en los anales del siglo IV. Diré
lo mismo, para la misma época, de los prodigios que se operaron
en Jerusalén cuando Julián el Apóstata quiso
reedificar el templo de Salomón. Los milagros de San Martín
que han tenido tanta influencia en las Galias para la extinción
de la idolatría, no deben tampoco ser silenciados al igual
que los de San Felipe Neri en Roma y de San Francisco Javier en
las Indias, que atestiguaron de manera tan manifiesta en el siglo
XVI que la Iglesia papal, a pesar de las blasfemias de la Reforma
y de la decadencia de las costumbres, no dejaba de ser la única
heredera de las promesas y el asilo de la verdadera fé. ¿No
sería acaso dejar una laguna en la historia desde el punto
de vista cristiano, el callar los hechos prodigiosos que acompañaron
casi en todas partes la introducción del Evangelio en los
diversos países donde fue predicado, por ejemplo, los milagros
del monje San Agustín en el apostolado de Inglaterra, y los
que señalaron los misión de los ilustres promotores
de la vida religiosa, tanto de Oriente como de Occidente, desde
San Antonio en los desiertos de Egipto hasta San Francisco y Santo
Domingo, entre nuestros padres del s. XIII? La cadena de estas maravillas
prosigue hasta nuestros tiempos; sería pues comprender mal
el papel del historiador cristiano pensar que se ha hecho lo suficiente
señalando los hechos de esta naturaleza en el origen del
cristianismo. Ellos han sido, por decirlo así, permanentes
y continuarán siéndolo; son la prenda de la presencia
sobrenatural de Dios en el movimiento de la humanidad; en fin, han
tenido una real influencia en los pueblos; debéis pues tenerlos
en cuenta, si los estimáis verdaderos, vuestro deber es el
de registrarlos y el de asignarles su papel y su alcance.
Me apresuro a decir que no toda forma de historia exige la investigación
minuciosa de los hechos sobrenaturales, y no pienso que la Historia
eclesiástica propiamente dicha deba ser la única a
la cual el cristiano consagre su talento de escribir y de narrar.
Que este talento se ejerza pues bajo todas las formas; que la historia
sea general o particular; que adopte el género de las memorias
o el de la biografía, todo está bien, con tal de que
sea cristiana; pero el historiador debe esperar encontrarse muy
pronto y a menudo en su camino al elemento sobrenatural; ¡ojalá
pueda entonces no faltar nunca a su deber! ¿Queréis
escribir la historia de Francia? Nada mejor si sois capaces; pero
esperad a encontraros frente a Juana de Arco. Ahora bien, ¿qué
haríais con esa maravillosa figura? No iréis a negar
o a contar en una forma ambigua hechos que estén de ahora
en más aclarados en sumo grado. ¿Buscaréis
explicarlos naturalmente? Sería perder el tiempo; ¡nada
menos explicable que la misión y los gestos de la Doncella
de Orleáns! ¿Veréis allí acaso la aplicación
de una ley providencial que rige los acontecimientos humanos, o
incluso en particular los destinos de Francia? Pero aquí,
todo escapa al régimen providencial, las leyes ordinarias
están invertidas; no vemos nada, ni antes ni después,
que dé lugar a pensar que Dios hace tales cosas en el gobierno
general del mundo. ¿Diréis entonces con estilo académico
que, todo bien pensado, la misión de Juana de Arco sigue
siendo inexplicable y que aquellos que han querido explicarla humanamente
se han metido en dificultades de las que no pudieron salir? Llegad
hasta el final, creedme; confesad francamente que hay milagros en
la historia, y que la misión de Juana de Arco es uno de ellos.
Convenid pues lisa y llanamente en que la pastora de Domrémy
verdaderamente vio a los santos y escuchó las voces; que
Dios la revistió con su fuerza invencible; que él
mismo la hizo victoriosa en las murallas de Orleáns; que
la asistió con la virtud sobrehumana de los mártires
en el sublime sacrificio que debía terminar esa milagrosa
carrera. Pero, después de esto, cuidaos de no sacar las inducciones
que se presentan por sí mismas de resultas de esos hechos
maravillosos.
¿Qué es entonces al fin de cuentas Juana de Arco?
¿Es un meteoro con el que Dios se complació en deslumbrar
nuestras miradas, sin otro fin que el de mostrar su poder? La razón
nos prohíbe pensarlo, y la fé nos muestra en esta
manifestación sin igual de la predilección divina
por Francia, la intención de sustraer el cristianísimo
reino al yugo de la herejía que la Inglaterra protestante
no hubiera dejado de hacer pesar sobre él un siglo más
tarde.
Pero la historia cristiana no se limita a señalar en los
hechos milagrosos otros tantos indicios de la vocación sobrenatural
de la humanidad; también le da importancia a estudiar y señalar
las manifestaciones más o menos frecuentes, más o
menos raras, de la santidad en los siglos. Dios, en sus consejos
de justicia o de misericordia, da o sustrae los santos en las diversas
épocas, de suerte que, si es dado hablar así, es preciso
consultar el termómetro de la santidad si uno quiere darse
cuenta de la condición más o menos normal de un período
de tiempo o de una sociedad. Los santos no sólo están
destinados a figurar en el calendario; ellos tienen una actuación
a veces oculta, cuando se limita a la intercesión y a la
expiación, pero a menudo también, patente y eficaz
largo tiempo después de ellos. No hablo de los mártires
a quienes les debemos la conservación de la fé, y
uno de los principales argumentos sobre los que reposa nuestra creencia;
la importancia de su papel en la historia del mundo es demasiado
evidente pero no es permitido ignorar que al salir de la persecución
de Dioclesiano, en medio del cataclismo de las herejías que
estuvieron a punto de sumergir la barca de la Iglesia en los s.
IV y V, en vísperas de la invasión de los bárbaros
paganos, el cristianismo y por él, la sociedad, fue salvado
por los santos. ¡Obispos, doctores, monjes, vírgenes
consagradas, qué lista nos ofrece esta época que fue
como el segundo campo de batalla de la Iglesia! ¿Puede callarse
el historiador en presencia de ese incomparable fenómeno?
Sin duda, no podría eximirse de nombrar a un Atanasio, un
Basilio, un Ambrosio; porque esos personajes tienen, como se dice,
un papel histórico; pero por más grandes que sean,
están lejos de representar todo lo que la santidad ha producido
de eficaz en el orden visible de este mundo durante el período
del que hablamos. El papel de San Agustín, por ejemplo, es
bastante poco histórico; sin embargo, ¿qué
hombre ha influido más en su siglo y en todos aquellos que
lo han seguido? El detalle nos llevaría muy lejos, si hubiera
que contar las obligaciones que nosotros los cristianos tenemos
con esos amigos de Dios: un San Gregorio Nacianceno, un San Hilario,
un San Martín, un San Juan Crisóstomo, un San Jerónimo,
un San Cirilo de Alejandría, un San León. Y no nos
detengamos en ver en ellos a grandes genios y grandes hombres. Sin
duda, grandes genios y grandes hombres ortodoxos son un don de Dios;
Bossuet y Fénelon, en el s. XVII, son un don de Dios; pero
cuando la santidad está unida al genio, a la importancia
de la persona, la acción es muy diferente. El hombre de genio
os encanta; el santo os subyuga; admiráis al gran hombre,
pero el nombre solo del santo, las huellas de sus pasos os conmueven;
su recuerdo os hace latir el corazón después que ha
desaparecido de este mundo.
Que no crea pues haber encontrado el secreto de la influencia
de los santos de los s. IV y V en la fama más o menos brillante
que les habría adquirido su saber y su elocuencia, o también
la jerarquía que la mayoría de los que acabo de recordar
ocuparon en el orden eclesiástico. El pueblo veneraba en
ellos otra aureola; Valente temblaba ante Basilio, y Teodoro ante
San Ambrosio, por un motivo muy distinto que el de su valor personal,
para hablar con el lenguaje de hoy. Es a Dios, a Dios mismo al que
se siente en los santos; y es por estar razón que se les
resiste poco. Se sabía que esos hombres que formaban entonces
la muralla de la Iglesia de la que eran al mismo tiempo la luz y
la gloria, eran de la misma familia que esos héroes del desierto
cuyos nombres y obras eran universalmente conocidos; que incluso
la mayoría de ellos había revestido el pellico antes
que el palio. De Occidente como de Oriente, los fieles partían
en caravanas para ir a visitar los desiertos de Egipto y de Siria,
a fin de contemplar y escuchar, si era posible, a los Antonio, los
Pacomio, los Hilarión, los Macario y, de vuelta en sus ciudades,
se regocijaban de volver a encontrar esos sublimes tipos en los
pastores mismos encargados de santificarlos. No, ese culto de la
santidad, justificado por tantos ejemplos, no podría ser
pasado en silencio en los relatos de la época que siguió
a la paz de la Iglesia; atestigua demasiado claramente la presencia
y la acción de los santos durante esos siglos, y por ello
mismo el género de socorro sobrenatural que Dios repartió
entonces a la sociedad cristiana.
La invasión de los bárbaros, con las desgracias
que la acompañaron, proporcionará al historiador la
ocasión de señalar un nuevo papel de la santidad en
medio de esos inauditos desastres. Esas tumultuosas hordas que se
precipitan sobre el imperio encuentran en todas partes a los santos,
y los santos les resultan como un dique que hace retroceder la inundación.
Santos obispos que detuvieron a un jefe feroz en su carrera; santos
pastores que salvan a su rebaño entregándose a la
espada; santos monjes cuya majestuosa simplicidad desarma al orgulloso
conquistador que primeramente no pensaba más que en inmolarlos;
santas vírgenes que, como Genoveva, tranquilizan a la ciudad
y desvían por medio de sus oraciones el azote de Dios. Por
poco que se estudie a fondo el duro período de la invasión,
uno verá en él por todas partes este asombroso fenómeno
y se convencerá de que entra dentro de la verdad de la historia
el contar estas maravillas y convenir en que el único obstáculo
que encontraron los bárbaros, el único que respetaron,
fue la santidad. Agustín yacía sobre su lecho de muerte
en Hipona, cuando los vándalos vinieron a sitiar este ciudad:
esperaron para dar el asalto, a que el admirable obispo hubiera
entregado su alma a Dios. Sería triste que unos bárbaros
se hubiesen mostrado superiores a los cristianos de nuestros días
en la apreciación de ese elemento celestial que nunca falta
por entero en la Iglesia, pero que se manifiesta en ella de tiempo
en tiempo, como mayor o menor abundancia, según las necesidades
de los pueblos y según que la justicia o la misericordia
prevalezcan en los consejos de Dios.
El historiador cristiano no puede olvidar ni las obras ni la regla
del gran Patriarca de los monjes de Occidente, a quien le cabe el
honor de haber preparado la salvación de la cristiandad europea;
ni esa pléyade de santos obispos que brillaron en los siglos
VI y VII, y que, por sus concilios y sus fundaciones religiosas,
lo hicieron todo en nuestras regiones, e hicieron entre otras cosas
el reino de Francia como las abejas hacen su colmena: la expresión
es de Gibbon. Que el historiador no se olvide de decir que esos
constituyentes de nuestra monarquía están por centenares
en nuestros altares.
Tampoco dejará de poner en evidencia a los santos pontífices
de la sede apostólica, un San Gregorio Magno cuyas virtudes
rigieron y santificaron con tanta dulzura a Oriente y a Occidente;
un San Gregorio II, la providencia de Italia; un San Zacarías,
el oráculo de la nación franca; un San Nicolás
I, entregándose con tanta generosidad para arrancar de su
ruina al imperio de Oriente, y manteniendo allí la unidad
con la verdadera fé. Seguirá los pasos de esos heroicos
apóstoles que el monacato occidental dirige hacia las regiones
del norte; ni uno que no sea santo, ni uno solo cuyo fecundo apostolado
no triunfe por la santidad.
¿Pero el historiador podría pasar en silencio esta
gloriosa falange de santos emperadores y de santos reyes, que, durante
tres siglos y más, aparece en los tronos y viene a dar el
sello sobrenatural a la política de las edades de fe? ¡Qué
materia de estudio la de la influencia de esos santos coronados
sobre la sociedad, y durante siglos! ¡Un San Enrique, un San
Esteban de Hungría, un San Eduardo el Confesor, un San Fernando
y nuestro San Luis! ¡Y esas santas emperadoras, reinas, duquesas,
ángeles visibles cuya serie prosigue más lejos todavía
y que aparecen en medio de los pueblos a los cuales se mezclan en
todas formas, con la misión de cultivar, de desarrollar con
sus sublimes ejemplos ese sentido cristiano contra el cual la corrupción
de la naturaleza protesta sin cesar, y que sin cesar tiene necesidad
de ser reconfortado! ¿Se piensa acaso que baste, para exponer
el papel activo de tantos héroes y heroínas del trono,
decir al pasar que fueron virtuosos y que se los ha puesto en el
número de los santos? No, hay que penetrar más adentro
y comprender que aquí el punto de vista de lo que se llama
la leyenda no es más que el punto de vista mismo de la historia
más rigurosa. El beneficio de los santos reyes y de las santas
reinas es una de las principales manifestaciones de Dios en la conducción
sobrenatural de la sociedad.
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