Capítulo XII
La Iglesia y la Contra-Revolución
La Revolución nació, como vimos, de una explosión de pasiones
desordenadas, que va conduciendo a la destrucción de toda la sociedad
temporal, a la completa subversión del orden moral, a la negación
de Dios. El gran blanco de la Revolución es, pues, la Iglesia,
Cuerpo Místico de Cristo, Maestra infalible de la verdad, tutora
de la Ley Natural y, así, fundamento último del propio orden temporal.
Establecido esto, conviene estudiar la relación entre la Institución
divina que la Revolución quiere destruir, y la Contra-Revolución.
1. La Iglesia es algo mucho más alto y más amplio
que la Revolución y la Contra-Revolución
La Revolución y la Contra-Revolución son episodios importantísimos
de la Historia de la Iglesia, pues constituyen el propio drama de
la apostasía y de la conversión del Occidente cristiano. Pero, en
fin, son meros episodios.
La misión de la Iglesia no se extiende sólo a Occidente, ni se circunscribe
cronológicamente a la duración del proceso revoluciónario. "Alios
ego vidi ventos; alias prospexi animo procellas" (Cicerón, Familiares
, 12, 25, 5), podría Ella decir ufana y tranquila en medio de las
tormentas por las que hoy pasa. La Iglesia ya luchó en otras tierras,
con adversarios oriundos de otros pueblos, y por cierto enfrentará
todavía, hasta el fin de los tiempos, problemas y enemigos bien
diversos de los de hoy.
Su objetivo consiste en ejercer su poder espiritual directo y su
poder temporal indirecto, para la salvación de las almas. La Revolución
fue un obstáculo que se levantó contra el ejercicio de esa misión.
La lucha contra tal obstáculo concreto, entre tantos otros, no es
para la Iglesia sino un medio circunscrito a las dimensiones del
obstáculo; medio importantísimo, claro está, pero simple medio.
Así, aunque la Revolución no existiese, la Iglesia haría todo cuanto
hace para la salvación de las almas.
Podremos dilucidar el asunto si comparamos la posición de la Iglesia,
frente a la Revolución y a la Contra-Revolución, con la de una nación
en guerra.
Cuando Aníbal estaba a las puertas de Roma, fue necesario levantar
y dirigir contra él todas las fuerzas de la República. Era una reacción
vital contra el poderosísimo y casi victorioso adversario. ¿Era
Roma sólo la reacción contra Aníbal? ¿Cómo pretenderlo?
Igualmente absurdo sería imaginar que la Iglesia es sólo la Contra-Revolución.
Por otra parte, corresponde aclarar que la Contra-Revolución no
está destinada a salvar a la Esposa de Cristo. Apoyada en la promesa
de su Fundador, Esta no precisa de los hombres para sobrevivir.
Por el contrario, la Iglesia es quien da vida a la Contra-Revolución,
la cual, sin Ella, no sería factible, ni siquiera concebible.
La Contra-Revolución quiere concurrir para que se salven tantas
almas amenazadas por la Revolución, y se alejen los cataclismos
que amenazan a la sociedad temporal. Para esto debe apoyarse en
la Iglesia, y humildemente servirla, en lugar de imaginar orgullosamente
que la salva.
2. La Iglesia tiene el mayor interés en el aplastamiento
de la Revolución
Si la Revolución existe, si ella es lo que es, está en la misión
de la Iglesia, es del interés de la salvación de las almas, es capital
para la mayor gloria de Dios que la Revolución sea aplastada.
3. La Iglesia es, pues, una fuerza fundamentalmente
contra-revoluciónaria
Tomando el vocablo Revolución en el sentido que le damos, el epígrafe
es la conclusión obvia de lo que arriba dijimos. Afirmar lo contrario
sería decir que la Iglesia no cumple su misión.
4. La Iglesia es la mayor de las fuerzas contra-revoluciónarias
La primacía de la Iglesia entre las fuerzas contra-revoluciónarias
es obvia, si consideramos el número de los católicos, su unidad,
su influencia en el mundo. Pero esta legítima consideración de recursos
naturales tiene una importancia muy secundaria. La verdadera fuerza
de la Iglesia está en ser el Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo.
5. La Iglesia es el alma de la Contra-Revolución
Si la Contra-Revolución es la lucha para extinguir la Revolución
y construir la Cristiandad nueva, resplandeciente de fe, de humilde
espíritu jerárquico y de inmaculada pureza, es claro que esto se
realizará sobre todo por una acción profunda en los corazones. Ahora
bien, esta acción es obra propia de la Iglesia, que enseña la doctrina
católica y la hace amar y practicar. La Iglesia es, pues, la propia
alma de la Contra-Revolución.
6. La exaltación de la Iglesia es el ideal de la
Contra-Revolución
Proposición evidente. Si la Revolución es lo contrario de la Iglesia,
es imposible odiar la Revolución (considerada en su globalidad,
y no en algún aspecto aislado) y combatirla, sin "ipso facto" tener
por ideal la exaltación de la Iglesia.
7. El ámbito de la Contra-Revolución excede, de
algún modo, al de la Iglesia
Por lo que quedó dicho, la acción contra-revoluciónaria implica
una reorganización de toda la sociedad temporal: "Hay todo un mundo
que debe ser reconstruido desde sus fundamentos", dijo Pío XII ante
los escombros con que la Revolución cubrió la tierra entera (Exhortación
a los fieles de Roma, 10.II.1952, Discorsi e Radiomessaggi, vol.
XIII, p. 471).
Ahora bien, si, por una parte, esta tarea de una fundamental reorganización
contra-revoluciónaria de la sociedad temporal debe ser del todo
inspirada por la doctrina de la Iglesia, por otra, envuelve un sinnúmero
de aspectos concretos y prácticos que están propiamente en el orden
civil. Y a este título la Contra-Revolución trasborda el ámbito
eclesiástico, aunque continúa siempre profundamente ligada a la
Iglesia en lo que se refiere al Magisterio y a su poder indirecto.
8. Si todo católico debe ser contra-revoluciónario
En la medida en que el católico es apóstol, es contra-revoluciónario.
Pero puede serlo de diferentes modos.
A. El contra-revoluciónario implícito
Puede serlo implícita y, por así decirlo, inconscientemente.
Es el caso de una Hermana de la Caridad en un hospital. Su acción
directa tiene en vista la cura de los cuerpos, y sobre todo el
bien de las almas. Ella puede ejercer esta acción sin hablar de
Revolución y Contra-Revolución. Puede inclusive vivir en condiciones
tan especiales que ignore el fenómeno Revolución y Contra-Revolución.
Sin embargo, en la medida en que realmente haga bien a las almas,
estará obligando a retroceder en ellas la influencia de la Revolución,
lo que implícitamente es hacer Contra-Revolución.
B. Modernidad de una explicitación contra-revoluciónaria
En una época como la nuestra, toda inmersa en el fenómeno Revolución
y Contra-Revolución, nos parece condición de sana modernidad conocerlo
a fondo y tomar ante él la actitud perspicaz y enérgica que las
circunstancias piden.
Así, creemos sumamente deseable que todo apostolado actual, siempre
que fuere el caso, tenga una intención y un tonus explícitamente
contra-revoluciónario.
En otros términos, juzgamos que el apóstol realmente moderno,
cualquiera que sea el campo a que se dedique, aumentará mucho
la eficacia de su trabajo si supiere discernir en él la Revolución,
y marcar, como corresponde, con un cuño contra-revoluciónario
todo cuanto hiciere.
C. El contra-revoluciónario explícito
No obstante, nadie negará que sea lícito que ciertas personas
tomen como tarea propia desarrollar en los medios católicos y
no católicos un apostolado específicamente contra-revoluciónario.
Esto lo harán proclamando la existencia de la Revolución, describiendo
su espíritu, su método, sus doctrinas, e incitando a todos a la
acción contra-revoluciónaria.
Haciéndolo, estarán poniendo sus actividades al servicio de un
apostolado especializado tan natural y meritorio (y por cierto
más profundo) cuanto el de los que se especializan en la lucha
contra otros adversarios de la Iglesia, como el espiritismo o
el protestantismo.
Ejercer influencia en los más variados medios católicos o no católicos
a fin de alertar a los espíritus contra los males del protestantismo,
por ejemplo, es ciertamente legítimo, y necesario para una acción
antiprotestante inteligente y eficaz. Análogo procedimiento deberán
tener los católicos que se entreguen al apostolado de la Contra-Revolución.
Los posibles excesos de ese apostolado -que los puede tener como
otro cualquiera- no invalidan el principio que establecemos. Pues
"abusus non tollit usum".
D. Acción contra-revoluciónaria que no constituye
apostolado
Hay, en fin, contra-revoluciónarios que no hacen apostolado
en sentido estricto, pues se dedican a la lucha en ciertos campos
como el de la acción específicamente cívico-partidista, o del
combate a la Revolución por medio de iniciativas económicas. Se
trata, por lo demás, de actividades muy relevantes, que sólo pueden
ser vistas con simpatía.
9. Acción Católica y Contra-Revolución
Si empleamos la palabra Acción Católica en el sentido legítimo
que le dio Pío XII, es decir, conjunto de asociaciones que, bajo
la dirección de la Jerarquía, colaboran con el apostolado de ésta,
la Contra-Revolución en sus aspectos religiosos y morales es, a
nuestro modo de ver, parte importantísima del programa de una Acción
Católica sanamente moderna.
La acción contra-revoluciónaria puede ser hecha, naturalmente, por
una sola persona, o por la conjugación, a título privado, de varias.
Y, con la debida aprobación eclesiástica, puede hasta culminar en
la formación de una asociación religiosa especialmente destinada
a la lucha contra la Revolución.
Es obvio que la acción contra-revoluciónaria en el terreno estrictamente
partidista o económico no forma parte de los fines de la Acción
Católica.
10. La Contra-Revolución y los no católicos
¿Puede la Contra-Revolución aceptar la cooperación de no católicos?
¿Podemos hablar de contra-revoluciónarios protestantes, musulmanes,
etc.? La respuesta precisa ser muy matizada.
Fuera de la Iglesia no existe auténtica Contra-Revolución (cfr.
Nº 5, supra). Pero podemos admitir que, por ejemplo, determinados
protestantes o musulmanes se encuentren en el estado de alma de
quien comienza a percibir toda la malicia de la Revolución y a tomar
posición contra ella. De personas así es de esperar que lleguen
a oponer a la Revolución barreras a veces muy importantes: si correspondieren
a la gracia, podrán volverse católicos excelentes y, por tanto,
contra-revoluciónarios eficientes. Mientras no lo fueren, en todo
caso crean obstáculos en alguna medida a la Revolución y pueden
hasta hacerla retroceder. En el sentido pleno y verdadero de la
palabra, ellos no son contra-revoluciónarios. Pero se puede y hasta
se debe aprovechar su cooperación, con el cuidado que, según las
directrices de la Iglesia, tal cooperación exige.
Particularmente deben ser tomados en cuenta por los católicos los
peligros inherentes a las asociaciones interconfesionales, según
sabiamente advirtió San Pío X: "En efecto, sin hablar de otros puntos,
son incontestablemente graves los peligros a que, por causa de asociaciones
de esta especie, los nuestros exponen o con certeza pueden exponer,
sea la integridad de su fe, sea la justa obediencia a las leyes
y preceptos de la Iglesia Católica" (Encíclica "Singulari Quadam",
24.IX.1912, Bonne Presse, París, vol. II, p. 275).
El mejor apostolado llamado "de conquista" debe tener por objeto
esos no católicos de tendencias contra-revoluciónarias.

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