IV - ¿Hacia dónde vamos?
Al terminar este análisis, se adquiere una noción
muy viva de que los acontecimientos se van disponiendo de acuerdo
a una secuencia previamente elaborada, de sorprendentes similitudes
con procesos revolucionarios desarrollados en otros países:
a) una intensa campaña "conscientizadora" de
índole revolucionaria, destinada a hacer notoria las "condiciones
subhumanas" en que todos viven y así provocar el incendio
del descontento general;
b) una agitación de masas "conscientizadas" para
desestabilizar el orden vigente;
c) como consecuencia de tal agitación, la amenaza de un
golpe de fuerza, quizás una revolución y, si fuera
necesario, hasta una guerra civil.
En efecto, el movimiento piquetero no es el fruto necesario de
una situación socio-económica marcada por innegables
dificultades y sobresaltos.
Se trata, en realidad, de una conjugación artificial de intelectuales
y hombres de acción, encastillados en los Poderes del Estado,
en los medios de comunicación y en organizaciones de base
de distinta índole.
Queda claro que tiene fines y objetivos revolucionarios, los cuales
se encuadran dentro de una acción a nivel internacional de
amplio alcance, muy alejada de las necesidades y vicisitudes de
nuestro sufrido y castigado pueblo.
De alcanzar estos objetivos, operará un cambio
substancial, no solo del régimen socio económico basado
en la propiedad privada, sino también de nuestra cultura,
de nuestros valores y sentimientos como Nación. Este peligro,
cierto e inminente, amenaza los legítimos derechos de nuestra
población en su conjunto y compromete gravemente la seguridad
personal y el destino de la Argentina.
También es claro que este conjunto de factores incide negativamente
en las posibilidades de reactivación de nuestra economía,
generando un círculo vicioso que, en definitiva, termina
perjudicando a quienes deberían estar en el centro de las
preocupaciones: los desocupados.
Por otra parte, la actuación notoriamente revolucionaria
de los piqueteros va a contramano del sentir general de la población.
No se conoce el caso de ningún sector que le brinde su adhesión
espontánea. Por el contrario, lo que se va afirmando es una
profunda y creciente aversión a los permanentes disturbios
y convulsiones. La prueba definitiva de su fracaso se verifica con
los insignificantes resultados electorales de los candidatos piqueteros
y de los partidos de izquierda que los apoyan.
Puede percibirse que el fenómeno constituye, sobre
todo, un mito publicitario, y que sus mentores, hábiles en
el manejo de las armas de propaganda, crean en el público
la ilusión de una popularidad que no poseen y pretenden que
gran parte de la población, pese a su desacuerdo profundo,
termine por resignarse a cederles cada vez más espacio.
"Mil personas en la calle Corrientes provocan un efecto mayor
que un millón de votos", observa con sagacidad el periodista
Walter Ceballos ("Hasta dónde llegarán",
Daniel Gallo, "La Nación", 2-11-03).
Ante tales perspectivas es extremadamente difícil –para
no decir imposible– comprender el trato privilegiado que los
más altos poderes del Estado brindan al movimiento piquetero.
El panorama aquí presentado se ensombrece con las declaraciones
y amenazas cada vez más violentas de ciertos sectores, amenazas
que nos colocan en el umbral de un enfrentamiento de consecuencias
imprevisibles.
* * *
Los argentinos, en verdad, deseamos que los problemas de nuestra
Patria sean resueltos decididamente y dentro del Estado de Derecho,
con una amplia y estable paz social, muy diversa del odio, la agitación
y la lucha de clases de los piqueteros.
De ahí que nuestros espíritus no dejen de sobresaltarse
ante la duda: ¿estarán dispuestas las fuerzas de izquierda
a empujar nuevamente nuestro país a una lucha fratricida,
al término de la cual puedan imponer su utopía socialista
de una sociedad sin propiedad privada ni clases sociales?
De desarrollarse esta lógica perversa ¿quien
pierde? Pierde la Argentina.
¿Qué perdemos? A nuestro entender, perdemos la posibilidad
de atravesar esta crisis y reencauzar nuestra Nación por
las vías de grandeza cristiana que jamás deberíamos
haber abandonado.
Perderíamos así nuestra identidad y colocaríamos
en riesgo la propia soberanía. Cuando una nación se
contempla a través del lente de la falsa propaganda de un
adversario que libra una "guerra social planetaria", insertada
en una red internacional, esta será la dueña de fijar
los rumbos que solo nosostros, como argentinos, deberíamos
elegir.
Reconquista y Defensa juzga un deber expresar
el sentimiento y las convicciones de numerosos compatriotas al hacer
oir esta voz de alerta a las autoridades, a las clases dirigentes
y al pueblo en general.
La Argentina auténtica no quiere la confrontación
y el conflicto como forma de resolver sus problemas, sino que busca,
ansiosa, la estabilidad y la paz.
Tampoco queremos dar voces de alarma para producir inseguridad
pública. Esta reflexión se destina a todos aquellos
que, sea por la legítima defensa de sus derechos, sea por
preocupaciones patrióticas, sea por fidelidad a la auténtica
doctrina social de la Iglesia, no desean ver a la Argentina tomar
las sendas sombrías hacia donde la quieren llevar fuerzas
que alimentan, en sí, los gérmenes de una revolución
anticristiana.
A todos exhortamos a conformar un noble y amplio frente que, en
momentos de tal gravedad, tenga en vista lo que nos une y relegue
a un provisorio olvido todo lo que eventualmente nos pueda separar.
La Argentina nació católica: en esta hora extrema
de nuestra historia volvemos, confiados, nuestra mirada hacia la
Virgen de Luján y a Ella imploramos que proteja la Patria.
Buenos Aires, Diciembre de 2003
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