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¿Por qué los protestantes no entienden a la Virgen María?

Por Valdis Grinsteins

Muchas veces debatí con protestantes, hasta por internet. Siempre me llamó la atención el modo como discuten: comienzan normalmente la discusión con un ataque a la santa Iglesia Católica, como si ellos mismos fuesen irreprensibles. Pero rápidamente el tema cambia y los ataques pasan a ser dirigidos contra Nuestra Señora. Se intercambian argumentos, se refutan objeciones del protestante, y cuando él se siente contra la pared, cambia de tema.

Terminada la discusión o el intercambio de e-mails, acostumbraba a preguntarme: ¿Cómo hacerle algún bien a una persona que debate de esa manera, saltando de tema en tema, sin aclarar ninguno de ellos por entero? ¿Es posible convertirla? Esto me llevaba a analizar el fondo psicológico de los protestantes cuando debaten.

Lo curioso era que nunca notaba, de parte de muchos de ellos, la recta intención de elucidar un problema. No les interesaba conocer nuestras razones doctrinarias e históricas por las cuales, por ejemplo, debe haber un Papa, se debe tener devoción a Nuestra Señora, a los santos, creer en la Sangrada Eucaristía, etc. Simplemente ellos desean mostrar superioridad y intentar aplastar a quienes discordan.

Todo católico tiene el deber de hacer apostolado y llevar la luz de la verdad a los otros, demostrando que nuestra Fé no es una aglomeración de creencias sin fundamento, como tantas otras que existen por ahí. Todo es no sólo inspirado por el Espíritu Santo, sino también pesado y medido, estudiado y basado en pruebas doctrinarias, bíblicas e históricas. Toda la argumentación católica está fundamentada en una lógica férrea. Ahora bien, de nada sirve discutir con una persona que no desea conocer la verdad objetiva, sino que le interesa apenas su "verdad" subjetiva.

Cuando Nuestro Señor le dice a Pilato que había venido al mundo para dar testimonio de la verdad, éste le preguntó cínicamente: " ¿Qué es la verdad?" - y cambió de asunto. (Cfr. Jo, 18, 38).

El problema del orgullo

En el fondo de esa actitud, reside en realidad el orgullo. A una persona orgullosa no le interesa conocer la verdad. Lo que le importa es ser dueña de la "verdad", así podrá modificarla de acuerdo a sus caprichos. Pero yo no debo querer ser el dueño de la verdad, debo querer, eso sí, que la verdad sea dueña de mí. Por esto, los debates con la mayoría de los protestantes no conducen a nada.

La Iglesia Católica nos enseña una sabia actitud en esta materia. Yo, como individuo, sufro las consecuencias del Pecado Original, y por eso las potencias de mi alma (inteligencia, voluntad y sensibilidad) pueden fallar. Puedo cometer un error de apreciación; una formación defectuosa me puede influenciar al tomar una decisión; puedo haber olvidado un dato que modificaría mi pensamiento. Pero Dios, en su sabiduría infinita, nos proporciona una institución - la Santa Iglesia Católica - para compensar mis defectos y debilidades. La Iglesia me guía en la verdad, y maternalmente me enseña aquello que, muchas veces, yo no conseguiría llegar o entender por mí mismo.

El Bien es, de suyo, difusivo

Si nos colocamos en esta óptica, veremos que no existe competición en la transmisión de la verdad. Si yo deseo hacer el bien a otros, y aparece una persona que lo hace antes que yo, no quedaré triste. Contrario, será agradable poder contar con tan preciosos auxilio. Lo que me interesa es la difusión de la verdad. Y que sea la Verdad, no "mi verdad".

Esto es lo que pasa en relación a Nuestra Señora y Nuestro Señor Jesucristo. Él es la Verdad y el Bien, y el Bien es eminentemente difusivo, desea llegar a todos, y para eso cuenta con la ayuda de la más valiosa de todas las criaturas: la Virgen María.

Cuantas veces, en un debate con protestantes, los alegatos anti-marianos que presentaban eran: "Dios no necesita de Nuestra Señora" ; "Jesús es el único mediador", etc. De hecho, teológicamente hablando, Dios no precisa de nadie. Pero ese orgullo es opuesto al espíritu de Dios, por lo cual Él quiere asociar otros seres en la difusión del Bien y de la Verdad. Nuestro Señor no ve la benéfica actuación de su Madre santísima como si fuese una competición.

El problema del igualitarismo

Llama mucho la atención esa especie de irritación malevolente, manifestada por ciertos protestantes contra los privilegios de Nuestra Señora. Parece que les duele personalmente el hecho de que Nuestra Señora no haya sido concebida con Pecado Original; el hecho de que ella sea Virgen antes, durante y después del parto; de haber sido elevada en cuerpo y alma a los Cielos, etc. Ahora bien, lo que Ella posee, no me disminuye en nada. Por lo contrario, Ella me ayuda a elevarme en la virtud.

Los protestantes, sin embargo, quedan incomodados con esos privilegios marianos. ¿Por qué? Por causa del orgullo. A una persona orgullosa muchas veces no le importa tener algo, pero no tolera que otras personas posean algo que él no tiene. La desigualdad le choca profundamente y la rebela.

En su obra Revolución y Contra-Revolución, Plinio Corrêa de Oliveira muestra que la Revolución protestante de Lutero, en el siglo XVI, es la antepasada ideológica de los comunistas. Unos y otros son movidos por semejante espíritu de rebelión. El mismo orgullo que lleva unos a robar la propiedad ajena (los comunistas), impulsa a otros a rebelarse contra los privilegios espirituales. Son dos expresiones diversas del mismo espíritu igualitario.

Solución de la problemática

Sin embargo, algunos pocos entre los protestantes con los cuales debatí manifestaban rectitud de espíritu y querían conocer dónde estaba la verdad; y en general terminaban por convertirse a la Religión Católica, o al menos, quedaban con simpatía por la Iglesia Católica. En estos podría ocurrir un error de inteligencia, pero no la maldad del orgullo. Con ellos se podría debatir durante horas - lo que varias veces me ocurrió - pero no se notará el bloqueo mental que impide la adhesión a la verdad.

Si, por ventura, deseamos que un protestante cambie de concepción errónea acerca de Nuestra Señora, debemos rezar y esforzarnos para que sea removida de su mente la idea de un dios envidioso de sus criaturas, que se aisla y practica el bien solo. Debemos mostrarle como a Dios es propia la grandeza de llevar otros a participar de sus dones, de llevar a sus hijos a dar lo mejor de sí en beneficio de sus semejantes.

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