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Principio
de
la "reductio ad unum"
Papa y Emperador - Sol y Luna
Las dos espadas. Sacro Imperio
El principio monárquico -que también se llama "reductio ad unum"-
traduce la tendencia de todo el mundo, de toda una sociedad, hacia
lo más perfecto. En la medida en que una sociedad es católica, en
todo busca lo más excelente, y destila normalmente una aristocracia
y produce normalmente un monarca y una dinastía. De manera que esta
fuerza ascendente de la sociedad hace que -aunque la forma de gobierno
republicana no sea ilegitima- la monarquía sea la forma de gobierno
ideal, aquella que corresponde más al orden metafísico.
Nuestro Señor Jesucristo instituyó la Iglesia como una monarquía.
El Papa es el Rey de la Iglesia Católica. Es el supremo jerarca
de la Tierra. Encima de él no hubo nunca, jamás, superior alguno.
Es posible, aún, que en una determinada época histórica haya habido
una tarea más importante que la del Papa, como por ejemplo la
de San Ignacio, y aun en este caso se conserva la sumisión al
Papa.
Por otro lado, los Obispos son los señores feudales. El Obispo
está en relación al Papa en una situación muy semejante a la de
los nobles de la Edad Media en relación al Rey. Se trata, por
lo tanto, de dos organizaciones paralelas y semejantes. La sociedad
era tan cristiana que ella se estructuró a semejanza de la organización
ideal que Jesucristo dio a su Iglesia. Existe en lo alto de cada
una de esas sociedades soberanas y perfectas un monarca. De un
lado el Rey, y del otro el Papa. Por sobre el Rey, el Emperador
del Sacro Imperio Romano Germánico.
El Sacro Imperio Romano Germánico era una entidad constituída
por la Iglesia para atender, no una soberanía universal, sino
una especie de liderazgo sobre todos los reyes de Occidente. El
Emperador no podía darle una orden al Rey de Francia, pero era
el líder natural en la lucha contra los herejes, en el dominio
sobre los adversarios de la Iglesia. Había entonces dos supremas
monarquías, primero el Papa y luego el Emperador. Debajo del Papa,
toda la jerarquía Eclesiástica abriéndose como un abanico. Debajo
del Emperador, todas las monarquías y luego todas las estructuras
feudales y municipales abriéndose también como un abanico.
Se preguntaba entonces qué era más: el Papa o el Emperador. Ya
que hay dos debe prevalecer alguno de ellos -esa es la fuerza
del principio monárquico "reductio ad unum"-. Y la respuesta era
la siguiente: por encima de todo está el Papa. No es que el Papa
invada la esfera propia del Emperador, pero su dignidad es más
sagrada, más espiritual que la imperial.
Los doctores de la Edad Media usaban una comparación -si no me
engaño San Agustín la empleó - en la cual la relación que había
entre la Iglesia y el Estado era la que hay entre el Sol y la
Luna. Según las concepciones de aquel tiempo, la Luna giraba en
torno del Sol, que le daba todo su brillo.
Así, el Estado comparado con la Luna, recibe todo el brillo del
Sol que es la; Iglesia, y gira en torno de Ella. Es un sistema
eclesiocéntrico.
El Sacro Imperio fue instituído por la Iglesia. Muchos reinos
no fueron instituídos por la Iglesia pero aunque después fueron
consagrados por ella, como por ejemplo la monarquía húngara. EI
rey San Esteban, de Hungría, era el jefe de hordas bárbaras un
tanto compactas, y era llamado rey por analogía, como cuando se
habla del "rey" de los zulúes, o cualquier cosa de ese tipo, pero
no era un rey en el sentido estricto de la palabra. Después de
haber recibido el Bautismo, mandó pedir al Papa que lo confirmase
como rey, y éste lo confirmó y mandó la corona real que los reyes
de Hungría usaron, hasta el último, que fue el rey-emperador de
Austria y Hungría.
Esa corona desapareció misteriosamente y no se sabe dónde está.
La corona de San Esteban, con aquella pequeña cruz inclinada,
es el símbolo del poder de Hungría, que los húngaros veneraron,
y creemos que todavía la veneran, como la propia sustancia de
la soberanía de esa nación. Por esa razón, el rey de Hungría tenía
el título de "Rex Apostolicus" -era el rey encargado de hacer
apostolado en aquellas regiones bárbaras.
El Rey de Francia era consagrado y ungido por el poder eclesiástico.
Cuenta la Historia que cuando el primer rey Clodoveo fue bautizado,
San Remigio, obispo de Reims, que lo bautizaba, y todos los asistentes
en la Iglesia, vieron descender del cielo una paloma que traía
una ampolla de cristal con óleo sagrado, para ungir a todos los
reyes de Francia. Clodoveo, fue bautizado y ungido con ese óleo
y oyó las palabras de la consagración que lo constituían rey de
Francia. Era la primera nación bárbara que se cristianizaba y
Clodoveo recibió el título de "Rex Cristianissimus". Era el Rey
cristianísimo.
Por razones más que obvias, los reyes de España eran llamados
"Reyes católicos". Por razones que nos honran, los Reyes de Portugal
era llamados los "Reyes fidelísimos" porque eran muy fieles a
la Iglesia Católica. Por razones dolorosas, los reyes de Inglaterra
eran llamados "defensores Fidei". Enrique VIII escribió un libro
contra Lutero, y el Papa le mandó el título de "defensor de la
Fé", que él comenzó a usar, aliado del título de Rey de Inglaterra.
Apostató y continuó usando ese título. Hasta hoy en día, la Reina
Isabel se llama "Defensora de la Fé". Cada reino procuraba de
algún modo, sustentar a la Iglesia.

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