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EDAD MEDIA
 

Combate a las herejías

En el combate a las herejías, el Estado ayudaba mucho a la Iglesia y no se trata apenas de las Cruzadas, de la Inquisición, de las que ya tratamos varias veces, sino de la institución de varias leyes que, aunque toleraban la herejía cuando la Iglesia mandaba tolerarla, colocaban a la herejía en una situación vejatoria y reprimida.

En principio, el hereje no participaba de la vida de la nación. Como estaba excomulgado por la Iglesia, era considerado un extranjero, un paria, aún más si era de la nación deicida. El hereje no podía ejercer cargos públicos y aún si el heredero era hereje no podía subir al trono. Si era hereje, estaba fuera de la Iglesia. Pero si estaba fuera de la Iglesia; lo estaba también del Estado. Porque el Estado, siendo sacral, no podía aceptar un rey hereje: ¡era una monstruosidad un rey hereje!

Fue por esa causa que San Pío V mandó tropas para que lucharan contra la ascensión al trono del rey Enrique III de Navarra, que sólo consiguió ser Enrique IV de Francia cuando abjuró de la religión calvinista a la cual pertenecía.

El Papa podía destituir Reyes herejes. Cuando Felipe II preparó la Armada invencible contra Isabel de Inglaterra, las bodegas de los buques estaban llenas de folletos donde San Pío V destituía a Isabel del carácter de Defensora de la Fe y de Reina de Inglaterra. O mejor, declarando que ella nunca lo había sido, porque siendo hereje no podía ser reina del Reino de Inglaterra. Los folletos debían ser difundidos entre el pueblo, porque había esperanzas de que todavía hubiesen muchos católicos embozados que se levantarían si supiesen que la reina no era verdaderamente reina. Consideramos verosímil esa hipótesis de que podría haber una insurrección de primerísimo orden en aquella ocasión. Es doloroso recordar que la Armada Invencible no llegó a Inglaterra, pensar que una iniciativa magnífica como esa no alcanzó su fin. Aún más, no me gusta tratar de la Armada Invencible pues el acontecimiento nos duele tanto como si hubiese ocurrido ayer.

Los judíos y los herejes no podían ejercer ciertas funciones. Por ejemplo, un judío no podía ser juez de católicos. Por lo tanto, no podía ser nombrado juez para nada. Podía ser juez de pleitos entre judíos, pero no entre católicos. Por otro lado, la judía no podía ser ama de leche, a no ser de niños judíos, para que la sangre católica no se nutriese de leche de una persona que renegaba a Cristo.

Estas leyes no eran racistas. El judío, si se convertía, dejaba de sufrir todos estos obstáculos. La Iglesia, que siempre prohibió que se exigiese de un hereje la abjuración bajo pena de muerte, prohibía, y los Estados mantenían en esa prohibición; cualquier proselitismo de sectas erradas.

Los herejes, que podían tener Iglesias donde vivían -los judíos tenían Sinagoga- tenían prohibido construir templos más altos, o tan altos como la Iglesia Católica local. Y cualquier judío que llevase a un católico al judaísmo podía ser reo de muerte.

En Roma todos los sábados, consagrados a glorificar a Nuestra Señora, los herejes, especialmente los judíos, eran llevados a las Iglesias, y tenían que asistir a prédicas que probaban que la religión judaica es falsa, y que Jesucristo es Dios. Después volvían a sus ocupaciones, no estaban obligados a creer, pero tenían que tener el conocimiento de la argumentación y asistir con respeto.

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