Armonía de las dos
esferas
Como consecuencia de esta concepción surgen dos esferas distintas:
la espiritual y la temporal. ¿Cuál es la esfera espiritual? La esfera
espiritual, cuida de aquello que se relacione directamente con la
salvación de las almas. La Iglesia, es la sociedad instituida por
Nuestro Señor Jesucristo para procurar la salvación de las almas.
En esa tarea, la Iglesia es soberana y nadie puede estar por encima
de ella. Elegir Papas, nombrar y destituír obispos, todas esas cosas
son tarea específica de la Iglesia, y en ellas el Estado no puede
intervenir.
Al lado de la tarea espiritual existe, naturalmente, la temporal.
Esta compete al Estado, y consiste en organizar el bienestar de
los ciudadanos y del país, de conformidad con tas enseñanzas de
la Iglesia. Es una tarea autónoma. Citemos el ejemplo de San Luis
Rey de Francia. Este rey trabajó con todas las fuerzas de su alma
para que el Estado prestase su servicio a la Iglesia pero, por otro
lado, ejercía determinadas actividades que, por su naturaleza, eran
independientes. Construir caminos, establecer comunicaciones, nombrar
y destituir embajadores, nombrar o destituír nobles o jefes de provincia,
organizar el ejército, etc., son tareas estrictamente temporales
en las que el Estado es soberano, aunque al ejecutarlas, deba tener
en consideración, siempre que quepa, el interés de la Iglesia.
Existe, por otra parte, además de los asuntos exclusivamente espirituales
y temporales, otros que se sitúan en un terreno mixto. La enseñanza,
por ejemplo. La Iglesia, naturalmente interesada en la promoción
de la enseñanza tiene una voz propia y un derecho propio. Pero el
Estado que la promueve, debe entenderse con la Iglesia. En la promoción
de la enseñanza, los dos poderes, deben caminar juntos, armónicamente.
Materia análoga es el matrimonio. Como sacramento, está bajo la
jurisdicción de la Iglesia, pero existen en él varios aspectos no
sacramentales, que están bajo la jurisdicción del Estado. Por ejemplo,
las formas por las cuales se promueve el contrato de comunidad y
separación de bienes.
Entretanto, en las propias materias en las que el Estado es soberano,
la Iglesia tiene una palabra para decir, siempre que haya margen
para una consideración llamada por los canonistas "ratione peccati"
(en razón del pecado), o sea, siempre que se trate de saber si el
Estado, al hacer cierta cosa es injusto; ahí la Iglesia tiene una
palabra para decir.
Si el Estado, por ejemplo, quisiera hacer un camino paralelo a
una avenida es libre de hacerla o no, la Iglesia no tiene nada que
decir al respecto. Pero, si expropiase tierras injustamente, la
Iglesia tiene una palabra para decir, porque ahí entró una manera
pecaminosa de construir caminos.
El pecado fue utilizado como un medio para construir el camino,
lo cual está prohibido. Las cuestiones de licitud están sujetas
al juicio de la Iglesia. Este es un orden de cosas impregnado de
religión, de sobrenatural en todo, porque resulta de la Fé. Todo
tenía su fundamento en la religión: la coronación del Rey, la investidura
en que el señor feudal prometía obediencia al superior, los contratos;
en fin, todos los actos públicos eran marcados por el sentido religioso.
Aquel texto famoso de León XIII en la Encíclica "Inmortale Dei"
."Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los
Estados" es la explicación de la sociedad sacral. La ley natural,
la ley universal, el derecho romano, etc., eran la aplicación de
lo que acabamos de ver.
El Estado y la Iglesia, por estar compenetrados con el Espíritu
del Evangelio, cuidan ambos y de modo especial, de determinadas
tareas. Por ejemplo, la protección de los pobres, que es tarea especial
de la Iglesia en todas las épocas, durante la Edad Media, era considerada
también tarea especial del Rey, que tenido como tutor natural de
todos los pobres, de todos los grupos sociales pobres.
Más aún. El Rey, el Rey Cristianísimo, el Rey católico, el Rey
que promovía la Inquisición, ese Rey era el protector de los judíos,
en cuanto comunidad perseguida, que fácilmente podía sufrir injusticias
porque no tenía medios de defensa. Era, así, al mismo tiempo vigilada
por los reyes, en razón del odio que la secta tenía a la Iglesia
y a la Civilización Cristiana, y protegida para que no fuese objeto
de malos tratos ni exterminada, lo que estaría contra la Ley del
Evangelio. Es fácil observar el sumo equilibrio que hay dentro de
este concepto.

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