Evidencia de la veracidad
de la Iglesia
Los
medievales consideraban "evidente" que la Iglesia era verdadera.
Uso aquí la palabra "evidente" entre comillas, porque no se trata
de una evidencia en el sentido filosófico, sino de una suerte
de evidencia, por la cual todas las personas reconocen a la Iglesia,
la admiten como tal, no teniendo ninguna duda al respecto, y por
eso la aprueban enteramente. Era lo que sucedía en todo el mundo
civilizado de aquel entonces.
No se consideraba como perteneciente al mundo civilizado a Rusia,
que era una entidad semi-bárbara y cismática. Tampoco se la consideraba
como tal a Constantinopla, ciudad súper-civilizada, pero por la
cual se tenia el desprecio que se tiene por los decadentes. Y
había razón para ello, porque en Constantinopla la habría de acabar
cayendo victima de su propia disgregación. Se consideraba mundo
civilizado a Europa, desde Polonia y Hungría, hasta España y Portugal;
desde Suecia, Noruega, Inglaterra y Escocia, hasta Italia.
Esa era la Europa que se consideraba entonces verdaderamente
civilizada; esa Europa era toda católica, y en ella, nadie podía
poner en duda la veracidad de la Fé católica. Había, naturalmente
uno que otro brote de herejía que afectaba una cierta región.
Hubo herejías en el Sur de Francia, hubo herejías en Bohemia (actual
Checoslovaquia), pero esas herejías fueron pronto aplastadas,
fueron fenómenos episódicos, a la manera de una enfermedad aguda
en la vida de un hombre: nunca como una enfermedad crónica. De
vez en cuando afectaban el cuerpo de la Cristiandad medieval,
pero eran eliminadas después de algún tiempo de lucha.
Así, todos admitían la Iglesia como verdadera como indudablemente
verdadera, como indiscutiblemente verdadera, y a partir de ese
momento en que lo admitían, les parecía enteramente natural esta
posición de alma que estoy describiendo.
De ahí, se deducía que la Ley de las Leyes era el Decálogo. Los
Diez Mandamientos de la Ley de Dios contienen, según la doctrina
de Santo Tomás de Aquino y de todos los doctores de la Iglesia,
los fundamentos del orden natural, lo que quiere decir que, si
los hombres actuasen de acuerdo con la propia naturaleza y con
la naturaleza de las cosas, por ese simple hecho, sin que se dieran
cuenta, practicarían los Diez Mandamientos de la Ley de Dios.
Ahora bien, dado que cuando el hombre actúa de acuerdo al orden
natural todo anda bien, debe concluirse que cuando una civilización
observa los Diez Mandamientos de la Ley de Dios en la vida individual,
y en todos los otros sectores desde los más altos hasta los más
bajos, y cuando la Iglesia en su propio modo de actuar observa
esos mandamientos, se alcanza entonces el orden humano ideal y,
con el orden humano ideal, la verdadera civilización y el verdadero
progreso. ¿Qué es la verdadera civilización? Es exactamente la
disposición de todas las cosas de acuerdo con su propia naturaleza
y, por lo tanto, de acuerdo con la Ley de Dios. ¿Qué es el verdadero
progreso? Es el camino que siguen las cosas para perfeccionarse
de conformidad con los Mandamientos de la Ley de Dios y con el
orden natural, tornándose cada vez más eximias y más perfectas.
Esta es la verdadera civilización, y éste es el verdadero progreso.
De esta concepción resultó de hecho para la Edad Media, un enorme
progreso en todos los terrenos, inclusive en el terreno técnico.
Cristiandad
En efecto, los medievales reputaban que la ley natural era la ley
universal. Y había un código de la ley universal que era considerado
ley para todos los países de Europa y para todos los países de la
Cristiandad: el Código de Derecho Romano.
Como los romanos había conocido gran parte del orden natural, el
Código del Derecho Romano, limpiado de sus elementos paganos y completado
por la Iglesia en el tiempo de los romanos cristianos, pasó a ser
un código de derecho natural perfecto. Desde entonces, comenzó a
ser considerado como una especie de segunda ley de los Estados Cristianos.
Como consecuencia nació la Cristiandad. La Cristiandad era una
familia de pueblos hermanos, agrupados en torno a la Iglesia Católica,
vista como a una Reina a la cual todos procuraban servir.
Debe notar se que este servicio prestado por los pueblos cristianos
a la Iglesia se daba tanto en el campo espiritual, cuando en el
temporal. Por eso, cuando surgía una herejía, la Iglesia tenía derecho
a pedir al Estado que la extirpase; cuando promovía una Cruzada,
la Iglesia tenía derecho de mandar al Estado que de ella participase;
habiendo un cisma, la Iglesia tenía derecho de mandar al Estado
que lo sofocase; si la Iglesia, por otra parte, necesitaba de algún
auxilio del Estado para el desenvolvimiento de sus funciones, para
mandar misioneros a algún lugar, para la construcción de una obra,
o para cualquier otra cosa, tenía el derecho de pedirlo al Estado.
La razón es que la más alta finalidad del Estado es servir y proteger
a la Iglesia.

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