La Cruzada del Siglo XXI *
En la Edad Media, los Cruzados derramaron su sangre
para libertar de las manos de los infieles el Sepulcro de N. S.
Jesucristo, e instituir un Reino Cristiano en Tierra Santa. Si nuestros
mayores supieron morir para reconquistar el Sepulcro de Cristo,
¿como no querremos nosotros, hijos de la Iglesia como ellos, luchar
y morir para restaurar algo que vale infinitamente mas que el preciosísimo
Sepulcro del Salvador, que es Su reinado sobre las almas y las sociedades,
que El creó y salvó para que Lo amemos eternamente?
...pero ¿qué es el Reino de Cristo, ideal supremo de los católicos,
y, pues, nuestra meta constante? Es lo que procuraremos definir
en la enumeración de principios, marco de nuestra actividad.
El Reino de Cristo
• La Iglesia Católica fue fundada por N. S. Jesucristo, para
perpetuar entre los hombres los beneficios de la Redención. Su finalidad
se identifica, pues, con la de la propia Redención: expiar los pecados
de los hombres por los méritos infinitamente preciosos del Hombre-Dios;
restituir así a Dios la gloria extrínseca que el pecado le había
robado; y abrir a los hombres las puertas del Cielo. Esta finalidad
se realiza toda en el plano sobrenatural, y en orden a la vida eterna.
Ella trasciende absolutamente todo cuanto es meramente natural,
terreno, perecible. Fue lo que N. S. Jesucristo afirmó, cuando dijo
a Poncio Pilatos: "Mi reino no es de este mundo" (Jn., 18-36).
• La vida terrena se diferencia, así, y profundamente, de
la vida eterna. Pero estas dos vidas no constituyen dos planos absolutamente
aislados uno del otro. Hay en los designios de la Providencia una
relación íntima entre la vida terrena y la vida eterna. La vida
terrena es el camino, la vida eterna es el fin. El Reino de los
Cielos no es de este mundo, pero es en este mundo que está el camino
por donde llegaremos hasta él.
• Así como la Escuela Militar es el camino para la carrera
de las armas, o el noviciado es el camino para el definitivo ingreso
en una Orden Religiosa, así la tierra es el camino para el Cielo.
Tenemos un alma inmortal, creada a imagen y semejanza de Dios. Esta
alma es creada con un tesoro de aptitudes naturales para el bien,
enriquecidas por el Bautismo con el don inestimable de la vida sobrenatural
de la Gracia. Nos cabe, durante la vida, desarrollar hasta su plenitud
estas aptitudes para el bien. Con esto, nuestra semejanza con Dios,
que era en algún sentido aún incompleta y meramente potencial, se
torna plena y actual.
La semejanza es la fuente del amor. Haciéndonos plenamente
semejantes a Dios, somos capaces de amarlo plenamente, y de atraer
sobre nosotros la plenitud de Su amor.
Quedamos, así, preparados para la contemplación de Dios cara a cara,
y para aquel eterno acto de amor, plenamente feliz, para el cual
somos llamados en el Cielo. La vida terrena es, pues, un noviciado
en que preparamos nuestra alma para su verdadero destino, que es
ver a Dios cara a cara, y amarlo por toda la eternidad.
• Presentando la misma verdad en otros términos, podemos
decir que Dios es infinitamente puro, infinitamente justo, infinitamente
fuerte, infinitamente bueno. Para amarlo, debemos amar la pureza,
la justicia, la fortaleza, la bondad. Si no amamos la virtud, ¿cómo
podemos amar a Dios que es el Bien por excelencia? De otro lado,
siendo Dios el Sumo Bien, ¿cómo puede amar el mal? Siendo la semejanza
la fuente del amor, ¿puede Él amar a quien sea totalmente desemejante
de Él, a quien es conciente y voluntariamente injusto, cobarde,
impuro, malo?
Dios debe ser adorado sobre todo en espíritu y en verdad (Jn.,
4, 25). Así, debemos ser puros, justos, fuertes, buenos,
en lo más íntimo de nuestra alma. Pero si nuestra alma es buena,
todas nuestras acciones también deben serlo necesariamente, pues
el árbol bueno no puede producir sino frutos buenos (Mat.,
7, 17-18). Así, es absolutamente necesario, para que conquistemos
el Cielo, no sólo que en nuestro interior amemos el bien y detestemos
el mal, sino que por nuestras acciones practiquemos el bien y evitemos
el mal.
• Pero la vida terrena es más que el camino de la eterna
bienaventuranza. ¿Qué es lo que haremos en el Cielo? Contemplaremos
a Dios cara a cara, a la luz de la gloria que es la perfección de
la gracia, y lo amaremos enteramente y sin fin.
Ahora bien, el hombre ya goza de la vida sobrenatural en esta tierra,
por el Bautismo. La Fe es una simiente de la visión beatífica. El
amor de Dios, que el hombre practica creciendo en virtud y evitando
el mal, ya es el propio amor sobrenatural con que él adorará a Dios
en el Cielo.
El Reino de Dios se realiza en su plenitud en el otro mundo. Pero
para todos nosotros, comienza a realizarse en estado germinativo
en este mundo. Tal como en un noviciado ya se practica la vida religiosa,
aunque en estado preparatorio, o como en una escuela militar un
joven se prepara para el Ejército... viviendo la propia vida militar.
Y la Santa Iglesia Católica ya es en este mundo una imagen, y más
que eso, un verdadero anticipo del Cielo.
Por ello, todo cuanto los Santos Evangelios nos dicen del Reino
de los Cielos puede ser aplicado a la Iglesia Católica, a la Fe
que ella nos enseña, y a cada una de las virtudes que ella nos inculca.
• Es éste el sentido de la fiesta de Cristo Rey. Rey celestial
antes de todo. Pero Rey cuyo gobierno ya se ejerce en este mundo.
Es Rey quien posee de derecho la autoridad suprema y plena. El Rey
legisla, dirige y juzga. Su realeza se hace efectiva cuando los
súbditos reconocen sus derechos y obedecen a sus leyes.
Ahora bien, Jesucristo posee sobre nosotros todos los derechos.
El promulga leyes, dirige el mundo y juzgará los hombres. Cabe a
nosotros hacer efectivo el Reino de Cristo obedeciendo a sus leyes.
• Este reinado es un hecho individual, en cuanto considerado
en la obediencia que cada alma fiel presta a N. S. Jesucristo. En
efecto, el Reinado de Cristo se ejerce sobre las almas; y, pues,
el alma de uno de nosotros es una parte del campo de jurisdicción
de Cristo Rey. El Reinado de Cristo será un hecho social si las
sociedades humanas le prestaren obediencia.
Puede decirse, pues, que el Reino de Cristo es efectivo en la tierra,
en su sentido individual y social, cuando los hombres en lo íntimo
de sus almas como en sus acciones, y las sociedades en sus instituciones,
leyes, costumbres, manifestaciones culturales y artísticas, se conforman
con la Ley de Cristo.
• Por más concreta, brillante y tangible que sea la realidad
terrena del Reino de Cristo -en el siglo XIII, por ejemplo- es preciso
no olvidar que este Reino no es sino preparación y preludio. En
su plenitud, el Reino de Cristo se realizará en el Cielo.
Orden, armonía, paz y camino de perfección
• El orden, la paz, la armonía, son características esenciales
de toda alma bien formada, de toda sociedad humana bien constituida.
En cierto sentido son valores que se confunden con la propia noción
de perfección.
• Todo ser tiene un fin propio, y una naturaleza adecuada
a la obtención de este fin. Así, una pieza de reloj tiene un fin
propio y, por su forma y composición, es adecuada a la realización
de este fin.
• El orden es la disposición de las cosas, según su naturaleza.
Así, un reloj está en orden cuando todas sus piezas están ordenadas
según la naturaleza y el fin que les es propio. Se dice que hay
orden en el universo sideral porque todos los cuerpos celestes están
ordenados según su naturaleza y fin.
• Existe armonía, cuando las relaciones entre dos seres son
conformes a la naturaleza y el fin de cada cual. La armonía es el
obrar de las cosas, unas en relación a las otras, según el orden.
• El orden engendra la tranquilidad. La tranquilidad del
orden es la paz. No es cualquier tranquilidad que merece ser llamada
paz, sino solamente aquella que resulta del orden. La paz de conciencia
es la tranquilidad de la conciencia recta: no puede confundirse
con el letargo de la conciencia embotada. El bienestar orgánico
produce una sensación de paz que no puede ser confundido con la
inercia del estado de coma.
• Cuando un ser está enteramente dispuesto según su naturaleza,
está en estado de perfección. Así, una persona con gran capacidad
de estudio, gran deseo de estudiar, puesta en una Universidad en
que haya todos los medios de hacer todos los estudios que desea,
está puesta, desde el punto de vista de los estudios, en condiciones
perfectas.
• Cuando las actividades de un ser son enteramente conformes
a su naturaleza, y tienden enteramente para su fin, estas actividades
son, de algún modo, perfectas. Así, la trayectoria de los astros
es perfecta, porque corresponde enteramente a la naturaleza y al
fin de cada cual.
• Cuando las condiciones en que un ser se encuentra son perfectas,
sus operaciones lo son también, y él tenderá necesariamente hacia
su fin, con el máximo de la constancia, del vigor y del acierto.
Así, si un hombre está en condiciones perfectas para andar, es decir,
si sabe, puede y quiere andar, andará de modo irreprensible.
• El verdadero conocimiento de lo que es la perfección del
hombre y de las sociedades, depende de una noción exacta sobre la
naturaleza y el fin del hombre.
• El acierto, la fecundidad, el esplendor de las acciones
humanas, ya sean individuales o sociales, también está en la dependencia
del conocimiento de nuestra naturaleza y fin.
• En otros términos, la posesión de la verdad religiosa es
la condición esencial del orden, de la armonía, de la paz y de la
perfección.
La perfección Cristiana
• El Evangelio nos apunta un ideal de perfección: "Sed
perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt. 5, 48).
Este consejo que nos fue dado por N. S. Jesucristo, Él mismo nos
enseña a realizarlo. En efecto, Jesucristo es la semejanza absoluta
de la perfección del Padre Celestial, el Modelo supremo que todos
debemos imitar.
Nuestro Señor Jesucristo, sus virtudes, sus enseñanzas, sus acciones,
son el ideal definido de la perfección hacia la cual el hombre debe
tender.
• Las reglas de esa perfección se encuentran en la Ley de
Dios, que N. S. Jesucristo anunció "No he venido a abolir,
sino a dar cumplimento" (Mt. 5, 17), en los preceptos
y consejos evangélicos. Y para que el hombre no cayese en error
en interpretar los Mandamientos y los consejos, N. S. Jesucristo
instituyó una Iglesia infalible, que tiene el amparo divino para
nunca errar en materia de Fe y moral. La fidelidad de pensamiento
y de acciones en relación al magisterio de la Iglesia es, pues,
el modo por el cual todos los hombres pueden conocer y practicar
el ideal de perfección que es N. S. Jesucristo.
• Fue lo que hicieron los Santos, que, practicando de modo
heroico las virtudes que la Iglesia enseña, realizaron la imitación
perfecta de N. S. Jesucristo y del Padre Celestial. Es tan verdadero
que los Santos llegaron a la más alta perfección moral que los propios
enemigos de la Iglesia, cuando no los ciega el furor de la impiedad,
lo proclaman. De San Luis Rey de Francia, por ejemplo, escribió
Voltaire: "No es posible al hombre llevar más lejos la virtud".
Lo mismo se podría decir de todos los Santos.
• Dios es el autor de nuestra naturaleza, y, pues, de todas
las aptitudes y excelencias que en ella se encuentran. En nosotros,
lo que no proviene de Dios son solamente los defectos, fruto del
pecado original o de los pecados actuales.
El Decálogo no podría ser contrario a la naturaleza que el mismo
Dios creó en nosotros; pues siendo Dios perfecto, no puede haber
contradicción en sus obras. Por esto, el Decálogo nos impone acciones
que nuestra propia razón nos muestra ser conformes a la naturaleza,
como honrar padre y madre, y nos prohíbe acciones que por la simple
razón vemos que son contrarias al orden natural, como la mentira.
• En esto consiste, en el plano natural, la perfección intrínseca
de la Ley de Dios, y la perfección personal que adquirimos practicándola.
Es que todas las operaciones conformes a la naturaleza del agente
son buenas.
• En consecuencia del pecado original, el hombre quedó con
propensión a practicar acciones contrarias a su naturaleza rectamente
entendida. Así, quedó sujeto al error en el terreno de la inteligencia,
y al mal en el campo de la voluntad.
Dicha propensión es tan acentuada que, sin el auxilio de la gracia,
no les sería posible a los hombres conocer ni practicar, durablemente
y en su totalidad, los preceptos del orden natural. Revelándolos
en lo alto del Sinaí, instituyendo en la Nueva Alianza una Iglesia
destinada a protegerlos contra los sofismas y las transgresiones
del hombre, así como los Sacramentos y otros medios de piedad destinados
a fortalecerlo con la gracia, remedió Dios esta insuficiencia del
hombre.
La gracia es un auxilio sobrenatural, destinado a robustecer la
inteligencia y la voluntad del hombre para permitirle la práctica
de la perfección. Dios no rehúsa la gracia a nadie. La perfección
es, por lo tanto, accesible a todos.
•¿Puede un infiel conocer y practicar la Ley de Dios? ¿Recibe
él la gracia de Dios? Es preciso distinguir. En principio, todos
los hombres que tienen contacto con la Iglesia Católica reciben
gracia suficiente para conocer que ella es verdadera, en ella ingresar,
y practicar los Mandamientos. Si, pues, alguien se mantiene voluntariamente
fuera de la Iglesia, si es infiel porque rehúsa la gracia de la
conversión, que es el punto de partida de todas las otras gracias,
cierra para sí la puerta de la salvación. Pero si alguien no tiene
medios de conocer la Santa Iglesia -un pagano, por ejemplo, cuyo
país no haya recibido la visita de misioneros-, tiene la gracia
suficiente para conocer, por lo menos, los principios más esenciales
de la Ley de Dios y para practicarlos, pues Dios no rehúsa a nadie
la salvación.
Debe observarse, entre tanto, que si la fidelidad a la Ley exige
sacrificios a veces heroicos de los propios católicos, que viven
en el seno de la Iglesia bañados por la superabundancia de la gracia
y de todos los medios de santificación, mucho mayor aún es la dificultad
que tienen en practicarla los que viven fuera de la Iglesia y fuera
de esta sobreabundancia. Es lo que explica que sean tan raros -verdaderamente
excepcionales- los gentiles que practican la Ley.
El ideal Cristiano de perfección social
• Si admitiéramos que en determinada población la generalidad
de los individuos practica la Ley de Dios, ¿qué efecto se puede
esperar de ahí para la sociedad?
Eso equivale a preguntar: si en un reloj cada pieza trabaja según
su naturaleza y su fin, ¿qué efecto se puede esperar de ahí para
el reloj? O, si cada parte de un todo es perfecta, ¿qué se debe
decir del todo?
• Hay siempre algún riesgo de ejemplificar con cosas mecánicas,
en asuntos humanos. Atengámonos a la imagen de una sociedad en que
todos los miembros fuesen buenos católicos, trazada por San Agustín.
Imaginemos "un ejército constituido de soldados como los forma
la doctrina de Jesucristo, gobernadores, maridos, esposas, padres,
hijos, maestros, siervos, reyes, jueces, contribuyentes, cobradores
de impuestos como los quiere la doctrina cristiana! ¡Y osen aún
[los paganos] decir que esa doctrina es opuesta a los intereses
del Estado! Por el contrario, les cabe reconocer sin vacilación
que ella es una gran salvaguarda para el Estado, cuando fielmente
observada" (Epíst. CXXXVIII al. 5 ad Marcellinum, Cap, II, 15).
Y en otra obra el Santo Doctor, apostrofando a la Iglesia Católica
exclama: "Conduces e instruyes a los niños con ternura, a los
jóvenes con vigor, a los ancianos con calma, como comporta la edad,
no sólo del cuerpo sino del alma. Sometes las esposas a sus maridos,
por una casta y fiel obediencia, no para saciar la pasión, mas para
propagar la especie y constituir la sociedad doméstica. Confieres
autoridad a los maridos sobre las esposas, no para que abusen de
la fragilidad d su sexo, mas para que sigan las leyes de un sincero
amor. Subordinas los hijos a los padres por una tierna autoridad.
Unes no sólo en sociedad, mas una como fraternidad los ciudadanos
a los ciudadanos, las naciones a las naciones, y los hombres entre
sí, por la recordación de sus primeros padres. Enseñas a los reyes
a velar por los pueblos, y prescribes a los pueblos que obedezcan
a los reyes. Enseñas con solicitud a quién se debe la honra, a quién
el afecto, a quién el respeto, a quién el temor, a quién el consuelo,
a quién la advertencia, a quién el ánimo, a quién la corrección,
a quién la reprimenda, a quién el castigo; y haces saber de qué
modo, si ni todas las cosas a todos se deben, a todos se debe caridad
y a ninguno la injusticia" (De Moribus Ecclesiae, Cap. XXX, 63).
• Sería imposible describir mejor el ideal de una sociedad
enteramente cristiana. ¿Podrían en una sociedad el orden, la paz,
la armonía, la perfección, ser llevadas a un límite más alto? Bástenos
una rápida observación para completar el asunto. Si hoy en día todos
los hombres practicasen la ley de Dios, ¿no se resolverían rápidamente
todos los problemas políticos, económicos, sociales, que nos atormentan?
¿Y qué solución se podrá esperar para ellos mientras los hombres
vivieren en la inobservancia habitual de la Ley de Dios?
• ¿La sociedad humana realizó alguna vez este ideal de perfección?
Sin duda. Lo dice el inmortal León XIII: obrada la Redención y fundada
la Iglesia, "como despertando de un antiguo, prolongado y mortal
letargo, el hombre percibió la luz de la verdad, que había buscado
y deseado en vano durante tantos siglos; reconoció sobre todo que
había nacido para bienes mucho más altos y más magníficos que los
bienes frágiles y perecibles que son alcanzados por los sentidos,
y alrededor de los cuales había circunscrito hasta entonces sus
pensamientos y sus preocupaciones. Comprendió que toda la constitución
de la vida humana, la ley suprema, el fin al cual todo hombre se
debe sujetar, es que, venidos de Dios, un día debemos volver a Él.
"De esta fuente, sobre este fundamento, se vio renacer la conciencia
de la dignidad humana; el sentimiento de que la fraternidad social
es necesaria hizo entonces pulsar los corazones; en consecuencia,
los derechos y deberes alcanzaron su perfección, o se fijaron integralmente
y, al mismo tiempo, en diversos puntos, se expandieron virtudes
tales como la filosofía de los antiguos siquiera pudo jamás imaginar.
Por esto, los designios de los hombres, la conducta de la vida,
las costumbres tomaron otro rumbo. Y cuando el conocimiento del
Redentor se esparció hasta lo lejos, cuando Su virtud penetró hasta
las vetas más intimas de la sociedad, disipando las tinieblas y
los vicios de la Antigüedad, entonces se obró aquella transformación
que, en la era de la Civilización Cristiana, cambió enteramente
la faz de la tierra" (León XIII, Encíclica Tametsi futura prospiscientibus,
1-XI-1900).
La Civilización Cristiana - La cultura Cristiana
• Fue esta luminosa realidad, hecha de un orden y de una
perfección antes sobrenatural y celeste que natural y terrestre,
que se llamó la civilización cristiana, producto de la cultura cristiana,
la cual a su vez es hija de la Iglesia Católica.
• Por cultura del espíritu podemos entender el hecho de que
determinada alma no se encuentra abandonada al juego desordenado
y espontáneo de las operaciones de sus potencias -inteligencia,
voluntad, sensibilidad-sino que, al contrario, por un esfuerzo ordenado
y conforme a la recta razón adquirió en estas tres potencias algún
enriquecimiento: así como el campo cultivado no es aquel que hace
fructificar todas las semillas que el viento caóticamente deposita
en él, sino el que, por efecto del trabajo recto del hombre, produce
algo de útil y bueno.
• En este sentido, la cultura católica es el cultivo de la
inteligencia, de la voluntad y de la sensibilidad según las normas
de la moral enseñada por la Iglesia. Ya vimos que ella se identifica
con la propia perfección de alma. Si ella existiera en la generalidad
de los miembros de una sociedad humana (aún cuando en grados y modos
acomodados a la condición social y a la edad de cada cual), ella
será un hecho social y colectivo. Y constituirá un elemento -el
más importante- de la propia perfección social.
• Civilización es el estado de una sociedad que posee una
cultura y que creó, según los principios básicos de esta cultura,
todo un conjunto de costumbres, de leyes, de instituciones, de sistemas
literarios y artísticos propios.
Una civilización será católica, si fuera la resultante de una cultura
católica y si, por ende, el espíritu de la Iglesia fuera el propio
principio normativo y vital de sus costumbres, leyes, instituciones,
y sistemas literarios y artísticos.
• Si Jesucristo es el verdadero ideal de perfección de todos
los hombres, una sociedad que aplique todas Sus leyes tiene que
ser una sociedad perfecta, y la cultura y la civilización nacidas
de la Iglesia de Cristo tienen que ser forzosamente, no sólo la
mejor civilización, sino la única verdadera. Lo dice el Santo Pontífice
Pío X: "No hay verdadera civilización sin civilización moral,
y no hay verdadera civilización moral sino con la Religión verdadera"
(Carta al Episcopado francés del 28-VIII-1910). De donde
se infiere con evidencia cristalina que no hay verdadera civilización,
sino como derivación y fruto de la verdadera Religión.
La Iglesia y la Civilización Cristiana
• Se engaña singularmente quien suponga que la acción de
la Iglesia sobre los hombres es meramente individual, y que ella
forma sólo personas, y no pueblos, ni culturas, ni civilizaciones.
• En efecto, Dios creó los hombres naturalmente sociables,
y quiso que los hombres en sociedad trabajasen unos por la santificación
de los otros. Por eso los creó también influenciables. Tenemos todos,
por la propia presión del instinto de sociabilidad, la tendencia
a comunicar en cierta medida nuestras ideas a los otros y, en cierta
medida, a recibir la influencia de ellos. Esto se puede afirmar
en las relaciones de individuo a individuo, y del individuo con
la sociedad. Los ambientes, las leyes, las instituciones en que
vivimos ejercen efecto sobre nosotros, tienen sobre nosotros una
acción pedagógica.
• Resistir enteramente a este ambiente, cuya acción ideológica
nos penetra hasta por ósmosis y como por la piel, es obra de alta
y ardua virtud. Y por eso los primitivos cristianos no fueron más
admirables enfrentando las fieras del Coliseo que manteniendo íntegro
su espíritu católico, aunque viviesen en el seno de una sociedad
pagana.
Así, la cultura y la civilización son fortísimos medios para actuar
sobre las almas. Actuar para su ruina, cuando la cultura y la civilización
son paganas. Para su edificación y su salvación, cuando son católicas.
¿Cómo, pues, podría la Iglesia desinteresarse de producir una cultura
y una civilización, contentándose con actuar sobre cada alma a título
meramente individual?
• Por lo demás, toda alma sobre la cual la Iglesia actúa,
y que corresponde generosamente a dicha acción, es como un foco
o una simiente de esta civilización, que ella expande activa y enérgicamente
a su alrededor. La virtud transparece y contagia. Contagiando, se
propaga. Actuando y propagándose tiende a transformarse en cultura
y civilización católica.
• Como vemos, lo propio de la Iglesia es producir una cultura
y una civilización cristiana. Y producir todos sus frutos en una
atmósfera social plenamente católica. El católico debe aspirar a
una civilización católica como el hombre encarcelado en un subterráneo
desea el aire libre, y el pájaro aprisionado tiene ansias de recuperar
los espacios infinitos del cielo.
Es ésta nuestra finalidad, nuestro gran ideal. Caminamos
hacia la civilización católica que podrá nacer de los escombros
del mundo de hoy, como de los escombros del mundo romano nació la
civilización medieval. Caminamos hacia la conquista de este ideal,
con el coraje, la perseverancia, la resolución de enfrentar y vencer
todos los obstáculos, con que los Cruzados marcharon hacia Jerusalén.
Porque si nuestros mayores supieron morir para reconquistar el Sepulcro
de Cristo, ¿cómo no querremos nosotros -hijos de la Iglesia como
ellos- luchar y morir para restaurar algo que vale infinitamente
más que el preciosísimo Sepulcro del Salvador, esto es, su reinado
sobre las almas y las sociedades, que Él creó y salvó para que lo
amasen eternamente?
|