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Fidel Castro, tirano y chacal del Caribe

La presencia de Fidel Castro en la Cumbre del Mercosur, realizada en Córdoba en julio pasado, abre un interrogante: ¿por qué las entidades supuestas defensoras de los Derechos Humanos – entre ellas Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, agrupaciones de izquierda, asociaciones culturales, periodistas, analistas– quienes viven condenando la tortura y la represión, recibieron de brazos abiertos y sin prejuicio alguno a uno de los peores torturadores y represores
que todavía gobierna en Occidente?

Sí, al tirano y chacal del Caribe, quien instauró hace casi medio siglo un sistema de brutal represión, responsable de los más atroces crímenes en su propio país y en el extranjero.

La Cumbre del Mercosur celebrada en Córdoba los pasados días 20 y 21 de julio dejó abiertas numerosas dudas e interrogantes. ¿Es realmente el Mercosur un mercado común efectivo?. ¿Tiene algún peso político internacional?. ¿Se lo puede convertir en bloque tardíamente socialista? ¿Saben las poblaciones que lo integran que se le está imprimiendo un superado perfil, vergüenza del siglo XX, en este nuevo milenio?

Pero lo más sorprendente ha sido, sin ninguna duda, la excesiva expectativa y el inusitado despliegue mediático y político que despertó en el país la llegada de Fidel Castro, a quien los medios apodaron “la estrella del Mercosur”.

Más que un decisivo encuentro de presidentes; más que un congreso de líderes regionales, el evento presentó el aspecto de un gran montaje escénico en función del “líder” caribeño, como si de una figura estelar se tratase.

“Castro sigue siendo ´el rey de la fiesta´ y así se demostró anoche en el aeropuerto de Córdoba, donde más de un centenar de periodistas se congregaron a esperar la llegada de los ocho presidentes latinoamericanos que asisten a la cumbre. Algún fotógrafo llegó a decir que si hubiera llegado Fidel Castro primero, nadie se hubiera quedado a cubrir la llegada del resto”1.

Desde la excesiva ansiedad del periodismo, más interesado en corroborar si Castro  realmente llegaba que en cubrir la Cumbre en sí, hasta el nerviosismo y la emoción de los funcionarios de gobierno y las autoridades extranjeras, todo giró desproporcionadamente en torno a la visita del barbado dictador y si éste la confirmaba o no, cosa que aquel concretó a último momento, en un bien montado operativo publicitario.

Absurda fascinación
A nadie pareció interesar demasiado la presencia de los otros mandatarios. Ninguno despertó reacción alguna en los medios de comunicación, salvo tibiamente Tabaré Vázquez y a causa del controvertido asunto de las papeleras. Todo era Castro: que Castro esto y Castro lo otro; que si Castro trae su propia custodia o si lo custodiarían fuerzas argentinas, que si va al museo del Che o no, y la más irrisoria de todas, la angustia del intendente cordobés Juez, a causa de los habanos de Fidel y ¡como hacer para que los fumase en lugares prohibidos!

Un absurdo digno de la más colorida opereta, pero real, bien real, por más duro y trágico que sea.

La presencia de Fidel Castro en nuestro país significó, además, una abierta y clara burla a los argentinos por parte de las entidades supuestas defensoras de los Derechos Humanos – entre ellas Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, agrupaciones de izquierda, asociaciones culturales, periodistas, analistas– quienes viven condenando la tortura y la represión y, sin embargo, con total cinismo recibieron de brazos abiertos a uno de los peores torturadores y represores que todavía gobierna en Occidente.

Cinismo que llegó al punto de hacer olvidar a muchos –que pugnaban por ocupar un sitial privilegiado cerca de su persona– el caso Hilda Molina, la científica prisionera de Fidel Castro y los numerosos crímenes que se vienen cometiendo en la isla desde 1959.

¿Quién es Fidel Castro?
Fidel Castro nació el 13 de agosto de 1926 (según otras versiones en 1927) en el Barrio de Birán, ciudad de Mayarí, provincia de Oriente, en el seno de un hogar acomodado. Su padre, Ángel Castro Argiz, inmigrante español oriundo de Lugo (Galicia), era propietario de vastas extensiones de tierras donde cultivaba caña de azúcar, actividad que lo llevó a amasar una considerable fortuna. Su madre, Lina Ruz González, nacida en Las Catalinas, Pinar del Río, era su cocinera y con ella, sin contraer matrimonio, trajo al mundo a Fidel y a sus hermanos, Ángela, Juana, Emma, Agustina y Raúl. Ángel Castro, uno de los hombres más ricos de Oriente, estaba casado con una maestra rural de 18 años de edad, Lidia Argota Reyes, con la que tuvo tres hijos legítimos, Ramón, Lidia y Pedro Emilio y cuando aquella falleció en 1917, se unió en matrimonio con su concubina el 26 de abril de 1943.

Criado en ese ambiente rural de buena posición, los Castro acudieron primeramente a una escuela rural de Birán y después al prestigioso Colegio Jesuita de Belén, en La Habana (antes lo había hecho en los de Lasalle y Dolores, también de la Compañía de Jesús), donde obtuvo el título de bachiller en Letras en el mes de junio de 1945.

En septiembre del mismo año se inscribió en la carrera de Derecho y Ciencias Sociales (Universidad de La Habana), donde se convirtió en un activo líder estudiantil, integrando varias organizaciones como la Federación Estudiantil Universitaria, el Comité Pro Independencia de Puerto Rico, el Comité 30 de Septiembre, del que fue co-fundador y el Comité Pro Democracia Dominicana, del que llegó a ser presidente, en los que  pergeñó su formación comunista.

Como activista universitario viajó a Venezuela y Panamá, y participó del llamado “bogotazo” que ensangrentó a Colombia a partir del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán,  dirigente liberal y candidato a presidente.
A poco de recibirse, en 1950, fundó el Partido del Pueblo Cubano.

Líder guerrillero
En 1948 Fidel Castro contrajo matrimonio con Mirta Díaz Balart, integrante de la alta burguesía cubana, con la que tuvo a su primer hijo, nacido en La Habana al año siguiente, pero en 1954 se divorció para iniciar una vida desprolija fruto de la cual nacieron ocho vástagos más, uno de ellos su hija Alina Fernández, producto de sus amoríos con Natividad Revuelta, dama de la aristocracia que, estando casada, mantuvo un romance con el dictador antes de que aquel se divorciase.

Pero la vida privada del dirigente no es de nuestro interés. Lo que nos ocupa es el hombre público, cruel y despiadado que martirizó no solo a Cuba sino al continente entero, lanzando sobre las naciones una de las guerras más despiadadas que recuerde la historia humana.

El 10 de marzo de 1952 el coronel Fulgencio Batista se hizo del poder tras un incruento golpe de estado avalado por los Estados unidos, al que la población, prácticamente, ni importancia le dio.

La asonada tomó a Castro por sorpresa y a poco de renunciar a su partido, acusó a Batista de violar la Constitución e instaurar un gobierno dictatorial que no encontró demasiado eco. Y en su impaciencia, organizó un ataque a los cuarteles de la Moncada, en Santiago de Cuba y Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo (provincia de Oriente), el 26 de julio de 1953, ataque que acabó en un verdadero descalabro y que costó la vida a un centenar de personas, muchas de ellas ejecutadas por orden de Batista en días posteriores.

Castro fue encarcelado, enjuiciado y condenado a 15 años de prisión, pero fue amnistiado en 1955, tras lo cual buscó el camino del exilio primero en Estados Unidos y después en México, donde fundó el Movimiento 26 de Julio con la idea de derrocar al gobierno cubano e iniciar una revolución.

La revolución cubana
Al movimiento de Castro se incorporaron numerosos exiliados, entre ellos su hermano Raúl, el carismático Camilo Cienfuegos y el implacable Ernesto Che Guevara. Con ellos embarcó en el Granma, yate de pequeñas dimensiones adquirido a un ciudadano norteamericano y zarpó rumbo a la isla desde el puerto mexicano de Tuxpán, el 25 de noviembre de 1956.

El desembarco en Alegría de Pío, provincia de Oriente, fue un desastre. El ejército había sido alertado y sorprendió a los expedicionarios a poco de echar pie a tierra. Perecieron 82 guerrilleros, logrando escapar unos dieciséis, entre ellos, Cienfuegos, Raúl, el Che y el mismo Fidel.

Reagrupados en otro punto de la espesura, los dirigentes revolucionarios comenzaron a captar combatientes, conformando una reducida fuerza de 800 hombres con la que atacaron el cuartel de La Plata derrotando a su guarnición y haciéndose de armas y municiones.

De ahí en más, se sucedieron por espacio de dos años, numerosos y cruentos combates de los cuales, Pino del Agua, El Jigue, Santo Domingo, El Uvero y Santa Clara fueron los más resonantes y jalonaron la marcha victoriosa de las columnas revolucionarias.

Ante ese cuadro de situación, con su ejército colapsando y desertando masivamente, el 31 de diciembre de 1958 Batista renunció y huyó del país en el mismo momento en que la columna invasora del Che ocupaba Santa Clara, después de obtener el triunfo más importante de la guerra civil. Tres días después, su ejército y el de Camilo Cienfuegos entraban en La Habana para apoderarse de los principales puntos de la ciudad, el primero el Cuartel de La Cabaña y el segundo el importante Campamento Militar de Columbia, ello en medio de esporádicos tiroteos y mucha confusión. Fidel Castro, que había tomado Santiago de Cuba, se encaminó hacia la capital, entrando victorioso el 8 de enero junto a sus principales jefes.

El comunismo se apodera de Cuba
En febrero de 1959 Fidel Castro se autoproclamó Primer Ministro, funciones que desempeñó hastsa1976, cuando se hizo designar presidente del Consejo de Estado. Sus principales lugartenientes pasaron a ocupar los puestos más relevantes del régimen, entre ellos el Che Guevara, designado director del Instituto Nacional de Reforma Agraria y comandante de las milicias populares y después presidente del Banco Nacional, ministro de Industria a cargo de la cartera de Economía y embajador itinerante de la Revolución. Raúl Castro, a su vez pasó a ocupar los más altos cargos dentro de las nuevas Fuerzas Armadas y así otros personajes como Camilo Cienfuegos y Juan Almeida, convertidos en verdaderos jerarcas del régimen.

De ese modo Castro inició su gobierno de casi medio siglo concretando, al mismo tiempo, una marcada aproximación a la Unión Soviética e instaurando uno de los regímenes más sangrientos de América Latina.

Expropiaciones, reforma agraria, adoctrinamiento compulsorio en las escuelas, persecución religiosa, detenciones masivas, persecución, cárcel y torturas se hicieron moneda corriente en la Cuba castrista.

Brutal represión
A poco de instalado en los cuarteles de La Cabaña, el Che Guevara, siempre con la anuencia de Fidel Castro, inició una durísima política de represión que llevó al paredón de fusilamiento a más de 4000 cubanos, muchos de ellos ejecutados por él mismo. "Fusilamientos sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario" afirmó el verdugo representando al gobierno de Cuba el 11 de diciembre de 1964, durante un debate que tuvo lugar en la Asamblea General de Naciones Unidas2. Los primeros cinco meses, cayeron ejecutados en La Habana y Santa Clara 600 prisioneros, previa organización de tribunales populares con el único fin de pronunciar condenas. “Se celebraban simulacros de juicios en un ambiente de fiesta: una muchedumbre de 18.000 personas reunidas en el Palacio de los Deportes ‘juzgó’ apuntando con los pulgares hacia el suelo al comandante (pro-Batista) Jesús Sosa Blanco, acusado de cometer varios asesinatos. El comandante exclamó: ‘¡Esto es digno de la Roma antigua!’. Fue fusilado”3.

Pero la política de ejecuciones no fue exclusiva de la era posterior a la guerra civil. Durante la campaña de Sierra Maestra, el Che había ejecutado a varios de sus cuadros, acusándolos de deserción, debilidad y acción en pro del gobierno de Batista. Y volvería a hacerlo en Bolivia, algunos años después.

El régimen de Castro se dedicó a perseguir implacablemente a la oposición, incluso aquellos que habían sido sus compañeros de armas e ideal fueron encarcelados o ejecutados. El 20 de enero de 1960 Jorge Zayas, director del periódico antibatista, “Avance”, debió exiliarse. En julio del mismo año Miguel Ángel Quevedo, redactor de “Bohemia”, siguió el mismo camino y en el otoño, los castristas cayeron sobre el ex ministro de Agricultura Humbeto Sori Martín y William Morgan, el último de los cuales, compañero de lucha en la sierra, fue fusilado a comienzos de 1961.

El gobierno dictatorial de Fidel abolió los partidos políticos, cerró periódicos,  censuró la prensa y la correspondencia, y, en una primera oleada, 50.000 personas que en su momento habían apoyado a la revolución, debieron huir al exterior4.

  • El cuadro se torna patético cuando abordamos el caso Huber Matos, combatiente de la primera hora, jefe de la segunda columna que marchó sobre Santiago de Cuba, elevado por sus acciones a Comandante de la región de Camagüey. Matos, al ver el giro hacia el comunismo que iba tomando la revolución, efectuó una serie de planteos que, al no prosperar, desembocaron en su renuncia a todos los puestos que ocupaba. Castro ordenó detener a su amigo por Camilo Cienfuegos mientras el Che Guevara exigía casi a los gritos su ejecución.

  • El 11 de diciembre de 1959 Huber Matos fue condenado a 20 años de cárcel por traición y sedición y enviado a la Isla de Pinos a purgar su condena. "La prisión política en una dictadura comunista es una lenta agonía de donde uno emerge vivo sólo por la gracia de Dios. Tuve que pasar por huelgas de hambre, entre otro tipo de protestas. Fue terrible. Pasé un total de 16 años de confinamiento en solitario, se me decía constantemente que no iba a salir vivo, que había sido sentenciado a morir en la cárcel. Fueron muy crueles en todo el sentido de la palabra... fui torturado en varias ocasiones y sujeto a muchos horrores incluyendo la perforación de mis genitales. Durante una de mis huelgas de hambre, uno de los guardias con su bota aplastó completamente mi estómago...”5.

Las cifras se tornan escalofriantes a medida que pasa el tiempo.
Asfixiados por el gobierno comunista, varios miles de campesinos, muy mal armados y adiestrados, pero decididos a sacudir la opresión que padecían, se alzaron contra Castro en 1960 e iniciaron una guerra, en su momento silenciada por el oficialismo, que se extendió hasta 1966. El castigo que se les infligió fue brutal, más de 1000 ejecutados y muchísimos más condenados a lóbregas e insalubres prisiones y a trabajos forzados. Se calcula que el número de fusilamientos en la década del sesenta asciende a 10.000 y 30.000 el número de presos políticos, sin contar torturas e intimidaciones de todo tipo.

Guerra de agresión a escala mundial
En 1962, asesores y personal militar soviéticos desembarcaron en la Isla para instalar misiles con cabezas nucleares apuntando hacia los Estados Unidos. El descubrimiento de esos proyectiles hizo estremecer al mundo. Se trataba de un plan siniestro pergeñado por Castro y el Che con la idea de obtener equilibrio militar en la región. Cuando en el mes de octubre la situación llegó a su punto más álgido, los rusos optaron por retirarse, llevándose sus armas nucleares.
Tanto Castro como Guevara reaccionaron con ira, proponiendo el segundo apoderarse de los misiles para amenazar a los Estados Unidos, incluso con posibles lanzamientos sobre objetivos puntuales.
A partir de ese momento, la Cuba castrista, ante esa suerte de “traición” por parte de su principal aliado, se convirtió en una nación agresora, que comenzó a adiestrar efectivos guerrilleros para lanzarlos sobre Latinoamérica y África con el objeto de desencadenar la guerra de guerrillas a escala internacional, según lo reconoció el mismo Castro en la Cumbre Iberoamericana de Panamá del año 2000, sentenciando su afirmación con un lapidario “¡Y no nos arrepentimos!” 6

Entrenamiento de cuadros propios y extranjeros para ser lanzados sobre naciones hermanas, adoctrinamiento ideológico y militar, apoyo financiero y provisión de armamentos, todo partió desde Cuba para crear, como sostenía con vehemencia el Che Guevara: “...dos, tres, varios Vietnams” y “...llevar la guerra a donde el enemigo la lleve, a sus casas, a sus lugares de diversión, hacerla total... impidiéndole que tenga un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego...atacarlo donde quiera que se encuentre; hacerle sentir una fiera acosada por cada lugar que transite”. Esta brutal filosofía fue puesta en práctica sin ningún tipo de miramientos y quedó claramente evidenciada en 1963 cuando nuevamente el Che, con total apoyo de Castro, lanzó una invasión sobre territorio argentino con fines de desestabilizarlo política y económicamente y someterlo a la influencia de La Habana.

Un escuadrón guerrillero proveniente de Bolivia al mando del periodista argentino Jorge Masetti, secundado por el cubano Hermes Peña, penetró en territorio salteño e inició acciones contra el gobierno democrático de turno.

En 1965 el mismo Guevara encabezó una expedición guerrillera en el Congo que duró nueve meses y terminó en fracaso. Dos años después, quien compartiera el máximo liderazgo de la Revolución cubana invadió Bolivia, pereciendo ejecutado en una escuelita de la localidad de La Higuera, después de siete meses de combates y de llevar al descalabro la alocada expedición.

Pero la muerte del Che no detuvo las campañas de agresión. Cuba envió tropas para combatir en Angola, Mozambique y Namibia, apoyó las guerrillas salvadoreñas y sandinistas que asesinaron a decenas de miles de personas en ambos países, apoyó a las FARC en Colombia, a los Tupamaros en Uruguay y al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y Montoneros en la Argentina, junto a otros grupos sediciosos como FAR, FAL y FAP. En los ochenta estuvo detrás de los grupos terroristas que actuaron en Perú y en cuanto movimiento subversivo afloró en el continente.

Con respecto al estrecho vínculo entre Cuba y la guerrilla terrorista argentina, solo hemos de mencionar el viaje de Mario Santucho a La Habana, especialmente invitado por el gobierno de ese país para asistir a los festejos del nuevo aniversario de la Revolución, el 26 de julio de 1971. “Ya en la isla, el jefe del ERP se reunió con los chilenos del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que integraban el gobierno de su país, con los Tupamaros uruguayos y con los bolivianos del Ejército de Liberación Nacional (ELN), que habían sobrevivido a los desastres que terminaron con Guevara y con los hermanos Peredo. Las conversaciones se extendieron  hacia los dirigentes de grupos subversivos operantes en otros países del continente y abarcaron la posibilidad de crear un organismo supranacional que facilitara y coordinara las acciones revolucionarias” 7.

Con respecto a África: “Entre 1975 y 1989, Cuba sostuvo el régimen marxista-leninista del Movimiento popular de Liberación de Angola, MPLA,  al que se oponía la UNITA de Jonas Savimbi. A los innumerables ‘cooperantes’ y a las decenas de ‘consejeros técnicos’, La Habana sumó un cuerpo expedicionario de 50.000 hombres. El ejército cubano actuó en África como sobre terreno conquistado. Se traficó con toda suerte de riquezas (plata, marfil, diamantes) y la corrupción era endémica. Cuando en 1989 los acuerdos de Nueva York sancionaron el final del conflicto, las tropas cubanas, formadas en su mayoría por hombres de raza negra, fueron repatriadas. Se ha estimado el número de bajas entre los 7000 y 11.000 muertos.

“Esta experiencia alteró las convicciones de muchos oficiales. El general Arnaldo Ochoa, jefe del cuerpo expedicionario en Angola además de miembro del Comité central del Partido Comunista, empezó a organizar un complot para derribar a Castro. Fue detenido y luego juzgado por un tribunal militar en compañía de varios altos responsables de las fuerzas armadas y los servicios de seguridad...Castro aprovechó la ocasión para desembarazarse de un potencial rival que, dado el prestigio y su alto rango político, era susceptible de canalizar el descontento. Tras la condena y ejecución de Ochoa, el ejército sufrió una depuración que no logró sino traumatizarlo más”8.

Ríos de sangre y miles de muertos fueron el saldo de tan feroz arremetida, sin contar sus terribles secuelas de heridos, mutilados, huérfanos y desaparecidos.

El orbe internacional debió hacer propias las palabras del entonces presidente de El Salvador, Lic. Francisco Flores, al condenar enérgicamente el reconocimiento público que el  dictador caribeño hizo en aquella Cumbre de Panamá de haber “...tenido una participación cruel, sangrienta e irresponsable” tanto en la guerra civil que promovieron las guerrillas ultraizquierdistas en El Salvador como en todos los conflictos que estallaron en diferentes puntos a nivel continental9.

Contradictoria bienvenida
En Cuba hay un solo partido político: el de Fidel Castro; nunca se llama a elecciones populares, la prensa gráfica está representada solo por órganos oficialistas (“Granma” y “Verde olivo”), lo mismo radios y canales de televisión; se fusila a los opositores, se los encarcela y se los somete a tales presiones que se los fuerza a lanzarse en frágiles embarcaciones al mar en busca de salvación (balseros) o se los secuestra, tal el caso de la médica y científica Hilda Molina a quien se le prohíbe abandonar la isla para visitar a su hijo y conocer a sus nietos argentinos.

“¡¿Cómo es posible que un país democrático reciba a un dictador?!”10 preguntó con genuina indignación la neurocirujana cubana al enterarse que la Cumbre del Mercosur – en la que nada tenía que hacer Castro dado que su país ni integra ni integrará el organismo– se aprestaba a recibir con entusiasmo a quien cercena las libertades y suprime a quien piensa diferente.

Resulta inadmisible, entonces, que mandatarios de países que padecieron en carne propia la guerrilla y el terrorismo marxista, incentivados por Cuba, y que se jactan de defender a ultranza las democracias y los derechos humanos, compartan cumbres, reuniones de trabajo, encuentros, conferencias, cenas y almuerzos con un tirano, cuya permanencia en el poder intentar favorecer de todos los modos posibles.

Y resulta mucho más incomprensible la tibia reacción del presidente argentino Néstor Kirchner, quien se limitó a  entregar, casi inadvertidamente, un simple y timorato petitorio solicitando en el que solicita a Castro se permita a la científica en cuestión visitar a sus nietos en Buenos Aires. Eso sí, cuando la reciente intervención quirúrgica de Castro, se apresuró a mandar sus respetos y deseos de pronta mejoría, movilizando a funcionarios de Cancillería y la embajada en aquel país11, esmero que también mostró cuando trabajó para destrabar las importaciones de Cuba, de acuerdo al tratado firmado el 21 de julio del corriente, durante el encuentro de líderes del Mercosur.12

Esa necesidad cubana de importar productos de países latinoamericanos como Brasil. Venezuela, Argentina, Paraguay y Uruguay corrobora la desesperante situación de ruina y miseria económica, moral y social que se vive en el país caribeño desde la implantación del socialismo marxista en la década del 60.

Esa miseria no deriva del bloqueo de Washington como pretende el régimen cubano para esconder el fracaso del régimen igualitario y miserabilista, propio del socialismo marxista. Por lo demás, desde hace años entran y salen de la Isla empresas (Hoteles Meliá, por ejemplo), turistas, inversores y productos de diversos orígenes. 13
Cuando Fidel Castro y su marioneta Hugo Chávez llegaron a Alta Gracia a visitar el insulso museo del Che, 1500 personas aguardaban para vitorear al dictador. Sin embargo, en medio de esa multitud, un solo cartel relucía firmemente sostenido por manos valerosas. El mismo decía, como si de la voz de la conciencia se tratara: “No seamos farsantes. Defendemos la democracia y damos la bienvenida a un dictador”14.

Notas

1 http://www.univision.com/content/content.jhtml?cid=918715. Consulta efectuada el 27/07/2006.

2 http://www.cubademocraciayvida.org/web/article.asp?artID=1475. Consulta efectuada el 28/07/2006.

3 Stéphane Courtois y otros. El libro negro del comunismo. Crímenes, terror y represión, Editorial Planeta – Espasa, Madrid-Barcelona 1997/1998, p. 727.

4 Ídem, p. 728.

5 Huber Matos. Como llegó la noche. Revolución y condena de un idealista cubano, Editorial Tusquest, Barcelona, 2002.

6 “Granma”, La Habana, 20 de noviembre de 2000).
7Carlos Manuel Acuña. Por amor al odio. La tragedia de la subversión en la Argentina, Ediciones del Pórtico, Buenos Aires, 2000, p. 439.

8 Stéphane Courtois y otros, op. cit. Pp. 742-743.

9 http://www.cubdest.org/0012/csalvad.html.

10 “La Nación”, Buenos Aires, viernes 21 de julio de 2006, Año 137, Nº 48.419, p. 8.

11 Ídem, miércoles 2 de agosto de 2006, Año 137, Nº 48.431, p. 5.

12 “La Nación”, 19 de julio de 2006.

13 El intelectual cubano Juan Valdez, ex-jefe del departamento de América Latina del Centro de Estudios de América (CEA), en una visita al Brasil, en un discurso pronunciado en el Instituto Cajamar, vinculado al Partido de los Trabajadores (PT) al que pertenece el presidente Luis Inacio da Silva (Lula), explicó de la siguiente manera la filosofía miserabilista que inspira el régimen de La Habana: “Existe un criterio fundamental del comunismo cubano, por el cual éste no tiene como objetivo dar lo mismo que el capitalismo –más casas, más automóviles, más ropas, mas videocassetes– sino colocar a la población en una misma base igualitaria”. En ese sentido, según Valdez, la famosa “libreta de racionamiento” no debería ser vista como una “deficiencia del sistema económico” de la Isla, sino más bien como un “éxito político” y de “justicia social...”. Cfr. Cubanos Desterrados, “¿Hasta cuándo las América tolerarán al dictador Castro?”, Parte III, cap. 8, Miami-Nueva York, Julio 1990, pág. 151, in “Catolicismo”, Nº 644, Año XLIV, Agosto de 2004, pp. 29 y 35.

14 Como acertadamente planteó Joaquín Morales Solá: “Castro tiene otros problemas con los derechos humanos. Ha fusilado a disidentes hasta hace poco tiempo y las cárceles están siempre abiertas para ellos, sobre todo si son periodistas o intelectuales. Hay una obsesión en Castro para preservar su presencia casi mítica en la opinión pública mundial y cierto liderazgo en los círculos intelectuales progresistas de América Latina”. “La Nación”, Buenos Aires, viernes 21 de julio de 2006, Año 137, Nº 48.418, pp. 1 y 8.

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