VII. CONCLUSIÓN
46. Los pueblos y los individuos aspiran a su liberación:
la búsqueda del pleno desarrollo es el signo de su deseo
de superar los múltiples obstáculos que les impiden
gozar de una « vida más humana ».
Recientemente, en el período siguiente a la publicación
de la Encíclica Populorum Progressio, en algunas áreas
de la Iglesia católica, particularmente en América
Latina, se ha difundido un nuevo modo de afrontar los problemas
de la miseria y del subdesarrollo, que hace de la liberación
su categoría fundamental y su primer principio de acción.
Los valores positivos, pero también las desviaciones y
los peligros de desviación, unidos a esta forma de reflexión
y de elaboración teológica, han sido convenientemente
señalados por el Magisterio de la Iglesia.(83)
Conviene añadir que la aspiración a la liberación
de toda forma de esclavitud, relativa al hombre y a la sociedad,
es algo noble y válido. A esto mira propiamente el desarrollo
y la liberación, dada la íntima conexión
existente entre estas dos realidades.
Un desarrollo solamente económico no
es capaz de liberar al hombre, al contrario, lo esclaviza todavía
más. Un desarrollo que no abarque la dimensión cultural,
trascendente y religiosa del hombre y de la sociedad, en la medida
en que no reconoce la existencia de tales dimensiones, no orienta
en función de las mismas sus objetivos y prioridades, contribuiría
aún menos a la verdadera liberación. El ser humano
es totalmente libre sólo cuando es él mismo, en
la plenitud de sus derechos y deberes; y lo mismo cabe decir de
toda la sociedad.
El principal obstáculo que la verdadera liberación
debe vencer es el pecado y las estructuras que llevan al mismo,
a medida que se multiplican y se extienden.(84)
La libertad con la cual Cristo nos ha liberado (cf. Gál
5, 1) nos mueve a convertirnos en siervos de todos. De esta
manera el proceso del desarrollo y de la liberación se
concreta en el ejercicio de la solidaridad, es decir, del amor
y servicio al prójimo, particularmente a los más
pobres. « Porque donde faltan la verdad y el amor, el
proceso de liberación lleva a la muerte de una libertad
que habría perdido todo apoyo ».(85)
47. En el marco de las tristes experiencias de estos últimos
años y del panorama prevalentemente negativo del momento
presente, la Iglesia debe afirmar con fuerza la posibilidad
de la superación de las trabas que por exceso o por defecto,
se interponen al desarrollo, y la confianza en una verdadera
liberación. Confianza y posibilidad fundadas, en última
instancia, en la conciencia que la Iglesia tiene de la promesa
divina, en virtud de la cual la historia presente no está
cerrada en sí misma sino abierta al Reino de Dios.
La Iglesia tiene también confianza en el hombre, aun
conociendo la maldad de que es capaz, porque sabe bien —no
obstante el pecado heredado y el que cada uno puede cometer—
que hay en la persona humana suficientes cualidades y energías,
y hay una « bondad » fundamental (cf. Gén
1, 31), porque es imagen de su Creador, puesta bajo el influjo
redentor de Cristo, « cercano a todo hombre »,(86)
y porque la acción eficaz del Espíritu Santo «
llena la tierra » (Sab 1, 7).
Por tanto, no se justifican ni la desesperación, ni
el pesimismo, ni la pasividad. Aunque con tristeza, conviene
decir que, así como se puede pecar por egoísmo,
por afán de ganancia exagerada y de poder, se puede faltar
también —ante las urgentes necesidades de unas
muchedumbres hundidas en el subdesarrollo— por temor,
indecisión y, en el fondo, por cobardía. Todos
estamos llamados, más aún obligados, a afrontar
este tremendo desafío de la última década
del segundo milenio. Y ello, porque unos peligros ineludibles
nos amenazan a todos: una crisis económica mundial, una
guerra sin fronteras, sin vencedores ni vencidos. Ante semejante
amenaza, la distinción entre personas y Países
ricos, entre personas y Países pobres, contará
poco, salvo por la mayor responsabilidad de los que tienen más
y pueden más.
Pero éste no es el único ni el principal motivo.
Lo que está en juego es la dignidad de la persona humana,
cuya defensa y promoción nos han sido confiadas por el
Creador, y de las que son rigurosa y responsablemente deudores
los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia. El panorama
actual —como muchos ya perciben más o menos claramente—,
no parece responder a esta dignidad. Cada uno está llamado
a ocupar su propio lugar en esta campaña pacífica
que hay que realizar con medios pacíficos para conseguir
el desarrollo en la paz, para salvaguardar la misma naturaleza
y el mundo que nos circunda. También la Iglesia se siente
profundamente implicada en este camino, en cuyo éxito
final espera.
Por eso, siguiendo la Encíclica Populorum progressio
del Papa Pablo VI,(87)
con sencillez y humildad quiero dirigirme a todos, hombres y
mujeres sin excepción, para que, convencidos de la gravedad
del momento presente y de la respectiva responsabilidad individual,
pongamos por obra, —con el estilo personal y familiar
de vida, con el uso de los bienes, con la participación
como ciudadanos, con la colaboración en las decisiones
económicas y políticas y con la propia actuación
a nivel nacional e internacional— las medidas inspiradas
en la solidaridad y en el amor preferencial por los pobres.
Así lo requiere el momento, así lo exige sobre
todo la dignidad de la persona humana, imagen indestructible
de Dios Creador, idéntica en cada uno de nosotros.
En este empeño deben ser ejemplo y guía los
hijos de la Iglesia, llamados, según el programa enunciado
por el mismo Jesús en la sinagoga de Nazaret, a «
anunciar a los pobres la Buena Nueva ... a proclamar la liberación
de los cautivos, la vista a los ciegos, para dar la libertad
a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor
» (Lc 4, 18-19). Y en esto conviene subrayar el papel
preponderante que cabe a los laicos, hombres y mujeres, como
se ha dicho varias veces durante la reciente Asamblea sinodal.
A ellos compete animar, con su compromiso cristiano, las realidades
y, en ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de
justicia
Quiero dirigirme especialmente a quienes por el sacramento
del Bautismo y la profesión de un mismo Credo, comparten
con nosotros una verdadera comunión, aunque imperfecta.
Estoy seguro de que tanto la preocupación que esta Encíclica
transmite, como las motivaciones que la animan, les serán
familiares, porque están inspiradas en el Evangelio de
Jesucristo. Podemos encontrar aquí una nueva invitación
a dar un testimonio unánime de nuestras comunes convicciones
sobre la dignidad del hombre, creado por Dios, redimido por
Cristo, santificado por el Espíritu, y llamado en este
mundo a vivir una vida conforme a esta dignidad.
A quienes comparten con nosotros la herencia de Abrahán,
« nuestro padre en la fe » (cf. Rom 4, 11 s.),(88)
y la tradición del Antiguo Testamento, es decir, los
Judíos; y a quienes, como nosotros, creen en Dios justo
y misericordioso, es decir, los Musulmanes, dirijo igualmente
este llamado, que hago extensivo, también, a todos los
seguidores de las grandes religiones del mundo.
El encuentro del 27 de septiembre del año pasado en
Asís, ciudad de San Francisco, para orar y comprometernos
por la paz —cada uno en fidelidad a la propia profesión
religiosa— nos ha revelado a todos hasta qué punto
la paz y, su necesaria condición, el desarrollo de «
todo el hombre y de todos los hombres », son una cuestión
también religiosa, y cómo la plena realización
de ambos depende de la fidelidad a nuestra vocación de
hombres y mujeres creyentes. Porque depende ante todo de Dios.
48. La Iglesia sabe bien que ninguna realización temporal
se identifica con el Reino de Dios, pero que todas ellas no
hacen más que reflejar y en cierto modo anticipar la
gloria de ese Reino, que esperamos al final de la historia,
cuando el Señor vuelva. Pero la espera no podrá
ser nunca una excusa para desentenderse de los hombres en su
situación personal concreta y en su vida social, nacional
e internacional, en la medida en que ésta —sobre
todo ahora— condiciona a aquélla. Aunque imperfecto
y provisional, nada de lo que se puede y debe realizar mediante
el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina en un momento
dado de la historia, para hacer « más humana »
la vida de los hombres, se habrá perdido ni habrá
sido vano. Esto enseña el Concilio Vaticano II en un
texto luminoso de la Constitución pastoral Gaudium et
spes: « Pues los bienes de la dignidad humana, la unión
fraterna y la libertad, en una palabra, todos los frutos excelentes
de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos
propagado por la tierra en el Espíritu del Señor
y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos, limpios
de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue
al Padre el reino eterno y universal ...; reino que está
ya misteriosamente presente en nuestra tierra ».(89)
El Reino de Dios se hace, pues, presente ahora, sobre todo
en la celebración del Sacramento de la Eucaristía,
que es el Sacrificio del Señor. En esta celebración
los frutos de la tierra y del trabajo humano —el pan y
el vino— son transformados misteriosa, aunque real y substancialmente,
por obra del Espíritu Santo y de las palabras del ministro,
en el Cuerpo y Sangre del Señor Jesucristo, Hijo de Dios
e Hijo de María, por el cual el Reino del Padre se ha
hecho presente en medio de nosotros.
Los bienes de este mundo y la obra de nuestras manos —el
pan y el vino— sirven para la venida del Reino definitivo,
ya que el Señor, mediante su Espíritu, los asume
en sí mismo para ofrecerse al Padre y ofrecernos a nosotros
con él en la renovación de su único sacrificio,
que anticipa el Reino de Dios y anuncia su venida final.
Así el Señor, mediante la Eucaristía,
sacramento y sacrificio, nos une consigo y nos une entre nosotros
con un vínculo más perfecto que toda unión
natural; y unidos nos envía al mundo entero para dar
testimonio, con la fe y con las obras, del amor de Dios, preparando
la venida de su Reino y anticipándolo en las sombras
del tiempo presente.
Quienes participamos de la Eucaristía estamos llamados
a descubrir, mediante este Sacramento, el sentido profundo de
nuestra acción en el mundo en favor del desarrollo y
de la paz; y a recibir de él las energías para
empeñarnos en ello cada vez más generosamente,
a ejemplo de Cristo que en este Sacramento da la vida por sus
amigos (cf. Jn 15, 13). Como la de Cristo y en cuanto unida
a ella, nuestra entrega personal no será inútil
sino ciertamente fecunda.
49. En este Año Mariano, que he proclamado para que
los fieles católicos miren cada vez más a María,
que nos precede en la peregrinación de la fe,(90)
y con maternal solicitud intercede por nosotros ante su Hijo,
nuestro Redentor, deseo confiar a ella y a su intercesión
la difícil coyuntura del mundo actual, los esfuerzos
que se hacen y se harán, a menudo con considerables sufrimientos,
para contribuir al verdadero desarrollo de los pueblos, propuesto
y anunciado por mi predecesor Pablo VI.
Como siempre ha hecho la piedad cristiana, presentamos a la
Santísima Virgen las difíciles situaciones individuales,
a fin de que, exponiéndolas su Hijo, obtenga de él
que las alivie y transforme. Pero le presentamos también
las situaciones sociales y la misma crisis internacional, en
sus aspectos preocupantes de miseria, desempleo, carencia de
alimentos, carrera armamentista, desprecio de los derechos humanos,
situaciones o peligros de conflicto parcial o total. Todo esto
lo queremos poner filialmente ante sus « ojos misericordiosos
», repitiendo una vez más con fe y esperanza la
antigua antífona mariana: « Bajo tu protección
nos acogemos, Santa Madre de Dios. No deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien líbranos
siempre de peligro, oh Virgen gloriosa y bendita ».
María Santísima, nuestra Madre y Reina, es la
que, dirigiéndose a su Hijo, dice: « No tienen
vino » (Jn 2, 3) y es también la que alaba a Dios
Padre, porque « derribó a los potentados de sus
tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó
de bienes y despidió a los ricos sin nada » (Lc
1, 52 s.). Su solicitud maternal se interesa por los aspectos
personales y sociales de la vida de los hombres en la tierra.(91)
Ante la Trinidad Santísima, confío a María
todo lo que he expuesto en esta Carta, invitando a todos a reflexionar
y a comprometerse activamente en promover el verdadero desarrollo
de los pueblos, como adecuadamente expresa la oración
de la Misa por esta intención: « Oh Dios, que diste
un origen a todos los pueblos y quisiste formar con ellos una
sola familia en tu amor, llena los corazones del fuego de tu
caridad y suscita en todos los hombres el deseo de un progreso
justo y fraternal, para que se realice cada uno como persona
humana y reinen en el mundo la igualdad y la paz ».(92)
Al concluir, pido esto en nombre de todos los hermanos y hermanas,
a quienes, en señal de benevolencia, envío mi
especial Bendición.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30 de diciembre
del año 1987, décimo de mi Pontificado.

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