Conclusión
Tarea de cada fiel y de las Iglesias particulares
91. Todo lo que, extraído del tesoro doctrinal de la
Iglesia, ha propuesto el Concilio, pretende ayudar a todos los
hombres de nuestros días, a los que creen en Dios y a los
que no creen en El de forma explícita, a fin de que, con
la más clara percepción de su entera vocación,
ajusten mejor el mundo a la superior dignidad del hombre, tiendan
a una fraternidad universal más profundamente arraigada
y, bajo el impulso del amor, con esfuerzo generoso y unido, respondan
a las urgentes exigencias de nuestra edad.
Ante la inmensa diversidad de situaciones y de formas culturales
que existen hoy en el mundo, esta exposición, en la mayoría
de sus partes, presenta deliberadamente una forma genérica;
más aún, aunque reitera la doctrina recibida en
la Iglesia, como más de una vez trata de materias sometidas
a incesante evolución, deberá ser continuada y aplicada
en el futuro. Confiamos, sin embargo, que muchas de las cosas
que hemos dicho, apoyados en la palabra de Dios y en el espíritu
del Evangelio, podrán prestar a todos valiosa ayuda, sobre
todo una vez que la adaptación a cada pueblo y a cada mentalidad
haya sido llevada a cabo por los cristianos bajo la dirección
de los pastores.
El diálogo entre todos los hombres
92. La Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar
a todo el orbe con el mensaje evangélico y de reunir en
un solo Espíritu a todos los hombres de cualquier nación,
raza o cultura, se convierte en señal de la fraternidad
que permite y consolida el diálogo sincero.
Lo cual requiere, en primer lugar, que se promueva en el seno
de la Iglesia la mutua estima, respeto y concordia, reconociendo
todas las legítimas diversidades, para abrir, con fecundidad
siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran
el único Pueblo de Dios, tanto los pastores como los demás
fieles. Los lazos de unión de los fieles son mucho más
fuertes que los motivos de división entre ellos. Haya unidad
en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo.
Nuestro espíritu abraza al mismo tiempo a los hermanos
que todavía no viven unidos a nosotros en la plenitud de
comunión y abraza también a sus comunidades. Con
todos ellos nos sentimos unidos por la confesión del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo y por el vínculo
de la caridad, conscientes de que la unidad de los cristianos
es objeto de esperanzas y de deseos hoy incluso por muchos que
no creen en Cristo. Los avances que esta unidad realice en la
verdad y en la caridad bajo la poderosa virtud y la paz para el
universomundo. Por ello, con unión de energías y
en formas cada vez más adecuadas para lograr hoy con eficacia
este importante propósito, procuremos que, ajustándonos
cada vez más al Evangelio, cooperemos fraternalmente para
servir a la familia humana, que está llamada en Cristo
Jesús a ser la familia de los hijos de Dios.
Nos dirigimos también por la misma razón a todos
los que creen en Dios y conservan en el legado de sus tradiciones
preciados elementos religiosos y humanos, deseando que el coloquio
abierto nos mueva a todos a recibir fielmente los impulsos del
Espíritu y a ejecutarlos con ánimo álacre.
El deseo de este coloquio, que se siente movido hacia la verdad
por impulso exclusivo de la caridad, salvando siempre la necesaria
prudencia, no excluye a nadie por parte nuestra, ni siquiera a
los que cultivan los bienes esclarecidos del espíritu humano,
pero no reconocen todavía al Autor de todos ellos. Ni tampoco
excluye a aquellos que se oponen a la Iglesia y la persiguen de
varias maneras. Dios Padre es el principio y el fin de todos.
Por ello, todos estamos llamados a ser hermanos. En consecuencia,
con esta común vocación humana y divina, podemos
y debemos cooperar, sin violencias, sin engaños, en verdadera
paz, a la edificación del mundo.
Edificación del mundo y orientación de
éste a Dios
93. Los cristianos recordando la palabra del Señor: En
esto conocerán todos que sois mis discípulos, en
el amor mutuo que os tengáis (Io 13,35), no pueden tener
otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y
con suma eficacia a los hombres de hoy. Por consiguiente, con
la fiel adhesión al Evangelio y con el uso de las energías
propias de éste, unidos a todos los que aman y practican
la justicia, han tomado sobre sí una tarea ingente que
han de cumplir en la tierra, y de la cual deberán responder
ante Aquel que juzgará a todos en el último día.
No todos los que dicen: "¡Señor, Señor!",
entrarán en el reino de los cielos, sino aquellos que hacen
la voluntad del Padre y ponen manos a la obra. Quiere el Padre
que reconozcamos y amemos efectivamente a Cristo, nuestro hermano,
en todos los hombres, con la palabra y con las obras, dando así
testimonio de la Verdad, y que comuniquemos con los demás
el misterio del amor del Padre celestial. Por esta vía,
en todo el mundo los hombres se sentirán despertados a
una viva esperanza, que es don del Espíritu Santo, para
que, por fin, llegada la hora, sean recibidos en la paz y en la
suma bienaventuranza en la patria que brillarácon la gloria
del Señor.
"Al que es poderoso para hacer que copiosamente abundemos
más de lo que pedimos o pensamos, en virtud del poder que
actúa en nosotros, a El sea la gloria en la Iglesia y en
Cristo Jesús, en todas las generaciones, por los siglos
de los siglos. Amén." (Eph 3,20-21).
Todas y cada una de las cosas que en esta Constitución
pastoral se incluyen han obtenido el beneplácito de los
Padres del sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la autoridad
apostólica a Nos confiada por Cristo, todo ello, juntamente
con los venerables Padres, lo aprobamos en el Espíritu
Santo, decretamos y establecemos, y ordenamos que se promulgue,
para gloria de Dios, todo los aprobado conciliarmente.
Roma, en San Pedro, 7 de diciembre de 1965.
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