Exposición Preliminar
Situación del hombre en el mundo de hoy
Esperanzas y temores
4. Para cumplir esta misión es deber permanente de la
Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos
a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada
generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes
de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida
futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario
por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas,
sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia
le caracteriza. He aquí algunos rasgos fundamentales del
mundo moderno.
El género humano se halla en un período nuevo
de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados,
que progresivamente se extienden al universo entero. Los provoca
el hombre con su inteligencia y su dinamismo creador; pero recaen
luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos individuales
y colectivos, sobre sus modos de pensar y sobre su comportamiento
para con las realidades y los hombres con quienes convive. Tan
es así esto, que se puede ya hablar de una verdadera metamorfosis
social y cultural, que redunda también en la vida religiosa.
Como ocurre en toda crisis de crecimiento, esta transformación
trae consigo no leves dificultades. Así mientras el hombre
amplía extraordinariamente su poder, no siempre consigue
someterlo a su servicio. Quiere conocer con profundidad creciente
su intimidad espiritual, y con frecuencia se siente más
incierto que nunca de sí mismo. Descubre paulatinamente
las leyes de la vida social, y duda sobre la orientación
que a ésta se debe dar.
Jamás el género humano tuvo a su disposición
tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico.
Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y
miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca
ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto
surgen nuevas formas de esclavitud social y psicológica.
Mientras el mundo siente con tanta viveza su propia unidad y la
mutua interdependencia en ineludible solidaridad, se ve, sin embargo,
gravísimamente dividido por la presencia de fuerzas contrapuestas.
Persisten, en efecto, todavía agudas tensiones políticas,
sociales, económicas, raciales e ideológicas, y
ni siquiera falta el peligro de una guerra que amenaza con destruirlo
todo. Se aumenta la comunicación de las ideas; sin embargo,
aun las palabras definidoras de los conceptos más fundamentales
revisten sentidos harto diversos en las distintas ideologías.
Por último, se busca con insistencia un orden temporal
más perfecto, sin que avance paralelamente el mejoramiento
de los espíritus.
Afectados por tan compleja situación, muchos de nuestros
contemporáneos difícilmente llegan a conocer los
valores permanentes y a compaginarlos con exactitud al mismo tiempo
con los nuevos descubrimientos. La inquietud los atormenta, y
se preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual evolución
del mundo. El curso de la historia presente en un desafío
al hombre que le obliga a responder.
Cambios profundos
5. La turbación actual de los espíritus y la transformación
de las condiciones de vida están vinculadas a una revolución
global más amplia, que da creciente importancia, en la
formación del pensamiento, a las ciencias matemáticas
y naturales y a las que tratan del propio hombre; y, en el orden
práctico, a la técnica y a las ciencias de ella
derivadas. El espíritu científico modifica profundamente
el ambiente cultural y las maneras de pensar. La técnica
con sus avances está transformando la faz de la tierra
e intenta ya la conquista de los espacios interplanetarios.
También sobre el tiempo aumenta su imperio la inteligencia
humana, ya en cuanto al pasado, por el conocimiento de la historia;
ya en cuanto al futuro, por la técnica prospectiva y la
planificación. Los progresos de las ciencias biológicas,
psicológicas y sociales permiten al hombre no sólo
conocerse mejor, sino aun influir directamente sobre la vida de
las sociedades por medio de métodos técnicos. Al
mismo tiempo, la humanidad presta cada vez mayor atención
a la previsión y ordenación de la expansión
demográfica.
La propia historia está sometida a un proceso tal de
aceleración, que apenas es posible al hombre seguirla.
El género humano corre una misma suerte y no se diversifica
ya en varias historias dispersas. La humanidad pasa así
de una concepción más bien estática de la
realidad a otra más dinámica y evolutiva, de donde
surge un nuevo conjunto de problemas que exige nuevos análisis
y nuevas síntesis.
Cambios en el orden social
6. Por todo ello, son cada día más profundos los
cambios que experimentan las comunidades localestradicionales,
como la familia patriarcal, el clan, la tribu, la aldea, otros
diferentes grupos, y las mismas relaciones de la convivencia social.
El tipo de sociedad industrial se extiende paulatinamente, llevando
a algunos paises a una economía de opulencia y transformando
profundamente concepciones y condiciones milenarias de la vida
social. La civilización urbana tiende a un predominio análogo
por el aumento de las ciudades y de su población y por
la tendencia a la urbanización, que se extiende a las zonas
rurales.
Nuevos y mejores medios de comunicación social contribuyen
al conocimiento de los hechos y a difundir con rapidez y expansión
máximas los modos de pensar y de sentir, provocando con
ello muchas repercusiones simultáneas.
Y no debe subestimarse el que tantos hombres, obligados a emigrar
por varios motivos, cambien su manera de vida.
De esta manera, las relaciones humanas se multiplican sin cesar
y el mismo tiempo la propia socialización crea nuevas relaciones,
sin que ello promueva siempre, sin embargo, el adecuado proceso
de maduración de la persona y las relaciones auténticamente
personales (personalización).
Esta evolución se manifiesta sobre todo en las naciones
que se benefician ya de los progresos económicos y técnicos;
pero también actúa en los pueblos en vías
de desarrollo, que aspiran a obtener para sí las ventajas
de la industrialización y de la urbanización. Estos
últimos, sobre todo los que poseen tradiciones más
antiguas, sienten también la tendencia a un ejercicio más
perfecto y personal de la libertad.
Cambios psicológicos, morales y religiosos
7. El cambio de mentalidad y de estructuras somete con frecuencia
a discusión las ideas recibidas. Esto se nota particularmente
entre jóvenes, cuya impaciencia e incluso a veces angustia,
les lleva a rebelarse. Conscientes de su propia función
en la vida social, desean participar rápidamente en ella.
Por lo cual no rara vez los padres y los educadores experimentan
dificultades cada día mayores en el cumplimiento de sus
tareas.
Las instituciones, las leyes, las maneras de pensar y de sentir,
heredadas del pasado, no siempre se adaptan bien al estado actual
de cosas. De ahí una grave perturbación en el comportamiento
y aun en las mismas normas reguladoras de éste.
Las nuevas condiciones ejercen influjo también sobre
la vida religiosa. Por una parte, el espíritu crítico
más agudizado la purifica de un concepto mágico
del mundo y de residuos supersticiosos y exige cada vez más
una adhesión verdaderamente personal y operante a la fe,
lo cual hace que muchos alcancen un sentido más vivo de
lo divino. Por otra parte, muchedumbres cada vez más numerosas
se alejan prácticamente de la religión. La negación
de Dios o de la religión no constituye, como en épocas
pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día,
en efecto, se presenta no rara vez como exigencia del progreso
científico y de un cierto humanismo nuevo. En muchas regiones
esa negación se encuentra expresada no sólo en niveles
filosóficos, sino que inspira ampliamente la literatura,
el arte, la interpretación de las ciencias humanas y de
la historia y la misma legislación civil. Es lo que explica
la perturbación de muchos.
Los desequilibrios del mundo moderno
8. Una tan rápida mutación, realizada con frecuencia
bajo el signo del desorden, y la misma conciencia agudizada de
las antinomias existentes hoy en el mundo, engendran o aumentan
contradicciones y desequilibrios.
Surgen muchas veces en el propio hombre el desequilibrio entre
la inteligencia práctica moderna y una forma de conocimiento
teórico que no llega a dominar y ordenar la suma de sus
conocimientos en síntesis satisfactoria. Brota también
el desequilibrio entre el afán por la eficacia práctica
y las exigencias de la conciencia moral, y no pocas veces entre
las condiciones de la vida colectiva y a las exigencias de un
pensamiento personal y de la misma contemplación. Surge,
finalmente, el desequilibrio entre la especialización profesional
y la visión general de las cosas.
Aparecen discrepancias en la familia, debidas ya al peso de
las condiciones demográficas, económicas y sociales,
ya a los conflictos que surgen entre las generaciones que se van
sucediendo, ya a las nuevas relaciones sociales entre los dos
sexos.
Nacen también grandes discrepancias raciales y sociales
de todo género. Discrepancias entre los paises ricos, los
menos ricos y los pobres. Discrepancias, por último, entre
las instituciones internacionales, nacidas de la aspiración
de los pueblos a la paz, y las ambiciones puestas al servicio
de la expansión de la propia ideología o los egoísmos
colectivos existentes en las naciones y en otras entidades sociales.
Todo ello alimenta la mutua desconfianza y la hostilidad, los
conflictos y las desgracias, de los que el hombre es, a la vez,
causa y víctima.
Aspiraciones más universales de la humanidad
9. Entre tanto, se afianza la convicción de que el género
humano puede y debe no sólo perfeccionar su dominio sobre
las cosas creadas, sino que le corresponde además establecer
un orden político, económico y social que esté
más al servicio del hombre y permita a cada uno y a cada
grupo afirmar y cultivar su propia dignidad.
De aquí las instantes reivindicaciones económicas
de muchísimos, que tienen viva conciencia de que la carencia
de bienes que sufren se debe a la injusticia o a una no equitativa
distribución. Las naciones en vía de desarrollo,
como son las independizadas recientemente, desean participar en
los bienes de la civilización moderna, no sólo en
el plano político, sino también en el orden económico,
y desempeñar libremente su función en el mundo.
Sin embargo, está aumentando a diario la distancia que
las separa de las naciones más ricas y la dependencia incluso
económica que respecto de éstas padecen. Los pueblos
hambrientos interpelan a los pueblos opulentos.
La mujer, allí donde todavía no lo ha logrado,
reclama la igualdad de derecho y de hecho con el hombre. Los trabajadores
y los agricultores no sólo quieren ganarse lo necesario
para la vida, sino que quieren también desarrollar por
medio del trabajo sus dotes personales y participar activamente
en la ordenación de la vida económica, social, política
y cultural. Por primera vez en la historia, todos los pueblos
están convencidos de que los beneficios de la cultura pueden
y deben extenderse realmente a todas las naciones.
Pero bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspiración
más profunda y más universal: las personas y los
grupos sociales están sedientos de una vida plena y de
una vida libre, digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas
posibilidades que les ofrece el mundo actual. Las naciones, por
otra parte, se esfuerzan cada vez más por formar una comunidad
universal.
De esta forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y
débil, capaz de lo mejor y de lo peor, pues tiene abierto
el camino para optar entre la libertad o la esclavitud, entre
el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El
hombre sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente
las fuerzas que él ha desencadenado, y que pueden aplastarle
o servirle. Por ello se interroga a sí mismo.
Los interrogantes más profundos del hombre
10. En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al
mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio
fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano.
Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior
del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples
limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos
y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones,
tiene que elegir y que renunciar. Más aún, como
enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de
hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en
sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias
provoca en la sociedad. Son muchísimos los que, tarados
en su vida por el materialismo práctico, no quieren saber
nada de la clara percepción de este dramático estado,
o bien, oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para ponerse
a considerarlo. Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera
y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento
de que el futuro del hombre sobre la tierra saciará plenamente
todos sus deseos. Y no faltan, por otra parte, quienes, desesperando
de poder dar a la vida un sentido exacto, alaban la insolencia
de quienes piensan que la existencia carece de toda significación
propia y se esfuerzan por darle un sentido puramente subjetivo.
Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son cada
día más numerosos los que se plantean o los que
acometen con nueva penetración las cuestiones más
fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál
es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de
tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué
valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué
puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar
de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?.
Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da
al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin
de que pueda responder a su máxima vocación y que
no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el
que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro
y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor
y Maestro. Afirma además la Iglesia que bajo la superficie
de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último
fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo
la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito
de toda la creación, el Concilio habla a todos para esclarecer
el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones
que respondan a los principales problemas de nuestra época.
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