CAPITULO IV - Evangelium Vitae
A MI ME LO HICISTEIS
POR UNA NUEVA CULTURA DE LA VIDA HUMANA
« Vosotros sois el pueblo adquirido por Dios
para anunciar sus alabanzas » (cf. 1 P 2, 9): el pueblo
de la vida y para la vida
78. La Iglesia ha recibido el Evangelio como anuncio y fuente
de gozo y salvación. Lo ha recibido como don de Jesús,
enviado del Padre « para anunciar a los pobres la Buena
Nueva » (Lc 4, 18). Lo ha recibido a través de los
Apóstoles, enviados por El a todo el mundo (cf. Mc 16,
15; Mt 28, 19-20). La Iglesia, nacida de esta acción evangelizadora,
siente resonar en sí misma cada día la exclamación
del Apóstol: « ¡Ay de mí si no predicara
el Evangelio! » (1 Cor 9, 16). En efecto, « evangelizar
—como escribía Pablo VI— constituye la dicha
y vocación propia de la Iglesia, su identidad más
profunda. Ella existe para evangelizar ».101
La evangelización es una acción global y dinámica,
que compromete a la Iglesia a participar en la misión profética,
sacerdotal y real del Señor Jesús. Por tanto, conlleva
inseparablemente las dimensiones del anuncio, de la celebración
y del servicio de la caridad. Es un acto profundamente eclesial,
que exige la cooperación de todos los operarios del Evangelio,
cada uno según su propio carisma y ministerio.
Así sucede también cuando se trata de anunciar
el Evangelio de la vida, parte integrante del Evangelio que es
Jesucristo. Nosotros estamos al servicio de este Evangelio, apoyados
por la certeza de haberlo recibido como don y de haber sido enviados
a proclamarlo a toda la humanidad « hasta los confines de
la tierra » (Hch 1, 8). Mantengamos, por ello, la conciencia
humilde y agradecida de ser el pueblo de la vida y para la vida
y presentémonos de este modo ante todos.
79. Somos el pueblo de la vida porque Dios, en su amor gratuito,
nos ha dado el Evangelio de la vida y hemos sido transformados
y salvados por este mismo Evangelio. Hemos sido redimidos por
el « autor de la vida » (Hch 3, 15) a precio de su
preciosa sangre (cf. 1 Cor 6, 20; 7, 23; 1 P 1, 19) y mediante
el baño bautismal hemos sido injertados en El (cf. Rm 6,
4-5; Col 2, 12), como ramas que reciben savia y fecundidad del
árbol único (cf. Jn 15, 5). Renovados interiormente
por la gracia del Espíritu, « que es Señor
y da la vida », hemos llegado a ser un pueblo para la vida
y estamos llamados a comportarnos como tal.
Somos enviados: estar al servicio de la vida no es para nosotros
una vanagloria, sino un deber, que nace de la conciencia de ser
el pueblo adquirido por Dios para anunciar sus alabanzas (cf.
1 P 2, 9). En nuestro camino nos guía y sostiene la ley
del amor: el amor cuya fuente y modelo es el Hijo de Dios hecho
hombre, que « muriendo ha dado la vida al mundo ».102
Somos enviados como pueblo. El compromiso al servicio de la
vida obliga a todos y cada uno. Es una responsabilidad propiamente
« eclesial », que exige la acción concertada
y generosa de todos los miembros y de todas las estructuras de
la comunidad cristiana. Sin embargo, la misión comunitaria
no elimina ni disminuye la responsabilidad de cada persona, a
la cual se dirige el mandato del Señor de « hacerse
prójimo » de cada hombre: « Vete y haz tú
lo mismo » (Lc 10, 37).
Todos juntos sentimos el deber de anunciar el Evangelio de la
vida, de celebrarlo en la liturgia y en toda la existencia, de
servirlo con las diversas iniciativas y estructuras de apoyo y
promoción.
« Lo que hemos visto y oído,
os lo anunciamos » (1 Jn 1, 3): anunciar el Evangelio de
la vida
80. « Lo que existía desde el principio, lo que
hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que
contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de
la vida... os lo anunciamos, para que también vosotros
estéis en comunión con nosotros » (1 Jn 1,
1. 3). Jesús es el único Evangelio: no tenemos otra
cosa que decir y testimoniar.
Precisamente el anuncio de Jesús es anuncio de la vida.
En efecto, El es « la Palabra de vida » (1 Jn 1, 1).
En El « la vida se manifestó » (1 Jn 1, 2);
más aún, él mismo es « la vida eterna,
que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó
» (ivi). Esta misma vida, gracias al don del Espíritu,
ha sido comunicada al hombre. La vida terrena de cada uno, ordenada
a la vida en plenitud, a la « vida eterna », adquiere
también pleno sentido.
Iluminados por este Evangelio de la vida, sentimos la necesidad
de proclamarlo y testimoniarlo por la novedad sorprendente que
lo caracteriza. Este Evangelio, al identificarse con el mismo
Jesús, portador de toda novedad 103 y vencedor de la «
vejez » causada por el pecado y que lleva a la muerte, 104
supera toda expectativa del hombre y descubre la sublime altura
a la que, por gracia, es elevada la dignidad de la persona. Así
la contempla san Gregorio de Nisa: « El hombre que, entre
los seres, no cuenta nada, que es polvo, hierba, vanidad, cuando
es adoptado por el Dios del universo como hijo, llega a ser familiar
de este Ser, cuya excelencia y grandeza nadie puede ver, escuchar
y comprender. ¿Con qué palabra, pensamiento o impulso
del espíritu se podrá exaltar la sobreabundancia
de esta gracia? El hombre sobrepasa su naturaleza: de mortal se
hace inmortal, de perecedero imperecedero, de efímero eterno,
de hombre se hace dios ».105
El agradecimiento y la alegría por la dignidad inconmensurable
del hombre nos mueve a hacer a todos partícipes de este
mensaje: « Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos,
para que también vosotros estéis en comunión
con nosotros » (1 Jn 1, 3). Es necesario hacer llegar el
Evangelio de la vida al corazón de cada hombre y mujer
e introducirlo en lo más recóndito de toda la sociedad.
81. Ante todo se trata de anunciar el núcleo de este
Evangelio. Es anuncio de un Dios vivo y cercano, que nos llama
a una profunda comunión con El y nos abre a la esperanza
segura de la vida eterna; es afirmación del vínculo
indivisible que fluye entre la persona, su vida y su corporeidad;
es presentación de la vida humana como vida de relación,
don de Dios, fruto y signo de su amor; es proclamación
de la extraordinaria relación de Jesús con cada
hombre, que permite reconocer en cada rostro humano el rostro
de Cristo; es manifestación del « don sincero de
sí mismo » como tarea y lugar de realización
plena de la propia libertad.
Al mismo tiempo, se trata se señalar todas las consecuencias
de este mismo Evangelio, que se pueden resumir así: la
vida humana, don precioso de Dios, es sagrada e inviolable, y
por esto, en particular, son absolutamente inaceptables el aborto
procurado y la eutanasia; la vida del hombre no sólo no
debe ser suprimida, sino que debe ser protegida con todo cuidado
amoroso; la vida encuentra su sentido en el amor recibido y dado,
en cuyo horizonte hallan su plena verdad la sexualidad y la procreación
humana; en este amor incluso el sufrimiento y la muerte tienen
un sentido y, aun permaneciendo el misterio que los envuelve,
pueden llegar a ser acontecimientos de salvación; el respeto
de la vida exige que la ciencia y la técnica estén
siempre ordenadas al hombre y a su desarrollo integral; toda la
sociedad debe respetar, defender y promover la dignidad de cada
persona humana, en todo momento y condición de su vida.
82. Para ser verdaderamente un pueblo al servicio de la vida
debemos, con constancia y valentía, proponer estos contenidos
desde el primer anuncio del Evangelio y, posteriormente, en la
catequesis y en las diversas formas de predicación, en
el diálogo personal y en cada actividad educativa. A los
educadores, profesores, catequistas y teólogos corresponde
la tarea de poner de relieve las razones antropológicas
que fundamentan y sostienen el respeto de cada vida humana. De
este modo, haciendo resplandecer la novedad original del Evangelio
de la vida, podremos ayudar a todos a descubrir, también
a la luz de la razón y de la experiencia, cómo el
mensaje cristiano ilumina plenamente el hombre y el significado
de su ser y de su existencia; hallaremos preciosos puntos de encuentro
y de diálogo incluso con los no creyentes, comprometidos
todos juntos en hacer surgir una nueva cultura de la vida.
En medio de las voces más dispares, cuando muchos rechazan
la sana doctrina sobre la vida del hombre, sentimos como dirigida
también a nosotros la exhortación de Pablo a Timoteo:
« Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende,
amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina » (2 Tm 4,
2). Esta exhortación debe encontrar un fuerte eco en el
corazón de cuantos, en la Iglesia, participan más
directamente, con diverso título, en su misión de
« maestra » de la verdad. Que resuene ante todo para
nosotros Obispos: somos los primeros a quienes se pide ser anunciadores
incansables del Evangelio de la vida; a nosotros se nos confía
también la misión de vigilar sobre la trasmisión
íntegra y fiel de la enseñanza propuesta en esta
Encíclica y adoptar las medidas más oportunas para
que los fieles sean preservados de toda doctrina contraria a la
misma. Debemos poner una atención especial para que en
las facultades teológicas, en los seminarios y en las diversas
instituciones católicas se difunda, se ilustre y se profundice
el conocimiento de la sana doctrina. 106 Que la exhortación
de Pablo resuene para todos los teólogos, para los pastores
y para todos los que desarrollan tareas de enseñanza, catequesis
y formación de las conciencias: conscientes del papel que
les pertenece, no asuman nunca la grave responsabilidad de traicionar
la verdad y su misma misión exponiendo ideas personales
contrarias al Evangelio de la vida como lo propone e interpreta
fielmente el Magisterio.
Al anunciar este Evangelio, no debemos temer la hostilidad y
la impopularidad, rechazando todo compromiso y ambigüedad
que nos conformaría a la mentalidad de este mundo (cf.
Rm 12, 2). Debemos estar en el mundo, pero no ser del mundo (cf.
Jn 15, 19; 17, 16), con la fuerza que nos viene de Cristo, que
con su muerte y resurrección ha vencido el mundo (cf. Jn
16, 33).
« Te doy gracias por tantas maravillas:
prodigio soy » (Sal 139 138, 14): celebrar el Evangelio
de la vida
83. Enviados al mundo como « pueblo para la vida »,
nuestro anuncio debe ser también una celebración
verdadera y genuina del Evangelio de la vida. Más aún,
esta celebración, con la fuerza evocadora de sus gestos,
símbolos y ritos, debe convertirse en lugar precioso y
significativo para transmitir la belleza y grandeza de este Evangelio.
Con este fin, urge ante todo cultivar, en nosotros y en los
demás, una mirada contemplativa. 107 Esta nace de la fe
en el Dios de la vida, que ha creado a cada hombre haciéndolo
como un prodigio (cf. Sal 139 138, 14). Es la mirada de quien
ve la vida en su profundidad, percibiendo sus dimensiones de gratuidad,
belleza, invitación a la libertad y a la responsabilidad.
Es la mirada de quien no pretende apoderarse de la realidad, sino
que la acoge como un don, descubriendo en cada cosa el reflejo
del Creador y en cada persona su imagen viviente (cf. Gn 1, 27;
Sal 8, 6). Esta mirada no se rinde desconfiada ante quien está
enfermo, sufriendo, marginado o a las puertas de la muerte; sino
que se deja interpelar por todas estas situaciones para buscar
un sentido y, precisamente en estas circunstancias, encuentra
en el rostro de cada persona una llamada a la mutua consideración,
al diálogo y a la solidaridad.
Es el momento de asumir todos esta mirada, volviendo a ser capaces,
con el ánimo lleno de religiosa admiración, de venerar
y respetar a todo hombre, como nos invitaba a hacer Pablo VI en
uno de sus primeros mensajes de Navidad. 108 El pueblo nuevo de
los redimidos, animado por esta mirada contemplativa, prorrumpe
en himnos de alegría, alabanza y agradecimiento por el
don inestimable de la vida, por el misterio de la llamada de todo
hombre a participar en Cristo de la vida de gracia, y a una existencia
de comunión sin fin con Dios Creador y Padre.
84. Celebrar el Evangelio de la vida significa celebrar el Dios
de la vida, el Dios que da la vida: « Celebremos ahora la
Vida eterna, fuente de toda vida. Desde ella y por ella se extiende
a todos los seres que de algún modo participan de la vida,
y de modo conveniente a cada uno de ellos. La Vida divina es por
sí vivificadora y creadora de la vida. Toda vida y toda
moción vital proceden de la Vida, que está sobre
toda vida y sobre el principio de ella. De esta Vida les viene
a las almas el ser inmortales, y gracias a ella vive todo ser
viviente, plantas y animales hasta el grado ínfimo de vida.
Además, da a los hombres, a pesar de ser compuestos, una
vida similar, en lo posible, a la de los ángeles. Por la
abundancia de su bondad, a nosotros, que estamos separados, nos
atrae y dirige. Y lo que es todavía más maravilloso:
promete que nos trasladará íntegramente, es decir,
en alma y cuerpo, a la vida perfecta e inmortal. No basta decir
que esta Vida está viviente, que es Principio de vida,
Causa y Fundamento único de la vida. Conviene, pues, a
toda vida el contemplarla y alabarla: es Vida que vivifica toda
vida ».109
Como el Salmista también nosotros, en la oración
cotidiana, individual y comunitaria, alabamos y bendecimos a Dios
nuestro Padre, que nos ha tejido en el seno materno y nos ha visto
y amado cuando todavía éramos informes (cf. Sal
139 138, 13. 15-16), y exclamamos con incontenible alegría:
« Yo te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy,
prodigios son tus obras. Mi alma conocías cabalmente »
(Sal 139 138, 14). Sí, « esta vida mortal, a pesar
de sus tribulaciones, de sus oscuros misterios, sus sufrimientos,
su fatal caducidad, es un hecho bellísimo, un prodigio
siempre original y conmovedor, un acontecimiento digno de ser
cantado con júbilo y gloria ».110 Más aún,
el hombre y su vida no se nos presentan sólo como uno de
los prodigios más grandes de la creación: Dios ha
dado al hombre una dignidad casi divina (cf. Sal 8, 6-7). En cada
niño que nace y en cada hombre que vive y que muere reconocemos
la imagen de la gloria de Dios, gloria que celebramos en cada
hombre, signo del Dios vivo, icono de Jesucristo.
Estamos llamados a expresar admiración y gratitud por
la vida recibida como don, y a acoger, gustar y comunicar el Evangelio
de la vida no sólo con la oración personal y comunitaria,
sino sobre todo con las celebraciones del año litúrgico.
Se deben recordar aquí particularmente los Sacramentos,
signos eficaces de la presencia y de la acción salvífica
del Señor Jesús en la existencia cristiana. Ellos
hacen a los hombres partícipes de la vida divina, asegurándoles
la energía espiritual necesaria para realizar verdaderamente
el significado de vivir, sufrir y morir. Gracias a un nuevo y
genuino descubrimiento del significado de los ritos y a su adecuada
valoración, las celebraciones litúrgicas, sobre
todo las sacramentales, serán cada vez más capaces
de expresar la verdad plena sobre el nacimiento, la vida, el sufrimiento
y la muerte, ayudando a vivir estas realidades como participación
en el misterio pascual de Cristo muerto y resucitado.
85. En la celebración del Evangelio de la vida es preciso
saber apreciar y valorar también los gestos y los símbolos,
de los que son ricas las diversas tradiciones y costumbres culturales
y populares. Son momentos y formas de encuentro con las que, en
los diversos Países y culturas, se manifiestan el gozo
por una vida que nace, el respeto y la defensa de toda existencia
humana, el cuidado del que sufre o está necesitado, la
cercanía al anciano o al moribundo, la participación
del dolor de quien está de luto, la esperanza y el deseo
de inmortalidad.
En esta perspectiva, acogiendo también la sugerencia
de los Cardenales en el Consistorio de 1991, propongo que se celebre
cada año en las distintas Naciones una Jornada por la Vida,
como ya tiene lugar por iniciativa de algunas Conferencias Episcopales.
Es necesario que esta Jornada se prepare y se celebre con la participación
activa de todos los miembros de la Iglesia local. Su fin fundamental
es suscitar en las conciencias, en las familias, en la Iglesia
y en la sociedad civil, el reconocimiento del sentido y del valor
de la vida humana en todos sus momentos y condiciones, centrando
particularmente la atención sobre la gravedad del aborto
y de la eutanasia, sin olvidar tampoco los demás momentos
y aspectos de la vida, que merecen ser objeto de atenta consideración,
según sugiera la evolución de la situación
histórica.
86. Respecto al culto espiritual agradable a Dios (cf. Rm 12,
1), la celebración del Evangelio de la vida debe realizarse
sobre todo en la existencia cotidiana, vivida en el amor por los
demás y en la entrega de uno mismo. Así, toda nuestra
existencia se hará acogida auténtica y responsable
del don de la vida y alabanza sincera y reconocida a Dios que
nos ha hecho este don. Es lo que ya sucede en tantísimos
gestos de entrega, con frecuencia humilde y escondida, realizados
por hombres y mujeres, niños y adultos, jóvenes
y ancianos, sanos y enfermos.
En este contexto, rico en humanidad y amor, es donde surgen
también los gestos heroicos. Estos son la celebración
más solemne del Evangelio de la vida, porque lo proclaman
con la entrega total de sí mismos; son la elocuente manifestación
del grado más elevado del amor, que es dar la vida por
la persona amada (cf. Jn 15, 13); son la participación
en el misterio de la Cruz, en la que Jesús revela cuánto
vale para El la vida de cada hombre y cómo ésta
se realiza plenamente en la entrega sincera de sí mismo.
Más allá de casos clamorosos, está el heroísmo
cotidiano, hecho de pequeños o grandes gestos de solidaridad
que alimentan una auténtica cultura de la vida. Entre ellos
merece especial reconocimiento la donación de órganos,
realizada según criterios éticamente aceptables,
para ofrecer una posibilidad de curación e incluso de vida,
a enfermos tal vez sin esperanzas.
A este heroísmo cotidiano pertenece el testimonio silencioso,
pero a la vez fecundo y elocuente, de « todas las madres
valientes, que se dedican sin reservas a su familia, que sufren
al dar a luz a sus hijos, y luego están dispuestas a soportar
cualquier esfuerzo, a afrontar cualquier sacrificio, para transmitirles
lo mejor de sí mismas ».111 Al desarrollar su misión
« no siempre estas madres heroicas encuentran apoyo en su
ambiente. Es más, los modelos de civilización, a
menudo promovidos y propagados por los medios de comunicación,
no favorecen la maternidad. En nombre del progreso y la modernidad,
se presentan como superados ya los valores de la fidelidad, la
castidad y el sacrificio, en los que se han distinguido y siguen
distinguiéndose innumerables esposas y madres cristianas...
Os damos las gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible.
Os damos las gracias por la intrépida confianza en Dios
y en su amor. Os damos las gracias por el sacrificio de vuestra
vida... Cristo, en el misterio pascual, os devuelve el don que
le habéis hecho, pues tiene el poder de devolveros la vida
que le habéis dado como ofrenda ».112 « ¿De
qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: "Tengo
fe", si no tiene obras? » (St 2, 14): servir el Evangelio
de la vida
87. En virtud de la participación en la misión
real de Cristo, el apoyo y la promoción de la vida humana
deben realizarse mediante el servicio de la caridad, que se manifiesta
en el testimonio personal, en las diversas formas de voluntariado,
en la animación social y en el compromiso político.
Esta es una exigencia particularmente apremiante en el momento
actual, en que la « cultura de la muerte » se contrapone
tan fuertemente a la « cultura de la vida » y con
frecuencia parece que la supera. Sin embargo, es ante todo una
exigencia que nace de la « fe que actúa por la caridad
» (Gal 5, 6), como nos exhorta la Carta de Santiago: «
¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien
diga: "Tengo fe", si no tiene obras? ¿Acaso podrá
salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos
y carecen del sustento diario, y algunos de vosotros les dice:
"Idos en paz, calentaos y hartaos", pero no les dais
lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así
también la fe, si no tiene obras, está realmente
muerta » (2, 14-17).
En el servicio de la caridad, hay una actitud que debe animarnos
y distinguirnos: hemos de hacernos cargo del otro como persona
confiada por Dios a nuestra responsabilidad. Como discípulos
de Jesús, estamos llamados a hacernos prójimos de
cada hombre (cf. Lc 10, 29-37), teniendo una preferencia especial
por quien es más pobre, está sólo y necesitado.
Precisamente mediante la ayuda al hambriento, al sediento, al
forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado —como
también al niño aún no nacido, al anciano
que sufre o cercano a la muerte— tenemos la posibilidad
de servir a Jesús, como El mismo dijo: « Cuanto hicisteis
a unos de estos hermanos míos más pequeños,
a mí me lo hicisteis » (Mt 25, 40). Por eso, nos
sentimos interpelados y juzgados por las palabras siempre actuales
de san Juan Crisóstomo: « ¿Queréis
de verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consintáis que
esté desnudo. No le honréis aquí en el templo
con vestidos de seda y fuera le dejéis perecer de frío
y desnudez ».113
El servicio de la caridad a la vida debe ser profundamente unitario:
no se pueden tolerar unilateralismos y discriminaciones, porque
la vida humana es sagrada e inviolable en todas sus fases y situaciones.
Es un bien indivisible. Por tanto, se trata de « hacerse
cargo » de toda la vida y de la vida de todos. Más
aún, se trata de llegar a las raíces mismas de la
vida y del amor.
Partiendo precisamente de un amor profundo por cada hombre y
mujer, se ha desarrollado a lo largo de los siglos una extraordinaria
historia de caridad, que ha introducido en la vida eclesial y
civil numerosas estructuras de servicio a la vida, que suscitan
la admiración de todo observador sin prejuicios. Es una
historia que cada comunidad cristiana, con nuevo sentido de responsabilidad,
debe continuar escribiendo a través de una acción
pastoral y social múltiple. En este sentido, se deben poner
en práctica formas discretas y eficaces de acompañamiento
de la vida naciente, con una especial cercanía a aquellas
madres que, incluso sin el apoyo del padre, no tienen miedo de
traer al mundo su hijo y educarlo. Una atención análoga
debe prestarse a la vida que se encuentra en la marginación
o en el sufrimiento, especialmente en sus fases finales.
88. Todo esto supone una paciente y valiente obra educativa
que apremie a todos y cada uno a hacerse cargo del peso de los
demás (cf. Gal 6, 2); exige una continua promoción
de vocaciones al servicio, particularmente entre los jóvenes;
implica la realización de proyectos e iniciativas concretas,
estables e inspiradas en el Evangelio.
Múltiples son los medios para valorar con competencia
y serio propósito. Respecto a los inicios de la vida, los
centros de métodos naturales de regulación de la
fertilidad han de ser promovidos como una valiosa ayuda para la
paternidad y maternidad responsables, en la que cada persona,
comenzando por el hijo, es reconocida y respetada por sí
misma, y cada decisión es animada y guiada por el criterio
de la entrega sincera de sí. También los consultorios
matrimoniales y familiares, mediante su acción específica
de consulta y prevención, desarrollada a la luz de una
antropología coherente con la visión cristiana de
la persona, de la pareja y de la sexualidad, constituyen un servicio
precioso para profundizar en el sentido del amor y de la vida
y para sostener y acompañar cada familia en su misión
como « santuario de la vida ». Al servicio de la vida
naciente están también los centros de ayuda a la
vida y las casas o centros de acogida de la vida. Gracias a su
labor muchas madres solteras y parejas en dificultad hallan razones
y convicciones, y encuentran asistencia y apoyo para superar las
molestias y miedos de acoger una vida naciente o recién
dada a luz.
Ante condiciones de dificultad, extravío, enfermedad
y marginación en la vida, otros medios —como las
comunidades de recuperación de drogadictos, las residencias
para menores o enfermos mentales, los centros de atención
y acogida para enfermos de SIDA, y las cooperativas de solidaridad
sobre todo para incapacitados— son expresiones elocuentes
de lo que la caridad sabe inventar para dar a cada uno razones
nuevas de esperanza y posibilidades concretas de vida.
Cuando la existencia terrena llega a su fin, de nuevo la caridad
encuentra los medios más oportunos para que los ancianos,
especialmente si no son autosuficientes, y los llamados enfermos
terminales puedan gozar de una asistencia verdaderamente humana
y recibir cuidados adecuados a sus exigencias, en particular a
su angustia y soledad. En estos casos es insustituible el papel
de las familias; pero pueden encontrar gran ayuda en las estructuras
sociales de asistencia y, si es necesario, recurriendo a los cuidados
paliativos, utilizando los adecuados servicios sanitarios y sociales,
presentes tanto en los centros de hospitalización y tratamiento
públicos como a domicilio.
En particular, se debe revisar la función de los hospitales,
de las clínicas y de las casas de salud: su verdadera identidad
no es sólo la de estructuras en las que se atiende a los
enfermos y moribundos, sino ante todo la de ambientes en los que
el sufrimiento, el dolor y la muerte son considerados e interpretados
en su significado humano y específicamente cristiano. De
modo especial esta identidad debe ser clara y eficaz en los institutos
regidos por religiosos o relacionados de alguna manera con la
Iglesia.
89. Estas estructuras y centros de servicio a la vida, y todas
las demás iniciativas de apoyo y solidaridad que las circunstancias
puedan aconsejar según los casos, tienen necesidad de ser
animadas por personas generosamente disponibles y profundamente
conscientes de lo fundamental que es el Evangelio de la vida para
el bien del individuo y de la sociedad.
Es peculiar la responsabilidad confiada a todo el personal sanitario:
médicos, farmacéuticos, enfermeros, capellanes,
religiosos y religiosas, personal administrativo y voluntarios.
Su profesión les exige ser custodios y servidores de la
vida humana. En el contexto cultural y social actual, en que la
ciencia y la medicina corren el riesgo de perder su dimensión
ética original, ellos pueden estar a veces fuertemente
tentados de convertirse en manipuladores de la vida o incluso
en agentes de muerte. Ante esta tentación, su responsabilidad
ha crecido hoy enormemente y encuentra su inspiración más
profunda y su apoyo más fuerte precisamente en la intrínseca
e imprescindible dimensión ética de la profesión
sanitaria, como ya reconocía el antiguo y siempre actual
juramento de Hipócrates, según el cual se exige
a cada médico el compromiso de respetar absolutamente la
vida humana y su carácter sagrado.
El respeto absoluto de toda vida humana inocente exige tambiénejercer
la objeción de conciencia ante el aborto procurado y la
eutanasia. El « hacer morir » nunca puede considerarse
un tratamiento médico, ni siquiera cuando la intención
fuera sólo la de secundar una petición del paciente:
es más bien la negación de la profesión sanitaria
que debe ser un apasionado y tenaz « sí » a
la vida. También la investigación biomédica,
campo fascinante y prometedor de nuevos y grandes beneficios para
la humanidad, debe rechazar siempre los experimentos, descubrimientos
o aplicaciones que, al ignorar la dignidad inviolable del ser
humano, dejan de estar al servicio de los hombres y se transforman
en realidades que, aparentando socorrerlos, los oprimen.
90. Un papel específico están llamadas a desempeñar
las personas comprometidas en el voluntariado: ofrecen una aportación
preciosa al servicio de la vida, cuando saben conjugar la capacidad
profesional con el amor generoso y gratuito. El Evangelio de la
vida las mueve a elevar los sentimientos de simple filantropía
a la altura de la caridad de Cristo; a reconquistar cada día,
entre fatigas y cansancios, la conciencia de la dignidad de cada
hombre; a salir al encuentro de las necesidades de las personas
iniciando —si es preciso— nuevos caminos allí
donde más urgentes son las necesidades y más escasas
las atenciones y el apoyo.
El realismo tenaz de la caridad exige que al Evangelio de la
vida se le sirva también mediante formas de animación
social y de compromiso político, defendiendo y proponiendo
el valor de la vida en nuestras sociedades cada vez más
complejas y pluralistas. Los individuos, las familias, los grupos
y las asociaciones tienen una responsabilidad, aunque a título
y en modos diversos, en la animación social y en la elaboración
de proyectos culturales, económicos, políticos y
legislativos que, respetando a todos y según la lógica
de la convivencia democrática, contribuyan a edificar una
sociedad en la que se reconozca y tutele la dignidad de cada persona,
y se defienda y promueva la vida de todos.
Esta tarea corresponde en particular a los responsables de la
vida pública. Llamados a servir al hombre y al bien común,
tienen el deber de tomar decisiones valientes en favor de la vida,
especialmente en el campo de las disposiciones legislativas. En
un régimen democrático, donde las leyes y decisiones
se adoptan sobre la base del consenso de muchos, puede atenuarse
el sentido de la responsabilidad personal en la conciencia de
los individuos investidos de autoridad. Pero nadie puede abdicar
jamás de esta responsabilidad, sobre todo cuando se tiene
un mandato legislativo o ejecutivo, que llama a responder ante
Dios, ante la propia conciencia y ante la sociedad entera de decisiones
eventualmente contrarias al verdadero bien común. Si las
leyes no son el único instrumento para defender la vida
humana, sin embargo desempeñan un papel muy importante
y a veces determinante en la promoción de una mentalidad
y de unas costumbres. Repito una vez más que una norma
que viola el derecho natural a la vida de un inocente es injusta
y, como tal, no puede tener valor de ley. Por eso renuevo con
fuerza mi llamada a todos los políticos para que no promulguen
leyes que, ignorando la dignidad de la persona, minen las raíces
de la misma convivencia ciudadana.
La Iglesia sabe que, en el contexto de las democracias pluralistas,
es difícil realizar una eficaz defensa legal de la vida
por la presencia de fuertes corrientes culturales de diversa orientación.
Sin embargo, movida por la certeza de que la verdad moral encuentra
un eco en la intimidad de cada conciencia, anima a los políticos,
comenzando por los cristianos, a no resignarse y a adoptar aquellas
decisiones que, teniendo en cuenta las posibilidades concretas,
lleven a restablecer un orden justo en la afirmación y
promoción del valor de la vida. En esta perspectiva, es
necesario poner de relieve que no basta con eliminar las leyes
inicuas. Hay que eliminar las causas que favorecen los atentados
contra la vida, asegurando sobre todo el apoyo debido a la familia
y a la maternidad: la política familiar debe ser eje y
motor de todas las políticas sociales. Por tanto, es necesario
promover iniciativas sociales y legislativas capaces de garantizar
condiciones de auténtica libertad en la decisión
sobre la paternidad y la maternidad; además, es necesario
replantear las políticas laborales, urbanísticas,
de vivienda y de servicios para que se puedan conciliar entre
sí los horarios de trabajo y los de la familia, y sea efectivamente
posible la atención a los niños y a los ancianos.
91. La problemática demográfica constituye hoy
un capítulo importante de la política sobre la vida.
Las autoridades públicas tienen ciertamente la responsabilidad
de « intervenir para orientar la demografía de la
población »; 114 pero estas iniciativas deben siempre
presuponer y respetar la responsabilidad primaria e inalienable
de los esposos y de las familias, y no pueden recurrir a métodos
no respetuosos de la persona y de sus derechos fundamentales,
comenzando por el derecho a la vida de todo ser humano inocente.
Por tanto, es moralmente inaceptable que, para regular la natalidad,
se favorezca o se imponga el uso de medios como la anticoncepción,
la esterilización y el aborto.
Los caminos para resolver el problema demográfico son
otros: los Gobiernos y las distintas instituciones internacionales
deben mirar ante todo a la creación de las condiciones
económicas, sociales, médico-sanitarias y culturales
que permitan a los esposos tomar sus opciones procreativas con
plena libertad y con verdadera responsabilidad; deben además
esforzarse en « aumentar los medios y distribuir con mayor
justicia la riqueza para que todos puedan participar equitativamente
de los bienes de la creación. Hay que buscar soluciones
a nivel mundial, instaurando una verdadera economía de
comunión y de participación de bienes, tanto en
el orden internacional como nacional ».115 Este es el único
camino que respeta la dignidad de las personas y de las familias,
además de ser el auténtico patrimonio cultural de
los pueblos.
El servicio al Evangelio de la vida es, pues, vasto y complejo.
Se nos presenta cada vez más como un ámbito privilegiado
y favorable para una colaboración activa con los hermanos
de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, en la línea
de aquel ecumenismo de las obras que el Concilio Vaticano II autorizadamente
impulsó. 116 Además, se presenta como espacio providencial
para el diálogo y la colaboración con los fieles
de otras religiones y con todos los hombres de buena voluntad:
la defensa y la promoción de la vida no son monopolio de
nadie, sino deber y responsabilidad de todos. El desafío
que tenemos ante nosotros, a las puertas del tercer milenio, es
arduo. Sólo la cooperación concorde de cuantos creen
en el valor de la vida podrá evitar una derrota de la civilización
de consecuencias imprevisibles.
« La herencia del Señor
son los hijos, recompensa el fruto de las entrañas »
(Sal 127 126, 3): la familia « santuario de la vida »
92. Dentro del « pueblo de la vida y para la vida »,
es decisiva la responsabilidad de la familia: es una responsabilidad
que brota de su propia naturaleza —la de ser comunidad de
vida y de amor, fundada sobre el matrimonio— y de su misión
de « custodiar, revelar y comunicar el amor ».117
Se trata del amor mismo de Dios, cuyos colaboradores y como intérpretes
en la transmisión de la vida y en su educación según
el designio del Padre son los padres. 118 Es, pues, el amor que
se hace gratuidad, acogida, entrega: en la familia cada uno es
reconocido, respetado y honrado por ser persona y, si hay alguno
más necesitado, la atención hacia él es más
intensa y viva.
La familia está llamada a esto a lo largo de la vida
de sus miembros, desde el nacimiento hasta la muerte. La familia
es verdaderamente « el santuario de la vida..., el ámbito
donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera
adecuada contra los múltiples ataques a que está
expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de
un auténtico crecimiento humano ».119 Por esto, el
papel de la familia en la edificación de la cultura de
la vida es determinante e insustituible.
Como iglesia doméstica, la familia está llamada
a anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la vida. Es una
tarea que corresponde principalmente a los esposos, llamados a
transmitir la vida, siendo cada vez más conscientes del
significado de la procreación, como acontecimiento privilegiado
en el cual se manifiesta que la vida humana es un don recibido
para ser a su vez dado. En la procreación de una nueva
vida los padres descubren que el hijo, « si es fruto de
su recíproca donación de amor, es a su vez un don
para ambos: un don que brota del don ».120
Es principalmente mediante la educación de los hijos
como la familia cumple su misión de anunciar el Evangelio
de la vida. Con la palabra y el ejemplo, en las relaciones y decisiones
cotidianas, y mediante gestos y expresiones concretas, los padres
inician a sus hijos en la auténtica libertad, que se realiza
en la entrega sincera de sí, y cultivan en ellos el respeto
del otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el diálogo,
el servicio generoso, la solidaridad y los demás valores
que ayudan a vivir la vida como un don. La tarea educadora de
los padres cristianos debe ser un servicio a la fe de los hijos
y una ayuda para que ellos cumplan la vocación recibida
de Dios. Pertenece a la misión educativa de los padres
enseñar y testimoniar a los hijos el sentido verdadero
del sufrimiento y de la muerte. Lo podrán hacer si saben
estar atentos a cada sufrimiento que encuentren a su alrededor
y, principalmente, si saben desarrollar actitudes de cercanía,
asistencia y participación hacia los enfermos y ancianos
dentro del ámbito familiar.
93. Además, la familia celebra el Evangelio de la vida
con la oración cotidiana, individual y familiar: con ella
alaba y da gracias al Señor por el don de la vida e implora
luz y fuerza para afrontar los momentos de dificultad y de sufrimiento,
sin perder nunca la esperanza. Pero la celebración que
da significado a cualquier otra forma de oración y de culto
es la que se expresa en la vida cotidiana de la familia, si es
una vida hecha de amor y entrega.
De este modo la celebración se transforma en un servicio
al Evangelio de la vida, que se expresa por medio de la solidaridad,
experimentada dentro y alrededor de la familia como atención
solícita, vigilante y cordial en las pequeñas y
humildes cosas de cada día. Una expresión particularmente
significativa de solidaridad entre las familias es la disponibilidad
a la adopción o a la acogida temporal de niños abandonados
por sus padres o en situaciones de grave dificultad. El verdadero
amor paterno y materno va más allá de los vínculos
de carne y sangre acogiendo incluso a niños de otras familias,
ofreciéndoles todo lo necesario para su vida y pleno desarrollo.
Entre las formas de adopción, merece ser considerada también
la adopción a distancia, preferible en los casos en los
que el abandono tiene como único motivo las condiciones
de grave pobreza de una familia. En efecto, con esta forma de
adopción se ofrecen a los padres las ayudas necesarias
para mantener y educar a los propios hijos, sin tener que desarraigarlos
de su ambiente natural.
La solidaridad, entendida como « determinación
firme y perseverante de empeñarse por el bien común
»,121 requiere también ser llevada a cabo mediante
formas de participación social y política. En consecuencia,
servir el Evangelio de la vida supone que las familias, participando
especialmente en asociaciones familiares, trabajen para que las
leyes e instituciones del Estado no violen de ningún modo
el derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte
natural, sino que la defiendan y promuevan.
94. Una atención particular debe prestarse a los ancianos.
Mientras en algunas culturas las personas de edad más avanzada
permanecen dentro de la familia con un papel activo importante,
por el contrario, en otras culturas el viejo es considerado como
un peso inútil y es abandonado a su propia suerte. En semejante
situación puede surgir con mayor facilidad la tentación
de recurrir a la eutanasia.
La marginación o incluso el rechazo de los ancianos son
intolerables. Su presencia en la familia o al menos la cercanía
de la misma a ellos, cuando no sea posible por la estrechez de
la vivienda u otros motivos, son de importancia fundamental para
crear un clima de intercambio recíproco y de comunicación
enriquecedora entre las distintas generaciones. Por ello, es importante
que se conserve, o se restablezca donde se ha perdido, una especie
de « pacto » entre las generaciones, de modo que los
padres ancianos, llegados al término de su camino, puedan
encontrar en sus hijos la acogida y la solidaridad que ellos les
dieron cuando nacieron: lo exige la obediencia al mandamiento
divino de honrar al padre y a la madre (cf. Ex 20, 12; Lv 19,
3). Pero hay algo más. El anciano no se debe considerar
sólo como objeto de atención, cercanía y
servicio. También él tiene que ofrecer una valiosa
aportación al Evangelio de la vida. Gracias al rico patrimonio
de experiencias adquirido a lo largo de los años, puede
y debe ser transmisor de sabiduría, testigo de esperanza
y de caridad.
Si es cierto que « el futuro de la humanidad se fragua
en la familia »,122 se debe reconocer que las actuales condiciones
sociales, económicas y culturales hacen con frecuencia
más ardua y difícil la misión de la familia
al servicio de la vida. Para que pueda realizar su vocación
de « santuario de la vida », como célula de
una sociedad que ama y acoge la vida, es necesario y urgente que
la familia misma sea ayudada y apoyada. Las sociedades y los Estados
deben asegurarle todo el apoyo, incluso económico, que
es necesario para que las familias puedan responder de un modo
más humano a sus propios problemas. Por su parte, la Iglesia
debe promover incansablemente una pastoral familiar que ayude
a cada familia a redescubrir y vivir con alegría y valor
su misión en relación con el Evangelio de la vida.
« Vivid como hijos de la luz » (Ef 5, 8):
para realizar un cambio cultural
95. « Vivid como hijos de la luz... Examinad qué
es lo que agrada al Señor, y no participéis en las
obras infructuosas de las tinieblas » (Ef 5, 8.10-11). En
el contexto social actual, marcado por una lucha dramática
entre la « cultura de la vida » y la « cultura
de la muerte », debe madurar un fuerte sentido crítico,
capaz de discernir los verdaderos valores y las auténticas
exigencias.
Es urgente una movilización general de las conciencias
y uncomún esfuerzo ético, para poner en práctica
una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos
construir una nueva cultura de la vida: nueva, para que sea capaz
de afrontar y resolver los problemas propios de hoy sobre la vida
del hombre; nueva, para que sea asumida con una convicción
más firme y activa por todos los cristianos; nueva, para
que pueda suscitar un encuentro cultural serio y valiente con
todos. La urgencia de este cambio cultural está relacionada
con la situación histórica que estamos atravesando,
pero tiene su raíz en la misma misión evangelizadora,
propia de la Iglesia. En efecto, el Evangelio pretende «
transformar desde dentro, renovar la misma humanidad »;
123 es como la levadura que fermenta toda la masa (cf. Mt 13,
33) y, como tal, está destinado a impregnar todas las culturas
y a animarlas desde dentro, 124 para que expresen la verdad plena
sobre el hombre y sobre su vida.
Se debe comenzar por la renovación de la cultura de la
vida dentro de las mismas comunidades cristianas. Muy a menudo
los creyentes, incluso quienes participan activamente en la vida
eclesial, caen en una especie de separación entre la fe
cristiana y sus exigencias éticas con respecto a la vida,
llegando así al subjetivismo moral y a ciertos comportamientos
inaceptables. Ante esto debemos preguntarnos, con gran lucidez
y valentía, qué cultura de la vida se difunde hoy
entre los cristianos, las familias, los grupos y las comunidades
de nuestras Diócesis. Con la misma claridad y decisión,
debemos determinar qué pasos hemos de dar para servir a
la vida según la plenitud de su verdad. Al mismo tiempo,
debemos promover un diálogo serio y profundo con todos,
incluidos los no creyentes, sobre los problemas fundamentales
de la vida humana, tanto en los lugares de elaboración
del pensamiento, como en los diversos ámbitos profesionales
y allí donde se desenvuelve cotidianamente la existencia
de cada uno.
96. El primer paso fundamental para realizar este cambio cultural
consiste en la formación de la conciencia moral sobre el
valor inconmensurable e inviolable de toda vida humana. Es de
suma importancia redescubrir el nexo inseparable entre vida y
libertad. Son bienes inseparables: donde se viola uno, el otro
acaba también por ser violado. No hay libertad verdadera
donde no se acoge y ama la vida; y no hay vida plena sino en la
libertad. Ambas realidades guardan además una relación
innata y peculiar, que las vincula indisolublemente: la vocación
al amor. Este amor, como don sincero de sí, 125 es el sentido
más verdadero de la vida y de la libertad de la persona.
No menos decisivo en la formación de la conciencia es
eldescubrimiento del vínculo constitutivo entre la libertad
y la verdad. Como he repetido otras veces, separar la libertad
de la verdad objetiva hace imposible fundamentar los derechos
de la persona sobre una sólida base racional y pone las
premisas para que se afirme en la sociedad el arbitrio ingobernable
de los individuos y el totalitarismo del poder público
causante de la muerte. 126
Es esencial pues que el hombre reconozca la evidencia original
de su condición de criatura, que recibe de Dios el ser
y la vida como don y tarea. Sólo admitiendo esta dependencia
innata en su ser, el hombre puede desarrollar plenamente su libertad
y su vida y, al mismo tiempo, respetar en profundidad la vida
y libertad de las demás personas. Aquí se manifiesta
ante todo que « el punto central de toda cultura lo ocupa
la actitud que el hombre asume ante el misterio más grande:
el misterio de Dios ».127 Cuando se niega a Dios y se vive
como si no existiera, o no se toman en cuenta sus mandamientos,
se acaba fácilmente por negar o comprometer también
la dignidad de la persona humana y el carácter inviolable
de su vida.
97. A la formación de la conciencia está vinculada
estrechamente la labor educativa, que ayuda al hombre a ser cada
vez más hombre, lo introduce siempre más profundamente
en la verdad, lo orienta hacia un respeto creciente por la vida,
lo forma en las justas relaciones entre las personas.
En particular, es necesario educar en el valor de la vida comenzando
por sus mismas raíces. Es una ilusión pensar que
se puede construir una verdadera cultura de la vida humana, si
no se ayuda a los jóvenes a comprender y vivir la sexualidad,
el amor y toda la existencia según su verdadero significado
y en su íntima correlación. La sexualidad, riqueza
de toda la persona, « manifiesta su significado íntimo
al llevar a la persona hacia el don de sí misma en el amor
».128 La banalización de la sexualidad es uno de
los factores principales que están en la raíz del
desprecio por la vida naciente: sólo un amor verdadero
sabe custodiar la vida. Por tanto, no se nos puede eximir de ofrecer
sobre todo a los adolescentes y a los jóvenes la auténtica
educación de la sexualidad y del amor, una educación
que implica la formación de la castidad, como virtud que
favorece la madurez de la persona y la capacita para respetar
el significado « esponsal » del cuerpo.
La labor de educación para la vida requiere la formación
de los esposos para la procreación responsable. Esta exige,
en su verdadero significado, que los esposos sean dóciles
a la llamada del Señor y actúen como fieles intérpretes
de su designio: esto se realiza abriendo generosamente la familia
a nuevas vidas y, en todo caso, permaneciendo en actitud de apertura
y servicio a la vida incluso cuando, por motivos serios y respetando
la ley moral, los esposos optan por evitar temporalmente o a tiempo
indeterminado un nuevo nacimiento. La ley moral les obliga de
todos modos a encauzar las tendencias del instinto y de las pasiones
y a respetar las leyes biológicas inscritas en sus personas.
Precisamente este respeto legitima, al servicio de la responsabilidad
en la procreación, el recurso a los métodos naturales
de regulación de la fertilidad: éstos han sido precisados
cada vez mejor desde el punto de vista científico y ofrecen
posibilidades concretas para adoptar decisiones en armonía
con los valores morales. Una consideración honesta de los
resultados alcanzados debería eliminar prejuicios todavía
muy difundidos y convencer a los esposos, y también a los
agentes sanitarios y sociales, de la importancia de una adecuada
formación al respecto. La Iglesia está agradecida
a quienes con sacrificio personal y dedicación con frecuencia
ignorada trabajan en la investigación y difusión
de estos métodos, promoviendo al mismo tiempo una educación
en los valores morales que su uso supone.
La labor educativa debe tener en cuenta también el sufrimiento
y la muerte. En realidad forman parte de la experiencia humana,
y es vano, además de equivocado, tratar de ocultarlos o
descartarlos. Al contrario, se debe ayudar a cada uno a comprender,
en la realidad concreta y difícil, su misterio profundo.
El dolor y el sufrimiento tienen también un sentido y un
valor, cuando se viven en estrecha relación con el amor
recibido y entregado. En este sentido he querido que se celebre
cada año la Jornada Mundial del Enfermo, destacando «
el carácter salvífico del ofrecimiento del sacrificio
que, vivido en comunión con Cristo, pertenece a la esencia
misma de la redención ».129 Por otra parte, incluso
la muerte es algo más que una aventura sin esperanza: es
la puerta de la existencia que se proyecta hacia la eternidad
y, para quienes la viven en Cristo, es experiencia de participación
en su misterio de muerte y resurrección.
98. En síntesis, podemos decir que el cambio cultural
deseado aquí exige a todos el valor de asumir un nuevo
estilo de vida que se manifieste en poner como fundamento de las
decisiones concretas —a nivel personal, familiar, social
e internacional— la justa escala de valores: la primacía
del ser sobre el tener, 130 de la persona sobre las cosas.
131 Este nuevo estilo de vida implica también pasar de
la indiferencia al interés por el otro y del rechazo a
su acogida: los demás no son contrincantes de quienes hay
que defenderse, sino hermanos y hermanas con quienes se ha de
ser solidarios; hay que amarlos por sí mismos; nos enriquecen
con su misma presencia.
En la movilización por una nueva cultura de la vida nadie
se debe sentir excluido: todos tienen un papel importante que
desempeñar. La misión de los profesores y de los
educadores es, junto con la de las familias, particularmente importante.
De ellos dependerá mucho que los jóvenes, formados
en una auténtica libertad, sepan custodiar interiormente
y difundir a su alrededor ideales verdaderos de vida, y que sepan
crecer en el respeto y servicio a cada persona, en la familia
y en la sociedad.
También los intelectuales pueden hacer mucho en la construcción
de una nueva cultura de la vida humana. Una tarea particular corresponde
a los intelectuales católicos, llamados a estar presentes
activamente en los círculos privilegiados de elaboración
cultural, en el mundo de la escuela y de la universidad, en los
ambientes de investigación científica y técnica,
en los puntos de creación artística y de la reflexión
humanística. Alimentando su ingenio y su acción
en las claras fuentes del Evangelio, deben entregarse al servicio
de una nueva cultura de la vida con aportaciones serias, documentadas,
capaces de ganarse por su valor el respeto e interés de
todos. Precisamente en esta perspectiva he instituido la Pontificia
Academia para la Vida con el fin de « estudiar, informar
y formar en lo que atañe a las principales cuestiones de
biomedicina y derecho, relativas a la promoción y a la
defensa de la vida, sobre todo en las que guardan mayor relación
con la moral cristiana y las directrices del Magisterio de la
Iglesia ».132 Una aportación específica deben
dar también las Universidades, particularmente las católicas,
y los Centros, Institutos y Comités de bioética.
Grande y grave es la responsabilidad de los responsables de
los medios de comunicación social, llamados a trabajar
para que la transmisión eficaz de los mensajes contribuya
a la cultura de la vida. Deben, por tanto, presentar ejemplos
de vida elevados y nobles, dando espacio a testimonios positivos
y a veces heroicos de amor al hombre; proponiendo con gran respeto
los valores de la sexualidad y del amor, sin enmascarar lo que
deshonra y envilece la dignidad del hombre. En la lectura de la
realidad, deben negarse a poner de relieve lo que pueda insinuar
o acrecentar sentimientos o actitudes de indiferencia, desprecio
o rechazo ante la vida. En la escrupulosa fidelidad a la verdad
de los hechos, están llamados a conjugar al mismo tiempo
la libertad de información, el respeto a cada persona y
un sentido profundo de humanidad.
99. En el cambio cultural en favor de la vida las mujeres tienen
un campo de pensamiento y de acción singular y sin duda
determinante: les corresponde ser promotoras de un « nuevo
feminismo » que, sin caer en la tentación de seguir
modelos « machistas », sepa reconocer y expresar el
verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones
de la convivencia ciudadana, trabajando por la superación
de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación.
Recordando las palabras del mensaje conclusivo del Concilio
Vaticano II, dirijo también yo a las mujeres una llamada
apremiante: « Reconciliad a los hombres con la vida ».133
Vosotras estáis llamadas a testimoniar el significado del
amor auténtico, de aquel don de uno mismo y de la acogida
del otro que se realizan de modo específico en la relación
conyugal, pero que deben ser el alma de cualquier relación
interpersonal. La experiencia de la maternidad favorece en vosotras
una aguda sensibilidad hacia las demás personas y, al mismo
tiempo, os confiere una misión particular: « La maternidad
conlleva una comunión especial con el misterio de la vida
que madura en el seno de la mujer... Este modo único de
contacto con el nuevo hombre que se está formando crea
a su vez una actitud hacia el hombre —no sólo hacia
el propio hijo, sino hacia el hombre en general—, que caracteriza
profundamente toda la personalidad de la mujer ».134 En
efecto, la madre acoge y lleva consigo a otro ser, le permite
crecer en su seno, le ofrece el espacio necesario, respetándolo
en su alteridad. Así, la mujer percibe y enseña
que las relaciones humanas son auténticas si se abren a
la acogida de la otra persona, reconocida y amada por la dignidad
que tiene por el hecho de ser persona y no de otros factores,
como la utilidad, la fuerza, la inteligencia, la belleza o la
salud. Esta es la aportación fundamental que la Iglesia
y la humanidad esperan de las mujeres. Y es la premisa insustituible
para un auténtico cambio cultural.
Una reflexión especial quisiera tener para vosotras,
mujeres que habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe
cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra
decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado
de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente
la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es
verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto.
Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo
y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo
ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis
hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento:
el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón
y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Os daréis
cuenta de que nada está perdido y podréis pedir
perdón también a vuestro hijo que ahora vive en
el Señor. Ayudadas por el consejo y la cercanía
de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro
doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes
del derecho de todos a la vida. Por medio de vuestro compromiso
por la vida, coronado eventualmente con el nacimiento de nuevas
criaturas y expresado con la acogida y la atención hacia
quien está más necesitado de cercanía, seréis
artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.
100. En este gran esfuerzo por una nueva cultura de la vida
estamos sostenidos y animados por la confianza de quien sabe que
el Evangelio de la vida, como el Reino de Dios, crece y produce
frutos abundantes (cf. Mc 4, 26-29). Es ciertamente enorme la
desproporción que existe entre los medios, numerosos y
potentes, con que cuentan quienes trabajan al servicio de la «
cultura de la muerte » y los de que disponen los promotores
de una « cultura de la vida y del amor ». Pero nosotros
sabemos que podemos confiar en la ayuda de Dios, para quien nada
es imposible (cf. Mt 19, 26).
Con esta profunda certeza, y movido por la firme solicitud por
cada hombre y mujer, repito hoy a todos cuanto he dicho a las
familias comprometidas en sus difíciles tareas en medio
de las insidias que las amenazan: 135 es urgente una gran oración
por la vida, que abarque al mundo entero. Que desde cada comunidad
cristiana, desde cada grupo o asociación, desde cada familia
y desde el corazón de cada creyente, con iniciativas extraordinarias
y con la oración habitual, se eleve una súplica
apasionada a Dios, Creador y amante de la vida. Jesús mismo
nos ha mostrado con su ejemplo que la oración y el ayuno
son las armas principales y más eficaces contra las fuerzas
del mal (cf. Mt 4, 1-11) y ha enseñado a sus discípulos
que algunos demonios sólo se expulsan de este modo (cf.
Mc 9, 29). Por tanto, tengamos la humildad y la valentía
de orar y ayunar para conseguir que la fuerza que viene de lo
alto haga caer los muros del engaño y de la mentira, que
esconden a los ojos de tantos hermanos y hermanas nuestros la
naturaleza perversa de comportamientos y de leyes hostiles a la
vida, y abra sus corazones a propósitos e intenciones inspirados
en la civilización de la vida y del amor.
« Os escribimos esto para que
nuestro gozo sea completo » (1 Jn 1, 4): el Evangelio de
la vida es para la ciudad de los hombres
101. « Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo
» (1 Jn 1, 4). La revelación del Evangelio de la
vida se nos da como un bien que hay que comunicar a todos: para
que todos los hombres estén en comunión con nosotros
y con la Trinidad (cf. 1 Jn 1, 3). No podremos tener alegría
plena si no comunicamos este Evangelio a los demás, si
sólo lo guardamos para nosotros mismos.
El Evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes:
es para todos. El tema de la vida y de su defensa y promoción
no es prerrogativa única de los cristianos. Aunque de la
fe recibe luz y fuerza extraordinarias, pertenece a toda conciencia
humana que aspira a la verdad y está atenta y preocupada
por la suerte de la humanidad. En la vida hay seguramente un valor
sagrado y religioso, pero de ningún modo interpela sólo
a los creyentes: en efecto, se trata de un valor que cada ser
humano puede comprender también a la luz de la razón
y que, por tanto, afecta necesariamente a todos.
Por esto, nuestra acción de « pueblo de la vida
y para la vida » debe ser interpretada de modo justo y acogida
con simpatía. Cuando la Iglesia declara que el respeto
incondicional del derecho a la vida de toda persona inocente —desde
la concepción a su muerte natural— es uno de los
pilares sobre los que se basa toda sociedad civil, « quiere
simplemente promover un Estado humano. Un Estado que reconozca,
como su deber primario, la defensa de los derechos fundamentales
de la persona humana, especialmente de la más débil
».136
El Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres. Trabajar
en favor de la vida es contribuir a la renovación de la
sociedad mediante la edificación del bien común.
En efecto, no es posible construir el bien común sin reconocer
y tutelar el derecho a la vida, sobre el que se fundamentan y
desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser
humano. Ni puede tener bases sólidas una sociedad que —mientras
afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la
paz— se contradice radicalmente aceptando o tolerando las
formas más diversas de desprecio y violación de
la vida humana sobre todo si es débil y marginada. Sólo
el respeto de la vida puede fundamentar y garantizar los bienes
más preciosos y necesarios de la sociedad, como la democracia
y la paz.
En efecto, no puede haber verdadera democracia, si no se reconoce
la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos.
No puede haber siquiera verdadera paz, si no se defiende y promueve
la vida, como recordaba Pablo VI: « Todo delito contra la
vida es un atentado contra la paz, especialmente si hace mella
en la conducta del pueblo..., por el contrario, donde los derechos
del hombre son profesados realmente y reconocidos y defendidos
públicamente, la paz se convierte en la atmósfera
alegre y operante de la convivencia social ».137
El « pueblo de la vida » se alegra de poder compartir
con otros muchos su tarea, de modo que sea cada vez más
numeroso el « pueblo para la vida » y la nueva cultura
del amor y de la solidaridad pueda crecer para el verdadero bien
de la ciudad de los hombres.
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