CAPITULO II - Evangelium Vitae
HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA
MENSAJE CRISTIANO SOBRE LA VIDA
« La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto
» (1 Jn 1, 2): la mirada dirigida a Cristo, « Palabra
de vida »
29. Ante las innumerables y graves amenazas contra la vida en
el mundo contemporáneo, podríamos sentirnos como
abrumados por una sensación de impotencia insuperable:
¡el bien nunca podrá tener la fuerza suficiente para
vencer el mal!
Este es el momento en que el Pueblo de Dios, y en él
cada creyente, está llamado a profesar, con humildad y
valentía, la propia fe en Jesucristo, « Palabra de
vida » (1 Jn 1, 1). En realidad, el Evangelio de la vida
no es una mera reflexión, aunque original y profunda, sobre
la vida humana; ni sólo un mandamiento destinado a sensibilizar
la conciencia y a causar cambios significativos en la sociedad;
menos aún una promesa ilusoria de un futuro mejor. El Evangelio
de la vida es una realidad concreta y personal, porque consiste
en el anuncio dela persona misma de Jesús, el cual se presenta
al apóstol Tomás, y en él a todo hombre,
con estas palabras: « Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida
» (Jn 14, 6). Es la misma identidad manifestada a Marta,
la hermana de Lázaro: « Yo soy la resurrección
y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás
» (Jn 11, 25-26). Jesús es el Hijo que desde la eternidad
recibe la vida del Padre (cf. Jn 5, 26) y que ha venido a los
hombres para hacerles partícipes de este don: « Yo
he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia »
(Jn 10, 10).
Así, por la palabra, la acción y la persona misma
de Jesús se da al hombre la posibilidad de « conocer
» toda la verdad sobre el valor de la vida humana. De esa
« fuente » recibe, en particular, la capacidad de
« obrar » perfectamente esa verdad (cf. Jn 3, 21),
es decir, asumir y realizar en plenitud la responsabilidad de
amar y servir, defender y promover la vida humana.
En efecto, en Cristo se anuncia definitivamente y se da plenamente
aquel Evangelio de la vida que, anticipado ya en la Revelación
del Antiguo Testamento y, más aún, escrito de algún
modo en el corazón mismo de cada hombre y mujer, resuena
en cada conciencia « desde el principio », o sea,
desde la misma creación, de modo que, a pesar de los condicionamientos
negativos del pecado, también puede ser conocido por la
razón humana en sus aspectos esenciales. Como dice el Concilio
Vaticano II, Cristo « con su presencia y manifestación,
con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su
muerte y gloriosa resurrección, con el envío del
Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación
y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está
con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte
y para hacernos resucitar a una vida eterna ».22
30. Por tanto, con la mirada fija en el Señor Jesús
queremos volver a escuchar de El « las palabras de Dios
» (Jn 3, 34) y meditar de nuevo el Evangelio de la vida.
El sentido más profundo y original de esta meditación
del mensaje revelado sobre la vida humana ha sido expuesto por
el apóstol Juan, al comienzo de su Primera Carta: «
Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído,
lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron
nuestras manos acerca de la Palabra de vida —pues la Vida
se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio
y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre
y que se nos manifestó— lo que hemos visto y oído,
os lo anunciamos, para que también vosotros estéis
en comunión con nosotros » (1, 1-3).
En Jesús, « Palabra de vida », se anuncia
y comunica la vida divina y eterna. Gracias a este anuncio y a
este don, la vida física y espiritual del hombre, incluida
su etapa terrena, encuentra plenitud de valor y significado: en
efecto, la vida divina y eterna es el fin al que está orientado
y llamado el hombre que vive en este mundo. El Evangelio de la
vida abarca así todo lo que la misma experiencia y la razón
humana dicen sobre el valor de la vida, lo acoge, lo eleva y lo
lleva a término.
« Mi fortaleza y mi canción es el Señor.
El es mi salvación » (Ex 15, 2): la vida es siempre
un bien
31. En realidad, la plenitud evangélica del mensaje sobre
la vida fue ya preparada en el Antiguo Testamento. Es sobre todo
en las vicisitudes del Exodo, fundamento de la experiencia de
fe del Antiguo Testamento, donde Israel descubre el valor de la
vida a los ojos de Dios. Cuando parece ya abocado al exterminio,
porque la amenaza de muerte se extiende a todos sus recién
nacidos varones (cf. Ex 1, 15-22), el Señor se le revela
como salvador, capaz de asegurar un futuro a quien está
sin esperanza. Nace así en Israel una clara conciencia:
su vida no está a merced de un faraón que puede
usarla con arbitrio despótico; al contrario, es objeto
de un tierno y fuerte amor por parte de Dios.
La liberación de la esclavitud es el don de una identidad,
el reconocimiento de una dignidad indeleble y el inicio de una
historia nueva, en la que van unidos el descubrimiento de Dios
y de sí mismo. La experiencia del Exodo es original y ejemplar.
Israel aprende de ella que, cada vez que es amenazado en su existencia,
sólo tiene que acudir a Dios con confianza renovada para
encontrar en él asistencia eficaz: « Eres mi siervo,
Israel. ¡Yo te he formado, tú eres mi siervo, Israel,
yo no te olvido! » (Is 44, 21).
De este modo, mientras Israel reconoce el valor de su propia
existencia como pueblo, avanza también en la percepción
del sentido y valor de la vida en cuanto tal. Es una reflexión
que se desarrolla de modo particular en los libros sapienciales,
partiendo de la experiencia cotidiana de la precariedad de la
vida y de la conciencia de las amenazas que la acechan. Ante las
contradicciones de la existencia, la fe está llamada a
ofrecer una respuesta.
El problema del dolor acosa sobre todo a la fe y la pone a prueba.
¿Cómo no oír el gemido universal del hombre
en la meditación del libro de Job? El inocente aplastado
por el sufrimiento se pregunta comprensiblemente: « ¿Para
qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen
amargada el alma, a los que ansían la muerte que no llega
y excavan en su búsqueda más que por un tesoro?
» (3, 20-21). Pero también en la más densa
oscuridad la fe orienta hacia el reconocimiento confiado y adorador
del « misterio »: « Sé que eres todopoderoso:
ningún proyecto te es irrealizable » (Jb 42, 2).
Progresivamente la Revelación lleva a descubrir con mayor
claridad el germen de vida inmortal puesto por el Creador en el
corazón de los hombres: « El ha hecho todas las cosas
apropiadas a su tiempo; también ha puesto el mundo en sus
corazones » (Ecl 3, 11). Este germen de totalidad y plenitud
espera manifestarse en el amor, y realizarse, por don gratuito
de Dios, en la participación en su vida eterna.
« El nombre de Jesús ha restablecido a
este hombre » (cf. Hch 3, 16): en la precariedad de la existencia
humana Jesús lleva a término el sentido de la vida
32. La experiencia del pueblo de la Alianza se repite en la
de todos los « pobres » que encuentran a Jesús
de Nazaret. Así como el Dios « amante de la vida
» (cf. Sb 11, 26) había confortado a Israel en medio
de los peligros, así ahora el Hijo de Dios anuncia, a cuantos
se sienten amenazados e impedidos en su existencia, que sus vidas
también son un bien al cual el amor del Padre da sentido
y valor.
« Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan
limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a
los pobres la Buena Nueva » (Lc 7, 22). Con estas palabras
del profeta Isaías (35, 5-6; 61, 1), Jesús presenta
el significado de su propia misión. Así, quienes
sufren a causa de una existencia de algún modo «
disminuida », escuchan de El la buena nueva de que Dios
se interesa por ellos, y tienen la certeza de que también
su vida es un don celosamente custodiado en las manos del Padre
(cf. Mt 6, 25-34).
Los « pobres » son interpelados particularmente
por la predicación y las obras de Jesús. La multitud
de enfermos y marginados, que lo siguen y lo buscan (cf. Mt 4,
23-25), encuentran en su palabra y en sus gestos la revelación
del gran valor que tiene su vida y del fundamento de sus esperanzas
de salvación.
Lo mismo sucede en la misión de la Iglesia desde sus
comienzos. Ella, que anuncia a Jesús como aquél
que « pasó haciendo el bien y curando a todos los
oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él »
(Hch 10, 38), es portadora de un mensaje de salvación que
resuena con toda su novedad precisamente en las situaciones de
miseria y pobreza de la vida del hombre. Así hace Pedro
en la curación del tullido, al que ponían todos
los días junto a la puerta « Hermosa » del
templo de Jerusalén para pedir limosna: « No tengo
plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo,
el Nazareno, ponte a andar » (Hch 3, 6). Por la fe en Jesús,
« autor de la vida » (cf. Hch 3, 15), la vida que
yace abandonada y suplicante vuelve a ser consciente de sí
misma y de su plena dignidad.
La palabra y las acciones de Jesús y de su Iglesia no
se dirigen sólo a quienes padecen enfermedad, sufrimiento
o diversas formas de marginación social, sino que conciernen
más profundamente al sentido mismo de la vida de cada hombre
en sus dimensiones morales y espirituales. Sólo quien reconoce
que su propia vida está marcada por la enfermedad del pecado,
puede redescubrir, en el encuentro con Jesús Salvador,
la verdad y autenticidad de su existencia, según sus mismas
palabras: « No necesitan médico los que están
sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a
conversión a justos, sino a pecadores » (Lc 5, 31-32).
En cambio, quien cree que puede asegurar su vida mediante la
acumulación de bienes materiales, como el rico agricultor
de la parábola evangélica, en realidad se engaña.
La vida se le está escapando, y muy pronto se verá
privado de ella sin haber logrado percibir su verdadero significado:
« ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el
alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?
» (Lc 12, 20).
33. En la vida misma de Jesús, desde el principio al
fin, se da esta singular « dialéctica » entre
la experiencia de la precariedad de la vida humana y la afirmación
de su valor. En efecto, la precariedad marca la vida de Jesús
desde su nacimiento. Ciertamente encuentra acogida en los justos,
que se unieron al « sí » decidido y gozoso
de María (cf. Lc 1, 38). Pero también siente, en
seguida, el rechazo de un mundo que se hace hostil y busca al
niño « para matarle » (Mt 2, 13), o que permanece
indiferente y distraído ante el cumplimiento del misterio
de esta vida que entra en el mundo: « no tenían sitio
en el alojamiento » (Lc 2, 7). Del contraste entre las amenazas
y las inseguridades, por una parte, y la fuerza del don de Dios,
por otra, brilla con mayor intensidad la gloria que se irradia
desde la casa de Nazaret y del pesebre de Belén: esta vida
que nace es salvación para toda la humanidad (cf. Lc 2,
11).
Jesús asume plenamente las contradicciones y los riesgos
de la vida: « siendo rico, por vosotros se hizo pobre a
fin de que os enriquecierais con su pobreza » (2 Cor 8,
9). La pobreza de la que habla Pablo no es sólo despojarse
de privilegios divinos, sino también compartir las condiciones
más humildes y precarias de la vida humana (cf. Flp 2,
6-7). Jesús vive esta pobreza durante toda su vida, hasta
el momento culminante de la cruz: « se humilló a
sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.
Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre
que está sobre todo nombre » (Flp 2, 8-9). Es precisamente
en su muerte donde Jesús revela toda la grandeza y el valor
de la vida, ya que su entrega en la cruz es fuente de vida nueva
para todos los hombres (cf. Jn 12, 32). En este peregrinar en
medio de las contradicciones y en la misma pérdida de la
vida, Jesús es guiado por la certeza de que está
en las manos del Padre. Por eso puede decirle en la cruz: «
Padre, en tus manos pongo mi espíritu » (Lc 23, 46),
esto es, mi vida. ¡Qué grande es el valor de la vida
humana si el Hijo de Dios la ha asumido y ha hecho de ella el
lugar donde se realiza la salvación para toda la humanidad!
« Llamados... a reproducir la imagen de su Hijo »
(Rm 8, 28-29): la gloria de Dios resplandece en el rostro del
hombre
34. La vida es siempre un bien. Esta es una intuición
o, más bien, un dato de experiencia, cuya razón
profunda el hombre está llamado a comprender.
?Por qué la vida es un bien? La pregunta recorre toda
la Biblia, y ya desde sus primeras páginas encuentra una
respuesta eficaz y admirable. La vida que Dios da al hombre es
original y diversa de la de las demás criaturas vivientes,
ya que el hombre, aunque proveniente del polvo de la tierra (cf.
Gn 2, 7; 3, 19; Jb 34, 15; Sal 103 102, 14; 104 103, 29), es manifestación
de Dios en el mundo, signo de su presencia, resplandor de su gloria
(cf. Gn 1, 26-27; Sal 8, 6). Es lo que quiso acentuar también
san Ireneo de Lyon con su célebre definición: «
el hombre que vive es la gloria de Dios ».23 Al hombre se
le ha dado una altísima dignidad, que tiene sus raíces
en el vínculo íntimo que lo une a su Creador: en
el hombre se refleja la realidad misma de Dios.
Lo afirma el libro del Génesis en el primer relato de
la creación, poniendo al hombre en el vértice de
la actividad creadora de Dios, como su culmen, al término
de un proceso que va desde el caos informe hasta la criatura más
perfecta. Toda la creación está ordenada al hombre
y todo se somete a él: « Henchid la tierra y sometedla;
mandad... en todo animal que serpea sobre la tierra » (1,
28), ordena Dios al hombre y a la mujer. Un mensaje semejante
aparece también en el otro relato de la creación:
« Tomó, pues, el Señor Dios al hombre y le
dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase
y cuidase » (Gn 2, 15). Así se reafirma la primacía
del hombre sobre las cosas, las cuales están destinadas
a él y confiadas a su responsabilidad, mientras que por
ningún motivo el hombre puede ser sometido a sus semejantes
y reducido al rango de cosa.
En el relato bíblico, la distinción entre el hombre
y las demás criaturas se manifiesta sobre todo en el hecho
de que sólo su creación se presenta como fruto de
una especial decisión por parte de Dios, de una deliberación
que establece un vínculo particular y específico
con el Creador: « Hagamos al ser humano a nuestra imagen,
como semejanza nuestra » (Gn 1, 26). La vida que Dios ofrece
al hombre es un don con el que Dios comparte algo de sí
mismo con la criatura.
Israel se peguntará durante mucho tiempo sobre el sentido
de este vínculo particular y específico del hombre
con Dios. También el libro del Eclesiástico reconoce
que Dios al crear a los hombres « los revistió de
una fuerza como la suya, y los hizo a su imagen » (17, 3).
Con esto el autor sagrado manifiesta no sólo su dominio
sobre el mundo, sino también las facultades espirituales
más características del hombre, como la razón,
el discernimiento del bien y del mal, la voluntad libre: «
De saber e inteligencia los llenó, les enseñó
el bien y el mal » (Si 17, 6). La capacidad de conocer la
verdad y la libertad son prerrogativas del hombre en cuanto creado
a imagen de su Creador, el Dios verdadero y justo (cf. Dt 32,
4). Sólo el hombre, entre todas las criaturas visibles,
tiene « capacidad para conocer y amar a su Creador ».24
La vida que Dios da al hombre es mucho más que un existir
en el tiempo. Es tensión hacia una plenitud de vida, es
germen de un existencia que supera los mismos límites del
tiempo: « Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad,
le hizo imagen de su misma naturaleza » (Sb 2, 23).
35. El relato yahvista de la creación expresa también
la misma convicción. En efecto, esta antigua narración
habla de un soplo divino que es infundido en el hombre para que
tenga vida: « El Señor Dios formó al hombre
con polvo del suelo, sopló en sus narices un aliento de
vida, y resultó el hombre un ser viviente » (Gn 2,
7).
El origen divino de este espíritu de vida explica la
perenne insatisfacción que acompaña al hombre durante
su existencia. Creado por Dios, llevando en sí mismo una
huella indeleble de Dios, el hombre tiende naturalmente a El.
Al experimentar la aspiración profunda de su corazón,
todo hombre hace suya la verdad expresada por san Agustín:
« Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón
está inquieto hasta que descanse en ti ».25
Qué elocuente es la insatisfacción de la que es
víctima la vida del hombre en el Edén, cuando su
única referencia es el mundo vegetal y animal (cf. Gn 2,
20). Sólo la aparición de la mujer, es decir, de
un ser que es hueso de sus huesos y carne de su carne (cf. Gn
2, 23), y en quien vive igualmente el espíritu de Dios
creador, puede satisfacer la exigencia de diálogo interpersonal
que es vital para la existencia humana. En el otro, hombre o mujer,
se refleja Dios mismo, meta definitiva y satisfactoria de toda
persona.
« ¿Qué es el hombre para que de él
te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides?
», se pregunta el Salmista (Sal 8, 5). Ante la inmensidad
del universo es muy poca cosa, pero precisamente este contraste
descubre su grandeza: « Apenas inferior a los ángeles
le hiciste (también se podría traducir: «
apenas inferior a Dios »), coronándole de gloria
y de esplendor » (Sal 8, 6). La gloria de Dios resplandece
en el rostro del hombre. En él encuentra el Creador su
descanso, como comenta asombrado y conmovido san Ambrosio: «
Finalizó el sexto día y se concluyó la creación
del mundo con la formación de aquella obra maestra que
es el hombre, el cual ejerce su dominio sobre todos los seres
vivientes y es como el culmen del universo y la belleza suprema
de todo ser creado. Verdaderamente deberíamos mantener
un reverente silencio, porque el Señor descansó
de toda obra en el mundo. Descansó al final en lo íntimo
del hombre, descansó en su mente y en su pensamiento; en
efecto, había creado al hombre dotado de razón,
capaz de imitarle, émulo de sus virtudes, anhelante de
las gracias celestes. En estas dotes suyas descansa el Dios que
dijo: "?En quién encontraré reposo, si no es
en el humilde y contrito, que tiembla a mi palabra" (cf.
Is 66, 1-2). Doy gracias al Señor nuestro Dios por haber
creado una obra tan maravillosa donde encontrar su descanso ».26
36. Lamentablemente, el magnífico proyecto de Dios se
oscurece por la irrupción del pecado en la historia. Con
el pecado el hombre se rebela contra el Creador, acabando por
idolatrar a las criaturas: « Cambiaron la verdad de Dios
por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del
Creador » (Rm 1, 25). De este modo, el ser humano no sólo
desfigura en sí mismo la imagen de Dios, sino que está
tentado de ofenderla también en los demás, sustituyendo
las relaciones de comunión por actitudes de desconfianza,
indiferencia, enemistad, llegando al odio homicida. Cuando no
se reconoce a Dios como Dios, se traiciona el sentido profundo
del hombre y se perjudica la comunión entre los hombres.
En la vida del hombre la imagen de Dios vuelve a resplandecer
y se manifiesta en toda su plenitud con la venida del Hijo de
Dios en carne humana: « El es Imagen de Dios invisible »
(Col 1, 15), « resplandor de su gloria e impronta de su
sustancia » (Hb 1, 3). El es la imagen perfecta del Padre.
El proyecto de vida confiado al primer Adán encuentra
finalmente su cumplimiento en Cristo. Mientras la desobediencia
de Adán deteriora y desfigura el designio de Dios sobre
la vida del hombre, introduciendo la muerte en el mundo, la obediencia
redentora de Cristo es fuente de gracia que se derrama sobre los
hombres abriendo de par en par a todos las puertas del reino de
la vida (cf. Rm 5, 12-21). Afirma el apóstol Pablo: «
Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último
Adán, espíritu que da vida » (1 Cor 15, 45).
La plenitud de la vida se da a cuantos aceptan seguir a Cristo.
En ellos la imagen divina es restaurada, renovada y llevada a
perfección. Este es el designio de Dios sobre los seres
humanos: que « reproduzcan la imagen de su Hijo »
(Rm 8, 29). Sólo así, con el esplendor de esta imagen,
el hombre puede ser liberado de la esclavitud de la idolatría,
puede reconstruir la fraternidad rota y reencontrar su propia
identidad.
« Todo el que vive y cree en mí, no morirá
jamás » (Jn 11, 26): el don de la vida eterna
37. La vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres
no se reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que desde
siempre está « en él » y es «
la luz de los hombres » (Jn 1, 4), consiste en ser engendrados
por Dios y participar de la plenitud de su amor: « A todos
los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios,
a los que creen en su nombre; el cual no nació de sangre,
ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació
de Dios » (Jn 1, 12-13).
A veces Jesús llama esta vida, que El ha venido a dar,
simplemente así: « la vida »; y presenta la
generación por parte de Dios como condición necesaria
para poder alcanzar el fin para el cual Dios ha creado al hombre:
« El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios
» (Jn 3, 3). El don de esta vida es el objetivo específico
de la misión de Jesús: él « es el que
baja del cielo y da la vida al mundo » (Jn 6, 33), de modo
que puede afirmar con toda verdad: « El que me siga... tendrá
la luz de la vida » (Jn 8, 12).
Otras veces Jesús habla de « vida eterna »,
donde el adjetivo no se refiere sólo a una perspectiva
supratemporal. « Eterna » es la vida que Jesús
promete y da, porque es participación plena de la vida
del « Eterno ». Todo el que cree en Jesús y
entra en comunión con El tiene la vida eterna (cf. Jn 3,
15; 6, 40), ya que escucha de El las únicas palabras que
revelan e infunden plenitud de vida en su existencia; son las
« palabras de vida eterna » que Pedro reconoce en
su confesión de fe: « Señor, ¿a quién
vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros
creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios »
(Jn 6, 68-69). Jesús mismo explica después en qué
consiste la vida eterna, dirigiéndose al Padre en la gran
oración sacerdotal: « Esta es la vida eterna: que
te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú
has enviado, Jesucristo » (Jn 17, 3). Conocer a Dios y a
su Hijo es acoger el misterio de la comunión de amor del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la propia vida,
que ya desde ahora se abre a la vida eterna por la participación
en la vida divina.
38. Por tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la
vez la vida de los hijos de Dios. Un nuevo estupor y una gratitud
sin límites se apoderan necesariamente del creyente ante
esta inesperada e inefable verdad que nos viene de Dios en Cristo.
El creyente hace suyas las palabras del apóstol Juan: «
Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos
de Dios, pues ¡lo somos!... Queridos, ahora somos hijos
de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos
que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque
le veremos tal cual es » (1 Jn 3, 1-2).
Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida.
Su dignidad no sólo está ligada a sus orígenes,
a su procedencia divina, sino también a su fin, a su destino
de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz
de esta verdad san Ireneo precisa y completa su exaltación
del hombre: « el hombre que vive » es « gloria
de Dios », pero « la vida del hombre consiste en la
visión de Dios ».27
De aquí derivan unas consecuencias inmediatas para la
vida humana en su misma condición terrena, en la que ya
ha germinado y está creciendo la vida eterna. Si el hombre
ama instintivamente la vida porque es un bien, este amor encuentra
ulterior motivación y fuerza, nueva extensión y
profundidad en las dimensiones divinas de este bien. En esta perspectiva,
el amor que todo ser humano tiene por la vida no se reduce a la
simple búsqueda de un espacio donde pueda realizarse a
sí mismo y entrar en relación con los demás,
sino que se desarrolla en la gozosa conciencia de poder hacer
de la propia existencia el « lugar » de la manifestación
de Dios, del encuentro y de la comunión con El. La vida
que Jesús nos da no disminuye nuestra existencia en el
tiempo, sino que la asume y conduce a su destino último:
« Yo soy la resurrección y la vida...; todo el que
vive y cree en mí, no morirá jamás »
(Jn 11, 25.26).
« A cada uno pediré cuentas de la vida
de su hermano » (Gn 9, 5): veneración y amor por
la vida de todos
39. La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen
e impronta, participación de su soplo vital. Por tanto,
Dios es el único señor de esta vida: el hombre no
puede disponer de ella. Dios mismo lo afirma a Noé después
del diluvio: « Os prometo reclamar vuestra propia sangre:
la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y a cada
uno reclamaré el alma humana » (Gn 9, 5). El texto
bíblico se preocupa de subrayar cómo la sacralidad
de la vida tiene su fundamento en Dios y en su acción creadora:
« Porque a imagen de Dios hizo El al hombre » (Gn
9, 6).
La vida y la muerte del hombre están, pues, en las manos
de Dios, en su poder: « El, que tiene en su mano el alma
de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre »,
exclama Job (12, 10). « El Señor da muerte y vida,
hace bajar al Seol y retornar » (1 S 2, 6). Sólo
El puede decir: « Yo doy la muerte y doy la vida »
(Dt 32, 39).
Sin embargo, Dios no ejerce este poder como voluntad amenazante,
sino como cuidado y solicitud amorosa hacia sus criaturas. Si
es cierto que la vida del hombre está en las manos de Dios,
no lo es menos que sus manos son cariñosas como las de
una madre que acoge, alimenta y cuida a su niño: «
Mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado
en el regazo de su madre. ¡Como niño destetado está
mi alma en mí! » (Sal 131 130, 2; cf. Is 49, 15;
66, 12-13; Os 11, 4). Así Israel ve en las vicisitudes
de los pueblos y en la suerte de los individuos no el fruto de
una mera casualidad o de un destino ciego, sino el resultado de
un designio de amor con el que Dios concentra todas las potencialidades
de vida y se opone a las fuerzas de muerte que nacen del pecado:
« No fue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción
de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera
» (Sb 1, 13-14).
40. De la sacralidad de la vida deriva su carácter inviolable,
inscrito desde el principio en el corazón del hombre, en
su conciencia. La pregunta « ¿Qué has hecho?
» (Gn 4, 10), con la que Dios se dirige a Caín después
de que éste hubiera matado a su hermano Abel, presenta
la experiencia de cada hombre: en lo profundo de su conciencia
siempre es llamado a respetar el carácter inviolable de
la vida —la suya y la de los demás—, como realidad
que no le pertenece, porque es propiedad y don de Dios Creador
y Padre.
El mandamiento relativo al carácter inviolable de la
vida humana ocupa el centro de las « diez palabras »
de la alianza del Sinaí (cf. Ex 34, 28). Prohíbe,
ante todo, el homicidio: « No matarás » (Ex
20, 13); « No quites la vida al inocente y justo »
(Ex 23, 7); pero también condena —como se explicita
en la legislación posterior de Israel— cualquier
daño causado a otro (cf. Ex 21, 12-27). Ciertamente, se
debe reconocer que en el Antiguo Testamento esta sensibilidad
por el valor de la vida, aunque ya muy marcada, no alcanza todavía
la delicadeza del Sermón de la Montaña, como se
puede ver en algunos aspectos de la legislación entonces
vigente, que establecía penas corporales no leves e incluso
la pena de muerte. Pero el mensaje global, que corresponde al
Nuevo Testamento llevar a perfección, es una fuerte llamada
a respetar el carácter inviolable de la vida física
y la integridad personal, y tiene su culmen en el mandamiento
positivo que obliga a hacerse cargo del prójimo como de
sí mismo: « Amarás a tu prójimo como
a ti mismo » (Lv 19, 18).
41. El mandamiento « no matarás », incluido
y profundizado en el precepto positivo del amor al prójimo,
es confirmado por el Señor Jesús en toda su validez.
Al joven rico que le pregunta: « Maestro, ¿qué
he de hacer de bueno para conseguir vida eterna? », responde:
« Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos
» (Mt 19, 16.17). Y cita, como primero, el « no matarás
» (v. 18). En el Sermón de la Montaña, Jesús
exige de los discípulos una justicia superior a la de los
escribas y fariseos también en el campo del respeto a la
vida: « Habéis oído que se dijo a los antepasados:
No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal.
Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano,
será reo ante el tribunal » (Mt 5, 21-22).
Jesús explicita posteriormente con su palabra y sus obras
las exigencias positivas del mandamiento sobre el carácter
inviolable de la vida. Estas estaban ya presentes en el Antiguo
Testamento, cuya legislación se preocupaba de garantizar
y salvaguardar a las personas en situaciones de vida débil
y amenazada: el extranjero, la viuda, el huérfano, el enfermo,
el pobre en general, la vida misma antes del nacimiento (cf. Ex
21, 22; 22, 20-26). Con Jesús estas exigencias positivas
adquieren vigor e impulso nuevos y se manifiestan en toda su amplitud
y profundidad: van desde cuidar la vida del hermano (familiar,
perteneciente al mismo pueblo, extranjero que vive en la tierra
de Israel), a hacerse cargo delforastero, hasta amar al enemigo.
No existe el forastero para quien debe hacerse prójimo
del necesitado, incluso asumiendo la responsabilidad de su vida,
como enseña de modo elocuente e incisivo la parábola
del buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37). También el enemigo
deja de serlo para quien está obligado a amarlo (cf. Mt
5, 38-48; Lc 6, 27-35) y « hacerle el bien » (cf.
Lc 6, 27.33.35), socorriendo las necesidades de su vida con prontitud
y sentido de gratuidad (cf. Lc 6, 34-35). Culmen de este amor
es la oración por el enemigo, mediante la cual sintonizamos
con el amor providente de Dios: « Pues yo os digo: Amad
a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que
seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir
su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos
» (Mt 5, 44-45; cf. Lc 6, 28.35).
De este modo, el mandamiento de Dios para salvaguardar la vida
del hombre tiene su aspecto más profundo en la exigencia
de veneración y amor hacia cada persona y su vida. Esta
es la enseñanza que el apóstol Pablo, haciéndose
eco de la palabra de Jesús (cf. Mt 19, 17-18), dirige a
los cristianos de Roma: « En efecto, lo de: No adulterarás,
no matarás, no robarás, no codiciarás y todos
los demás preceptos, se resumen en esta fórmula:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad
no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley
en su plenitud » (Rm 13, 9-10).
« Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla
» (Gn 1, 28): responsabilidades del hombre ante la vida
42. Defender y promover, respetar y amar la vida es una tarea
que Dios confía a cada hombre, llamándolo, como
imagen palpitante suya, a participar de la soberanía que
El tiene sobre el mundo: « Y Dios los bendijo, y les dijo
Dios: "Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y
sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos
y en todo animal que serpea sobre la tierra" » (Gn
1, 28).
El texto bíblico evidencia la amplitud y profundidad
de la soberanía que Dios da al hombre. Se trata, sobre
todo, del dominio sobre la tierra y sobre cada ser vivo, como
recuerda el libro de la Sabiduría: « Dios de los
Padres, Señor de la misericordia... con tu Sabiduría
formaste al hombre para que dominase sobre los seres por ti creados,
y administrase el mundo con santidad y justicia » (9, 1.2-3).
También el Salmista exalta el dominio del hombre como signo
de la gloria y del honor recibidos del Creador: « Le hiciste
señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti
bajo sus pies: ovejas y bueyes, todos juntos, y aun las bestias
del campo, y las aves del cielo, y los peces del mar, que surcan
las sendas de las aguas » (Sal 8, 7-9).
El hombre, llamado a cultivar y custodiar el jardín del
mundo (cf. Gn 2, 15), tiene una responsabilidad específica
sobre elambiente de vida, o sea, sobre la creación que
Dios puso al servicio de su dignidad personal, de su vida: respecto
no sólo al presente, sino también a las generaciones
futuras. Es la cuestión ecológica —desde la
preservación del « habitat » natural de las
diversas especies animales y formas de vida, hasta la «
ecología humana » propiamente dicha28— que
encuentra en la Biblia una luminosa y fuerte indicación
ética para una solución respetuosa del gran bien
de la vida, de toda vida. En realidad, « el dominio confiado
al hombre por el Creador no es un poder absoluto, ni se puede
hablar de libertad de "usar y abusar", o de disponer
de las cosas como mejor parezca. La limitación impuesta
por el mismo Creador desde el principio, y expresada simbólicamente
con la prohibición de "comer del fruto del árbol"
(cf. Gn 2, 16-17), muestra claramente que, ante la naturaleza
visible, estamos sometidos a las leyes no sólo biológicas
sino también morales, cuya transgresión no queda
impune ».29
43. Una cierta participación del hombre en la soberanía
de Dios se manifiesta también en la responsabilidad específica
que le es confiada en relación con la vida propiamente
humana. Es una responsabilidad que alcanza su vértice en
el don de la vidamediante la procreación por parte del
hombre y la mujer en el matrimonio, como nos recuerda el Concilio
Vaticano II: « El mismo Dios, que dijo « no es bueno
que el hombre esté solo » (Gn 2, 18) y que «
hizo desde el principio al hombre, varón y mujer »
(Mt 19, 4), queriendo comunicarle cierta participación
especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y
a la mujer diciendo: « Creced y multiplicaos » (Gn
1, 28) ».30
Hablando de una « cierta participación especial
» del hombre y de la mujer en la « obra creadora »
de Dios, el Concilio quiere destacar cómo la generación
de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente
religioso, en cuanto implica a los cónyuges que forman
« una sola carne » (Gn 2, 24) y también a Dios
mismo que se hace presente. Como he escrito en la Carta a las
Familias, « cuando de la unión conyugal de los dos
nace un nuevo hombre, éste trae consigo al mundo una particular
imagen y semejanza de Dios mismo: en la biología de la
generación está inscrita la genealogía de
la persona. Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son
colaboradores de Dios Creador en la concepción y generación
de un nuevo ser humano, no nos referimos sólo al aspecto
biológico; queremos subrayar más bien que en la
paternidad y maternidad humanas Dios mismo está presente
de un modo diverso de como lo está en cualquier otra generación
"sobre la tierra". En efecto, solamente de Dios puede
provenir aquella "imagen y semejanza", propia del ser
humano, como sucedió en la creación. La generación
es, por consiguiente, la continuación de la creación
».31
Esto lo enseña, con lenguaje inmediato y elocuente, el
texto sagrado refiriendo la exclamación gozosa de la primera
mujer, « la madre de todos los vivientes » (Gn 3,
20). Consciente de la intervención de Dios, Eva dice: «
He adquirido un varón con el favor del Señor »
(Gn 4, 1). Por tanto, en la procreación, al comunicar los
padres la vida al hijo, se transmite la imagen y la semejanza
de Dios mismo, por la creación del alma inmortal. 32 En
este sentido se expresa el comienzo del « libro de la genealogía
de Adán »: « El día en que Dios creó
a Adán, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón
y hembra, los bendijo, y los llamó "Hombre" en
el día de su creación. Tenía Adán
ciento treinta años cuando engendró un hijo a su
semejanza, según su imagen, a quien puso por nombre Set
» (Gn 5, 1-3). Precisamente en esta función suya
como colaboradores de Dios que transmiten su imagen a la nueva
criatura, está la grandeza de los esposos dispuestos «
a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de
ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más
».33 En este sentido el obispo Anfiloquio exaltaba el «
matrimonio santo, elegido y elevado por encima de todos los dones
terrenos » como « generador de la humanidad, artífice
de imágenes de Dios ».34
Así, el hombre y la mujer unidos en matrimonio son asociados
a una obra divina: mediante el acto de la procreación,
se acoge el don de Dios y se abre al futuro una nueva vida.
Sin embargo, más allá de la misión específica
de los padres, el deber de acoger y servir la vida incumbe a todos
y ha de manifestarse principalmente con la vida que se encuentra
en condiciones de mayor debilidad. Es el mismo Cristo quien nos
lo recuerda, pidiendo ser amado y servido en los hermanos probados
por cualquier tipo de sufrimiento: hambrientos, sedientos, forasteros,
desnudos, enfermos, encarcelados... Todo lo que se hace a uno
de ellos se hace a Cristo mismo (cf. Mt 25, 31-46).
« Porque tú mis vísceras has formado »
(Sal 139 138, 13): la dignidad del niño aún no nacido
44. La vida humana se encuentra en una situación muy
precaria cuando viene al mundo y cuando sale del tiempo para llegar
a la eternidad. Están muy presentes en la Palabra de Dios
—sobre todo en relación con la existencia marcada
por la enfermedad y la vejez— las exhortaciones al cuidado
y al respeto. Si faltan llamadas directas y explícitas
a salvaguardar la vida humana en sus orígenes, especialmente
la vida aún no nacida, como también la que está
cercana a su fin, ello se explica fácilmente por el hecho
de que la sola posibilidad de ofender, agredir o, incluso, negar
la vida en estas condiciones se sale del horizonte religioso y
cultural del pueblo de Dios.
En el Antiguo Testamento la esterilidad es temida como una maldición,
mientras que la prole numerosa es considerada como una bendición:
« La herencia del Señor son los hijos, recompensa
el fruto de las entrañas » (Sal 127 126, 3; cf. Sal
128 127, 3-4). Influye también en esta convicción
la conciencia que tiene Israel de ser el pueblo de la Alianza,
llamado a multiplicarse según la promesa hecha a Abraham:
« Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas...
así será tu descendencia » (Gn 5, 15). Pero
es sobre todo palpable la certeza de que la vida transmitida por
los padres tiene su origen en Dios, como atestiguan tantas páginas
bíblicas que con respeto y amor hablan de la concepción,
de la formación de la vida en el seno materno, del nacimiento
y del estrecho vínculo que hay entre el momento inicial
de la existencia y la acción del Dios Creador.
« Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía,
y antes que nacieses, te tenía consagrado » (Jr 1,
5): la existencia de cada individuo, desde su origen, está
en el designio divino. Job, desde lo profundo de su dolor, se
detiene a contemplar la obra de Dios en la formación milagrosa
de su cuerpo en el seno materno, encontrando en ello un motivo
de confianza y manifestando la certeza de la existencia de un
proyecto divino sobre su vida: « Tus manos me formaron,
me plasmaron, ¡y luego, en arrebato, me quieres destruir!
Recuerda que me hiciste como se amasa el barro, y que al polvo
has de devolverme. ¿No me vertiste como leche y me cuajaste
como queso? De piel y de carne me vestiste y me tejiste de huesos
y de nervios. Luego con la vida me agraciaste y tu solicitud cuidó
mi aliento » (10, 8-12). Acentos de reverente estupor ante
la intervención de Dios sobre la vida en formación
resuenan también en los Salmos. 35
?Cómo se puede pensar que uno solo de los momentos de
este maravilloso proceso de formación de la vida pueda
ser sustraído de la sabia y amorosa acción del Creador
y dejado a merced del arbitrio del hombre? Ciertamente no lo pensó
así la madre de los siete hermanos, que profesó
su fe en Dios, principio y garantía de la vida desde su
concepción, y al mismo tiempo fundamento de la esperanza
en la nueva vida más allá de la muerte: «
Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas,
ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida,
ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues
así el Creador del mundo, el que modeló al hombre
en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas,
os devolverá el espíritu y la vida con misericordia,
porque ahora no miráis por vosotros mismos a causa de sus
leyes » (2 M 7, 22-23).
45. La revelación del Nuevo Testamento confirma elreconocimiento
indiscutible del valor de la vida desde sus comienzos. La exaltación
de la fecundidad y la espera diligente de la vida resuenan en
las palabras con las que Isabel se alegra por su embarazo: «
El Señor... se dignó quitar mi oprobio entre los
hombres » (Lc 1, 25). El valor de la persona desde su concepción
es celebrado más vivamente aún en el encuentro entre
la Virgen María e Isabel, y entre los dos niños
que llevan en su seno. Son precisamente ellos, los niños,
quienes revelan la llegada de la era mesiánica: en su encuentro
comienza a actuar la fuerza redentora de la presencia del Hijo
de Dios entre los hombres. « Bien pronto —escribe
san Ambrosio— se manifiestan los beneficios de la llegada
de María y de la presencia del Señor... Isabel fue
la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar
la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades
de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa
del misterio. Isabel sintió la proximidad de María,
Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación
de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas
proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran
que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que,
con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración
de sus propios hijos. El niño saltó de gozo y la
madre fue llena del Espíritu Santo, pero no fue enriquecida
la madre antes que el hijo, sino que, después que fue repleto
el hijo, quedó también colmada la madre ».36
« ¡Tengo fe, aún cuando digo: "Muy
desdichado soy"! » (Sal 116 115, 10): la vida en la
vejez y en el sufrimiento
46. También en lo relativo a los últimos momentos
de la existencia, sería anacrónico esperar de la
revelación bíblica una referencia expresa a la problemática
actual del respeto de las personas ancianas y enfermas, y una
condena explícita de los intentos de anticipar violentamente
su fin. En efecto, estamos en un contexto cultural y religioso
que no está afectado por estas tentaciones, sino que, en
lo concerniente al anciano, reconoce en su sabiduría y
experiencia una riqueza insustituible para la familia y la sociedad.
La vejez está marcada por el prestigio y rodeada de veneración
(cf. 2 M 6, 23). El justo no pide ser privado de la ancianidad
y de su peso, al contrario, reza así: « Pues tú
eres mi esperanza, Señor, mi confianza desde mi juventud...
Y ahora que llega la vejez y las canas, ¡oh Dios, no me
abandones!, para que anuncie yo tu brazo a todas las edades venideras
» (Sal 71 70, 5.18). El tiempo mesiánico ideal es
presentado como aquél en el que « no habrá
jamás... viejo que no llene sus días » (Is
65, 20).
Sin embargo, ¿cómo afrontar en la vejez el declive
inevitable de la vida? ¿Qué actitud tomar ante la
muerte? El creyente sabe que su vida está en las manos
de Dios: « Señor, en tus manos está mi vida
» (cf. Sal 16 15, 5), y que de El acepta también
el morir: « Esta sentencia viene del Señor sobre
toda carne, ¿por qué desaprobar el agrado del Altísimo?
» (Si 41, 4). El hombre, que no es dueño de la vida,
tampoco lo es de la muerte; en su vida, como en su muerte, debe
confiarse totalmente al « agrado del Altísimo »,
a su designio de amor.
Incluso en el momento de la enfermedad, el hombre está
llamado a vivir con la misma seguridad en el Señor y a
renovar su confianza fundamental en El, que « cura todas
las enfermedades » (cf. Sal 103 102, 3). Cuando parece que
toda expectativa de curación se cierra ante el hombre —hasta
moverlo a gritar: « Mis días son como la sombra que
declina, y yo me seco como el heno » (Sal 102 101, 12)—,
también entonces el creyente está animado por la
fe inquebrantable en el poder vivificante de Dios. La enfermedad
no lo empuja a la desesperación y a la búsqueda
de la muerte, sino a la invocación llena de esperanza:
« ¡Tengo fe, aún cuando digo: "Muy desdichado
soy"! » (Sal 116 115, 10); « Señor, Dios
mío, clamé a ti y me sanaste. Tú has sacado,
Señor, mi alma del Seol, me has recobrado de entre los
que bajan a la fosa » (Sal 30 29, 3-4).
47. La misión de Jesús, con las numerosas curaciones
realizadas, manifiesta cómo Dios se preocupa también
de la vida corporal del hombre. « Médico de la carne
y del espíritu »,37 Jesús fue enviado por
el Padre a anunciar la buena nueva a los pobres y a sanar los
corazones quebrantados (cf. Lc 4, 18; Is 61, 1). Al enviar después
a sus discípulos por el mundo, les confía una misión
en la que la curación de los enfermos acompaña al
anuncio del Evangelio: « Id proclamando que el Reino de
los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos,
purificad leprosos, expulsad demonios » (Mt 10, 7-8; cf.
Mc 6, 13; 16, 18).
Ciertamente, la vida del cuerpo en su condición terrena
no es un valor absoluto para el creyente, sino que se le puede
pedir que la ofrezca por un bien superior; como dice Jesús,
« quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien
pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará
» (Mc 8, 35). A este propósito, los testimonios del
Nuevo Testamento son diversos. Jesús no vacila en sacrificarse
a sí mismo y, libremente, hace de su vida una ofrenda al
Padre (cf. Jn 10, 17) y a los suyos (cf. Jn 10, 15). También
la muerte de Juan el Bautista, precursor del Salvador, manifiesta
que la existencia terrena no es un bien absoluto; es más
importante la fidelidad a la palabra del Señor, aunque
pueda poner en peligro la vida (cf. Mc 6, 17-29). Y Esteban, mientras
era privado de la vida temporal por testimoniar fielmente la resurrección
del Señor, sigue las huellas del Maestro y responde a quienes
le apedrean con palabras de perdón (cf. Hch 7, 59-60),
abriendo el camino a innumerables mártires, venerados por
la Iglesia desde su comienzo.
Sin embargo, ningún hombre puede decidir arbitrariamente
entre vivir o morir. En efecto, sólo es dueño absoluto
de esta decisión el Creador, en quien « vivimos,
nos movemos y existimos » (Hch 17, 28).
« Todos los que la guardan alcanzarán la
vida » (Ba 4, 1): de la Ley del Sinaí al don del
Espíritu
48. La vida lleva escrita en sí misma de un modo indeleble
su verdad. El hombre, acogiendo el don de Dios, debe comprometerse
a mantener la vida en esta verdad, que le es esencial. Distanciarse
de ella equivale a condenarse a sí mismo a la falta de
sentido y a la infelicidad, con la consecuencia de poder ser también
una amenaza para la existencia de los demás, una vez rotas
las barreras que garantizan el respeto y la defensa de la vida
en cada situación.
La verdad de la vida es revelada por el mandamiento de Dios.
La palabra del Señor indica concretamente qué dirección
debe seguir la vida para poder respetar su propia verdad y salvaguardar
su propia dignidad. No sólo el específico mandamiento
« no matarás » (Ex 20, 13; Dt 5, 17) asegura
la protección de la vida, sino que toda la Ley del Señor
está al servicio de esta protección, porque revela
aquella verdad en la que la vida encuentra su pleno significado.
Por tanto, no sorprende que la Alianza de Dios con su pueblo
esté tan fuertemente ligada a la perspectiva de la vida,
incluso en su dimensión corpórea. El mandamiento
se presenta en ella como camino de vida: « Yo pongo hoy
ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas los
mandamientos del Señor tu Dios que yo te prescribo hoy,
si amas al Señor tu Dios, si sigues sus caminos y guardas
sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás y te multiplicarás;
el Señor tu Dios te bendecirá en la tierra a la
que vas a entrar para tomarla en posesión » (Dt 30,
15-16). Está en juego no sólo la tierra de Canaán
y la existencia del pueblo de Israel, sino el mundo de hoy y del
futuro, así como la existencia de toda la humanidad. En
efecto, es absolutamente imposible que la vida se conserve auténtica
y plena alejándose del bien; y, a su vez, el bien está
esencialmente vinculado a los mandamientos del Señor, es
decir, a la « ley de vida » (Si 17, 9). El bien que
hay que cumplir no se superpone a la vida como un peso que carga
sobre ella, ya que la razón misma de la vida es precisamente
el bien, y la vida se realiza sólo mediante el cumplimiento
del bien.
El conjunto de la Ley es, pues, lo que salvaguarda plenamente
la vida del hombre. Esto explica lo difícil que es mantenerse
fiel al « no matarás » cuando no se observan
las otras « palabras de vida » (Hch 7, 38), relacionadas
con este mandamiento. Fuera de este horizonte, el mandamiento
acaba por convertirse en una simple obligación extrínseca,
de la que muy pronto se querrán ver límites y se
buscarán atenuaciones o excepciones. Sólo si nos
abrimos a la plenitud de la verdad sobre Dios, el hombre y la
historia, la palabra « no matarás » volverá
a brillar como un bien para el hombre en todas sus dimensiones
y relaciones. En este sentido podemos comprender la plenitud de
la verdad contenida en el pasaje del libro del Deuteronomio, citado
por Jesús en su respuesta a la primera tentación:
« No sólo de pan vive el hombre, sino... de todo
lo que sale de la boca del Señor » (8, 3; cf. Mt
4, 4).
Sólo escuchando la palabra del Señor el hombre
puede vivir con dignidad y justicia; observando la Ley de Dios
el hombre puede dar frutos de vida y felicidad: « todos
los que la guardan alcanzarán la vida, mas los que la abandonan
morirán » (Ba 4, 1).
49. La historia de Israel muestra lo difícil que es mantener
la fidelidad a la ley de la vida, que Dios ha inscrito en el corazón
de los hombres y ha entregado en el Sinaí al pueblo de
la Alianza. Ante la búsqueda de proyectos de vida alternativos
al plan de Dios, los Profetas reivindican con fuerza que sólo
el Señor es la fuente auténtica de la vida. Así
escribe Jeremías: « Doble mal ha hecho mi pueblo:
a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse
cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen »
(2, 13). Los Profetas señalan con el dedo acusador a quienes
desprecian la vida y violan los derechos de las personas: «
Pisan contra el polvo de la tierra la cabeza de los débiles
» (Am 2, 7); « Han llenado este lugar de sangre de
inocentes » (Jr 19, 4). Entre ellos el profeta Ezequiel
censura varias veces a la ciudad de Jerusalén, llamándola
« la ciudad sanguinaria » (22, 2; 24, 6.9), «
ciudad que derramas sangre en medio de ti » (22, 3).
Pero los Profetas, mientras denuncian las ofensas contra la
vida, se preocupan sobre todo de suscitar la espera de un nuevo
principio de vida, capaz de fundar una nueva relación con
Dios y con los hermanos abriendo posibilidades inéditas
y extraordinarias para comprender y realizar todas las exigencias
propias del Evangelio de la vida. Esto será posible únicamente
gracias al don de Dios, que purifica y renueva: « Os rociaré
con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras
impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y
os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros
un espíritu nuevo » (Ez 36, 25-26; cf. Jr 31, 31-34).
Gracias a este « corazón nuevo » se puede comprender
y llevar a cabo el sentido más verdadero y profundo de
la vida: ser un don que se realiza al darse. Este es el mensaje
esclarecedor que sobre el valor de la vida nos da la figura del
Siervo del Señor: « Si se da a sí mismo en
expiación, verá descendencia, alargará sus
días... Por las fatigas de su alma, verá luz »
(Is 53, 10.11).
En Jesús de Nazaret se cumple la Ley y se da un corazón
nuevo mediante su Espíritu. En efecto, Jesús no
reniega de la Ley, sino que la lleva a su cumplimiento (cf. Mt
5, 17): la Ley y los Profetas se resumen en la regla de oro del
amor recíproco (cf. Mt 7, 12). En El la Ley se hace definitivamente
« evangelio », buena noticia de la soberanía
de Dios sobre el mundo, que reconduce toda la existencia a sus
raíces y a sus perspectivas originarias. Es la Ley Nueva,
« la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús
» (Rm 8, 2), cuya expresión fundamental, a semejanza
del Señor que da la vida por sus amigos (cf. Jn 15, 13),
es el don de sí mismo en el amor a los hermanos: «
Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte al vida, porque
amamos a los hermanos » (1 Jn 3, 14). Es ley de libertad,
de alegría y de bienaventuranza.
« Mirarán al que atravesaron » (Jn
19, 37): en el árbol de la Cruz se cumple el Evangelio
de la vida
50. Al final de este capítulo, en el que hemos meditado
el mensaje cristiano sobre la vida, quisiera detenerme con cada
uno de vosotros a contemplar a Aquél que atravesaron y
que atrae a todos hacia sí (cf. Jn 19, 37; 12, 32). Mirando
« el espectáculo » de la cruz (cf. Lc 23, 48)
podremos descubrir en este árbol glorioso el cumplimiento
y la plena revelación de todo el Evangelio de la vida.
En las primeras horas de la tarde del viernes santo, «
al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra... El
velo del Santuario se rasgó por medio » (Lc 23, 44.45).
Es símbolo de una gran alteración cósmica
y de una inmensa lucha entre las fuerzas del bien y las fuerzas
del mal, entre la vida y la muerte. Hoy nosotros nos encontramos
también en medio de una lucha dramática entre la
« cultura de la muerte » y la « cultura de la
vida ». Sin embargo, esta oscuridad no eclipsa el resplandor
de la Cruz; al contrario, resalta aún más nítida
y luminosa y se manifiesta como centro, sentido y fin de toda
la historia y de cada vida humana.
Jesús es clavado en la cruz y elevado sobre la tierra.
Vive el momento de su máxima « impotencia »,
y su vida parece abandonada totalmente al escarnio de sus adversarios
y en manos de sus asesinos: es ridiculizado, insultado, ultrajado
(cf. Mc 15, 24-36). Sin embargo, ante todo esto el centurión
romano, viendo « que había expirado de esa manera
», exclama: « Verdaderamente este hombre era Hijo
de Dios » (Mc 15, 39). Así, en el momento de su debilidad
extrema se revela la identidad del Hijo de Dios: ¡en la
Cruz se manifiesta su gloria!
Con su muerte, Jesús ilumina el sentido de la vida y
de la muerte de todo ser humano. Antes de morir, Jesús
ora al Padre implorando el perdón para sus perseguidores
(cf. Lc 23, 34) y dice al malhechor que le pide que se acuerde
de él en su reino: « Yo te aseguro: hoy estarás
conmigo en el paraíso » (Lc 23, 43). Después
de su muerte « se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos
de santos difuntos resucitaron » (Mt 27, 52). La salvación
realizada por Jesús es don de vida y de resurrección.
A lo largo de su existencia, Jesús había dado también
la salvación sanando y haciendo el bien a todos (cf. Hch
10, 38). Pero los milagros, las curaciones y las mismas resurrecciones
eran signo de otra salvación, consistente en el perdón
de los pecados, es decir, en liberar al hombre de su enfermedad
más profunda, elevándolo a la vida misma de Dios.
En la Cruz se renueva y realiza en su plena y definitiva perfección
el prodigio de la serpiente levantada por Moisés en el
desierto (cf. Jn 3, 14-15; Nm 21, 8-9). También hoy, dirigiendo
la mirada a Aquél que atravesaron, todo hombre amenazado
en su existencia encuentra la esperanza segura de liberación
y redención.
51. Existe todavía otro hecho concreto que llama mi atención
y me hace meditar con emoción: « Cuando tomó
Jesús el vinagre, dijo: "Todo está cumplido".
E inclinando la cabeza entregó el espíritu ».
(Jn 19, 30). Y el soldado romano « le atravesó el
costado con una lanza y al instante salió sangre y agua
» (Jn 19, 34).
Todo ha alcanzado ya su pleno cumplimiento. La « entrega
del espíritu » presenta la muerte de Jesús
semejante a la de cualquier otro ser humano, pero parece aludir
también al « don del Espíritu », con
el que nos rescata de la muerte y nos abre a una vida nueva.
El hombre participa de la misma vida de Dios. Es la vida que,
mediante los sacramentos de la Iglesia —de los que son símbolo
la sangre y el agua manados del costado de Cristo—, se comunica
continuamente a los hijos de Dios, constituidos así como
pueblo de la nueva alianza. De la Cruz, fuente de vida, nace y
se propaga el « pueblo de la vida ».
La contemplación de la Cruz nos lleva, de este modo,
a las raíces más profundas de cuanto ha sucedido.
Jesús, que entrando en el mundo había dicho: «
He aquí que vengo, Señor, a hacer tu voluntad »
(cf. Hb 10, 9), se hizo en todo obediente al Padre y, «
habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó
hasta el extremo » (Jn 13, 1), se entregó a sí
mismo por ellos.
El, que no había « venido a ser servido, sino a
servir y a dar su vida como rescate por muchos » (Mc 10,
45), alcanza en la Cruz la plenitud del amor. « Nadie tiene
mayor amor, que el que da su vida por sus amigos » (Jn 15,
13). Y El murió por nosotros siendo todavía nosotros
pecadores (cf. Rm 5, 8).
De este modo proclama que la vida encuentra su centro, su sentido
y su plenitud cuando se entrega.
En este punto la meditación se hace alabanza y agradecimiento
y, al mismo tiempo, nos invita a imitar a Jesús y a seguir
sus huellas (cf. 1 P 2, 21).
También nosotros estamos llamados a dar nuestra vida
por los hermanos, realizando de este modo en plenitud de verdad
el sentido y el destino de nuestra existencia.
Lo podremos hacer porque Tú, Señor, nos has dado
ejemplo y nos has comunicado la fuerza de tu Espíritu.
Lo podremos hacer si cada día, contigo y como Tú,
somos obedientes al Padre y cumplimos su voluntad.
Por ello, concédenos escuchar con corazón dócil
y generoso toda palabra que sale de la boca de Dios. Así
aprenderemos no sólo a « no matar » la vida
del hombre, sino a venerarla, amarla y promoverla.
|