CAPITULO I - Evangelium Vitae
LA SANGRE DE TU HERMANO CLAMA A MI DESDE EL SUELO
ACTUALES AMENAZAS A LA VIDA HUMANA
« Caín se lanzó contra su hermano Abel y
lo mató » (Gn 4, 8): raíz de la violencia
contra la vida
7. « No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en
la destrucción de los vivientes; él todo lo creó
para que subsistiera... Porque Dios creó al hombre para
la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas
por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la
experimentan los que le pertenecen » (Sb 1, 13-14; 2, 23-24).
El Evangelio de la vida, proclamado al principio con la creación
del hombre a imagen de Dios para un destino de vida plena y perfecta
(cf. Gn 2, 7; Sb 9, 2-3), está como en contradicción
con la experiencia lacerante de la muerte que entra en el mundo
y oscurece el sentido de toda la existencia humana. La muerte
entra por la envidia del diablo (cf. Gn 3, 1.4-5) y por el pecado
de los primeros padres (cf. Gn 2, 17; 3, 17-19). Y entra de un
modo violento, a través de la muerte de Abel causada por
su hermano Caín: « Cuando estaban en el campo, se
lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató
» (Gn 4, 8).
Esta primera muerte es presentada con una singular elocuencia
en una página emblemática del libro del Génesis.
Una página que cada día se vuelve a escribir, sin
tregua y con degradante repetición, en el libro de la historia
de los pueblos.
Releamos juntos esta página bíblica, que, a pesar
de su carácter arcaico y de su extrema simplicidad, se
presenta muy rica de enseñanzas.
« Fue Abel pastor de ovejas y Caín labrador. Pasó
algún tiempo, y Caín hizo al Señor una oblación
de los frutos del suelo. También Abel hizo una oblación
de los primogénitos de su rebaño, y de la grasa
de los mismos. El Señor miró propicio a Abel y su
oblación, mas no miró propicio a Caín y su
oblación, por lo cual se irritó Caín en gran
manera y se abatió su rostro. El Señor dijo a Caín:
"?Por qué andas irritado, y por qué se ha abatido
tu rostro? ¿No es cierto que si obras bien podrás
alzarlo? Mas, si no obras bien, a la puerta está el pecado
acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar".
Caín dijo a su hermano Abel: "Vamos afuera".
Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra
su hermano Abel y lo mató.
El Señor dijo a Caín: "¿Dónde
está tu hermano Abel?". Contestó: "No
sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?".
Replicó el Señor: "?Qué has hecho? Se
oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo.
Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que abrió
su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Aunque
labres el suelo, no te dará más fruto. Vagabundo
y errante serás en la tierra".
Entonces dijo Caín al Señor: "Mi culpa es
demasiado grande para soportarla. Es decir que hoy me echas de
este suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido en vagabundo
errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará".
El Señor le respondió: "Al contrario, quienquiera
que matare a Caín, lo pagará siete veces".
Y el Señor puso una señal a Caín para que
nadie que lo encontrase le atacara. Caín salió de
la presencia del Señor, y se estableció en el país
de Nod, al oriente de Edén » (Gn 4, 2-16).
8. Caín se « irritó en gran manera »
y su rostro se « abatió » porque el Señor
« miró propicio a Abel y su oblación »
(Gn 4, 4). El texto bíblico no dice el motivo por el que
Dios prefirió el sacrificio de Abel al de Caín;
sin embargo, indica con claridad que, aun prefiriendo la oblación
de Abel, no interrumpió su diálogo con Caín.
Le reprende recordándole su libertad frente al mal: el
hombre no está predestinado al mal. Ciertamente, igual
que Adán, es tentado por el poder maléfico del pecado
que, como bestia feroz, está acechando a la puerta de su
corazón, esperando lanzarse sobre la presa. Pero Caín
es libre frente al pecado. Lo puede y lo debe dominar: «
Como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar »
(Gn 4, 7).
Los celos y la ira prevalecen sobre la advertencia del Señor,
y así Caín se lanza contra su hermano y lo mata.
Como leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica, «
la Escritura, en el relato de la muerte de Abel a manos de su
hermano Caín, revela, desde los comienzos de la historia
humana, la presencia en el hombre de la ira y la codicia, consecuencia
del pecado original. El hombre se convirtió en el enemigo
de sus semejantes ». 10
El hermano mata a su hermano. Como en el primer fratricidio,
en cada homicidio se viola el parentesco « espiritual »
que agrupa a los hombres en una única gran familia 11 donde
todos participan del mismo bien fundamental: la idéntica
dignidad personal. Además, no pocas veces se viola también
el parentesco « de carne y sangre », por ejemplo,
cuando las amenazas a la vida se producen en la relación
entre padres e hijos, como sucede con el aborto o cuando, en un
contexto familiar o de parentesco más amplio, se favorece
o se procura la eutanasia.
En la raíz de cada violencia contra el prójimo
se cede a la lógica del maligno, es decir, de aquél
que « era homicida desde el principio » (Jn 8, 44),
como nos recuerda el apóstol Juan: « Pues este es
el mensaje que habéis oído desde el principio: que
nos amemos unos a otros. No como Caín, que, siendo del
maligno, mató a su hermano » (1 Jn 3, 11-12). Así,
esta muerte del hermano al comienzo de la historia es el triste
testimonio de cómo el mal avanza con rapidez impresionante:
a la rebelión del hombre contra Dios en el paraíso
terrenal se añade la lucha mortal del hombre contra el
hombre.
Después del delito, Dios interviene para vengar al asesinado.
Caín, frente a Dios, que le pregunta sobre el paradero
de Abel, lejos de sentirse avergonzado y excusarse, elude la pregunta
con arrogancia: « No sé. ¿Soy yo acaso el
guarda de mi hermano? » (Gn 4, 9). « No sé
». Con la mentira Caín trata de ocultar su delito.
Así ha sucedido con frecuencia y sigue sucediendo cuando
las ideologías más diversas sirven para justificar
y encubrir los atentados más atroces contra la persona.
« ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano? »:
Caín no quiere pensar en su hermano y rechaza asumir aquella
responsabilidad que cada hombre tiene en relación con los
demás. Esto hace pensar espontáneamente en las tendencias
actuales de ausencia de responsabilidad del hombre hacia sus semejantes,
cuyos síntomas son, entre otros, la falta de solidaridad
con los miembros más débiles de la sociedad —es
decir, ancianos, enfermos, inmigrantes y niños— y
la indiferencia que con frecuencia se observa en la relación
entre los pueblos, incluso cuando están en juego valores
fundamentales como la supervivencia, la libertad y la paz.
9. Dios no puede dejar impune el delito: desde el suelo sobre
el que fue derramada, la sangre del asesinado clama justicia a
Dios (cf. Gn 37, 26; Is 26, 21; Ez 24, 7-8). De este texto la
Iglesia ha sacado la denominación de « pecados que
claman venganza ante la presencia de Dios » y entre ellos
ha incluido, en primer lugar, el homicidio voluntario. 12 Para
los hebreos, como para otros muchos pueblos de la antigüedad,
en la sangre se encuentra la vida, mejor aún, « la
sangre es la vida » (Dt 12, 23) y la vida, especialmente
la humana, pertenece sólo a Dios: por eso quien atenta
contra la vida del hombre, de alguna manera atenta contra Dios
mismo.
Caín es maldecido por Dios y también por la tierra,
que le negará sus frutos (cf. Gn 4, 11-12). Y es castigado:
tendrá que habitar en la estepa y en el desierto. La violencia
homicida cambia profundamente el ambiente de vida del hombre.
La tierra de « jardín de Edén » (Gn
2, 15), lugar de abundancia, de serenas relaciones interpersonales
y de amistad con Dios, pasa a ser « país de Nod »
(Gn 4, 16), lugar de « miseria », de soledad y de
lejanía de Dios. Caín será « vagabundo
errante por la tierra » (Gn 4, 14): la inseguridad y la
falta de estabilidad lo acompañarán siempre.
Pero Dios, siempre misericordioso incluso cuando castiga, «
puso una señal a Caín para que nadie que le encontrase
le atacara » (Gn 4, 15). Le da, por tanto, una señal
de reconocimiento, que tiene como objetivo no condenarlo a la
execración de los demás hombres, sino protegerlo
y defenderlo frente a quienes querrán matarlo para vengar
así la muerte de Abel. Ni siquiera el homicida pierde su
dignidad personal y Dios mismo se hace su garante. Es justamente
aquí donde se manifiesta el misterio paradójico
de la justicia misericordiosa de Dios, como escribió san
Ambrosio: « Porque se había cometido un fratricidio,
esto es, el más grande de los crímenes, en el momento
mismo en que se introdujo el pecado, se debió desplegar
la ley de la misericordia divina; ya que, si el castigo hubiera
golpeado inmediatamente al culpable, no sucedería que los
hombres, al castigar, usen cierta tolerancia o suavidad, sino
que entregarían inmediatamente al castigo a los culpables.
(...) Dios expulsó a Caín de su presencia y, renegado
por sus padres, lo desterró como al exilio de una habitación
separada, por el hecho de que había pasado de la humana
benignidad a la ferocidad bestial. Sin embargo, Dios no quiso
castigar al homicida con el homicidio, ya que quiere el arrepentimiento
del pecador y no su muerte ».13
« ¿Qué has hecho?
» (Gn 4, 10): eclipse del valor de la vida
10. El Señor dice a Caín: « ¿Qué
has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde
el suelo » (Gn 4, 10). La voz de la sangre derramada por
los hombres no cesa de clamar, de generación en generación,
adquiriendo tonos y acentos diversos y siempre nuevos.
La pregunta del Señor « ¿Qué has
hecho? », que Caín no puede esquivar, se dirige también
al hombre contemporáneo para que tome conciencia de la
amplitud y gravedad de los atentados contra la vida, que siguen
marcando la historia de la humanidad; para que busque las múltiples
causas que los generan y alimentan; reflexione con extrema seriedad
sobre las consecuencias que derivan de estos mismos atentados
para la vida de las personas y de los pueblos.
Hay amenazas que proceden de la naturaleza misma, y que se agravan
por la desidia culpable y la negligencia de los hombres que, no
pocas veces, podrían remediarlas. Otras, sin embargo, son
fruto de situaciones de violencia, odio, intereses contrapuestos,
que inducen a los hombres a agredirse entre sí con homicidios,
guerras, matanzas y genocidios.
?Cómo no pensar también en la violencia contra
la vida de millones de seres humanos, especialmente niños,
forzados a la miseria, a la desnutrición, y al hambre,
a causa de una inicua distribución de las riquezas entre
los pueblos y las clases sociales? ¿o en la violencia derivada,
incluso antes que de las guerras, de un comercio escandaloso de
armas, que favorece la espiral de tantos conflictos armados que
ensangrientan el mundo? ¿o en la siembra de muerte que
se realiza con el temerario desajuste de los equilibrios ecológicos,
con la criminal difusión de la droga, o con el fomento
de modelos de práctica de la sexualidad que, además
de ser moralmente inaceptables, son también portadores
de graves riesgos para la vida? Es imposible enumerar completamente
la vasta gama de amenazas contra la vida humana, ¡son tantas
sus formas, manifiestas o encubiertas, en nuestro tiempo!
11. Pero nuestra atención quiere concentrarse, en particular,
en otro género de atentados, relativos a la vida naciente
y terminal, que presentan caracteres nuevos respecto al pasado
y suscitan problemas de gravedad singular, por el hecho de que
tienden a perder, en la conciencia colectiva, el carácter
de « delito » y a asumir paradójicamente el
de « derecho », hasta el punto de pretender con ello
un verdadero y propio reconocimiento legal por parte del Estado
y la sucesiva ejecución mediante la intervención
gratuita de los mismos agentes sanitarios. Estos atentados golpean
la vida humana en situaciones de máxima precariedad, cuando
está privada de toda capacidad de defensa. Más grave
aún es el hecho de que, en gran medida, se produzcan precisamente
dentro y por obra de la familia, que constitutivamente está
llamada a ser, sin embargo, « santuario de la vida ».
¿Cómo se ha podido llegar a una situación
semejante? Se deben tomar en consideración múltiples
factores. En el fondo hay una profunda crisis de la cultura, que
engendra escepticismo en los fundamentos mismos del saber y de
la ética, haciendo cada vez más difícil ver
con claridad el sentido del hombre, de sus derechos y deberes.
A esto se añaden las más diversas dificultades existenciales
y relacionales, agravadas por la realidad de una sociedad compleja,
en la que las personas, los matrimonios y las familias se quedan
con frecuencia solas con sus problemas. No faltan además
situaciones de particular pobreza, angustia o exasperación,
en las que la prueba de la supervivencia, el dolor hasta el límite
de lo soportable, y las violencias sufridas, especialmente aquellas
contra la mujer, hacen que las opciones por la defensa y promoción
de la vida sean exigentes, a veces incluso hasta el heroísmo.
Todo esto explica, al menos en parte, cómo el valor de
la vida pueda hoy sufrir una especie de « eclipse »,
aun cuando la conciencia no deje de señalarlo como valor
sagrado e intangible, como demuestra el hecho mismo de que se
tienda a disimular algunos delitos contra la vida naciente o terminal
con expresiones de tipo sanitario, que distraen la atención
del hecho de estar en juego el derecho a la existencia de una
persona humana concreta.
12. En efecto, si muchos y graves aspectos de la actual problemática
social pueden explicar en cierto modo el clima de extendida incertidumbre
moral y atenuar a veces en las personas la responsabilidad objetiva,
no es menos cierto que estamos frente a una realidad más
amplia, que se puede considerar como una verdadera y auténtica
estructura de pecado, caracterizada por la difusión de
una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se
configura como verdadera « cultura de muerte ». Esta
estructura está activamente promovida por fuertes corrientes
culturales, económicas y políticas, portadoras de
una concepción de la sociedad basada en la eficiencia.
Mirando las cosas desde este punto de vista, se puede hablar,
en cierto sentido, de una guerra de los poderosos contra los débiles.
La vida que exigiría más acogida, amor y cuidado
es tenida por inútil, o considerada como un peso insoportable
y, por tanto, despreciada de muchos modos. Quien, con su enfermedad,
con su minusvalidez o, más simplemente, con su misma presencia
pone en discusión el bienestar y el estilo de vida de los
más aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del
que hay que defenderse o a quien eliminar. Se desencadena así
una especie de « conjura contra la vida », que afecta
no sólo a las personas concretas en sus relaciones individuales,
familiares o de grupo, sino que va más allá llegando
a perjudicar y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre
los pueblos y los Estados.
13. Para facilitar la difusión del aborto, se han invertido
y se siguen invirtiendo ingentes sumas destinadas a la obtención
de productos farmacéuticos, que hacen posible la muerte
del feto en el seno materno, sin necesidad de recurrir a la ayuda
del médico. La misma investigación científica
sobre este punto parece preocupada casi exclusivamente por obtener
productos cada vez más simples y eficaces contra la vida
y, al mismo tiempo, capaces de sustraer el aborto a toda forma
de control y responsabilidad social.
Se afirma con frecuencia que la anticoncepción, segura
y asequible a todos, es el remedio más eficaz contra el
aborto. Se acusa además a la Iglesia católica de
favorecer de hecho el aborto al continuar obstinadamente enseñando
la ilicitud moral de la anticoncepción. La objeción,
mirándolo bien, se revela en realidad falaz. En efecto,
puede ser que muchos recurran a los anticonceptivos incluso para
evitar después la tentación del aborto. Pero los
contravalores inherentes a la « mentalidad anticonceptiva
» —bien diversa del ejercicio responsable de la paternidad
y maternidad, respetando el significado pleno del acto conyugal—
son tales que hacen precisamente más fuerte esta tentación,
ante la eventual concepción de una vida no deseada. De
hecho, la cultura abortista está particularmente desarrollada
justo en los ambientes que rechazan la enseñanza de la
Iglesia sobre la anticoncepción. Es cierto que anticoncepción
y aborto, desde el punto de vista moral, son males específicamente
distintos: la primera contradice la verdad plena del acto sexual
como expresión propia del amor conyugal, el segundo destruye
la vida de un ser humano; la anticoncepción se opone a
la virtud de la castidad matrimonial, el aborto se opone a la
virtud de la justicia y viola directamente el precepto divino
« no matarás ».
A pesar de su diversa naturaleza y peso moral, muy a menudo
están íntimamente relacionados, como frutos de una
misma planta. Es cierto que no faltan casos en los que se llega
a la anticoncepción y al mismo aborto bajo la presión
de múltiples dificultades existenciales, que sin embargo
nunca pueden eximir del esfuerzo por observar plenamente la Ley
de Dios. Pero en muchísimos otros casos estas prácticas
tienen sus raíces en una mentalidad hedonista e irresponsable
respecto a la sexualidad y presuponen un concepto egoísta
de libertad que ve en la procreación un obstáculo
al desarrollo de la propia personalidad. Así, la vida que
podría brotar del encuentro sexual se convierte en enemigo
a evitar absolutamente, y el aborto en la única respuesta
posible frente a una anticoncepción frustrada.
Lamentablemente la estrecha conexión que, como mentalidad,
existe entre la práctica de la anticoncepción y
la del aborto se manifiesta cada vez más y lo demuestra
de modo alarmante también la preparación de productos
químicos, dispositivos intrauterinos y « vacunas
» que, distribuidos con la misma facilidad que los anticonceptivos,
actúan en realidad como abortivos en las primerísimas
fases de desarrollo de la vida del nuevo ser humano.
14. También las distintas técnicas de reproducción
artificial, que parecerían puestas al servicio de la vida
y que son practicadas no pocas veces con esta intención,
en realidad dan pie a nuevos atentados contra la vida. Más
allá del hecho de que son moralmente inaceptables desde
el momento en que separan la procreación del contexto integralmente
humano del acto conyugal, 14 estas técnicas registran altos
porcentajes de fracaso. Este afecta no tanto a la fecundación
como al desarrollo posterior del embrión, expuesto al riesgo
de muerte por lo general en brevísimo tiempo. Además,
se producen con frecuencia embriones en número superior
al necesario para su implantación en el seno de la mujer,
y estos así llamados « embriones supernumerarios
» son posteriormente suprimidos o utilizados para investigaciones
que, bajo el pretexto del progreso científico o médico,
reducen en realidad la vida humana a simple « material biológico
» del que se puede disponer libremente.
Los diagnósticos prenatales, que no presentan dificultades
morales si se realizan para determinar eventuales cuidados necesarios
para el niño aún no nacido, con mucha frecuencia
son ocasión para proponer o practicar el aborto. Es el
aborto eugenésico, cuya legitimación en la opinión
pública procede de una mentalidad —equivocadamente
considerada acorde con las exigencias de la « terapéutica
»— que acoge la vida sólo en determinadas condiciones,
rechazando la limitación, la minusvalidez, la enfermedad.
Siguiendo esta misma lógica, se ha llegado a negar los
cuidados ordinarios más elementales, y hasta la alimentación,
a niños nacidos con graves deficiencias o enfermedades.
Además, el panorama actual resulta aún más
desconcertante debido a las propuestas, hechas en varios lugares,
de legitimar, en la misma línea del derecho al aborto,
incluso el infanticidio, retornando así a una época
de barbarie que se creía superada para siempre.
15. Amenazas no menos graves afectan también a los enfermos
incurables y a los terminales, en un contexto social y cultural
que, haciendo más difícil afrontar y soportar el
sufrimiento, agudiza la tentación de resolver el problema
del sufrimiento eliminándolo en su raíz, anticipando
la muerte al momento considerado como más oportuno.
En una decisión así confluyen con frecuencia elementos
diversos, lamentablemente convergentes en este terrible final.
Puede ser decisivo, en el enfermo, el sentimiento de angustia,
exasperación, e incluso desesperación, provocado
por una experiencia de dolor intenso y prolongado. Esto supone
una dura prueba para el equilibrio a veces ya inestable de la
vida familiar y personal, de modo que, por una parte, el enfermo
—no obstante la ayuda cada vez más eficaz de la asistencia
médica y social—, corre el riesgo de sentirse abatido
por la propia fragilidad; por otra, en las personas vinculadas
afectivamente con el enfermo, puede surgir un sentimiento de comprensible
aunque equivocada piedad. Todo esto se ve agravado por un ambiente
cultural que no ve en el sufrimiento ningún significado
o valor, es más, lo considera el mal por excelencia, que
debe eliminar a toda costa. Esto acontece especialmente cuando
no se tiene una visión religiosa que ayude a comprender
positivamente el misterio del dolor.
Además, en el conjunto del horizonte cultural no deja
de influir también una especie de actitud prometeica del
hombre que, de este modo, se cree señor de la vida y de
la muerte porque decide sobre ellas, cuando en realidad es derrotado
y aplastado por una muerte cerrada irremediablemente a toda perspectiva
de sentido y esperanza. Encontramos una trágica expresión
de todo esto en la difusión de la eutanasia, encubierta
y subrepticia, practicada abiertamente o incluso legalizada. Esta,
más que por una presunta piedad ante el dolor del paciente,
es justificada a veces por razones utilitarias, de cara a evitar
gastos innecesarios demasiado costosos para la sociedad. Se propone
así la eliminación de los recién nacidos
malformados, de los minusválidos graves, de los impedidos,
de los ancianos, sobre todo si no son autosuficientes, y de los
enfermos terminales. No nos es lícito callar ante otras
formas más engañosas, pero no menos graves o reales,
de eutanasia. Estas podrían producirse cuando, por ejemplo,
para aumentar la disponibilidad de órganos para trasplante,
se procede a la extracción de los órganos sin respetar
los criterios objetivos y adecuados que certifican la muerte del
donante.
16. Otro fenómeno actual, en el que confluyen frecuentemente
amenazas y atentados contra la vida, es el demográfico.
Este presenta modalidades diversas en las diferentes partes del
mundo: en los Países ricos y desarrollados se registra
una preocupante reducción o caída de los nacimientos;
los Países pobres, por el contrario, presentan en general
una elevada tasa de aumento de la población, difícilmente
soportable en un contexto de menor desarrollo económico
y social, o incluso de grave subdesarrollo. Ante la superpoblación
de los Países pobres faltan, a nivel internacional, medidas
globales —serias políticas familiares y sociales,
programas de desarrollo cultural y de justa producción
y distribución de los recursos— mientras se continúan
realizando políticas antinatalistas.
La anticoncepción, la esterilización y el aborto
están ciertamente entre las causas que contribuyen a crear
situaciones de fuerte descenso de la natalidad. Puede ser fácil
la tentación de recurrir también a los mismos métodos
y atentados contra la vida en las situaciones de « explosión
demográfica ».
El antiguo Faraón, viendo como una pesadilla la presencia
y aumento de los hijos de Israel, los sometió a toda forma
de opresión y ordenó que fueran asesinados todos
los recién nacidos varones de las mujeres hebreas (cf.
Ex 1, 7-22). Del mismo modo se comportan hoy no pocos poderosos
de la tierra. Estos consideran también como una pesadilla
el crecimiento demográfico actual y temen que los pueblos
más prolíficos y más pobres representen una
amenaza para el bienestar y la tranquilidad de sus Países.
Por consiguiente, antes que querer afrontar y resolver estos graves
problemas respetando la dignidad de las personas y de las familias,
y el derecho inviolable de todo hombre a la vida, prefieren promover
e imponer por cualquier medio una masiva planificación
de los nacimientos. Las mismas ayudas económicas, que estarían
dispuestos a dar, se condicionan injustamente a la aceptación
de una política antinatalista.
17. La humanidad de hoy nos ofrece un espectáculo verdaderamente
alarmante, si consideramos no sólo los diversos ámbitos
en los que se producen los atentados contra la vida, sino también
su singular proporción numérica, junto con el múltiple
y poderoso apoyo que reciben de una vasta opinión pública,
de un frecuente reconocimiento legal y de la implicación
de una parte del personal sanitario.
Como afirmé con fuerza en Denver, con ocasión
de la VIII Jornada Mundial de la Juventud: « Con el tiempo,
las amenazas contra la vida no disminuyen. Al contrario, adquieren
dimensiones enormes. No se trata sólo de amenazas procedentes
del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los "Caínes"
que asesinan a los "Abeles"; no, se trata de amenazas
programadas de manera científica y sistemática.
El siglo XX será considerado una época de ataques
masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una
destrucción permanente de vidas humanas inocentes. Los
falsos profetas y los falsos maestros han logrado el mayor éxito
posible ».15 Más allá de las intenciones,
que pueden ser diversas y presentar tal vez aspectos convincentes
incluso en nombre de la solidaridad, estamos en realidad ante
una objetiva « conjura contra la vida », que ve implicadas
incluso a Instituciones internacionales, dedicadas a alentar y
programar auténticas campañas de difusión
de la anticoncepción, la esterilización y el aborto.
Finalmente, no se puede negar que los medios de comunicación
social son con frecuencia cómplices de esta conjura, creando
en la opinión pública una cultura que presenta el
recurso a la anticoncepción, la esterilización,
el aborto y la misma eutanasia como un signo de progreso y conquista
de libertad, mientras muestran como enemigas de la libertad y
del progreso las posiciones incondicionales a favor de la vida.
« ¿Soy acaso yo el guarda
de mi hermano? » (Gn 4, 9): una idea perversa de libertad
18. El panorama descrito debe considerarse atendiendo no sólo
a los fenómenos de muerte que lo caracterizan, sino también
a lasmúltiples causas que lo determinan. La pregunta del
Señor: « ¿Qué has hecho? » (Gn
4, 10) parece como una invitación a Caín para ir
más allá de la materialidad de su gesto homicida,
y comprender toda su gravedad en las motivaciones que estaban
en su origen y en las consecuencias que se derivan.
Las opciones contra la vida proceden, a veces, de situaciones
difíciles o incluso dramáticas de profundo sufrimiento,
soledad, falta total de perspectivas económicas, depresión
y angustia por el futuro. Estas circunstancias pueden atenuar
incluso notablemente la responsabilidad subjetiva y la consiguiente
culpabilidad de quienes hacen estas opciones en sí mismas
moralmente malas. Sin embargo, hoy el problema va bastante más
allá del obligado reconocimiento de estas situaciones personales.
Está también en el plano cultural, social y político,
donde presenta su aspecto más subversivo e inquietante
en la tendencia, cada vez más frecuente, a interpretar
estos delitos contra la vida como legítimas expresiones
de la libertad individual, que deben reconocerse y ser protegidas
como verdaderos y propios derechos.
De este modo se produce un cambio de trágicas consecuencias
en el largo proceso histórico, que después de descubrir
la idea de los « derechos humanos » —como derechos
inherentes a cada persona y previos a toda Constitución
y legislación de los Estados— incurre hoy en una
sorprendente contradicción: justo en una época en
la que se proclaman solemnemente los derechos inviolables de la
persona y se afirma públicamente el valor de la vida, el
derecho mismo a la vida queda prácticamente negado y conculcado,
en particular en los momentos más emblemáticos de
la existencia, como son el nacimiento y la muerte.
Por una parte, las varias declaraciones universales de los derechos
del hombre y las múltiples iniciativas que se inspiran
en ellas, afirman a nivel mundial una sensibilidad moral más
atenta a reconocer el valor y la dignidad de todo ser humano en
cuanto tal, sin distinción de raza, nacionalidad, religión,
opinión política o clase social.
Por otra parte, a estas nobles declaraciones se contrapone lamentablemente
en la realidad su trágica negación. Esta es aún
más desconcertante y hasta escandalosa, precisamente por
producirse en una sociedad que hace de la afirmación y
de la tutela de los derechos humanos su objetivo principal y al
mismo tiempo su motivo de orgullo. ¿Cómo poner de
acuerdo estas repetidas afirmaciones de principios con la multiplicación
continua y la difundida legitimación de los atentados contra
la vida humana? ¿Cómo conciliar estas declaraciones
con el rechazo del más débil, del más necesitado,
del anciano y del recién concebido? Estos atentados van
en una dirección exactamente contraria a la del respeto
a la vida, y representan una amenaza frontal a toda la cultura
de los derechos del hombre. Es una amenaza capaz, al límite,
de poner en peligro el significado mismo de la convivencia democrática:
nuestras ciudades corren el riesgo de pasar de ser sociedades
de « con-vivientes » a sociedades de excluidos, marginados,
rechazados y eliminados. Si además se dirige la mirada
al horizonte mundial, ¿cómo no pensar que la afirmación
misma de los derechos de las personas y de los pueblos se reduce
a un ejercicio retórico estéril, como sucede en
las altas reuniones internacionales, si no se desenmascara el
egoísmo de los Países ricos que cierran el acceso
al desarrollo de los Países pobres, o lo condicionan a
absurdas prohibiciones de procreación, oponiendo el desarrollo
al hombre? ¿No convendría quizá revisar los
mismos modelos económicos, adoptados a menudo por los Estados
incluso por influencias y condicionamientos de carácter
internacional, que producen y favorecen situaciones de injusticia
y violencia en las que se degrada y vulnera la vida humana de
poblaciones enteras?
19. ¿Dónde están
las raíces de una contradicción tan sorprendente?
Podemos encontrarlas en valoraciones generales de orden cultural
o moral, comenzando por aquella mentalidad que, tergiversando
e incluso deformando el concepto de subjetividad, sólo
reconoce como titular de derechos a quien se presenta con plena
o, al menos, incipiente autonomía y sale de situaciones
de total dependencia de los demás. Pero, ¿cómo
conciliar esta postura con la exaltación del hombre como
ser « indisponible »? La teoría de los derechos
humanos se fundamenta precisamente en la consideración
del hecho que el hombre, a diferencia de los animales y de las
cosas, no puede ser sometido al dominio de nadie. También
se debe señalar aquella lógica que tiende a identificar
la dignidad personal con la capacidad de comunicación verbal
y explícita y, en todo caso, experimentable. Está
claro que, con estos presupuestos, no hay espacio en el mundo
para quien, como el que ha de nacer o el moribundo, es un sujeto
constitutivamente débil, que parece sometido en todo al
cuidado de otras personas, dependiendo radicalmente de ellas,
y que sólo sabe comunicarse mediante el lenguaje mudo de
una profunda simbiosis de afectos. Es, por tanto, la fuerza que
se hace criterio de opción y acción en las relaciones
interpersonales y en la convivencia social. Pero esto es exactamente
lo contrario de cuanto ha querido afirmar históricamente
el Estado de derecho, como comunidad en la que a las « razones
de la fuerza » sustituye la « fuerza de la razón
».
A otro nivel, el origen de la contradicción entre la
solemne afirmación de los derechos del hombre y su trágica
negación en la práctica, está en un concepto
de libertad que exalta de modo absoluto al individuo, y no lo
dispone a la solidaridad, a la plena acogida y al servicio del
otro. Si es cierto que, a veces, la eliminación de la vida
naciente o terminal se enmascara también bajo una forma
malentendida de altruismo y piedad humana, no se puede negar que
semejante cultura de muerte, en su conjunto, manifiesta una visión
de la libertad muy individualista, que acaba por ser la libertad
de los « más fuertes » contra los débiles
destinados a sucumbir.
Precisamente en este sentido se puede interpretar la respuesta
de Caín a la pregunta del Señor « ¿Dónde
está tu hermano Abel? »: « No sé. ¿Soy
yo acaso el guarda de mi hermano? » (Gn 4, 9). Sí,
cada hombre es « guarda de su hermano », porque Dios
confía el hombre al hombre. Y es también en vista
de este encargo que Dios da a cada hombre la libertad, que posee
una esencial dimensión relacional. Es un gran don del Creador,
puesta al servicio de la persona y de su realización mediante
el don de sí misma y la acogida del otro. Sin embargo,
cuando la libertad es absolutizada en clave individualista, se
vacía de su contenido original y se contradice en su misma
vocación y dignidad.
Hay un aspecto aún más profundo que acentuar:
la libertad reniega de sí misma, se autodestruye y se dispone
a la eliminación del otro cuando no reconoce ni respeta
su vínculo constitutivo con la verdad. Cada vez que la
libertad, queriendo emanciparse de cualquier tradición
y autoridad, se cierra a las evidencias primarias de una verdad
objetiva y común, fundamento de la vida personal y social,
la persona acaba por asumir como única e indiscutible referencia
para sus propias decisiones no ya la verdad sobre el bien o el
mal, sino sólo su opinión subjetiva y mudable o,
incluso, su interés egoísta y su capricho.
20. Con esta concepción de la libertad, la convivencia
social se deteriora profundamente. Si la promoción del
propio yo se entiende en términos de autonomía absoluta,
se llega inevitablemente a la negación del otro, considerado
como enemigo de quien defenderse. De este modo la sociedad se
convierte en un conjunto de individuos colocados unos junto a
otros, pero sin vínculos recíprocos: cada cual quiere
afirmarse independientemente de los demás, incluso haciendo
prevalecer sus intereses. Sin embargo, frente a los intereses
análogos de los otros, se ve obligado a buscar cualquier
forma de compromiso, si se quiere garantizar a cada uno el máximo
posible de libertad en la sociedad. Así, desaparece toda
referencia a valores comunes y a una verdad absoluta para todos;
la vida social se adentra en las arenas movedizas de un relativismo
absoluto. Entonces todo es pactable, todo es negociable: incluso
el primero de los derechos fundamentales, el de la vida.
Es lo que de hecho sucede también en el ámbito
más propiamente político o estatal: el derecho originario
e inalienable a la vida se pone en discusión o se niega
sobre la base de un voto parlamentario o de la voluntad de una
parte —aunque sea mayoritaria— de la población.
Es el resultado nefasto de un relativismo que predomina incontrovertible:
el « derecho » deja de ser tal porque no está
ya fundamentado sólidamente en la inviolable dignidad de
la persona, sino que queda sometido a la voluntad del más
fuerte. De este modo la democracia, a pesar de sus reglas, va
por un camino de totalitarismo fundamental. El Estado deja de
ser la « casa común » donde todos pueden vivir
según los principios de igualdad fundamental, y se transforma
en Estado tirano, que presume de poder disponer de la vida de
los más débiles e indefensos, desde el niño
aún no nacido hasta el anciano, en nombre de una utilidad
pública que no es otra cosa, en realidad, que el interés
de algunos. Parece que todo acontece en el más firme respeto
de la legalidad, al menos cuando las leyes que permiten el aborto
o la eutanasia son votadas según las, así llamadas,
reglas democráticas. Pero en realidad estamos sólo
ante una trágica apariencia de legalidad, donde el ideal
democrático, que es verdaderamente tal cuando reconoce
y tutela la dignidad de toda persona humana, es traicionado en
sus mismas bases: « ¿Cómo es posible hablar
todavía de dignidad de toda persona humana, cuando se permite
matar a la más débil e inocente? ¿En nombre
de qué justicia se realiza la más injusta de las
discriminaciones entre las personas, declarando a algunas dignas
de ser defendidas, mientras a otras se niega esta dignidad? ».16
Cuando se verifican estas condiciones, se han introducido ya los
dinamismos que llevan a la disolución de una auténtica
convivencia humana y a la disgregación de la misma realidad
establecida.
Reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia,
y reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana
un significado perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre
los demás y contra los demás. Pero ésta es
la muerte de la verdadera libertad: « En verdad, en verdad
os digo: todo el que comete pecado es un esclavo » (Jn 8,
34).
« He de esconderme de tu presencia
» (Gn 4, 14): eclipse del sentido de Dios y del hombre
21. En la búsqueda de las raíces más profundas
de la lucha entre la « cultura de la vida » y la «
cultura de la muerte », no basta detenerse en la idea perversa
de libertad anteriormente señalada. Es necesario llegar
al centro del drama vivido por el hombre contemporáneo:
el eclipse del sentido de Dios y del hombre, característico
del contexto social y cultural dominado por el secularismo, que
con sus tentáculos penetrantes no deja de poner a prueba,
a veces, a las mismas comunidades cristianas. Quien se deja contagiar
por esta atmósfera, entra fácilmente en el torbellino
de un terrible círculo vicioso: perdiendo el sentido de
Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre,
de su dignidad y de su vida. A su vez, la violación sistemática
de la ley moral, especialmente en el grave campo del respeto de
la vida humana y su dignidad, produce una especie de progresiva
ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante
y salvadora de Dios.
Una vez más podemos inspirarnos en el relato del asesinato
de Abel por parte de su hermano. Después de la maldición
impuesta por Dios, Caín se dirige así al Señor:
« Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Es decir
que hoy me echas de este suelo y he de esconderme de tu presencia,
convertido en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que
me encuentre me matará » (Gn 4, 13-14). Caín
considera que su pecado no podrá ser perdonado por el Señor
y que su destino inevitable será tener que « esconderse
de su presencia ». Si Caín confiesa que su culpa
es « demasiado grande », es porque sabe que se encuentra
ante Dios y su justo juicio. En realidad, sólo delante
del Señor el hombre puede reconocer su pecado y percibir
toda su gravedad. Esta es la experiencia de David, que después
de « haber pecado contra el Señor », reprendido
por el profeta Natán (cf. 2 Sam 11-12), exclama: «
Mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante
mí; contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo
a tus ojos cometí » (Sal 51 50, 5-6).
22. Por esto, cuando se pierde el sentido de Dios, también
el sentido del hombre queda amenazado y contaminado, como afirma
lapidariamente el Concilio Vaticano II: « La criatura sin
el Creador desaparece... Más aún, por el olvido
de Dios la propia criatura queda oscurecida ».17 El hombre
no puede ya entenderse como « misteriosamente otro »
respecto a las demás criaturas terrenas; se considera como
uno de tantos seres vivientes, como un organismo que, a lo sumo,
ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Encerrado
en el restringido horizonte de su materialidad, se reduce de este
modo a « una cosa », y ya no percibe el carácter
trascendente de su « existir como hombre ». No considera
ya la vida como un don espléndido de Dios, una realidad
« sagrada » confiada a su responsabilidad y, por tanto,
a su custodia amorosa, a su « veneración ».
La vida llega a ser simplemente « una cosa », que
el hombre reivindica como su propiedad exclusiva, totalmente dominable
y manipulable.
Así, ante la vida que nace y la vida que muere, el hombre
ya no es capaz de dejarse interrogar sobre el sentido más
auténtico de su existencia, asumiendo con verdadera libertad
estos momentos cruciales de su propio « existir ».
Se preocupa sólo del « hacer » y, recurriendo
a cualquier forma de tecnología, se afana por programar,
controlar y dominar el nacimiento y la muerte. Estas, de experiencias
originarias que requieren ser « vividas », pasan a
ser cosas que simplemente se pretenden « poseer »
o « rechazar ».
Por otra parte, una vez excluida la referencia a Dios, no sorprende
que el sentido de todas las cosas resulte profundamente deformado,
y la misma naturaleza, que ya no es « mater », quede
reducida a « material » disponible a todas las manipulaciones.
A esto parece conducir una cierta racionalidad técnico-científica,
dominante en la cultura contemporánea, que niega la idea
misma de una verdad de la creación que hay que reconocer
o de un designio de Dios sobre la vida que hay que respetar. Esto
no es menos verdad, cuando la angustia por los resultados de esta
« libertad sin ley » lleva a algunos a la postura
opuesta de una « ley sin libertad », como sucede,
por ejemplo, en ideologías que contestan la legitimidad
de cualquier intervención sobre la naturaleza, como en
nombre de una « divinización » suya, que una
vez más desconoce su dependencia del designio del Creador.
En realidad, viviendo « como si Dios no existiera »,
el hombre pierde no sólo el misterio de Dios, sino también
el del mundo y el de su propio ser.
23. El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce inevitablemente
al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo,
el utilitarismo y el hedonismo. Se manifiesta también aquí
la perenne validez de lo que escribió el Apóstol:
« Como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento
de Dios, Dios los entregó a su mente insensata, para que
hicieran lo que no conviene » (Rm 1, 28). Así, los
valores del ser son sustituidos por los del tener. El único
fin que cuenta es la consecución del propio bienestar material.
La llamada « calidad de vida » se interpreta principal
o exclusivamente como eficiencia económica, consumismo
desordenado, belleza y goce de la vida física, olvidando
las dimensiones más profundas —relacionales, espirituales
y religiosas— de la existencia.
En semejante contexto el sufrimiento, elemento inevitable de
la existencia humana, aunque también factor de posible
crecimiento personal, es « censurado », rechazado
como inútil, más aún, combatido como mal
que debe evitarse siempre y de cualquier modo. Cuando no es posible
evitarlo y la perspectiva de un bienestar al menos futuro se desvanece,
entonces parece que la vida ha perdido ya todo sentido y aumenta
en el hombre la tentación de reivindicar el derecho a su
supresión.
Siempre en el mismo horizonte cultural, el cuerpo ya no se considera
como realidad típicamente personal, signo y lugar de las
relaciones con los demás, con Dios y con el mundo. Se reduce
a pura materialidad: está simplemente compuesto de órganos,
funciones y energías que hay que usar según criterios
de mero goce y eficiencia. Por consiguiente, también la
sexualidad se despersonaliza e instrumentaliza: de signo, lugar
y lenguaje del amor, es decir, del don de sí mismo y de
la acogida del otro según toda la riqueza de la persona,
pasa a ser cada vez más ocasión e instrumento de
afirmación del propio yo y de satisfacción egoísta
de los propios deseos e instintos. Así se deforma y falsifica
el contenido originario de la sexualidad humana, y los dos significados,
unitivo y procreativo, innatos a la naturaleza misma del acto
conyugal, son separados artificialmente. De este modo, se traiciona
la unión y la fecundidad se somete al arbitrio del hombre
y de la mujer. La procreación se convierte entonces en
el « enemigo » a evitar en la práctica de la
sexualidad. Cuando se acepta, es sólo porque manifiesta
el propio deseo, o incluso la propia voluntad, de tener un hijo
« a toda costa », y no, en cambio, por expresar la
total acogida del otro y, por tanto, la apertura a la riqueza
de vida de la que el hijo es portador.
En la perspectiva materialista expuesta hasta aquí, las
relaciones interpersonales experimentan un grave empobrecimiento.
Los primeros que sufren sus consecuencias negativas son la mujer,
el niño, el enfermo o el que sufre y el anciano. El criterio
propio de la dignidad personal —el del respeto, la gratuidad
y el servicio— se sustituye por el criterio de la eficiencia,
la funcionalidad y la utilidad. Se aprecia al otro no por lo que
« es », sino por lo que « tiene, hace o produce
». Es la supremacía del más fuerte sobre el
más débil.
24. En lo íntimo de la conciencia moral se produce el
eclipse del sentido de Dios y del hombre, con todas sus múltiples
y funestas consecuencias para la vida. Se pone en duda, sobre
todo, la conciencia de cada persona, que en su unicidad e irrepetibilidad
se encuentra sola ante Dios. 18 Pero también se cuestiona,
en cierto sentido, la « conciencia moral » de la sociedad.
Esta es de algún modo responsable, no sólo porque
tolera o favorece comportamientos contrarios a la vida, sino también
porque alimenta la « cultura de la muerte », llegando
a crear y consolidar verdaderas y auténticas « estructuras
de pecado » contra la vida. La conciencia moral, tanto individual
como social, está hoy sometida, a causa también
del fuerte influjo de muchos medios de comunicación social,
a un peligro gravísimo y mortal, el de la confusión
entre el bien y el mal en relación con el mismo derecho
fundamental a la vida. Lamentablemente, una gran parte de la sociedad
actual se asemeja a la que Pablo describe en la Carta a los Romanos.
Está formada « de hombres que aprisionan la verdad
en la injusticia » (1, 18): habiendo renegado de Dios y
creyendo poder construir la ciudad terrena sin necesidad de El,
« se ofuscaron en sus razonamientos » de modo que
« su insensato corazón se entenebreció »
(1, 21); « jactándose de sabios se volvieron estúpidos
» (1, 22), se hicieron autores de obras dignas de muerte
y « no solamente las practican, sino que aprueban a los
que las cometen » (1, 32). Cuando la conciencia, este luminoso
ojo del alma (cf. Mt 6, 22-23), llama « al mal bien y al
bien mal » (Is 5, 20), camina ya hacia su degradación
más inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera
moral.
Sin embargo, todos los condicionamientos y esfuerzos por imponer
el silencio no logran sofocar la voz del Señor que resuena
en la conciencia de cada hombre. De este íntimo santuario
de la conciencia puede empezar un nuevo camino de amor, de acogida
y de servicio a la vida humana.
« Os habéis acercado a
la sangre de la aspersión » (cf. Hb 12, 22.24): signos
de esperanza y llamada al compromiso
25. « Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí
desde el suelo » (Gn 4, 10). No es sólo la sangre
de Abel, el primer inocente asesinado, que clama a Dios, fuente
y defensor de la vida. También la sangre de todo hombre
asesinado después de Abel es un clamor que se eleva al
Señor. De una forma absolutamente única, clama a
Dios la sangre de Cristo, de quien Abel en su inocencia es figura
profética, como nos recuerda el autor de la Carta a los
Hebreos: « Vosotros, en cambio, os habéis acercado
al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo... al mediador
de una Nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de
una sangre que habla mejor que la de Abel » (12, 22.24).
Es la sangre de la aspersión. De ella había sido
símbolo y signo anticipador la sangre de los sacrificios
de la Antigua Alianza, con los que Dios manifestaba la voluntad
de comunicar su vida a los hombres, purificándolos y consagrándolos
(cf. Ex 24, 8; Lv 17, 11). Ahora, todo esto se cumple y verifica
en Cristo: la suya es la sangre de la aspersión que redime,
purifica y salva; es la sangre del mediador de la Nueva Alianza
« derramada por muchos para perdón de los pecados
» (Mt 26, 28). Esta sangre, que brota del costado abierto
de Cristo en la cruz (cf. Jn 19, 34), « habla mejor que
la de Abel »; en efecto, expresa y exige una « justicia
» más profunda, pero sobre todo implora misericordia,
19 se hace ante el Padre intercesora por los hermanos (cf. Hb
7, 25), es fuente de redención perfecta y don de vida nueva.
La sangre de Cristo, mientras revela la grandeza del amor del
Padre, manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos
de Dios y qué inestimable es el valor de su vida. Nos lo
recuerda el apóstol Pedro: « Sabéis que habéis
sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres,
no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa,
como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo » (1 Pe
1, 18-19). Precisamente contemplando la sangre preciosa de Cristo,
signo de su entrega de amor (cf. Jn 13, 1), el creyente aprende
a reconocer y apreciar la dignidad casi divina de todo hombre
y puede exclamar con nuevo y grato estupor: « ¡Qué
valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha "merecido
tener tan gran Redentor" (Himno Exsultet de la Vigilia pascual),
si "Dios ha dado a su Hijo", a fin de que él,
el hombre, "no muera sino que tenga la vida eterna"
(cf. Jn 3, 16)! ».20
Además, la sangre de Cristo manifiesta al hombre que
su grandeza, y por tanto su vocación, consiste en el don
sincero de sí mismo. Precisamente porque se derrama como
don de vida, la sangre de Cristo ya no es signo de muerte, de
separación definitiva de los hermanos, sino instrumento
de una comunión que es riqueza de vida para todos. Quien
bebe esta sangre en el sacramento de la Eucaristía y permanece
en Jesús (cf. Jn 6, 56) queda comprometido en su mismo
dinamismo de amor y de entrega de la vida, para llevar a plenitud
la vocación originaria al amor, propia de todo hombre (cf.
Jn 1, 27; 2, 18-24).
Es en la sangre de Cristo donde todos los hombres encuentran
la fuerza para comprometerse en favor de la vida. Esta sangre
es justamente el motivo más grande de esperanza, más
aún, es el fundamento de la absoluta certeza de que según
el designio divino la vida vencerá. « No habrá
ya muerte », exclama la voz potente que sale del trono de
Dios en la Jerusalén celestial (Ap 21, 4). Y san Pablo
nos asegura que la victoria actual sobre el pecado es signo y
anticipo de la victoria definitiva sobre la muerte, cuando «
se cumplirá la palabra que está escrita: "La
muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está,
oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte,
tu aguijón?" » (1 Cor 15, 54-55).
26. En realidad, no faltan signos que anticipan esta victoria
en nuestras sociedades y culturas, a pesar de estar fuertemente
marcadas por la « cultura de la muerte ». Se daría,
por tanto, una imagen unilateral, que podría inducir a
un estéril desánimo, si junto con la denuncia de
las amenazas contra la vida no se presentan los signos positivos
que se dan en la situación actual de la humanidad.
Desgraciadamente, estos signos positivos encuentran a menudo
dificultad para manifestarse y ser reconocidos, tal vez también
porque no encuentran una adecuada atención en los medios
de comunicación social. Pero, ¡cuántas iniciativas
de ayuda y apoyo a las personas más débiles e indefensas
han surgido y continúan surgiendo en la comunidad cristiana
y en la sociedad civil, a nivel local, nacional e internacional,
promovidas por individuos, grupos, movimientos y organizaciones
diversas!
Son todavía muchos los esposos que, con generosa responsabilidad,
saben acoger a los hijos como « el don más excelente
del matrimonio ».21 No faltan familias que, además
de su servicio cotidiano a la vida, acogen a niños abandonados,
a muchachos y jóvenes en dificultad, a personas minusválidas,
a ancianos solos. No pocos centros de ayuda a la vida, o instituciones
análogas, están promovidos por personas y grupos
que, con admirable dedicación y sacrificio, ofrecen un
apoyo moral y material a madres en dificultad, tentadas de recurrir
al aborto. También surgen y se difunden grupos de voluntarios
dedicados a dar hospitalidad a quienes no tienen familia, se encuentran
en condiciones de particular penuria o tienen necesidad de hallar
un ambiente educativo que les ayude a superar comportamientos
destructivos y a recuperar el sentido de la vida.
La medicina, impulsada con gran dedicación por investigadores
y profesionales, persiste en su empeño por encontrar remedios
cada vez más eficaces: resultados que hace un tiempo eran
del todo impensables y capaces de abrir prometedoras perspectivas
se obtienen hoy para la vida naciente, para las personas que sufren
y los enfermos en fase aguda o terminal. Distintos entes y organizaciones
se movilizan para llevar, incluso a los países más
afectados por la miseria y las enfermedades endémicas,
los beneficios de la medicina más avanzada. Así,
asociaciones nacionales e internacionales de médicos se
mueven oportunamente para socorrer a las poblaciones probadas
por calamidades naturales, epidemias o guerras. Aunque una verdadera
justicia internacional en la distribución de los recursos
médicos está aún lejos de su plena realización,
¿cómo no reconocer en los pasos dados hasta ahora
el signo de una creciente solidaridad entre los pueblos, de una
apreciable sensibilidad humana y moral y de un mayor respeto por
la vida?
27. Frente a legislaciones que han permitido el aborto y a tentativas,
surgidas aquí y allá, de legalizar la eutanasia,
han aparecido en todo el mundo movimientos e iniciativas de sensibilización
social en favor de la vida. Cuando, conforme a su auténtica
inspiración, actúan con determinada firmeza pero
sin recurrir a la violencia, estos movimientos favorecen una toma
de conciencia más difundida y profunda del valor de la
vida, solicitando y realizando un compromiso más decisivo
por su defensa.
?Cómo no recordar, además, todos estos gestos
cotidianos de acogida, sacrificio y cuidado desinteresado que
un número incalculable de personas realiza con amor en
las familias, hospitales, orfanatos, residencias de ancianos y
en otros centros o comunidades, en defensa de la vida? La Iglesia,
dejándose guiar por el ejemplo de Jesús «
buen samaritano » (cf. Lc 10, 29-37) y sostenida por su
fuerza, siempre ha estado en la primera línea de la caridad:
tantos de sus hijos e hijas, especialmente religiosas y religiosos,
con formas antiguas y siempre nuevas, han consagrado y continúan
consagrando su vida a Dios ofreciéndola por amor al prójimo
más débil y necesitado. Estos gestos construyen
en lo profundo la « civilización del amor y de la
vida », sin la cual la existencia de las personas y de la
sociedad pierde su significado más auténticamente
humano. Aunque nadie los advierta y permanezcan escondidos a la
mayoría, la fe asegura que el Padre, « que ve en
lo secreto » (Mt 6, 4), no sólo sabrá recompensarlos,
sino que ya desde ahora los hace fecundos con frutos duraderos
para todos.
Entre los signos de esperanza se da también el incremento,
en muchos estratos de la opinión pública, de una
nueva sensibilidad cada vez más contraria a la guerra como
instrumento de solución de los conflictos entre los pueblos,
y orientada cada vez más a la búsqueda de medios
eficaces, pero « no violentos », para frenar la agresión
armada. Además, en este mismo horizonte se da la aversión
cada vez más difundida en la opinión pública
a la pena de muerte, incluso como instrumento de « legítima
defensa » social, al considerar las posibilidades con las
que cuenta una sociedad moderna para reprimir eficazmente el crimen
de modo que, neutralizando a quien lo ha cometido, no se le prive
definitivamente de la posibilidad de redimirse.
También se debe considerar positivamente una mayor atención
a la calidad de vida y a la ecología, que se registra sobre
todo en las sociedades más desarrolladas, en las que las
expectativas de las personas no se centran tanto en los problemas
de la supervivencia cuanto más bien en la búsqueda
de una mejora global de las condiciones de vida. Particularmente
significativo es el despertar de una reflexión ética
sobre la vida. Con el nacimiento y desarrollo cada vez más
extendido de la bioética se favorece la reflexión
y el diálogo —entre creyentes y no creyentes, así
como entre creyentes de diversas religiones— sobre problemas
éticos, incluso fundamentales, que afectan a la vida del
hombre.
28. Este horizonte de luces y sombras debe hacernos a todos
plenamente conscientes de que estamos ante un enorme y dramático
choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la «
cultura de la muerte » y la « cultura de la vida ».
Estamos no sólo « ante », sino necesariamente
« en medio » de este conflicto: todos nos vemos implicados
y obligados a participar, con la responsabilidad ineludible de
elegir incondicionalmente en favor de la vida.
También para nosotros resuena clara y fuerte la invitación
a Moisés: « Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad,
muerte y desgracia...; te pongo delante vida o muerte, bendición
o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú
y tu descendencia » (Dt 30, 15.19). Es una invitación
válida también para nosotros, llamados cada día
a tener que decidir entre la « cultura de la vida »
y la « cultura de la muerte ». Pero la llamada del
Deuteronomio es aún más profunda, porque nos apremia
a una opción propiamente religiosa y moral. Se trata de
dar a la propia existencia una orientación fundamental
y vivir en fidelidad y coherencia con la Ley del Señor:
« Yo te prescribo hoy que ames al Señor tu Dios,
que sigas sus caminos y guardes sus mandamientos, preceptos y
normas... Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia,
amando al Señor tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido
a él; pues en eso está tu vida, así como
la prolongación de tus días » (30, 16.19-20).
La opción incondicional en favor de la vida alcanza plenamente
su significado religioso y moral cuando nace, viene plasmada y
es alimentada por la fe en Cristo. Nada ayuda tanto a afrontar
positivamente el conflicto entre la muerte y la vida, en el que
estamos inmersos, como la fe en el Hijo de Dios que se ha hecho
hombre y ha venido entre los hombres « para que tengan vida
y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10): es la fe en el
Resucitado, que ha vencido la muerte; es la fe en la sangre de
Cristo « que habla mejor que la de Abel » (Hb 12,
24).
Por tanto, a la luz y con la fuerza de esta fe, y ante los desafíos
de la situación actual, la Iglesia toma más viva
conciencia de la gracia y de la responsabilidad que recibe de
su Señor para anunciar, celebrar y servir al Evangelio
de la vida.
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