El lujo y el desapego
de los bienes terrenos
Textos pontificios
El evangelio recomienda el desapego de los bienes
de la tierra. Ese desapego no significa que el hombre deba evitar
su uso, sino solamente que los debe usar con superioridad y
fuerza de alma, así como con templanza cristiana, en lugar
de dejarse esclavizar por ellos.
Cuando el hombre no procede así, y hace mal uso
de esos bienes, el mal no está en los bienes sino en él.
Así, por ejemplo, el mal del borracho, está en
si mismo y no en el vino precioso con que se embriaga. Tanto es
así que muchos son los que beben vinos de la mejor calidad y no
abusan de ellos. Lo mismo se puede decir de otros bienes.
En el Universo, todo fue admirablemente dispuesto
por Dios, y no hay nada que no tenga su razón de ser. Sería inconcebible
que el oro, las pedrerías, la materia prima de los tejidos preciosos,
etc. fueran excepción a la regla. Existen, por designio de la
voluntad divina, para un justo deleite de los sentidos, al mismo
título que un hermoso panorama, el aire puro, las flores, etc.
y además de eso, son medios para adornar y elevar la existencia
cotidiana de los hombres, afinarlos en la cultura, y hacerles
conocer la grandeza, la sabiduría y el amor de Dios.
Fue con este espíritu que la Iglesia utilizó siempre estos bienes
para lo que tiene de más sagrado: el culto divino. Lo que no habría
hecho de ningún modo si en esto se transgrediera la voluntad de
su Fundador, pues Jesucristo no deseó para sus fieles un tenor
de existencia simple e igualitario.
Y en todos los tiempos ella estimuló a los individuos, las familias,
las instituciones y las naciones, para que, con la misma templanza,
siguieran su ejemplo, adornando y dignificando así, para la grandeza
espiritual y el bien material de los hombres, los ambientes de
la vida doméstica o pública.
Es por esto que le ha sido dado muy justamente el título de benemérita
de la cultura, del arte y de la civilización. Una de las ventajas
de una armoniosa desigualdad de bienes, está precisamente en permitir,
en las clases más altas, un florecimiento particularmente espléndido
de las artes, de la cultura, de la cortesía, que de ellas rebasa
después sobre todo el cuerpo social.
1. "Complejo" de "simplismo" 
Siempre que, en determinada situación, se forma una clase
social rica y corrompida, ella usa de la riqueza para satisfacer
su depravación. Para el hombre depravado, en efecto, todo es
instrumento y ocasión para el mal. El salvaje de ciertas tribus,
por ejemplo, mata o roba porqué es pobre. Entre los civilizados
hay quien roba porque la riqueza le da impunidad.
Nace, pues, de las clases ricas y corrompidas un lujo excesivo
y hasta extravagante, en que los productos más quintaesenciados
de la naturaleza o de la industria humana son reunidos sin la
menor consideración para con los verdaderos bienes del alma,
y con el único fin de saciar una sed inagotable de deleites
de los potentados del momento: nobles, burgueses de buena estirpe
o "parvenus", demagogos plebeyos que lograron la cumbre de la
riqueza o del poder etc. Este abuso se torna tanto más odioso
cuanto coincide a veces con la existencia de una clase reducida
a una injusta indigencia. De ahí el hecho de que, para muchos,
la palabra "lujo" viene siempre conjugada con la idea de depravación
y excesiva concentración de fortunas.
Por motivos bien comprensibles, entre los cuales una justa indignación
se une no raramente con la envidia y la rebeldía, tan fáciles
de germinar en nuestro ambiente igualitario, se forma en sentido
contrario una reacción de "complejo" de "simplismo".
2. "Simplismo" y espíritu
protestante 
Es curioso notar que la tesis impugnada es vieja y tiene resabios
de protestantismo. Reacciones así ya se dieron en otras épocas.
Sectas protestantes hubo que, como réplica a la justa pompa
de las ceremonias litúrgicas de la Iglesia Católica, ya la vida
personal indebidamente regalada de ciertos Prelados, instituyeron
un culto sin arte, sin esplendor, ni expresión del alma. Para
dar otro ejemplo, las campañas de total abstención del alcohol,
de inspiración protestante, proceden de la idea de que el mal
está en el alcohol y no en la flaqueza del ebrio. Ahora bien,
Jesucristo instituyó el vino como materia de la transubstaciación.
La Escritura afirma que, tomado con moderación, el vino "alegra
el corazón del justo" (12).
Y hay bebidas alcohólicas que fueron inventadas o son elaboradas
por Ordenes Religiosas. Lo mismo puede decirse de otros bienes.
3. La Iglesia, protectora de la civilización contra el "simplismo"
¿No habrá cierto optimismo ingenuo en la posición de la Iglesia?
Ella no ignora la flaqueza humana. Pero tampoco la exagera.
Y sobre todo, confía en la gracia para tornar al hombre verdaderamente
temperante.
Según ella enseña, las magnificencias de la naturaleza y del
arte, bien utilizadas por el hombre temperante, constituyen
medios de elevarlo a Dios. Sin duda fueron utilizadas en este
sentido por muchas personas que vivieron en medio de objetos
del más exquisito lujo, y hoy están en la gloria de los altares:
Papas, Reyes, Cardenales, Príncipes, nobles y otros grandes
de la tierra. Si el hombre debiera alejarse de todo cuanto para
un alma equilibrada constituye ocasión remota, y no próxima,
de pecado - no sólo los bienes placenteros del arte o de la
industria, sino también los bellos panoramas, que remotamente
pueden inducir a la disipación, y las regiones cuya hartura
es capaz de llevar indirectamente a la pereza - sería la muerte
de la cultura y de la civilización.
4. Santidad no es "simplismo" 
Pero, dirá alguno, ¿la Iglesia no recomienda la penitencia y
el renunciamiento de los bienes de la tierra? ¿No fueron muchos
los santos que, para santificarse, dejaron todas estas cosas?
Es cierto. La Iglesia tiene recomendado a los hombres la abstención,
a título de penitencia, de los bienes de este mundo. La necesidad
de penitencia no resulta de cualquier mal existente en esos bienes,
sino del desajuste de la naturaleza humana como consecuencia del
pecado original y de los pecados actuales. La abstención de los
bienes terrenos sirve para dominar las pasiones desordenadas y
mantener al hombre en las vías de la templanza. Además de este
efecto medicinal, la penitencia tiene también la finalidad de
expiar, ante la justicia de Dios, las faltas cometidas por quien
la practica, o por el prójimo. Y, en este sentido, es también
indispensable para la vida cristiana.
Muchos son los caminos que llevan al Cielo. Algunos son excepcionales
e impresionan mucho: el abandono de todas las riquezas, por ejemplo;
otros son para la mayoría, e impresionan menos: el buen uso de
las riquezas es uno de ellos. Pero tanto los unos como los otros
conducen a Dios y fueron trillados por los Santos.
Un ejemplo sacado de otro campo aclarará al asunto. San Pablo
afirma la superioridad del celibato sobre el casamiento (13).
La Iglesia favorece y glorifica de todos los modos posibles la
castidad perfecta. Para mantenerla, organiza Ordenes y congregaciones
de ambos sexos. Ella la exige de sus ministros. En nuestros días,
Pío XII escribió una Encíclica especial para aclarar una vez más
que el celibato es superior al estado matrimonial (14)
, y en ella alabó a los fieles que, deseosos de consagrarse a
la Acción Católica, quisiesen mantenerse célibes para mejor servir
a la Iglesia. Dio ejemplo de esto, entre otros, Contardo Ferrini,
profesor universitario del siglo pasado, beatificado por Pío XI.
Pero esa es una vía excepcional, para unos pocos. La inmensa
mayoría hará la voluntad de Dios por medio del sacramento del
Matrimonio, asumiendo los encargos santos y respetables de la
vida familiar. De esta forma muchos han llegado a los altares.
Es obvio, en consecuencia, que entre celibato y casamiento no
hay contradicción. Así también, entre el abandono completo de
las riquezas, en la vida del claustro, y el uso virtuoso de ellas
en el mundo, no hay contradicción. Como tampoco hay contradicción
entre la penitencia que todo católico debe practicar, y el progreso
de la civilización, que trae consigo el uso de los bienes espirituales
y materiales siempre más excelentes y abundantes.
Textos Pontificios esclarecedores
León XIII, "Rerum Novarum", 1891
El deseo de mejores condiciones de vida y la felicidad terrena
"Y por lo que al trabajo corporal toca, ni aun en el estado
de la inocencia había de estar el hombre completamente ocioso;
mas lo que para esparcimiento del ánimo habría entonces libremente
buscado la voluntad, eso mismo después por necesidad, y no sin
fatiga, tuvo que hacer en expiación de su pecado." (12)
El trabajador manual no debe avergonzarse de permanecer
en su condición
"Que si se tiene en cuenta la razón natural y la filosofía
cristiana, no es vergonzoso para el hombre ni le rebaja el
ejercer un oficio por salario, pues le habilita el tal oficio
para poder honradamente sustentar su vida" (6).
León XIII, "Laetitiae Sanctae",
1893
León XIII describe el deseo intemperante do mejorar la
propia condición
"Lamentamos ...que una llaga verdaderamente profunda haya
herido el cuerpo social desde que se comenzó a descuidar los
deberes y las virtudes que fueron el ornamento de la vida simple
y común... Los operarios se separaron de su propio ministerio,
huyen del trabajo, y, descontentos con su suerte, levantan su
mirada a metas demasiado altas y aspiran a una inconsiderada
repartición de bienes. (3).
San Pío X, "Il Fermo
Proposito", 1905
Describiendo la elevación lenta de los pueblos bajo el
influjo de la Iglesia, así se expresa San Pío X
"La Iglesia, al predicar a Cristo crucificado, 'escándalo
y locura a los ojos del mundo' (1 Cor. 1, 03), vino a ser la
primera inspiradora y - fautora de la civilización, y la difundió
doquiera que predicaron sus apóstoles, conservando y perfeccionando
los buenos elementos de las antiguas civilizaciones paganas,
arrancando a la barbarie y adiestrando para la vida civil a
los nuevos pueblos que se guarecían al amparo de su seno maternal,
y dando a toda la sociedad, aunque poco a poco, pero con pasos
seguros y siempre progresivos, aquel sello tan realzado que
se conserva universalmente hasta el día de hoy. La civilización
del mundo es civilización cristiana; tanto más verdadera, durable
y fecunda en preciosos frutos, cuanto más genuinamente cristiana;
tanto más declina, con daño inmenso del bienestar social, cuanto
más se sustrae a la idea cristiana. Así que aun por la misma
fuerza intrínseca de las cosas, la Iglesia, de hecho, llegó
a ser la guardiana y defensora de la civilización cristiana.
Tal hecho fue reconocido y admitido en otros siglos de la historia
y hasta formó el fundamento inquebrantable de las legislaciones
civiles" (7).
Pío XI, "Divini Redemptoris", 1937
El legítimo deseo de elevación y el apego a los bienes
de la tierra
"...los pobres, a su vez, aunque se esfuercen,
según las leyes de la caridad y de la justicia, por proveerse
de lo necesario y aun por mejorar de condición, deben también
permanecer siempre 'pobres de espíritu' (Mt. 5,3), estimando
más los bienes espirituales que los bienes y goces terrenos.
Recuerden además, que nunca se conseguirá hacer desaparecer
del mundo las miserias, los dolores, las tribulaciones, a que
están sujetos también los que exteriormente parecen muy felices.
Todos, pues, necesitan la paciencia, esa paciencia cristiana
con que se eleva el corazón hacia las divinas promesas de una
felicidad eterna" (4).
Concilio Vaticano II , Const.
Pastoral Gaudium et Spes (CV. II), 1965
Sobre el espíritu de pobreza y la mejora
de la propia condicion: "Los cristianos que toman parte
activa en el movimiento económico-social de nuestro tiempo y
luchan por la justicia y caridad, convénzanse de que pueden
contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del
mundo. Individual y colectivamente den ejemplo en este campo.
Adquirida la competencia profesional y la experiencia que son
absolutamente necesarias, respeten en la acción temporal la
justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio,
a fin de que toda su vida, así la individual como la social,
quede saturada con el espíritu de las bienaventuranzas, y particularmente
con el espíritu de la pobreza." (8)
Notas
(3) León XIII. Encíclica "Laetitiae Sanctae", de 8 de setiembre
de 1893 - A.S.S., vol. XXVI. pág. 194 (Ex Typographia Polyglota
S. C. de Propaganda Fide -1893, 1894).
(4) Pío XI, Encíclica "Divini Redemptoris", de
19 de marzo de 1937 - A.A.S., vol. XXIX, pág. 88.
(5) León XIII, Encíclica "Rerum Novarum",
de 15 de mayo de 1891 - A. S. S., vol. XXIII, pág. 648 (Ex Typographia
Polyglota S. C. de Propaganda Fide -1890, 1891).
(6) Idem, pág. 649.
(7) San Pío X, Encíclica "Il Fermo Proposito",
de 11 de junio de 1905 - A.S.S., vol. XXXVII, pág. 745 (Romae-
1904, 1905).
(8)Concilio Vaticano Segundo, Constitucion
Pastoral Gaudium et Spes , parte
II, cap. 3, 72.
(12) Ecli. 31, 36.
(13) I Cor. 7, 25-S5.
(14) Enciclica "Sacra Virginitas".
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