QUOD APOSTOLICI MUNERIS
(diciembre de 1878)
SOBRE EL SOCIALISMO, COMUNISMO, NIHILISMO
Carta Encíclica promulgada por el Papa León XIII
Nuestro apostólico cargo ya desde el principio
de Nuestro pontificado Nos movió, Venerables Hermanos, a no dejar
de indicaros, en las Cartas Encíclicas a vosotros dirigidas, la
mortal pestilencia que serpentea por las más íntimas entrañas
de la sociedad humana y la conduce al peligro extremo de ruina;
al mismo tiempo hemos mostrado también los remedios más eficaces
para que le fuera devuelta la salud y pudiera escapar de los gravísimos
peligros que la amenazan. Pero aquellos males que entonces deplorábamos
hasta tal punto han crecido en tan breve tiempo, que otra vez
Nos vemos obligados a dirigiros la palabra, como si en Nuestros
oídos resonasen las del Profeta: Levanta tu voz, no te detengas;
hazla resonar como la trompeta[1].
LOS NUEVOS ERRORES
2. Es fácil comprender, Venerables Hermanos, que Nos hablamos
de aquella secta de hombres que, bajo diversos y casi bárbaros
nombres de socialistas, comunistas o nihilistas, esparcidos por
todo el orbe, y estrechamente coligados entre sí por inicua federación,
ya no buscan su defensa en las tinieblas de sus ocultas reuniones,
sino que, saliendo a pública luz, confiados y a cara descubierta,
se empeñan en llevar a cabo el plan, que tiempo ha concibieron,
de trastornar los fundamentos de toda sociedad civil. Estos son
ciertamente los que, según atestiguan las divinas páginas, mancillan
la carne, desprecian la dominación y blasfeman de la majestad[2].
3. Nada dejan intacto e íntegro de lo que por las leyes humanas
y divinas está sabiamente determinado para la seguridad y decoro
de la vida. A los poderes superiores -a los cuales, según el Apóstol,
toda alma ha de estar sujeta, porque del mismo Dios reciben el
derecho de mandar- les niegan la obediencia, y andan predicando
la perfecta igualdad de todos los hombres en derechos y deberes.
Deshonran la unión natural del hombre y de la mujer, que aun las
naciones bárbaras respetan; y debilitan y hasta entregan a la
liviandad este vínculo, con el cual se mantiene principalmente
la sociedad doméstica.
4. Atraídos, finalmente, por la codicia de los bienes terrenales,
que es la raíz de todos los males, y que, apeteciéndola, muchos
erraron en la fe[3],
impugnan el derecho de propiedad sancionado por la ley natural,
y por un enorme atentado, dándose aire de atender a las necesidades
y proveer a los deseos de todos los hombres, trabajan por arrebatar
y hacer común cuanto se ha adquirido a título de legítima herencia,
o con el trabajo del ingenio y de las manos, o con la sobriedad
de la vida.
5. Y estas monstruosas opiniones publican en sus reuniones,
persuaden con sus folletos y esparcen al público en una nube de
diarios. Por lo cual la venerable majestad e imperio de los reyes
ha llegado a ser objeto de odio tan grande por parte del pueblo
sedicioso, que sacrílegos traidores, no pudiendo sufrir freno
alguno, más de una vez y en breve tiempo han vuelto sus armas
con impío atrevimiento contra los mismos príncipes.
Causa primera de los males: el alejamiento de Dios
6. Mas esta osadía de tan pérfidos hombres, que amenaza de día
en día con las más graves ruinas a la sociedad, y que trae todos
los ánimos en congojoso temblor, toma su causa y origen de las
venenosas doctrinas que, difundidas entre los pueblos como viciosas
semillas de tiempos anteriores, han dado a su tiempo tan pestilenciales
frutos.
7. Pues bien sabéis, Venerables Hermanos, que la cruda guerra
que se abrió contra la fe católica ya desde el siglo décimosexto
por los Novadores, y que ha venido creciendo hasta el presente,
se encamina a que, desechando toda revelación y todo orden sobrenatural,
se abriese la puerta a los inventos, o más bien delirios de la
sola razón. Semejante error, que vanamente toma de la razón su
nombre, al intensificar y agudizar el innato apetito de sobresalir,
desatando el freno a toda clase de codicia, sin dificultad se
ha introducido no sólo en las mentes de muchísimos, sino que ha
invadido ya plenamente toda la sociedad.
8. De aquí que, con una nueva impiedad, desconocida hasta de
los mismos gentiles, se han constituido los Estados sin tener
en cuenta alguna a Dios ni el orden por El establecido. Se ha
vociferado que la autoridad pública no recibe de Dios ni el principio,
ni la majestad, ni la fuerza del mando, sino más bien de la masa
del pueblo, que, juzgándose libre de toda sanción divina, sólo
ha permitido someterse a aquellas leyes que ella misma se diese
a su antojo. Impugnadas y desechadas las verdades sobrenaturales
de la fe como enemigas de la razón, el mismo Autor y Redentor
del género humano es desterrado, insensiblemente y poco a poco,
de las Universidades, Institutos y Escuelas y de todo el conjunto
público de la vida humana.
9. Entregados al olvido los premios y penas de la vida futura
y eterna, el ansia ardiente de felicidad queda limitada al tiempo
de la vida presente. Diseminadas por doquier estas doctrinas,
introducida entre todos esta tan grande licencia de pensar y obrar,
no es de admirar que los hombres de las clases bajas, a los que
cansa su pobre casa o la fábrica, ansíen lanzarse sobre las moradas
y fortunas de los más ricos; ni tampoco admira que ya no exista
tranquilidad alguna en la vida pública o privada, y que la humanidad
parezca haber llegado ya casi a su última ruina.
Sociedades secretas; filosofismo, socialismo; otros errores
10. Mas los Pastores de la Iglesia, a quienes compete el cargo
de resguardar la grey del Señor de las asechanzas de los enemigos,
procuraron conjurar a su tiempo el peligro y proveer a la salud
eterna de los fieles. Así que empezaron a formarse las sociedades
clandestinas en cuyo seno se fomentaban ya entonces las semillas
de los errores que hemos mencionado, los Romanos Pontífices Clemente
XII y Benedicto XIV no omitieron el descubrir los impíos proyectos
de estas sectas y avisar a los fieles de todo el orbe la ruina
que en la oscuridad se aparejaba.
11. Pero después que aquellos que se gloriaban con el nombre
de filósofos atribuyeron al hombre cierta desenfrenada libertad,
y se empezó a formar y sancionar un derecho nuevo, como dicen,
contra la ley natural y divina, el Papa Pio VI, de f. m., mostró
al punto la perversa índole y falsedad de aquellas doctrinas en
públicos documentos, y al propio tiempo con una previsión apostólica
anunció las ruinas a que iba a ser conducido miserablemente el
pueblo. Mas, sin embargo de esto, no habiéndose precavido por
ningún medio eficaz para que tan depravados dogmas no se infiltrasen
de día en día en las mentes de los pueblos y para que no viniesen
a ser máximas públicamente aceptadas de gobernación, Pío VII y
León XII condenaron con anatemas las sectas ocultas y amonestaron
otra vez a la sociedad del peligro que por ellas le amenazaba.
12. A todos, finalmente, es manifiesto con cuán graves palabras
y cuánta firmeza y constancia de ánimo Nuestro glorioso predecesor
Pío IX, de f. m., ha combatido, ya en diversas alocuciones tenidas,
ya en encíclicas dadas a los Obispos de todo el orbe, contra los
inicuos intentos de las sectas, y señaladamente contra la peste
del socialismo, que ya estaba naciendo de ellas.
13. Muy de lamentar es el que quienes tienen encomendado el
cuidado del bien común, rodeados de las astucias de hombres malvados,
y atemorizados por sus amenaza, hayan mirado siempre a la Iglesia
con ánimo suspicaz, y aun torcido, no comprendiendo que los conatos
de las sectas serían vanos si la doctrina de la Iglesia católica
y la autoridad de los Romanos Pontífices hubiese permanecido siempre
en el debido honor, tanto entre los príncipes como entre los pueblos.
Porque la Iglesia de Dios vivo, que es columna y fundamento de
la verdad[4],
enseña aquellas doctrinas y preceptos con que se atiende de modo
conveniente al bienestar y vida tranquila de la sociedad y se
arranca de raíz la planta siniestra del socialismo.
* * *
DOCTRINA CATOLICA-SOCIALISMO
14. Empero, aunque los socialistas, abusando del mismo Evangelio
para engañar más fácilmente a incautos, acostumbran a forzarlo
adaptándolo a sus intenciones, con todo hay tan grande diferencia
entre sus perversos dogmas y la purísima doctrina de Cristo, que
no puede ser mayor. Porque ¿qué participación puede haber de la
justicia con la iniquidad, o qué consorcio de la luz con las tinieblas?[5].
Ellos seguramente no cesan de vociferar, como hemos insinuado,
que todos los hombres son entre sí por naturaleza iguales; y,
por lo tanto, sostienen que ni se debe honor y reverencia a la
majestad, ni a las leyes, a no ser acaso a las sancionadas por
ellos a su arbitrio.
15. Por lo contrario, según las enseñanzas evangélicas, la igualdad
de los hombres consiste en que todos, por haberles cabido en suerte
la misma naturaleza, son llamados a la misma altísima dignidad
de hijos de Dios, y al mismo tiempo en que, decretado para todos
un mismo fin, cada uno ha de ser juzgado según la misma ley para
conseguir, conforme a sus méritos, o el castigo o la recompensa.
Pero la desigualdad del derecho y del poder se derivan del mismo
Autor de la naturaleza, del cual toma su nombre toda paternidad
en el cielo y en la tierra[6].
16. Mas los lazos de los príncipes y súbditos de tal manera
se estrechan con sus mutuas obligaciones y derechos, según la
doctrina y preceptos católicos, que templan la ambición de mandar,
por un lado, y por otro la razón de obedecer se hace fácil, firme
y nobilísima.
El "poder": doctrina católica
17. La verdad es que la Iglesia inculca constantemente a la
muchedumbre de los súbditos este precepto del Apóstol: No hay
potestad sino de Dios; y las que hay, de Dios vienen ordenadas;
y así, quien resiste a la potestad, resiste a la ordenación de
Dios; mas los que resisten, ellos mismos se atraen la condenación.
Y en otra parte nos manda que la necesidad de la sumisión sea
no por temor a la ira, sino también por razón de la conciencia;
y que paguemos a todos lo que es debido: a quien tributo, tributo;
a quien contribución, contribución; a quien temor, temor; a quien
honor, honor[7].
Porque, a la verdad, el que creó y gobierna todas las cosas dispuso,
con su próvida sabiduría, que las cosas ínfimas a través de las
intermedias, y las intermedias a través de las superiores, lleguen
todas a sus fines respectivos.
18. Así, pues, como en el mismo reino de los cielos quiso que
los coros de los ángeles fuesen distintos y unos sometidos a otros;
así como también en la Iglesia instituyó varios grados de órdenes
y diversidad de oficios, para que no todos fuesen apóstoles, no
todos pastores, no todos doctores[8],
así también determinó que en la sociedad civil hubiese varios
órdenes, diversos en dignidad, derechos y potestad, es a saber,
para que los ciudadanos, así como la Iglesia, fuesen un solo cuerpo,
compuesto de muchos miembros, unos más nobles que otros, pero
todos necesarios entre sí y solícitos del bien común.
19. Y para que los gobernantes de los pueblos usasen de la potestad
que les fue concedida para edificación y no para destrucción,
la Iglesia de Cristo oportunamente amonesta también a los príncipes
con la severidad del supremo juicio que les amenaza; y tomando
las palabras de la divina Sabiduría, en nombre de Dios clama a
todos:
Prestad oído, vosotros, los que domináis la muchedumbre y os
jactáis de mandar turbas de pueblos: el Señor os ha dado el poderío;
y las manos del Altísimo, el imperio. El hará inquisición de vuestras
obras y escudriñará vuestros designios..., porque severo juicio
se hará de los que están en alto, pues no se encogerá ante nadie
el Señor de todos, ni se intimidará ante grandeza alguna, porque
El ha hecho al pequeño y al grande, y con igual desvelo atiende
a todos. Pero a los mayores, espera suplicio mayor[9].
20. Y si alguna vez sucede que los príncipes ejercen su potestad
temerariamente y fuera de sus límites, la doctrina de la Iglesia
católica no consiente sublevarse particularmente y a capricho
contra ellos, no sea que la tranquilidad del orden sea más y más
perturbada, o que la sociedad reciba de ahí mayor detrimento;
y si la cosa llegase al punto de no vislumbrarse otra esperanza
de salud, enseña que el remedio se ha de acelerar con los méritos
de la cristiana paciencia y las fervientes súplicas a Dios.
21. Pero si los mandatos de los legisladores y príncipes sancionasen
o mandasen algo que contradiga a la ley divina o natural, la dignidad
y obligación del nombre cristiano y el sentir del Apóstol, exigen
que se ha de obedecer a Dios antes que a los hombres[10].
La familia cristiana
22. Por lo tanto, la virtud saludable de la Iglesia que redunda
en el regimen más ordenado y en la conservación de la sociedad
civil, la siente y experimenta necesariamente también la misma
sociedad doméstica, que es el principio de toda sociedad y de
todo reino. Porque sabéis, Venerables Hermanos, que la recta forma
de esta sociedad, según la misma necesidad del derecho natural,
se apoya primariamente en la unión indisoluble del varón y de
la mujer, y se complementa en las obligaciones y mutuos derechos
entre padres e hijos, amos y criados. Sabéis también que por los
principios del socialismo esta sociedad casi se disuelve, puesto
que, perdida la firmeza que obtiene del matrimonio religioso,
es preciso que se relaje la potestad del padre hacia la prole,
y los deberes de la prole hacia los padres.
23. Por lo contrario, el matrimonio digno de ser por todo tan
honroso[11],
y que en el principio mismo del mundo instituyó Dios mismo para
propagar y conservar la especie humana, y decretó fuese inseparable,
enseña la Iglesia que resultó más firme y más sagrado por medio
de Cristo, que le confirió la dignidad de sacramento y quiso que
representase la forma de su unión con la Iglesia.
24. Por lo tanto, según advertencia del Apóstol[12],
como Cristo es Cabeza de la Iglesia, así el varón es cabeza de
la mujer; y como la Iglesia está sujeta a Cristo, que la estrecha
con castísimo y perpetuo amor, así enseña que las mujeres estén
sujetas a sus maridos y que éstos a su vez las deban amar con
afecto fiel y constante.
25. De la misma manera la Iglesia establece la naturaleza de
la potestad paterna y dominical, de suerte que pueda contener
a los hijos y a los criados en su deber, pero sin por ello salirse
de sus justos límites. Porque, según las enseñanzas católicas,
la autoridad del Padre y Señor celestial se extiende a los padres
y a los amos; y por ello dicha autoridad toma de El necesariamente,
no sólo su origen y su eficacia, sino también su naturaleza y
su carácter. Y así el Apóstol exhorta a los hijos a obedecer a
sus padres en el Señor y honrar a su padre y a su madre, que es
el primer mandamiento en la promesa[13].
Y también manda a los padres: Y vosotros no queráis provocar a
ira a vuestros hijos, sino educadlos en la ciencia y conocimiento
del Señor[14].
26. También a los siervos y señores se les propone, por medio
de mismo Apóstol, el precepto divino de que aquéllos obedezcan
a sus señores carnales como a Cristo, sirviéndoles con buena voluntad
como al Señor; mas a éstos, que omitan las amenazas, sabiendo
que el Señor de todos está en los cielos y que no hay acepción
de personas ante Dios[15].
27. Todas las cuales cosas, si se guardasen con todo cuidado,
según el beneplácito de la voluntad divina, por todos aquellos
a quienes tocan, seguramente cada familia representaría la imagen
del cielo, y los preclaros beneficios que de aquí se seguirían,
no estarían encerrados entre las paredes domésticas, sino que
emanarían abundantemente a las mismas repúblicas.
Derecho de propiedad
28. La prudencia católica bien apoyada sobre los preceptos de
la ley divina y natural, provee con singular acierto a la tranquilidad
pública y doméstica por las ideas que adopta y enseña respecto
al derecho de propiedad y a la división de los bienes necesarios
o útiles en la vida. Porque mientras los socialistas, presentando
el derecho de propiedad como invención humana contraria a la igualdad
natural entre los hombres; mientras, proclamando la comunidad
de bienes, declaran que no puede conllevarse con paciencia la
pobreza, y que impunemente se puede violar la posesión y derechos
de los ricos, la Iglesia reconoce mucho más sabia y útilmente
que la desigualdad existe entre los hombres, naturalmente desemejantes
por las fuerzas del cuerpo y del espíritu, y que esta desigualdad
existe también en la posesión de los bienes; por lo cual manda,
además, que el derecho de propiedad y de dominio, procedente de
la naturaleza misma, se mantenga intacto e inviolado en las manos
de quien lo posee, porque sabe que el robo y la rapiña han sido
condenados en la ley natural por Dios, autor y guardián de todo
derecho; hasta tal punto, que no es lícito ni aun desear los bienes
ajenos, y que los ladrones, lo mismo que los adúlteros y los adoradores
de los ídolos, están excluidos del reino de los cielos.
No por eso, sin embargo, olvida la causa de los pobres, ni sucede
que la piadosa Madre descuide el proveer a las necesidades de
éstos, sino que, por lo contrario, los estrecha en su seno con
maternal afecto, y, teniendo en cuenta que representa a la persona
de Cristo, el cual recibe como hecho a sí mismo el beneficio hecho
por cualquiera al último de los pobres, les honra grandemente
y les alivia por todos los medios, levanta por todas partes casas
y hospicios, donde son recogidos, alimentados y cuidados; asilos,
que toma bajo su tutela.
30. Obliga a los ricos con el grave precepto de que den lo superfluo
a los pobres, y les amenaza con el juicio divino, que les condenará
a eterno suplicio, si no alivian las necesidades de los indigentes.
Ella, en fin, eleva y consuela el espíritu de los pobres, ora
proponiéndoles el ejemplo de Jesucristo, que, siendo rico, se
hizo pobre por nosotros[16],
ora recordándoles las palabras con que los declaró bienaventurados,
prometiéndoles la eterna felicidad.
32. ¿Quién no ve cómo aquí está el mejor medio de arreglar el
antiguo conflicto surgido entre los pobres y los ricos? Porque,
como lo demuestra la evidencia de las cosas y de los hechos, si
este medio es desconocido o relegado, sucede forzosamente que,
o se verá reducida la mayor parte del género humano a la vil condición
de esclavos, como en otro tiempo sucedió entre los paganos, o
la sociedad humana se verá envuelta por continuas agitaciones,
devorada por rapiñas y asesinatos, como deploramos haber acontecido
en tiempos muy cercanos.
La religión, y los gobernantes
32. Por lo cual, Venerables Hermanos, Nos, a quien actualmente
está confiado el gobierno de toda la Iglesia, así como desde el
principio de Nuestro pontificado mostramos a los pueblos y a los
príncipes, combatidos por fiera tempestad, el puerto donde pudieran
refugiarse con seguridad; así ahora, conmovidos por el extremo
peligro que les amenaza, de nuevo les dirigimos la apostólica
voz, y en nombre de su propia salvación y de la del Estado les
rogamos con la mayor instancia que acojan y escuchen como Maestra
a la Iglesia, a la que se debe la pública prosperidad de las naciones,
y se persuadan de que las bases de la Religión y del imperio se
hallan tan estrechamente unidas, que cuanto pierde aquella, otro
tanto se disminuye el respeto de los súbditos a la majestad del
mando, y que conociendo, además, que la Iglesia de Cristo posee
más medios para combatir la peste del socialismo que todas las
leyes humanas, las órdenes de los magistrados y las armas de los
soldados, devuelvan a la Iglesia su condición y libertad, para
que pueda eficazmente desplegar su benéfico influjo en favor de
la sociedad humana.
Sociedades obreras
33. Y vosotros, Venerables Hermanos, que conocéis bien el origen
y la naturaleza de tan inminente desventura, poned todas vuestras
fuerzas para que la doctrina católica llegue al ánimo de todos
y penetre en su fondo.
Procurad que desde la misma infancia se habitúen a amar a Dios
con filial ternura, reverenciando a su Majestad; que presten obediencia
a la autoridad de los príncipes y de las leyes; que refrenada
la concupiscencia, acaten y defiendan con solicitud el orden establecido
por Dios en la sociedad civil y en la doméstica.
34. Poned, además, sumo cuidado en que los hijos de la Iglesia
católica no den su nombre ni hagan favor ninguno a la detestable
secta; antes al contrario, con egregias acciones y con actitud
siempre digna y laudable hagan comprender cuán próspera y feliz
sería la sociedad si en todas sus clases resplandecieran las obras
virtuosas y santas.
35. Por último, así como los secuaces del socialismo se reclutan
principalmente entre los proletarios y los obreros, los cuales,
cobrando horror al trabajo, se dejan fácilmente arrastrar por
el cebo de la esperanza y de las promesas de los bienes ajenos,
así es oportuno favorecer las asociaciones de artesanos y obreros
que, colocados bajo la tutela de la Religión, se habitúen a contentarse
con su suerte, a soportar meritoriamente los trabajos y a llevar
siempre una vida apacible y tranquila.
36. Dios piadoso, a quien debemos referir el principio y el
fin de todo bien, secunde Nuestras empresas y las vuestras. Por
lo demás, la misma solemnidad de estos días, en los que se celebra
el nacimiento del Señor, Nos eleva a la esperanza de oportunísimo
auxilio, pues Nos hace esperar aquella saludable restauración
que al nacer trajo para el mundo corrompido y casi conducido al
abismo por todos los males, y nos prometió también a nosotros
aquella paz que entonces, por medio de los ángeles, hizo anunciar
para los hombres. Ni la mano del Señor está abreviada de suerte
que no pueda salvar, ni sus oídos se han cerrado de tal modo que
no puedan oír[17].
Por lo tanto en estos días de tanta alegría, y al desearos,
Venerables Hermanos, a vosotros y a los fieles todos de vuestra
Iglesia, toda clase de prosperidades, con instancia rogamos al
Dador de todo bien que de nuevo aparezcan a los hombres la benignidad
y adulzura de Dios, Nuestro Salvador[18],
que, sacándonos de la potestad de nuestro implacable enemigo,
nos elevó a la nobilísima dignidad de Hijos suyos.
37. Y para que Nuestros deseos se cumplan perfecta y rápidamente,
elevado vosotros también, Venerables Hermanos, con Nos, fervorosas
oraciones al Señor, y junto a El interponed el patrocinio de la
bienaventurada Virgen María, Inmaculada desde el principio; de
su esposo San José y de los bienaventurados Apóstoles Pedro y
Pablo, en cuya intercesión ponemos Nos la máxima confianza. Y
entre tanto, como prenda de la divina gracia, y con todo el afecto
del corazón, a vosotros, Venerables Hermanos; a vuestro Clero
y a todos vuestros pueblos, concedemos en el Señor la Bendición
Apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, a 28 de diciembre de 1878,
año primero de Nuestro Pontificado.
Notas
5. 2 Cor. 6, 14. |
12. Eph. 5, 23. |
6. Eph. 3, 15. |
13. Ibid. 6, 1-2. |
7. Rom. 13, 1-7. |
14. Ibid. 6, 4. |
8. 1 Cor. 12, 27. |
15. Ibid. 6, 5-7. |
9. Sap. 6, 3 ss. |
16. 2 Cor. 8, 9. |
10. Act. 5, 29. |
17. Is. 59, 1. |
11. Hebr. 13, 4. |
18. Tit. 3, 4. |
|