Hay personas que juzgan que las imágenes
de los santos –de las cuales las estampitas son un reproducción-
deben ser hechas exclusivamente para producir en el pueblo una
sensación de admiración.
Dicen dichas personas: “¿Para que conocer lo que
fueron, realmente los santos? ¡Con tal que el pueblo ame
al santo, está todo en orden!" Los santos son para
que nosotros los imitemos.
La
canonización de un santo es la declaración de
que él está en el Cielo. Eso es probado por el
estudio de su vida, de sus escritos y por los milagros obtenidos
por su intercesión, que demuestran la interferencia divina
y atestan una vida ejemplar. Entonces la Iglesia proclama –eso
es substancial en la canonización- que el fue un héroe
en las prácticas de las virtudes teologales (Fe, Esperanza,
Caridad), y en las cardinales (Justicia, Fortaleza, Templanza
y Prudencia) Y, en consecuencia, fue heroico en la práctica
de todo el resto de las virtudes.
Por
eso la Iglesia al mismo tiempo que lo declara que él
está en el Cielo, en calidad de intercesor junto a Dios
y a la Santísima Virgen, lo presentan como modelo a los
fieles, para que ellos lo imiten. En vista de eso, el fiel debe
tener delante de sí la imagen del santo como realmente
él fue, a fin de imitarlo.
Tengan
en cuenta que; representando al santo como el fiel gustaría
de verlo y no de la manera en que él vivió, deforma
el perfil del santo.
Hecho ese esclarecimiento, comprendemos bien la importancia
que tiene el conocer la verdadera fisonomía de los santos,
analizando las verdaderas representaciones de ellos, como también
las falsas, notaremos las fabulosas deformaciones, abundantemente
difundidas en los ambientes católicos. Eso es lo que
a continuación haremos.
Analicemos la estampita de San Sebastián.
La figura representa un ser desabrido, un hombre sin coraje,
lleno de nada y vacío de todo. Se asemeja más
a una mujer que a un hombre. Es algo horroroso. Parece ser un
individuo que tiene pena de si mismo. Se comprende que él
pida a la Virgen que tenga compasión, bien como a Nuestro
Señor, a los ángeles y a sus santos protectores.
Pero él tener pena de sí ¡jamás!.
Parece estar diciendo a los paganos que lo están martirizando:
“¿Ustedes no tienen pena de mi, lanzándome
esas flechas, yo que soy tan buenito?”...
En
fin, esta representación es lo contrario del héroe
cristiano: es una imagen que ablanda y deteriora el verdadero
espíritu católico.
Plinio
Corrêa de Oliveira