Dos concepciones de la Sociedad:
Familia de familias, y campo de concentración
Una
joven campesina de Castilla considera, solícita y enternecida,
el hijo que tiene en los brazos. Se nota en ella una cierta
rusticidad, propia de los campesinos. Pero una rusticidad en
la cual es por así decir imperceptible la tal o cual
aspereza que el concepto de "rústico" contiene.
Por el contrario, la vida del campo concentró en esa
joven sus mejores efectos. Su semblante, su porte, expresan
una vigorosa plenitud de salud de cuerpo y de alma. Pero una
plenitud a la cual siglos enteros de tradición cristiana
imprimieron su cuño propio. En esa campesina, que tal
vez apenas sepa leer, hay una intensidad de vida de espíritu,
una lógica, una templanza, una armoniosa sujeción
de la materia al espíritu, y al mismo tiempo un frescor
y una delicadeza que sólo pueden resultar de mucha fe
y mucha pureza. Los trazos fisonómicos muy nítidos,
son enérgicos. Las cejas fuertes, y de trazado muy definido,
sirven de moldura a una mirada penetrante y precisa. Pero hay
en el rostro una serenidad, una inocencia, que el tocado blanquísimo
parece acentuar con una nota de lozanía especial.
Trátase
de una simple hija del pueblo. Pero de un gran pueblo, profundamente
católico. Hay
en él tesoros de todo orden, étnicos, - históricos,
morales, sociales, religiosos, que hacen de esta humilde y altiva
hija de Castilla un modelo digno de despertar el talento de un
gran pintor. Todos
estos tesoros están vueltos hacia la maternidad. Salta
a los ojos el cariño delicadísimo con que contempla
a su hijo, la conciencia que tiene de su función protectora,
la dedicación con que ella está por así decir
movilizada en todas sus aptitudes, en toda su capacidad de afecto
(afecto profundo, serio, sin molicie, dígase de paso) en
pro del hijo que Dios le dio.
Feliz
criatura en cuyo favor la Providencia dispuso maravillas
de la naturaleza y de la gracia, en el desvelo de una madre
pura y llena de fe.
* * *
«Somos hijos de Lenín, no queremos
padre, ni madre...».
Haciendo
vibrar los aires con esta miserable canción, desfilan
por las calles de una ciudad comunista estos pequeños
esclavos del Anticristo, que traen, en el pecho las insignias
de su siniestro señor: la estrella de cinco puntas,
con la hoz y el martillo. Son niños que parecen formados,
no para una vida civil común, sino para la agresión,
el insulto, y la brutalidad. En ellos se nota que la capacidad
de odiar fue despertada, excitada, y fijada en un grado
de tensión habitual muy alto, para constituir en
ellos una segunda naturaleza. Los ojos miran el objetivo
del fotógrafo, o cualquier otro punto en el espacio,
penetrantes de desconfianza, cargados de odio. El andar
deja aparecer una intención malévola, que
parece dar a los pasos una cadencia feroz. Los transeúntes
que contemplan el cortejo, parecen animados de sentimientos
análogos. ¡Se dirían hijos del odio
cantando en la ciudad del odio el himno del odio!
Es bien natural que, para conseguir formar así hijos de
la ira, se les haya robado el amor paterno y materno, se les haya
inspirado un odio monstruoso contra la vida de familia.
Piedad e impiedad, virtud y amoralidad, delicadeza temperante
y fuerte, brutalidad desatada y luciferina, en suma civilización
católica y comunismo, es la alternativa trágica
delante de la cual el hombre del siglo XX se encuentra.

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