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La naturalidad en lo pagano
y la extravagancia de los apóstatas.

Por ocho siglos, la Cruz y el Islam estuvieron envueltos en una pelea a muerte en España, que terminó cuando las tropas de los Monarcas Católicos tomaron Granada y expulsaron al último líder musulmán de la península.

Las razones para esta mortal oposición eran múltiples. En el plano religioso, era explicado por una chocante diferencia de doctrinas, por el violento contraste entre la moralidad del Evangelio y la depravación mahometana, y también por el propósito que tenían (y tienen) los seguidores de Mahoma de impedir la prédica del Cristianismo en las tierras que dominan, subyugando las naciones Católicas por la fuerza y extinguiendo nuestra Santa Religión en ellas.

La larga épica de la Reconquista Cristiana fue inspirada por una Fé ardiente y una intransigencia sublime. Todavía, tal intransigencia no excluyó, una actitud de inteligente discernimiento hacia los valores de la civilización Árabe. Por este motivo, habiendo exterminado el Mahometanismo, los conquistadores conservaron numerosos monumentos eregidos por los árabes, aún consagrando varias mezquitas al servicio del verdadero Dios.

¿Es esto sincretismo religioso? ¿Quién podría acusar a los héroes de la reconquista de un error tan repulsivo?

No, la razón de esto es otra. El Mahometanismo, como otras tantas falsas religiones, no fue capaz de socavar tan profundamente en sus fieles hasta el punto de extinguir en ellos todo el amor por la verdad, todo el sentido moral, y como consecuencia, toda la inspiración artística. Al contrario, esos valores, alimentados por una naturalidad que se mantuvo a lo largo de los siglos gracias a tradiciones culturales, continuó creciendo y dio origen a culturas y sistemas artísticos que son admirables bajo ciertos aspectos.

Los conquistadores del Islam, movidos por el espíritu de la Iglesia, que no niega el sentido recto de la naturaleza del hombre y sus buenos trabajos, prudentemente movilizaron la vigilancia de la Inquisición contra los remanentes del Mahometanismo, mientras conservaban las maravillas del arte árabe, consagrándolo a la alabanza de Dios.

Una destacada expresión de ello se encuentra en el interior de la antigua mezquita de Córdoba, actualmente una Catedral Católica. Numerosos arcos, ingeniosamente superpuestos uno sobre otro, otorgan dignidad, ligereza y un innegable encanto al ambiente. El alma naturalmente se siente inclinada a dejar el lugar y elevarse hacia pensamientos nobles y serenos. Por supuesto, este trabajo no es nada al lado del respiro de fé que produce la Sainte Chapelle de París, o Assisi, como si fueran antecámaras del paraíso. Con todo eso, todavía le falta algo sobrenatural, pero nadie podría decir que las sagradas ceremonias de nuestra liturgia no se pueden producir correctamente en tal naturalmente armonioso y dignificado ambiente.

* * *

¿Podía alguien decir lo mismo acerca de alguno de estos tres edificios? ¿Para qué estarán destinados? ¿un gimnasio? ¿un cine? ¿un club? ¿un teatro? ¿un depósito? ¿una fábrica? Estas inelegantes, pesadas, brutalmente simples formas tienen en ellas algo tenebroso, proletario (en el peor sentido del término) y vulgar. Un inmanente misterio parece actuar entre ellas como la ley de gravedad, y entonces sus paredes y techos tienden a hundirse en el suelo.

Es un movimiento opuesto al que las almas tienen a elevarse hacia el paraíso. Difiere completamente de un minarete árabe, por no decir nada de una torre Gótica.

Estos edificios son tres iglesias ultra-modernas, una Protestante, otra Judía, y la última Católica, en el campus de una universidad norteamericana. Ninguna de ellas tiene algún rasgo de su respectivas tradiciones o espíritualidad. Colocadas una al lado de la otra, parecen ser tres legítimas especies de un mismo género, el género religioso. Tienen un mismo espíritu y una misma fisonomía.

Uno tiene la impresión que tienen una sola alma, que la fuerza que las separa en la superficie es un inmanente, siniestro y frío misterio, que le da el aspecto de tres gotas de un mismo líquido, tres cajas llenas de la misma sustancia, tres fabricas produciendo el mismo producto.

Tal es, en nuestra manera de ver, el alma del neopaganismo contemporáneo, el arquetipo de lo peor de todo lo que el antiguo paganismo tenía, pero corroyendo todas las manifestaciones culturales en las que anidó mucho más eficazmente que el antiguo paganismo, y reduciendo todo a una uniformidad desoladora...

Plinio Corrêa de Oliveira

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